infiltrado (Escuadrón Alfa 3) Capítulo Doce
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Capítulo Doce

Al caer la noche, Thomas se preparaba para salir de la casa de James Ferguson con un único objetivo: tenía que dar alcance a los nómadas como fuera. Por suerte, no estaban huyendo.

Al no encontrar refugio en el Punto de Descanso de Ferguson, se habían detenido en el siguiente lugar que les vino bien. Ya corrían rumores de que varias familias jóvenes se habían instalado en un camping a unos pueblos de distancia. Nada viaja más rápido que los cotilleos de pueblo.

Los aspirantes a forajidos no tenían ni idea de lo que se les venía encima.

A Thomas no solo lo movía la necesidad de arreglar las cosas con el escuadrón. Lo hacía ante todo por Jill. Para intentar, al menos, compensar haberla decepcionado antes.

Tras contarle a James toda la sórdida historia, Thomas había ganado un aliado. No podía estar seguro de si James lo ayudaba, al menos en parte, por su deseo de fastidiar al Alfa Blackwood. A Thomas no le importaban mucho sus razones; solo agradecía la ayuda.

Así fue como Thomas acabó en el coche de James, con este al volante.

—Conozco un poco el lugar. Si tienes cuidado, podrás entrar y salir sin que la administración se entere —dijo James.

Thomas asintió.

—Mejor hacerlo con el menor revuelo posible.

—Yo podría crear una distracción —sugirió James—. Mientras tú los vas pillando uno a uno, empezando por el cabecilla.

Eso podría funcionar.

Hicieron el resto del trayecto en silencio. Thomas se preguntaba cómo sería enfrentarse a Jill de nuevo cuando todo esto acabara. De un modo u otro, iba a zanjar el asunto esa noche. Al menos un prisionero. Ese era el mínimo que se había marcado.

Si conseguía atrapar aunque fuera a uno y llevarlo de vuelta a Blackpool, Thomas también se entregaría.

—Hemos llegado —James señaló la verja que tenían delante—. En esta época del año, el camping debería estar casi vacío.

—Podré olfatearlos, no te preocupes.

—Buena suerte, hijo. Haz que paguen.

Thomas se volvió y le dedicó una breve sonrisa a James.

—Nunca me dijiste por qué decidiste ayudarme —dijo Thomas.

James negó con la cabeza.

—No me gusta que la gente abuse de su posición.

Así que su suposición había sido correcta. James solo lo hacía para fastidiar a su viejo rival, el Alfa Blackwood.

—Lo respeto. A mí tampoco me gusta —coincidió Thomas.

James asintió.

—Bueno. Mucha mierda.

Thomas sonrió. Esperemos que no llegue a eso. Abrió la puerta y salió del coche casi sin hacer ruido. Casi de inmediato, echó a correr por el lindero del bosque que flanqueaba el camino de entrada. Dejó que su nariz lo guiara el resto del trayecto, manteniéndose en las zonas sin iluminar.

James tenía razón: al llegar al corazón del camping, comprobó que la gran mayoría de las parcelas estaban vacías.

Un pequeño grupo de caravanas se agrupaba en el extremo más alejado, otra vez cerca de un bosque. En una de las ventanas parpadeaba una luz; las demás estaban a oscuras. Su olfato no le había fallado. El olor a lobo en el aire era inconfundible.

Thomas se acercó sigilosamente a la primera caravana, la que tenía las luces encendidas. Cerca de la ventana se oía el murmullo de un televisor. Se puso de puntillas y miró dentro. Aunque el pequeño televisor de la esquina estaba encendido, el sillón de enfrente estaba vacío.

¿Qué demonios?

—Vaya, vaya, pero si es el Boy Scout de Rannoch —dijo una voz a su espalda. Se quedó paralizado un instante mientras la adrenalina le recorría el cuerpo. Luego se volvió despacio, con las manos en alto.

—Hola, me preguntaba si podrías ayudarme —empezó Thomas.

Reconoció al joven como uno de los lobos que había visto en el campamento de nómadas cerca de la vía del tren. Puede que hubiera perdido el factor sorpresa, pero al menos había localizado a su objetivo.

—¿Ayudar? ¿En qué? —preguntó el hombre.

Thomas necesitaba desesperadamente que su cerebro le diera algo útil. Cualquier cosa valdría.

Un fuerte estruendo resonó por el recinto casi desierto.

El otro lobo se volvió al instante para ver de dónde venía el ruido. En ese momento, Thomas oyó la voz de James bramando desde el otro lado del campo, cerca de la oficina y el restaurante del camping.

—¡Bastardos, todos vosotros! ¿Creéis que podéis quitarme mi granja, eh? ¡No pienso permitirlo, no lo haré!

Thomas frunció el ceño. ¿Así que la idea de James para crear una distracción era montar un espectáculo? Ese hombre no dejaba de sorprenderle.

—¿Qué demo...? —El lobo se volvió hacia Thomas—. ¿Sabes de qué va todo eso?

Thomas se encogió de hombros. Menos mal que no había sabido nada del plan de James, así que al menos no tenía que fingir sorpresa.

—Sea lo que sea, parece bastante alterado —dijo Thomas.

Justo a tiempo, James Ferguson volvió a despotricar. Que era su tierra y que nadie debía atreverse a quitársela o le cortaría la cabeza. Era un gran actor, por lo visto.

Thomas también oía otra voz, la de otro hombre que intentaba calmar a James.

—Mira, tío. Creo que te has pasado un poco con las copas... —dijo el otro hombre.

—Sí... —El joven lobo volvió a girarse y se quedó mirando hacia donde venía el alboroto. Era la oportunidad de Thomas.

Dejó que la transformación lo invadiera y saltó. Su oponente no tuvo tiempo ni de enterarse. Para cuando intentó reaccionar, Thomas ya había recuperado su forma humana y le había puesto las esposas.

—¡Bastardo mentiroso! —gritó—. ¡Se suponía que ibas a ayudarnos!

Las luces de las otras dos caravanas también se encendieron, y la cortina de la más cercana se agitó. Thomas apenas pudo distinguir dos ojos grandes y asustados. Era la joven que había visto antes. La del niño.

No tendría mucho tiempo. Thomas arrastró a su prisionero hasta la caravana vacía y lo metió dentro a la fuerza, bloqueando la puerta con una de las pesadas mesas de picnic de madera del camping.

Al mismo tiempo, la puerta de la otra caravana se abrió de golpe y apareció el líder de la manada. Parecía un salvaje. Su cabello rojizo y revuelto, iluminado desde atrás por el resplandor amarillo del interior de la caravana, parecía estar en llamas.

—¿Qué demonios está pasando aquí? —gritó, y entonces vio a Thomas y a su subordinado tirado en el suelo, atado.

Reaccionó al instante. Su piel se cubrió de pelaje pardo rojizo, y sus extremidades y columna se retorcieron y transformaron hasta adoptar su forma definitiva. Todo acabó en apenas un segundo, pero Thomas estaba preparado.

Thomas hizo lo mismo: dejó que su lobo tomara el control y se lanzó contra su oponente.

Los dos rodaron por el suelo entre gruñidos y dentelladas.

Ambos asestaron buenos golpes, hasta que Thomas logró aferrar con fuerza el cuello del vagabundo.

Este se sacudió y siguió luchando, pese a encontrarse en una posición de vida o muerte.

Thomas tampoco cedió. Puso todo su peso sobre el lobo rojo y lo inmovilizó contra el suelo, hasta que este apenas pudo hacer otra cosa que aullar de dolor. Entonces, en un abrir y cerrar de ojos, obligó a la bestia a replegarse y emergió completamente humano, con otro par de esposas en la mano.

—Te pillé —dijo Thomas mientras levantaba al lobo esposado del suelo y lo encadenaba a una sólida barandilla metálica en el exterior de la caravana.

Todo el entrenamiento de combate que había recibido en el Escuadrón Alfa había dado sus frutos.

Un gruñido grave lo distrajo. Levantó la vista y vio a otros cuatro lobos, los mismos que había encontrado en Blackpool, formando un semicírculo a su alrededor.

—Mirad. He derrotado a vuestro alfa. Si queréis recibir el mismo trato, adelante —siseó Thomas.

—¿Qué estáis esperando? —se quejó su alfa—. ¡Sacadme de estas malditas esposas!

Uno se lanzó hacia delante con el puño en alto, como si pretendiera noquear a Thomas. Este se agachó justo a tiempo, y el joven trastabilló unos pasos más allá.

Thomas lo agarró por el cuello de la camisa y tiró de él hacia atrás. A este ritmo, iba a necesitar más esposas.

Los jóvenes restantes se limitaban a observar. Thomas ya había derrotado a su alfa y a su compañero más impulsivo. Eso no auguraba nada bueno para el resto.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó una voz familiar.

Thomas no pudo reprimir una sonrisa cuando James Ferguson se plantó en medio del enfrentamiento entre él y el resto de la manada de vagabundos.

Los jóvenes lobos se apartaron, dejando pasar a James.

—¡Estáis de broma! ¡Sois un hatajo de cobardes! —bramó su alfa.

Parecían estar sopesando sus opciones. Sí, todavía tenían la ventaja numérica, pero Thomas acababa de demostrar su superioridad al derrotar a dos de los suyos en tiempo récord.

La llegada de un lobo conocido que parecía haberse puesto del lado de Thomas solo complicaba las cosas para los vagabundos.

Estos eran seguidores, no líderes. Y acababan de quedarse sin opciones.

Así que todos parecieron tomar la misma decisión casi al mismo tiempo.

Dos huyeron a través del camping vacío y desaparecieron por el camino que llevaba a la carretera principal.

—Vigila a los prisioneros —gritó Thomas.

James asintió, y Thomas salió tras el otro, que rodeó el grupo de caravanas y se internó en el bosque de detrás. Era increíblemente rápido, y Thomas tuvo que transformarse de nuevo para seguirle el ritmo.

Pero fue inútil. Lo único que consiguió fue agotar el resto de su energía para esa noche.

Tres de cinco no estaba mal, ¿verdad?

Thomas regresó a las caravanas y descubrió que James se había instalado en la caravana donde había encerrado al primer prisionero.

—¿Todo bien? —preguntó Thomas—. Espero que tu distracción no haya terminado demasiado mal.

James desestimó la pregunta de Thomas con un gesto de la mano.

—Ah, el propietario de aquí es amigo mío. Le pareció muy divertido. ¡Ven, echa un vistazo a esto!

Thomas se unió a James frente al pequeño televisor. En la pantalla aparecieron imágenes de Blackpool.

—...en directo desde Blackpool esta noche, donde la policía local ha arrestado a un cambiaformas lobo que fue sorprendido robando una gasolinera. Jenny, estás en el lugar de los hechos ahora mismo. ¿Qué puedes decirnos?

Thomas retrocedió un paso y cruzó los brazos. Un millón de cosas le pasaban por la cabeza.

Vaya momento. Justo cuando había alcanzado a toda la banda, ¿cuáles eran las probabilidades de que la policía atrapara a uno que se había quedado en Blackpool?

—Me lo voy a tomar como una señal —dijo Thomas.

—¿Ah, sí? —preguntó James.

—Sí. Da igual lo que quisiera el Alfa Blackwood, estos payasos estaban destinados a caer. Todos. Tarde o temprano, los que escaparon también se meterán en líos y la ley los pillará.

James se rio entre dientes.

—Vaya con el rencoroso, ¿eh? Mira, has hecho algo bueno aquí. Has cumplido con tu trabajo, has traído al cabecilla y a dos de sus subordinados. Pero no olvides que, en cierto modo, no eres tan diferente de ellos.

Thomas resopló.

—De ninguna manera. ¡No me parezco en nada a estos chicos!

James sonrió y negó con la cabeza.

—Recuerda, hace solo unos días, estabas dispuesto a seguir ciegamente las órdenes de tu alfa, sin considerar en absoluto si estaba bien o mal.

Thomas quiso replicar. Decir que él nunca recurriría a robar joyerías por orden de su alfa. Pero no lo hizo. Por mucho que le costara admitirlo, James tenía razón. Sus acciones durante la última semana le habían valido al menos un pequeño sermón.

—¿Entonces crees que debería dejarlos ir? —preguntó Thomas.

James se encogió de hombros.

—Eso depende de ti. Pero no creo que todos sean tan malos. Simplemente no han tenido el mejor comienzo en la vida.

—Entonces, si llaman a tu puerta, ¿los dejarás entrar? —preguntó Thomas.

James se rio.

—Bueno, eso ya depende. Solo si están dispuestos a dejar sus problemas en la puerta.

El tono triunfal con el que James repitió su lema hizo reír a Thomas, a pesar de todo.

—Vale, tienes razón. Supongo que te debo las gracias —dijo—. No lo habría conseguido sin ti.

—No hace falta. Me alegra ayudar a un compañero lobo de Rannoch.

—Gracias —dijo Thomas—. ¿Vas a ayudarme a llevar a estos prisioneros de vuelta a Blackpool?

James se inclinó hacia delante y cogió un manojo de llaves de la estantería junto al televisor.

—Te ayudaré a meterlos en un coche, pero luego será mejor que me vaya a casa. En mi oficio, es mejor mantenerse alejado de la policía todo lo posible.

James se levantó y le dio a Thomas una palmada en el hombro, de hombre a hombre.

—Buena suerte, hijo. Y si llegas a hablar con tu tía Rebecca, dale recuerdos de mi parte, ¿quieres?

Así que él también había ido detrás de ella en su día.

—Lo haré.