CAPÍTULO DOS
Volver al mundo
La gente siempre dice que el tiempo lo cura todo.
Gabriela llegó a odiar aquella frase porque era mentira.
El tiempo no cura nada, el tiempo simplemente enseña a convivir con las heridas, las convierte en parte de ti, las hace menos escandalosas, menos visibles.
Pero siguen ahí.
Siempre.
Los primeros meses después de la muerte de Alejandro fueron extraños. No dolorosos. Eso también.
Pero sobre todo extraños.
Como despertar cada mañana en una versión ligeramente equivocada del mundo. Todo parecía igual. Y al mismo tiempo nada lo era.
El despertador seguía sonando a las seis y media, la cafetera seguía funcionando, los vecinos seguían discutiendo por el aparcamiento, los autobuses seguían pasando frente al edificio.
Pero había una ausencia tan enorme dentro de la casa que parecía imposible que nadie más pudiera verla.
Al principio Gabriela seguía esperando escuchar su voz.
Era absurdo.
Lo sabía.
Pero aun así ocurría.
A veces entraba en casa y durante una fracción de segundo esperaba escuchar:
—¡Gabi!
Aquella forma concreta de pronunciar su nombre.
Aquella voz, aquella alegría.
Y entonces recordaba. Y volvía a doler.
Una tarde abrió accidentalmente un armario.
La chaqueta de Alejandro seguía allí.
Colgada exactamente igual que siempre .
Gabriela se quedó inmóvil mirándola durante varios segundos.
Después acercó la cara y respiró.
Todavía conservaba un poco de su olor.
Muy poco pero suficiente.
Y aquello la hizo llorar más que en el funeral porque comprendió algo terrible.
Los recuerdos desaparecen despacio pero desaparecen.
Aquella noche no cenó. Se encerró en su habitación y pasó horas mirando fotografías antiguas.
Cumpleaños. Viajes. Partidos de fútbol. Domingos cualquiera.
Momentos que parecían insignificantes cuando ocurrieron pero que ahora parecían tesoros.
A las dos de la madrugada encontró una foto que no recordaba.
Ella tendría seis años. Alejandro estaba agachado junto a una bicicleta demasiado grande para ella.
Ambos sonreían.
Y de repente recordó exactamente aquel día.
La caída, las rodillas raspadas, el miedo.
Y cómo su padre la había convencido para volver a intentarlo.
—¿Y si me vuelvo a caer?
—Entonces te volverás a levantar.
—¿Y si me hago daño?
—Entonces aprenderás algo.
—¿Y si sale mal?
Alejandro había sonreído.
Aquella sonrisa imposible de olvidar.
—¿Y si sale bien?
Gabriela cerró los ojos y lloró porque incluso desde una fotografía seguía enseñándole cosas.
Durante semanas, Gabriela vivió como si estuviera observando su propia vida desde fuera.
Hacía sus tareas rutinarias, daba largos paseos, pensaba, respondía preguntas, incluso sonreía de vez en cuando.
Pero era una actuación, una versión automática de sí misma .
La verdadera Gabriela parecía haberse quedado atrapada en algún lugar entre el hospital y el funeral.
Fue Laia quien se dio cuenta primero.
Por supuesto.
Laia siempre se daba cuenta de todo aunque fingiera ser la persona más caótica del planeta.
—Estás desapareciendo.
Gabriela levantó la vista de su cuaderno.
—¿Perdón?
—Que estás desapareciendo.
—Creo que sigo aquí.
—Físicamente sí.
Mentalmente llevamos meses sin verte.
Greta asintió inmediatamente.
—Tiene razón.
—No ayudéis.
—Precisamente estamos intentando ayudar.
Estaban sentadas en el parque.
El sol comenzaba a calentar ligeramente el ambiente.
A su alrededor todo parecía seguir funcionando con absoluta normalidad.
Risas. Conversaciones. Gente. Parejas. Problemas absurdos. Problemas importantes.
Todo mezclado.
Gabriela observó a sus amigas y sintió algo extraño.
Culpa.
Porque ellas seguían adelante…..y ella no.
Como si avanzar significara traicionar algo.
Como si volver a reír fuera una falta de respeto.
Como si ser feliz implicara olvidar.
—Estás pensando demasiado.
La voz de Greta la sacó de sus pensamientos.
—No estoy pensando.
—Precisamente ese es el problema .
Laia cogió una patata frita de una bolsa.
—Tengo una teoría.
—Eso nunca termina bien.
—Mi teoría es que necesitas salir.
—Salgo todos los días.
—Salir de verdad.
—¿Qué significa eso?
—Significa dejar de comportarte como una viuda victoriana.
Gabriela estuvo a punto de ofenderse pero terminó riéndose y precisamente por eso Laia sonrió.
Había conseguido su objetivo.
Aquella pequeña risa duró apenas unos segundos pero fue importante porque era auténtica.
No una sonrisa educada, no una sonrisa para tranquilizar a su madre, no una sonrisa para fingir.
Una sonrisa real.
Y empezaba a olvidar lo bien que se sentían.
—Tenemos un plan.
Gabriela suspiró.
Aquellas palabras siempre eran peligrosas.
—No me gusta cuando tenéis planes.
—Porque suelen ser excelentes.
—Porque suelen acabar mal.
—Detalles técnicos.
Greta sacó el móvil y empezó a buscar algo.
Unos segundos después giró la pantalla.
—Dentro de dos semanas.
—¿Qué es eso?
—La presentación del libro de Ibai Llanos que será en un hotel en Barcelona.
—No.
—Todavía no has leído la información.
—No hace falta.
Gabriela frunció el ceño .
El comunicador le apasionaba, el ahora fenómeno literario, el chico que había publicado una novela que parecía estar en todas partes, escaparates, Instagram, TikTok, YouTube, bibliotecas, institutos.
Era imposible escapar de él.
—No me interesa.
—Mentira.
—No.
—Mentira.
—No.
—Mentira.
Greta intervino.
Es un planazo para hacer antes de que empiecen las clases.
Además también habrá firmas. Charlas. Música. Comida. Gente.
Vida.
Conceptos que has olvidado que existen.
Gabriela puso los ojos en blanco pero algo dentro de ella ya estaba empezando a ceder.
Muy poco, lo justo.
Porque quizá estaba cansada. Cansada de estar triste, cansada de sobrevivir, cansada de sentir que toda su vida giraba alrededor de una ausencia.
Quizá.
Solo quizá.
Necesitaba volver al mundo.
Aquella tarde, al llegar a casa, encontró a Arantxa sentada en el sofá leyendo, algo que no había hecho en mucho tiempo.
—Mamá.
—¿Sí?
—Laia y Greta quieren secuestrarme dentro de dos semanas.
Arantxa levantó una ceja.
—¿Debo preocuparme?
—Todavía lo estoy evaluando.
Su madre sonrió con una sonrisa pequeña pero real.
—Creo que deberías ir.
—Ni siquiera sabes adónde .
—Da igual.
Necesitas volver a vivir un poco.
Aquella frase se quedó flotando en el aire porque era exactamente lo que Alejandro le habría dicho.
Y ambas lo sabían.
Los días siguientes pasaron más deprisa de lo habitual.
Por primera vez en muchos meses, Gabriela descubrió que estaba esperando algo.
No era una sensación espectacular.
Ni siquiera estaba especialmente emocionada.
Pero era algo.
Y después de tanto tiempo sintiendo únicamente tristeza, cualquier emoción nueva parecía un pequeño milagro.
Laia se encargó de recordar el evento aproximadamente cada tres horas.
—Faltan diez días.
—Gracias.
—Faltan nueve días.
—Sigo sin haberlo olvidado.
—Faltan ocho días.
—Laia.
—¿Sí?
—Si sigues así voy a desaparecer misteriosamente.
Greta levantó la vista del libro que estaba leyendo.
—No le hagas caso.
Está insoportable.
—Estoy generando entusiasmo.
—Estás generando agotamiento.
Aquellas conversaciones parecían insignificantes pero para Gabriela significaban mucho más de lo que admitía porque por primera vez en meses estaba volviendo a comportarse como una adolescente normal.
No como una chica que había perdido a su padre.
No como alguien que vivía rodeada de silencio.
No como alguien que medía cada día en función del dolor.
Simplemente como Gabriela .
Y empezaba a darse cuenta de cuánto echaba de menos a esa versión de sí misma.
La semana pasó deprisa.
Entre recuerdos, nostalgia y conversaciones absurdas, especialmente conversaciones absurdas.
—Pregunta importante.
Laia apareció una mañana en clase con expresión solemne.
—Temo lo que viene.
—Si tuvieras que sobrevivir a una invasión zombi, ¿a quién del instituto elegirías como compañero?
Greta ni siquiera levantó la vista.
—Otra vez no.
—Es una pregunta estratégica.
—La última vez terminaste concluyendo que el conserje era el elegido porque tiene llaves.
Gabriela terminó riéndose y durante unos segundos olvidó completamente que llevaba meses intentando recomponerse.
Aquella misma noche ocurrió algo inesperado.
Estaba ordenando su habitación cuando encontró una libreta antigua.
Una de las muchas que había utilizado años atrás.
La abrió distraídamente y descubrió una letra que reconoció inmediatamente.
La de Alejandro.
El corazón le dio un vuelco.
Durante unos segundos fue incapaz de moverse.
Después comenzó a pasar las páginas.
Encontró dibujos horribles, comentarios absurdos, notas improvisadas, pequeños mensajes escritos en momentos cualquiera.
Y entonces leyó una frase.
"Si algún día estás triste, recuerda esto: la vida cambia cuando menos te lo esperas. "
Gabriela se quedó mirando aquellas palabras durante mucho tiempo porque no parecían escritas por alguien que hubiera muerto.
Parecían escritas por alguien que todavía seguía hablándole.
Cerró la libreta y por primera vez en mucho tiempo no lloró.
Simplemente sonrió. Muy poco pero sonrió.
El sábado llegó finalmente.
Laia apareció delante de su portal diez minutos antes de la hora acordada.
Greta llegó cinco minutos después.
Y las tres tomaron el tren hacia Barcelona.
El vagón estaba lleno. Estudiantes. Turistas. Familias.
Música escapándose de algunos auriculares. Conversaciones cruzadas. Risas. Vida. Muchísima vida.
Gabriela observó el paisaje desfilar tras la ventana y sintió algo extraño: Nervios.
No sabía exactamente por qué.
Quizás era por la oportunidad de ver en persona a Ibai pero al fin y al cabo era solo un evento. Nada más.
Y sin embargo tenía la sensación de que aquel día iba a recordar algo importante.
Como si una parte de ella estuviera percibiendo algo antes que el resto.
Cuando llegaron al lugar del evento comprendieron inmediatamente que habían subestimado la situación.
La cola era gigantesca.
—Esto es absurdo.
—Esto es maravilloso.
—Esto es absurdo.
—Maravillosamente absurdo.
Laia parecía a punto de explotar de emoción.
Greta parecía resignada.
Y Gabriela observó a las cientos de personas que llenaban el lugar.