infiltrado (Escuadrón Alfa 3) Capítulo Trece
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Capítulo Trece

—No pienso hablar contigo.

El chico —no debía de pasar de los dieciocho o diecinueve años— cruzó los brazos y clavó la mirada al frente, ignorando a Eric King, que se había sentado frente a él en una de las salas de interrogatorio de la comisaría local.

Jill observaba toda la escena desde detrás del cristal unidireccional de la zona de observación. A su lado estaba sentado el detective Tate, el responsable local de toda la investigación. La sala era pequeña, así que el resto del escuadrón, incluida la mayor Williams, tenía que esperar fuera.

Cuando la policía había llamado la noche anterior para notificar a Escuadrón Alfa que habían atrapado a un lobo que huía tras robar una gasolinera, Jill volvió a sentirse dividida. Por un lado, le aliviaba que por fin hubieran capturado a uno de los ladrones, pero por otro…

Había algo impredecible en el chico. Como si sus lealtades pudieran cambiar en un instante y fuera capaz de vender a todos los que conocía. Incluido Thomas Blackwood.

¿Y si lo sabía todo sobre Thomas y su conexión con Escuadrón Alfa? ¿Había estado allí cuando Thomas avisó al resto de su grupo?

El chico desprendía esa actitud de quien no le importa a quién traiciona con tal de sacar el más mínimo beneficio. Y, de todos modos, ¿por qué se había quedado atrás y dejado que lo atraparan cuando el resto de su manada había desaparecido de la noche a la mañana?

—Da igual. Puedes limitarte a escuchar —dijo Eric.

Los dos metamorfos se sostuvieron la mirada hasta que, finalmente, el chico apartó la vista.

Jill no dominaba el lenguaje corporal de los metamorfos tanto como le habría gustado, pero se daba cuenta de que estaban estableciendo la jerarquía. Y el chico acababa de perder.

La dolorosa experiencia con Thomas le había enseñado a Jill que los lobos solían ser más respetuosos con las figuras de autoridad que los osos. Al fin y al cabo, Thomas había traicionado sus propios valores para servir a su alfa, aparentemente sin cuestionar demasiado las órdenes que recibía.

Jill abrió una página en blanco en su bloc de notas y esperó, bolígrafo en mano, a que el chico dijera o hiciera algo digno de figurar en su informe.

—Te pillaron con las manos en la masa. La policía local te tiene grabado en las cámaras: te transformaste y huiste de la escena del crimen.

El chico resopló y clavó la mirada en la pared vacía a la izquierda de Eric.

Instintivamente, se llevó la mano al hombro, donde la policía le había dado con la táser durante el arresto.

Simplemente no había otra forma de que humanos de complexión y fuerza normales capturaran a un metamorfo sin riesgo; Jill lo sabía.

—Así que no te estoy interrogando para saber si lo hiciste. Ya lo sabemos. Por este robo vas a caer seguro. Y la ley no se anda con miramientos con quienes amenazan a la gente con un arma, así que el castigo será duro —dijo Eric.

—¿Qué arma? ¡Yo no llevaba ningún arma! —protestó el chico.

Dios, Eric había conseguido que hablara. A Jill se le cayó el alma a los pies. ¿Quién sabía qué más podría soltar ahora? ¿Por qué no podía acabar de una vez este maldito asunto?

—Te transformaste delante del empleado de la gasolinera. Dientes y garras, colega. Eso cuenta como armas según la nueva ley.

—Es mi cara, sin más. ¿Qué quieres que le haga? Me emocioné, me transformé sin querer, ¿y qué?

Eric juntó las manos.

—Da lo mismo. Dientes son dientes, y fuiste y le enseñaste los tuyos a un humano indefenso.

El chico esbozó una sonrisa de suficiencia y volvió a apartar la mirada.

—Entonces, ¿qué quieres?

—Quiero saber adónde se ha largado el resto de tu grupo.

—Ni idea. Y aunque lo supiera, no se lo diría a tipos como tú.

—Bien. Tú mismo. Pero yo que tú me lo pensaría mejor antes de negarte a ayudarnos. No es nada agradable estar encerrado entre cuatro paredes de hormigón, que es donde vas a pasar una buena temporada si no nos ayudas a encontrar al resto de tu manada.

—A mí me da igual —dijo el chico.

Jill tomó algunas notas generales sobre su actitud, así como sobre las pequeñas admisiones que Eric había logrado arrancarle. Al menos, de momento parecía aguantar. O quizás no sabía nada de quién era Thomas ni de lo que había hecho.

Un alboroto en el exterior interrumpió los pensamientos de Jill. El detective Tate se levantó de la silla para ver qué ocurría. Fue entonces cuando Jill lo sintió.

Thomas Blackwood estaba fuera.

Le entró el pánico. Después de hacerle prometer que no volvería, ¿qué demonios hacía allí? Jill tiró la silla al levantarse y se quedó en el umbral, observando la escena del exterior.

Allí estaba, en medio de la comisaría, rodeado de policías uniformados y del resto de los miembros de Escuadrón Alfa. Todos hablaban a la vez, y era imposible entender una palabra.

A su lado había un hombre pelirrojo con cara de pocos amigos y las manos esposadas por delante.

¿Qué haces?, pensó Jill. ¿Quién es ese?

Thomas alzó la vista y sus ojos se encontraron con los de ella.

Estoy aquí para arreglar las cosas.

Jill frunció el ceño. ¿Y cómo vas a explicarle lo que pasó a la mayor Williams? ¿Y al resto del escuadrón?

Thomas esbozó una breve sonrisa. Pienso decir la verdad. Se merecen saberla.

A Jill se le hizo un nudo en la garganta. Al fin y al cabo, no era mala persona; el mismo impulso de hacer lo correcto y cumplir con su deber que lo había traído de vuelta era lo que antes lo había desviado del camino. A pesar de todo, sus intenciones eran buenas.

Pero que Jill se hubiera dado cuenta de eso ahora no cambiaba nada. Si seguía adelante, las consecuencias serían desastrosas.

Jill observó al detective a cargo y a algunos de sus colegas.

No les había hecho ninguna gracia la participación de Escuadrón Alfa.

Si descubrían que un miembro del escuadrón había saboteado su caso, daría igual que Thomas se hubiera entregado voluntariamente.

La mala prensa perjudicaría al escuadrón y echaría por tierra todo el buen trabajo que habían hecho hasta entonces.

El secretario Teese se pondría furioso. El general Stone, en la base, vería cumplido su mayor deseo: el escuadrón tendría los días contados.

Mientras tanto, Thomas se estaría echando a los lobos, nunca mejor dicho.

Solo había una salida, para todos.

No puedes decírselo. ¡Piensa en lo que supondría para el escuadrón!, pensó Jill. Sígueme el juego.

—¡Blackwood! Has vuelto —Jill alzó la voz—. Veo que tu misión ha sido un éxito.

Thomas parpadeó varias veces y asintió lentamente.

—Sí, logré arrestar al cabecilla de todos estos robos que hemos estado investigando. Aquí lo tienen.

El hombre a la izquierda de Thomas fulminaba con la mirada a la multitud que lo rodeaba. Por suerte, mantuvo la boca cerrada.

La mayor Williams se adelantó e intercambió unas palabras en voz baja con Thomas.

—Explícate —Jill la oyó decir.

Dile que te infiltraste.

A la mayor no le haría gracia que Thomas hubiera actuado por su cuenta sin informar al resto del escuadrón, pero eso no era ni de lejos tan peligroso como contarle la verdad. En cierto modo, podía fingir que estaba siguiendo sus órdenes de adoptar un papel más proactivo. Más o menos.

—Vi una oportunidad de infiltrarme en la manada. De ganarme su confianza —dijo Thomas en voz baja—. Simplemente no hubo tiempo de consultarlo con nadie.

Jill sonrió para sus adentros. ¡Sí! Había plantado la semilla de la historia en su mente, y él estaba tirando del hilo. Con un poco de suerte, esta era la salida que tan desesperadamente necesitaban.

—Debí saber que no podía confiar en ti. Eric Blackwood y todo su clan pueden irse al infierno, por lo que a mí respecta —el hombre esposado junto a él fulminó a Thomas con la mirada. A Jill le llamó la atención lo gélidos que eran sus ojos.

Así que al menos una persona en la sala se había tragado la historia. Jill miró a la mayor Williams, que ahora le daba la espalda.

—No hemos terminado de hablar de esto —susurró la mayor.

Thomas asintió.

Entonces la mayor se giró y clavó la mirada en Jill, que sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sospechaba de ellos. ¿Cómo?

—Detective Tate, ¿por qué no se lleva a este hombre, lo ficha y ve si puede sacarle algo para resolver su caso? —dijo la mayor Williams mientras volvía a alejarse de Jill.

El detective no parecía convencido. Se puso en jarras.

—¿Qué pruebas tiene contra este hombre?

Thomas se dio unas palmaditas en el bolsillo derecho del chaleco táctico, metió la mano y sacó dos bolsas de plástico transparente.

—Creo que encontrará este reloj en el inventario del seguro de la joyería de Church Street. La que asaltaron hace poco —dijo Thomas—. Y esta muestra de pelo podría serle útil si quiere hacer una prueba de ADN. La encontré en la misma escena del crimen.

—¿Eso es todo lo que encontró? —intervino uno de los otros policías—. Porque no es suficiente. La cadena de custodia...

—Oh, hay más —lo interrumpió Thomas—. Parece que salieron de la ciudad con tanta prisa que no les dio tiempo a colocar el botín.

El detective y el otro policía intercambiaron unas palabras en voz baja, mientras la mayor Williams permanecía junto a Thomas con los brazos cruzados.

Esta era una de las cosas que Jill admiraba de la mayor.

Tenía sus dudas sobre la explicación de Thomas, pero jamás lo demostraría delante de extraños.

—Por cierto, hay un par de personas más en mi coche, ahí fuera —añadió Thomas.

Jill se mordió el labio y esperó a que alguien, quien fuera, dijera algo para romper la tensión. Vaya, has estado ocupado desde que te fuiste.

Thomas le guiñó un ojo. Digamos que tenía muchas ganas de enmendar mis errores.

—Muy bien. ¡Clark, Kendrick! ¿Por qué no traen a los demás prisioneros? —dijo el detective Tate, mirando primero a Thomas y luego a la mayor Williams—. Mientras tanto, nosotros también hemos hecho una detención. Veamos si estos dos se conocen.

Jill contuvo la respiración mientras el grupo, encabezado por el detective Tate y el prisionero, se dirigía hacia la sala de interrogatorios. El prisionero de Thomas soltó una retahíla de palabrotas en cuanto el detective reveló quién estaba al otro lado de la puerta.

—¡Maldito idiota! ¿Por qué no pudiste hacer lo que te dijeron, aunque fuera una vez? —despotricó.

—¿Por qué? ¿Para que me pillaran junto contigo? Me la jugué por mi cuenta. ¿Y qué? —replicó el joven.

Jill apenas pudo reprimir una sonrisa.

—Bueno, pues. Eso responde a la pregunta —el detective Tate sacó al pelirrojo de la sala de interrogatorios tirando de él y lo entregó a dos de sus colegas uniformados—. Supongo que hay que felicitarle.

Thomas se encogió de hombros.

Qué incómodo es esto. Apenas sé qué decirle a esta gente. Odio tener que mentir.

Jill apretó los labios. Tenía sentido. Desde que había comenzado toda esta misión, Thomas había estado debatiéndose entre dos valores importantes por los que siempre había intentado regirse.

Seguir órdenes y ser sincero.

Por eso se había mostrado tan culpable; esa contradicción había amenazado con destrozarlo por dentro.

Sonríe y asiente. Pasará pronto, pensó Jill. Necesito que sobrevivas a esto. Y esta es la única manera.

Por suerte, la policía y el resto del escuadrón estaban demasiado ocupados inspeccionando las pruebas y procesando e interrogando a todos los que Thomas había traído como para prestarle más atención. Por ahora.