Infinito Por Infinito CAPÍTULO UNO
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CAPÍTULO UNO

La frase que divide una vida

La puerta volvió a abrirse unos segundos después y Gabriela sonrió incluso antes de verlo.

Reconocería aquellos pasos en cualquier lugar. Más lentos que los de su madre, más pesados, más tranquilos.

Pasos que siempre transmitían la misma sensación.

Seguridad.

Alejandro apareció en el marco de la puerta sosteniendo una taza de café.

—He venido a comprobar si sigues viva.

—Por ahora sí.

—Excelente noticia.

Entró en la habitación.

Se sentó en el borde de la cama.

Y le revolvió el pelo.

Como hacía desde que ella tenía memoria.

—Papá.

—¿Sí?

— Ya soy mayor.

—Lo sé.

—Ya soy prácticamente adulta.

—Eso explica por qué ayer olvidaste las llaves dentro de la nevera.

Gabriela se incorporó indignada.

—Eso ocurrió una sola vez.

—Una sola vez esta semana.

—No necesitamos entrar en detalles.

Alejandro soltó una carcajada. Una de esas carcajadas que parecían llenar toda la habitación.

Y durante unos segundos Gabriela sintió algo que siempre sentía cuando estaba con él. La sensación de que todo iba a salir bien.

Aunque no hubiera ningún motivo racional para pensarlo. Aunque el mundo estuviera patas arriba. Aunque las cosas fueran mal .

Si su padre estaba allí, parecía que nada podía romperse del todo.

Era absurdo. Infantil. Pero también era verdad.

—¿Lista para otro apasionante día académico?

—No.

—Magnífica actitud.

—Estoy considerando seriamente convertirme en influencer.

—Buena idea.

—¿Verdad?

—Cuando seas millonaria acuérdate de nosotros.

—Os compraré una mansión.

—Con piscina.

—Con piscina.

—Y una sala de cine.

—También.

—Perfecto.

Se dieron la mano solemnemente.

Como si acabaran de cerrar el negocio más importante de la historia.

Y ambos terminaron riéndose.

Aquellas conversaciones no tenían ninguna importancia.

Precisamente por eso acabarían siendo inolvidables.

Porque los momentos que más se echan de menos rara vez son los extraordinarios.

Son los normales. Los que creemos que se repetirán para siempre.

Años después por ejemplo Gabriela recordaría tradiciones como la de los domingos.

Una tradición tan absurda que Gabriela jamás se la había contado a nadie.

A las nueve en punto, Alejandro aparecía en su habitación sosteniendo dos tazas.

Una de café. Otra de chocolate caliente.

Y pronunciaba siempre exactamente la misma frase.

—Consejo de sabios en cinco minutos.

—Papá, son las nueve de la mañana .

—Los sabios madrugan.

—Los sabios duermen.

—Esos son los filósofos.

Los domingos desayunaban juntos en la terraza.

Solo ellos dos. Sin móviles. Sin televisión. Sin interrupciones.

Y durante una hora hablaban de cualquier cosa.

Películas, fútbol,  música, el universo,  la muerte,  los extraterrestres,  lo que surgiera.

Aquella costumbre llevaba tantos años formando parte de sus vidas que Gabriela nunca había imaginado que pudiera terminar.

Las mejores cosas suelen ser así.

Nunca pensamos que tengan fecha de caducidad.

Cuando ese lunes bajaron a desayunar, la casa olía a café

recién hecho y a tostadas.

Aquello también formaba parte de la identidad de su hogar.

Los olores.

Los sonidos.

Las rutinas.

Todo aquello que parece eterno hasta que deja de existir.

Gabriela se sentó a la mesa.

Arantxa terminaba de preparar el desayuno.

Alejandro hojeaba distraídamente una revista deportiva.

Durante unos minutos todo pareció normal, completamente normal.

La televisión hablaba del tiempo, un presentador anunciaba lluvia para el fin de semana, la tostadora saltó,  la cafetera emitió un último suspiro.

Nada extraño,  nada diferente.

Y sin embargo...

aquella sensación volvió.

La misma sensación que llevaba semanas persiguiéndola .

Como una pequeña piedra dentro de un zapato.

Algo que no terminaba de encajar.

Observó a su madre. Parecía cansada.

Observó a su padre. Y entonces lo vio.

Fue apenas un instante, una expresión, una mirada.

Algo fugaz, pero suficiente.

Por primera vez se dio cuenta de que Alejandro también parecía cansado. No cansado como alguien que ha dormido poco.

Era otra cosa, algo más profundo, más silencioso, más difícil de explicar.

Él levantó la vista y le sonrió inmediatamente como si hubiera notado que lo estaba observando.

Pero aquella sonrisa desapareció demasiado rápido y por alguna razón eso hizo que Gabriela sintiera un pequeño escalofrío.

—¿Qué pasa?

La pregunta salió sola.

Nadie respondió.

Arantxa y Alejandro intercambiaron una mirada.

Solo una. Breve pero fue suficiente.

Porque de repente Gabriela comprendió algo.

Aquella conversación ya existía. Llevaba tiempo existiendo.

Quizá días, quizá semanas.

Ella acababa de abrir la puerta y ahora ya no podían cerrarla.

El corazón empezó a latirle más deprisa sin saber todavía por qué pero su cuerpo parecía saberlo antes que ella.

Alejandro dejó lentamente la taza sobre la mesa y durante unos segundos nadie habló.

La televisión continuó funcionando, un coche pasó por la calle, alguien cerró una puerta en el edificio de enfrente.

El mundo seguía exactamente igual pero algo estaba a punto de cambiar para siempre.

—Gabi….

La voz de su padre sonó extrañamente suave.

Y en ese instante ella comprendió que estaba entrando en la parte de su vida que recordaría para siempre .

La parte que divide una existencia en dos.

Antes.

Y después.

—Gabi.....

La voz de Alejandro sonó distinta.

No más grave, no más débil, simplemente distinta.

Como si cada palabra tuviera que atravesar algo antes de salir.

Como si hubiera ensayado aquella conversación cientos de veces y aun así siguiera sin saber cómo empezarla.

Gabriela sintió un nudo en el estómago. Una sensación antigua, instintiva, como cuando eres pequeño y sabes que has hecho algo mal antes de que te regañen.

Solo que aquello era diferente. Mucho peor porque no se trataba de algo que ella hubiera hecho, se trataba de algo que estaba ocurriendo y todavía no sabía qué era.

—¿Qué pasa?

Nadie respondió inmediatamente.

Arantxa bajó la mirada.

Alejandro respiró hondo.

Y entonces ocurrió algo que Gabriela recordaría durante el resto de su vida.

El tiempo pareció ralentizarse.

No detenerse.

No desaparecer.

Simplemente hacerse más lento.

Como si el universo quisiera darle una última oportunidad para permanecer en la ignorancia, un último instante antes de cambiar para siempre.

—Tengo cáncer.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Pequeñas, sencillas, solo dos palabras.

Y, sin embargo, más pesadas que cualquier otra cosa que Gabriela hubiera escuchado jamás.

Durante unos segundos no entendió nada. O quizá entendió demasiado .

La televisión seguía encendida, la cafetera continuaba caliente, la lluvia golpeaba suavemente la ventana.

Todo permanecía exactamente igual.

Y al mismo tiempo todo había cambiado.

—No.

La respuesta salió sola antes de que pudiera pensarla.

Antes incluso de que pudiera procesar lo que acababa de escuchar.

—Gabriela...

—No.

Negó con la cabeza.

Una vez.

Dos.

Tres.

Como si moverla con suficiente fuerza pudiera borrar la realidad.

—No.

Porque aquello no tenía sentido.

Los padres no tenían cáncer.

Los padres preparaban desayunos.

Ayudaban con los deberes.

Llevaban al médico cuando estabas enfermo.

Los padres eran los que cuidaban, no los que necesitaban ser cuidados.

Era una regla tan básica que ni siquiera hacía falta explicarla.

Y alguien acababa de romperla.

—Se han equivocado.

Silencio.

—¿Verdad?

Más silencio.

Gabriela sintió cómo el miedo comenzaba a extenderse lentamente por su pecho. Como tinta derramándose sobre una hoja blanca.

—¿Verdad?

Esta vez miró directamente a su padre y comprendió la respuesta antes de escucharla .

Porque Alejandro no apartó la mirada. No intentó mentir. No intentó tranquilizarla. Simplemente permaneció allí con una tristeza infinita en los ojos.

Y eso fue suficiente.

—¿Te vas a morir?

La pregunta salió en un susurro tan bajo que casi parecía imposible que alguien pudiera escucharlo.

Pero ambos lo hicieron.

Arantxa cerró los ojos.

Alejandro permaneció inmóvil unos segundos.

Después respondió.

—Voy a luchar con todo lo que tengo.

Aquella respuesta no era un sí pero tampoco era un no.

Y Gabriela lo entendió perfectamente.

Por primera vez en su vida sintió miedo de verdad. No miedo a suspender un examen. No miedo a hacer el ridículo. No miedo a quedarse sola en casa.

Miedo auténtico.

El tipo de miedo que cambia la forma en que miras el mundo.

El tipo de miedo que te obliga a crecer aunque no quieras.

El tipo de miedo que te roba una parte de la infancia para siempre.

Aquella mañana no fue al instituto.

Ni al día siguiente.

Ni al siguiente.

Los días comenzaron a mezclarse unos con otros.

Hospitales. Consultas. Análisis. Pruebas. Palabras nuevas. Palabras horribles. Biopsia. Quimioterapia. Metástasis. Pronóstico.

Palabras que dejaron de ser palabras para convertirse en amenazas.

Y mientras todo aquello ocurría, Gabriela descubrió algo que jamás había imaginado.

Los adultos también tienen miedo,  muchísimo miedo.

Simplemente llevan más tiempo practicando cómo esconderlo.

Una noche escuchó llorar a su madre en el baño.

Otra vio a su padre quedarse inmóvil frente a una ventana durante varios minutos como si estuviera intentando ordenar pensamientos imposibles, como si estuviera negociando silenciosamente con algo que nadie más podía ver.

Y entonces comprendió algo todavía peor.

Ellos también estaban asustados.

Y si ellos estaban asustados...

quizá aquello era mucho más grave de lo que quería admitir.

La vida siguió avanzando porque siempre lo hace.

Incluso cuando parece imposible, incluso cuando desearías que se detuviera.

Y sin darse cuenta, Gabriela comenzó a entrar en una nueva realidad.

Una realidad donde el tiempo ya no era infinito y donde cada día empezaba a tener un valor que nunca antes había tenido.

Los primeros días después del diagnóstico tuvieron algo de irreal.

Como si estuvieran viviendo la vida de otra familia, una que aparecía en las noticias, o en las películas, o en los libros.

Pero no la suya, nunca la suya.

Sin embargo, cada mañana despertaban en la misma realidad.

Y la realidad seguía allí.

Esperándolos pacientemente, implacablemente.