Infinito Por Infinito CAPÍTULO UNO #2
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CAPÍTULO UNO #2

La primera consulta importante llegó dos semanas después.

El hospital estaba lleno. Personas caminando deprisa. Enfermeros entrando y saliendo de habitaciones. Teléfonos sonando. Puertas abriéndose. Todo parecía funcionar con una precisión extraña. Como una ciudad paralela construida alrededor de la enfermedad.

Gabriela observaba a la gente mientras esperaba.

Al principio creyó que todos parecían normales.

Después comprendió que precisamente ese era el problema.

La enfermedad no tenía aspecto. No llevaba uniforme. No avisaba.

Podía esconderse detrás de cualquier sonrisa, de cualquier rostro, detrás de cualquier familia, como la suya.

Alejandro hojeaba distraídamente una revista deportiva sin parecer preocupado. O al menos fingía no parecerlo .

Gabriela llevaba años observándolo y conocía perfectamente aquella expresión. Era la misma que utilizaba cuando algo le preocupaba mucho y no quería preocupar a nadie más.

—¿Estás nervioso?

Alejandro levantó la vista.

—Muchísimo.

—Pues no lo parece.

—Eso significa que estoy actuando bien.

Gabriela sonrió.

Y él también.

Aquel era uno de sus talentos. Conseguir que todo pareciera un poco menos terrible.

Cuando salieron de la consulta, Arantxa caminaba en silencio, demasiado silencio.

Gabriela observó a su padre.

—¿Cómo ha ido?

Alejandro tardó unos segundos en responder.

—Tenemos un plan.

—¿Eso es bueno?

—Es mejor que no tenerlo.

La respuesta no la tranquilizó pero tampoco quería seguir preguntando porque había empezado a descubrir algo.

A veces las personas que amas necesitan respirar antes de responder ciertas preguntas.

Aquella tarde ocurrió algo inesperado.

De camino a casa, Alejandro aparcó junto al paseo marítimo.

—¿Qué hacemos aquí?

—Tengo una emergencia.

—¿Médica?

—Mucho peor.

—¿Cuál?

—Necesito helado.

Gabriela lo miró incrédula.

—¿Después de pasar toda la mañana en el hospital quieres helado?

—Precisamente por eso .

—Tu lógica es absurda.

—Mi lógica es brillante.

Terminaron sentados frente al mar.

Cada uno con una tarrina de helado.

El viento agitaba las olas.

Las gaviotas planeaban sobre el puerto de Blanes y por primera vez en semanas Gabriela consiguió olvidarse del miedo durante unos minutos.

Solo unos minutos pero fueron suficientes.

—¿Sabes una cosa?

Alejandro observaba el horizonte.

—¿Qué?

—Cuando tenía tu edad estaba convencido de que los adultos lo sabían todo.

Gabriela soltó una pequeña risa.

—Yo también lo pensaba.

—Y ahora que soy adulto puedo confirmarte algo.

—¿Qué?

—No tenemos ni idea de lo que hacemos.

Gabriela volvió a reír.

Y Alejandro también.

Aquella risa resonó en el aire cálido de aquella tarde..

Libre. Espontánea. Auténtica.

Más tarde, cuando recordara aquel día, no recordaría el hospital, ni los informes, ni las explicaciones médicas.

Recordaría el helado, el mar, la conversación.

Y la forma en que su padre había conseguido regalarle una tarde normal en medio del caos.

Pero la enfermedad seguía avanzando.

Silenciosamente. Como una marea. Sin prisas. Sin descanso.

Instalándose poco a poco en todos los rincones de su vida.

Primero ocupó las conversaciones.

Después los horarios. Luego los pensamientos.

Hasta que un día Gabriela comprendió algo inquietante .

Ya no recordaba cuándo había sido la última jornada en la que el cáncer no hubiera aparecido de alguna forma.

Y esa fue la primera vez que sintió verdadero cansancio.

No físico. Emocional.

El cansancio de vivir con miedo. El cansancio de esperar.

El cansancio de no saber.

Aquella noche, antes de dormir, escuchó a sus padres hablar en voz baja en el salón.

No distinguía las palabras, sólo los tonos, las pausas, los silencios, especialmente los silencios porque estaba aprendiendo que los silencios también cuentan historias.

Y los de sus padres estaban empezando a contar una historia que ella todavía no quería escuchar.

El cambio llegó tan despacio que al principio ninguno quiso verlo.

Quizá porque reconocerlo significaba aceptar algo que todavía dolía demasiado.

O quizá porque el ser humano tiene una capacidad extraordinaria para aferrarse a la esperanza incluso cuando la realidad empieza a decir otra cosa.

La primera señal evidente apareció una mañana cualquiera.

Gabriela entró en el baño medio dormida, todavía con las marcas de la almohada en la cara y vio varios mechones de pelo junto al lavabo.

Se quedó inmóvil observándolos.

Durante unos segundos ni siquiera pensó, simplemente miró, como si su cerebro necesitara tiempo para comprender lo que estaba viendo.

Como si aquellos mechones pertenecieran a otra casa, a otra familia, a otra historia.

Pero no, pertenecían a la suya.

Aquella tarde Alejandro apareció completamente rapado.

Entró en la cocina haciendo una especie de desfile ridículo con una mano en la cintura y la otra saludando como una modelo.

—Por favor, contened vuestra admiración.

Arantxa levantó la vista.

—¿Qué se supone que eres ?

—Bruce Willis.

—Bruce Willis después de una semana sin dormir.

—Acepto la comparación.

Gabriela soltó una carcajada.

Y Alejandro sonrió satisfecho como si acabara de ganar una competición invisible.

Aquella fue una de las cosas que más admiró de él durante aquellos meses. Su empeño en seguir siendo él mismo.

La enfermedad podía quitarle energía,  podía quitarle cabello, podía quitarle fuerza pero él se negaba a permitir que le quitara el humor.

Sin embargo,  un día cuando salió de la cocina para responder una llamada, Gabriela vio algo que le dolió más que cualquier informe médico.

Arantxa estaba inmóvil frente al fregadero, completamente inmóvil, con los ojos rojos. No lloraba. Todavía no. Pero estaba a punto y aquello resultaba mucho más devastador porque su madre siempre había parecido indestructible.

Cuando Gabriela era pequeña estaba convencida de que Arantxa podía solucionar cualquier problema. Un examen, una caída, una pesadilla, una riña en el cole, un corazón roto. Todo.

Y ahora estaba descubriendo algo terrible. Había problemas que ni siquiera su madre podía arreglar.

Aquella noche no dijo nada. Ni Arantxa tampoco. Pero ambas supieron que la otra había visto la verdad.

Y algunas verdades no necesitan palabras.

Una tarde Alejandro llamó a Gabriela a su despacho.

—Necesito ayuda.

—¿Con qué?

—Con una misión secreta.

—Eso suena sospechoso.

—Las mejores misiones lo son.

Encima de la mesa había una pequeña caja de madera. Muy vieja. Muy gastada.

Gabriela la reconoció inmediatamente pues llevaba años allí .

Nunca había preguntado qué contenía.

—Ábrela.

Dentro había fotografías, entradas de cine, billetes de tren, cartas.

Pequeños objetos aparentemente insignificantes.

—¿Qué es todo esto?

Alejandro sonrió.

—Las cosas importantes.

Gabriela frunció el ceño.

—Parecen trastos.

—Exacto.

Los verdaderos tesoros siempre parecen trastos.

Después tomó una fotografía.

Una imagen de Gabriela con apenas cuatro años llena de pintura y sonriendo.

—La felicidad no vive en los grandes momentos.

Vive aquí.

En estas pequeñas cosas que nadie considera importantes hasta que pasan los años.

Gabriela nunca olvidaría aquella conversación.

Los días continuaron avanzando.

Y la enfermedad siguió haciendo lo mismo.

Avanzar. Sin descanso. Sin pausas. Sin compasión.

Había días buenos, todavía existían.

Días de películas, de pizza, de bromas absurdas.

Días en los que Alejandro parecía casi el mismo de siempre.

Y precisamente por eso resultaban tan peligrosos.

Porque hacían que todos olvidaran durante unas horas lo que estaba ocurriendo.

Y luego la realidad volvía.

Siempre volvía.

Una noche estaban viendo una película de acción en el salón.

Una de esas películas que Alejandro adoraba y que Arantxa fingía odiar.

Aunque Gabriela sospechaba que secretamente también le gustaban .

A mitad de la película, Alejandro se quedó dormido con la cabeza apoyada sobre el respaldo. Su respiración era lenta y tranquila.

Gabriela apartó la vista de la pantalla y lo observó durante varios minutos. Parecía más delgado. Más frágil. Más cansado. Como si hubiera envejecido varios años en unos pocos meses.

Y entonces apareció un pensamiento que llevaba mucho tiempo evitando.

¿Qué pasará cuando ya no esté?

La pregunta llegó sin avisar.

Brutal y directa. Imposible de ignorar.

Y una vez apareció ya no consiguió expulsarla.

Aquella noche lloró bajo las mantas.

En silencio.

Como había aprendido a hacerlo durante los últimos meses.

No quería preocupar a nadie, no quería añadir más dolor al dolor.

Pero por primera vez comprendió algo.

Ya no tenía miedo únicamente de la enfermedad, tenía miedo de la ausencia.

Poco después llegaron los primeros ingresos largos, las primeras complicaciones, los primeros días en los que Alejandro apenas podía levantarse de la cama.

Y entonces la familia dejó de luchar contra una posibilidad.

Aquello ya no era una posibilidad, era una realidad.

Una madrugada Gabriela se despertó con sed.

La casa estaba completamente oscura.

Mientras caminaba hacia la cocina vio una luz encendida en el salón.

Era Arantxa. Sentada sola con una manta sobre las piernas mirando al vacío. Como si estuviera intentando sostener algo invisible. Algo enorme. Algo demasiado pesado.

Gabriela permaneció inmóvil en el pasillo observándola.

Su madre parecía agotada.

No físicamente, por dentro .

Como si llevara meses sosteniendo el cielo para impedir que se derrumbara y estuviera empezando a quedarse sin fuerzas.

Finalmente se acercó, se sentó a su lado y durante varios minutos ninguna dijo nada.

Solo permanecieron allí.

Compartiendo el silencio.

Compartiendo el miedo.

Compartiendo el amor.

Entonces Arantxa habló muy bajito, como si temiera que las palabras pudieran romperse.

—A veces tengo miedo de cerrar los ojos.

Gabriela sintió un escalofrío porque comprendió exactamente lo que significaba.

Su madre no tenía miedo de dormir, tenía miedo de despertar y descubrir que algo hubiera cambiado para siempre.

Aquella noche, por primera vez desde el diagnóstico, Gabriela comprendió algo que llevaba meses intentando evitar.

Ya no estaban luchando para recuperar la vida que tenían.

Esa vida había desaparecido.