CAPÍTULO DOS #2
Jóvenes, adultos, lectores, curiosos, periodistas.
Todos esperando .
Todos mirando hacia el mismo escenario porque dentro de unos minutos aparecería Ibai.
Y sin saberlo, también comenzaría una cadena de acontecimientos que acabaría conduciéndola hacia alguien mucho más importante.
Alguien que todavía no conocía.
Alguien llamado Abel.
La primera impresión que tuvo Gabriela del youtuber fue inesperada.
No parecía una celebridad, ni siquiera parecía un famoso
Parecía cansado, muy cansado.
La multitud comenzó a aplaudir cuando apareció en el escenario.
Los móviles se levantaron inmediatamente.
Las cámaras empezaron a grabar.
Algunas chicas gritaron su nombre.
Ibai sin embargo sonrió como alguien que todavía no se había acostumbrado del todo a aquello, como si una parte de él siguiera sintiéndose incómodo bajo tantos focos.
Gabriela lo observó con curiosidad.
Parecía aún más joven de lo que imaginaba.
Vestía de forma sencilla, nada que recordara a las grandes estrellas que aparecían constantemente en redes sociales.
Y aun así tenía algo, algo difícil de explicar, una presencia extraña, una mezcla de inteligencia y tristeza. Como si hubiera vivido mucho más de lo que correspondía a su edad.
—Vale.
Laia se inclinó hacia ella.
—Confirmado.
—¿Qué?
—Ahora entiendo por qué medio Internet está obsesionado con él.
Greta puso los ojos en blanco.
—¿Puedes intentar comportarte como un ser humano normal durante cinco minutos?
—No.
Ibai comenzó la charla y durante los primeros minutos Gabriela apenas prestó atención .
Seguía observándolo.
Había algo raro, algo que no encajaba.
No parecía feliz. No exactamente.
Y aquello resultaba extraño.
Porque estaba viviendo el sueño de miles de personas.
Éxito. Reconocimiento. Dinero. Fans.
Todo lo que se supone que debería hacer feliz a alguien.
Y sin embargo...
parecía llevar una tristeza escondida detrás de la sonrisa, una tristeza que aparecía durante los silencios, durante los momentos en que creía que nadie lo estaba mirando.
Y Gabriela no dejaba de preguntarse por qué.
La charla avanzó con preguntas, respuestas, anécdotas, historias sobre experiencias, sobre otros compañeros, sobre inspiración.
Entonces una chica del público levantó la mano.
—¿Cuál ha sido el momento más feliz de tu vida?
La pregunta provocó algunas risas.
Parecía sencilla pero él tardó demasiado en responder.
Y durante aquel silencio ocurrió algo extraño.
La expresión de su rostro cambió.
Solo un instante pero Gabriela lo vio.
Una sombra, un recuerdo, un dolor.
Algo.
Finalmente sonrió.
—Los momentos felices siempre son pequeños.
La sala permaneció en silencio.
—La gente cree que la felicidad aparece en los grandes acontecimientos.
Cuando consigues algo importante.
Cuando alcanzas una meta.
Cuando cumples un sueño.
Negó suavemente con la cabeza.
—Mi experiencia es distinta.
Los mejores momentos suelen durar apenas unos segundos y normalmente no te das cuenta de que lo son hasta años después .
Por alguna razón aquellas palabras golpearon a Gabriela directamente en el corazón porque le recordaron a Alejandro.
A los desayunos de los domingos.
A las bromas absurdas.
A los paseos junto al mar.
A todas esas cosas que parecían normales cuando ocurrieron y que ahora daría cualquier cosa por recuperar.
Durante unos segundos tuvo que apartar la vista.
Respirar.
Ordenarse por dentro.
Y cuando volvió a mirar hacia el escenario ocurrió algo inesperado.
Ibai la estaba mirando directamente.
Solo fue un instante, quizá ni siquiera había sido real pero Gabriela sintió un pequeño sobresalto.
Después él continuó respondiendo preguntas como si nada hubiera ocurrido.
La charla terminó entre aplausos y la multitud comenzó a dirigirse hacia la zona de firmas.
La cola volvió a convertirse en un caos.
Laia parecía incapaz de contener la emoción.
—Vale.
Necesito que alguien me explique cómo puedo estar tan nerviosa por conocer a una persona que ni siquiera sabe que existo.
—Eso se llama admiración.
—Eso se llama obsesión.
—También.
Gabriela volvió a reír y durante unos segundos se sintió ligera, extrañamente ligera.
Como si algo estuviera cambiando.
Como si después de meses de oscuridad hubiera empezado a abrirse una pequeña grieta por donde entraba la luz.
Todavía no sabía que lo más importante de aquel día no estaba sentado detrás de la mesa de firmas, ni en el escenario, ni rodeado de cámaras .
Lo más importante de aquel día se encontraba unos metros más allá.
Observando en silencio.
Esperando sin saberlo el mismo encuentro que estaba a punto de cambiar la vida de Gabriela.
La cola avanzaba lentamente.
Demasiado lentamente.
Laia estaba convencida de que iban a morir de vejez antes de llegar a la mesa de firmas.
—Llevamos aquí cuarenta minutos.
—Treinta y dos, corrigió Greta.
—Eso sigue siendo un crimen.
—Laia.
—¿Sí?
—Respira.
—Estoy respirando.
—Demasiado fuerte.
Gabriela sonrió.
Por primera vez en mucho tiempo se sentía bien.
No feliz. Todavía no. Pero bien.
Y aquello ya era muchísimo.
La sala estaba llena de conversaciones, de risas, de fans sosteniendo libros, de gente intentando hacerse fotografías.
Entonces ocurrió algo completamente insignificante y precisamente por eso cambiaría tantas cosas.
Al girarse para dejar pasar a una pareja, chocó contra alguien.
No fue un golpe fuerte pero sí lo suficiente para que el libro que llevaba en las manos cayera al suelo.
—Perdón.
La respuesta llegó inmediatamente.
—No, ha sido culpa mía.
Gabriela se agachó.
La otra persona también.
Y ambos intentaron recoger el libro al mismo tiempo.
Sus manos se rozaron .
Solo un instante.
Nada extraordinario.
Nada cinematográfico.
Nada de esas tonterías que ocurren en las películas.
Y aun así...
por alguna razón Gabriela levantó la vista y lo vio.
El señor llevaba una sudadera oscura y el pelo ligeramente desordenado. Tenía cara de simpático y unos ojos que llamaban la atención inmediatamente.
No porque fueran especialmente bonitos sino porque parecían estar pensando constantemente. Como si observaran el mundo de forma distinta. Como si siempre hubiera algo ocurriendo detrás de ellos.
—Lo siento, dijo él sonriendo.
Y aquella sonrisa tenía algo raro.