CAPÍTULO UNO #3
Lo único que podían hacer ahora era aprovechar el tiempo que quedaba.
Y nadie sabía cuánto era. Si sería un año, seis meses, unas semanas.
Nadie lo sabía y precisamente por eso resultaba tan aterrador.
Los meses anteriores habían estado llenos de miedo pero ese llegó acompañado de algo distinto.
Una palabra que nadie pronunciaba.
Una verdad que todos conocían.
Y una despedida que se acercaba lentamente.
Alejandro seguía luchando.
Eso era evidente.
Seguía sonriendo, haciendo bromas, preguntando por los exámenes, por las amigas de Gabriela, por las películas que veía, por cualquier cosa que le permitiera seguir sintiéndose padre.
Pero la enfermedad ya no ocultaba su avance.
Estaba allí. Visible. Innegable .
Y todos lo sabían.
Una tarde de lluvia, Gabriela volvió del instituto y encontró la casa extrañamente silenciosa, demasiado silenciosa.
Dejó la mochila junto a la entrada y caminó despacio hasta el salón.
Alejandro estaba sentado junto a la ventana observando la lluvia.
Sin televisión, ni móvil, ni música.
Solo mirando.
Aquella imagen se quedó grabada para siempre en la memoria de Gabriela porque por primera vez vio algo que nunca había visto antes.
No vio a su padre.
No vio al hombre que solucionaba problemas.
No vio al hombre que hacía bromas.
Vio a una persona enfrentándose a su propia mortalidad.
Y aquello le rompió el corazón.
¿En qué piensas?
Alejandro sonrió sin apartar la vista de la lluvia.
—En muchas cosas.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Lo sé.
—Entonces responde bien.
Él soltó una pequeña carcajada, la misma de siempre.
Más débil pero todavía suya.
—Pienso en lo rápido que pasa todo.
Gabriela se sentó a su lado.
—Siempre dices eso porque te estás haciendo viejo.
—Eso también.
—Lo sabía.
—Pero esta vez hablo en serio.
Permanecieron unos segundos observando las gotas resbalar por el cristal hasta que Alejandro volvió a hablar.
—Cuando eres joven crees que tienes tiempo para todo.
Tiempo para amar.
Tiempo para viajar.
Tiempo para llamar a las personas importantes .
Tiempo para pedir perdón.
Tiempo para vivir.
Y un día descubres que el tiempo era mucho más valioso de lo que imaginabas.
Gabriela notó un nudo en la garganta porque intuía hacia dónde se dirigía aquella conversación y no quería llegar allí.
No todavía.
—Papá...
—Déjame terminar.
Ella asintió.
—Lo único que me da miedo no es morirme.
Gabriela giró lentamente la cabeza.
Aquella frase la sorprendió.
—¿No?
Alejandro negó suavemente.
—Lo que me da miedo es dejaros solos.
Durante unos segundos ninguno habló.
La lluvia siguió golpeando la ventana y el silencio llenó el espacio entre ellos.
—No quiero que mamá vuelva a estar triste.
No quiero perderme tus próximos cumpleaños.
No quiero perderme tus primeras decepciones.
Tus primeros éxitos.
Tus primeros amores.
No quiero perderme tu vida.
Gabriela ya no podía contener las lágrimas.
Comenzaron a deslizarse lentamente por sus mejillas.
Sin ruido.
Sin dramatismo.
Simplemente aparecieron.
Alejandro la observó y le secó una lágrima con la misma ternura con la que lo había hecho tantas veces cuando era una niña.
—Escúchame muy bien.
Ella asintió.
—La vida va a romperte algunas veces .
Más de las que imaginas.
Habrá personas que se irán.
Habrá días injustos.
Habrá momentos en los que pensarás que no puedes más.
Y aun así.....se quedó callado unos segundos buscando las palabras exactas.
—Y aun así merece la pena, siempre merece la pena.
Aquella frase se quedó suspendida entre ellos.
Como una promesa, como un legado, como una brújula para el futuro.
—Prométeme algo.
—Lo que quieras.
—Prométeme que vivirás.
No sobrevivir.
No esconderte.
No limitarte a existir.
Vivir.
Con todo.
Aunque tengas miedo.
Aunque duela.
Aunque vuelvan a romperte el corazón.
Gabriela ya lloraba abiertamente.
Y Alejandro también.
Porque el amor verdadero no consiste en parecer fuerte, consiste en seguir amando incluso cuando estás roto.
Entonces se abrazaron.
Y aquel abrazo fue diferente a todos los anteriores.
Más largo, más intenso, más consciente.
Como si ambos supieran que estaban intentando memorizarlo.
Guardar cada segundo, cada respiración, cada latido.
Aquella noche Gabriela fue incapaz de dormir.
Pasada la medianoche abrió las notas de su móvil.
Necesitaba escribir.
Vaciar todo lo que llevaba dentro.
Dar forma al dolor aunque fuera durante unos minutos .
Y escribió:
"¿Cómo se aprende a vivir sabiendo que vas a perder a alguien?"
Se quedó observando la pantalla.
Un minuto.
Dos.
Tres.
No esperaba respuesta, solo necesitaba sacar aquella pregunta de su pecho.
Entonces apareció una notificación.
Una respuesta "anónima", breve, sencilla.
Y, sin embargo, diferente a cualquier otra cosa que hubiera leído.
"Hay personas que no desaparecen nunca.
Solo aprenden a vivir dentro de nosotros."
Gabriela leyó aquellas palabras una vez.
Después otra.
Y otra más.
Hasta que algo parecido a la calma comenzó a abrirse paso entre el dolor.
Aquella noche, después de leer la respuesta, Gabriela no cerró el móvil inmediatamente.
Se quedó observando la pantalla.
La habitación estaba completamente oscura, la lluvia golpeaba suavemente la ventana y por primera vez en meses sintió algo diferente al miedo.
No felicidad.
No esperanza.
Algo más pequeño y frágil pero real.
La sensación de que quizá no estaba completamente sola.
Miró hacia la fotografía que tenía junto a la cama.
Una fotografía de verano.
Ella.
Su madre.
Su padre.
Los tres riendo.
Los tres ignorando todavía todo lo que estaba por venir .
Entonces recordó algo que Alejandro le había dicho años atrás.
Una frase que en aquel momento le había parecido absurda.
Ahora no.
Ahora parecía una verdad.
"La gente cree que lo contrario de la muerte es la vida pero se equivoca.
Lo contrario de la muerte es el olvido."
Gabriela volvió a mirar la fotografía.
Y comprendió algo.
Pasara lo que pasara.
Ocurriera lo que ocurriera.
Mientras siguiera recordándolo...
Mientras siguiera amándolo...
Mientras una sola persona pronunciara su nombre...
su padre nunca desaparecería del todo.
La lluvia continuó cayendo.
La pantalla del móvil siguió iluminando la oscuridad.
Y, por primera vez desde el diagnóstico, Gabriela consiguió quedarse dormida sin llorar.
Sin saber que aquella frase anónima acababa de cambiar el rumbo de toda su vida.
Sin saber que la historia acababa de empezar.