infiltrado (Escuadrón Alfa 3) Capítulo Tres
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Capítulo Tres

Jill esperaba de pie con las manos cruzadas mientras la Mayor Williams daba instrucciones al escuadrón.

Por supuesto, prestaba mucha atención a las palabras de la mayor, pero no se limitaba a eso. También observaba a los miembros del equipo uno por uno.

—En primer lugar, quiero dar la bienvenida al miembro más reciente de nuestro equipo, Sean McMillan, con quien ya tuvimos el placer de trabajar durante el caso del asesinato de Sevenoaks…

McMillan tendría que haber sido el más incómodo del grupo; al fin y al cabo, era el nuevo.

Pero el alto exdetective de policía parecía completamente a sus anchas.

Incluso le había brillado la mirada al saludar a todos nada más llegar.

Ahora que mencionaban su nombre, prácticamente irradiaba confianza.

Jill examinó al resto del grupo. Los demás se comportaban como de costumbre, en su mayor parte.

—Estoy segura de que seguiremos trabajando bien juntos como parte del mismo escuadrón —continuó la mayor—.

Pero aún queda camino por recorrer, porque como todos sabemos, el entrenamiento es lo primero.

Pasará por el campamento de instrucción como todos los demás.

Quiero nombrar a Bentley como su oficial de entrenamiento.

De hecho, preveo que el Escuadrón Alfa va a seguir creciendo de forma regular a partir de ahora y necesitaré la ayuda de Bentley para gestionar el reclutamiento y la formación.

Jill se detuvo a observarlo un momento. El antiguo miembro de las Fuerzas Especiales llevaba amargado desde que nombraron a Eric King segundo al mando, hacía ya meses.

Pero incluso ahora que la mayor lo había señalado para un ascenso, la expresión firme de Bentley apenas cambió.

Solo acusó recibo del anuncio con un levísimo tic en la comisura de la boca.

Jill desvió la atención al siguiente miembro del equipo.

Cooper era mucho más despreocupado que Bentley, y en los últimos meses había madurado de verdad.

Pero ahora no dejaba de mirar al nuevo recluta en lugar de prestar atención a la mayor, quizás intentando establecer contacto visual.

Su comportamiento encajaba con sus payasadas habituales, así que Jill pasó de él.

—Mi siguiente anuncio tiene que ver con una nueva misión.

La oficina del secretario Teese ha recibido información sobre un caso que podría beneficiarse de nuestros talentos especiales, así que nos desplegaremos en Blackpool, donde se ha denunciado una ola de crímenes con posible implicación de metamorfos.

Los hermanos King estaban uno al lado del otro: Eric con la vista fija en la mayor y Adam cambiando el peso de un pie a otro con impaciencia, como si no pudiera esperar a que terminara la sesión informativa. ¿Tenía algún sitio más interesante donde estar?

La única persona que se comportaba de forma completamente inusual era también aquella a la que Jill normalmente no soportaba mirar más de un segundo seguido.

La expresión de Thomas Blackwood no tenía nada que ver con su alegría habitual.

Parecía haber visto un fantasma de camino a la sesión informativa.

Y no era solo eso: todo su lenguaje corporal también había cambiado.

Algo iba claramente mal, pero Jill no tenía forma de averiguar qué.

Normalmente, hacía todo lo posible por ignorar al metamorfo lobo.

Hasta ese punto la incomodaba su presencia.

Pero en ese preciso momento, estaba completamente dividida y sin saber qué hacer.

Una vocecita en su cabeza insistía en que debería averiguar qué le pasaba al hombre para poder ayudarlo.

Al mismo tiempo, la parte más racional de su cerebro le decía que se mantuviera bien alejada de él si valoraba su cordura. ¿Qué hacer?

—Eric King estará al mando de la misión mientras yo permanezco en la base.

Blackwood tendrá un papel importante, ya que ha habido avistamientos de lobos por la ciudad coincidiendo con los crímenes —hurtos menores y robos en viviendas, hasta ahora—.

Necesitaremos su experiencia para resolver el caso satisfactoriamente.

Jill frunció el ceño. ¿Sería por eso que se comportaba de forma tan extraña? ¿Nervios por asumir más responsabilidad en la próxima misión, quizás?

—La Soldado Callahan se unirá a Eric King y Blackwood en la misión como apoyo logístico. Adam King y Cooper también los acompañarán. Preparen el equipaje, salen a las 1400 horas.

Jill miró a Adam King y vio que por fin había dejado de moverse inquieto, como si el anuncio final lo hubiera tranquilizado.

Así que eso era todo. Los cinco viajarían a Blackpool para investigar aquellos robos.

Jill respiró hondo y volvió a mirar a Thomas Blackwood. Seguía blanco como la pared y visiblemente tenso. ¿Qué demonios le había pasado esa mañana?

La mayor los despidió a todos y los miembros del escuadrón empezaron a charlar con Sean McMillan mientras entraban.

—Qué curioso. Había oído hablar de gatos ladrones, pero no de lobos ladrones —bromeó Cooper.

Bentley resopló.

—No le hagas caso al viejo Bentley. Solo finge ser duro —Cooper sonrió de oreja a oreja, mientras sus comentarios le valían una mirada asesina del recién nombrado oficial de entrenamiento del Escuadrón Alfa.

Jill negó con la cabeza. Por mucho que hubieran avanzado, Cooper aún no había logrado superar del todo sus problemas con la autoridad.

Examinó al grupo mientras entraban en el cuartel y recorrían el estrecho pasillo. Estaban todos, charlando animados como solían hacer antes de una misión, salvo Bentley, por supuesto, cuyo vocabulario no parecía incluir la palabra «emoción».

Había otra ausencia notable. Thomas Blackwood debía de haberse escabullido solo, porque no se le veía por ninguna parte.

Jill no podía explicarlo, pero no lograba quitarse de encima la persistente sensación de que algo iba mal con aquel hombre.

Y más aún, no entendía por qué sentía esa creciente necesidad de hacer algo al respecto.

Se sentía responsable del buen funcionamiento y el bienestar de todo el escuadrón, claro, pero ¿por qué iba a ser cosa suya resolver también los problemas personales de sus miembros? No tenía sentido.

Y sin embargo, por mucho que racionalizara, no podía cambiar lo que sentía.

Era casi como si pudiera percibir su inquietud de algún modo, como si esta hubiera contagiado su propio estado emocional y la hubiera llevado a empatizar con él. Eso tenía aún menos sentido.

Jill respiró hondo y caminó con la cabeza gacha hacia su oficina, dejando que el resto del escuadrón se quedara charlando con McMillan de camino a sus habitaciones.

¡Concéntrate, mujer!, se reprendió mientras intentaba organizar el papeleo pendiente de su escritorio. El anuncio de la mayor había sido claro. En unas horas se trasladarían a Blackpool, así que solo tenía un tiempo limitado para terminar el trabajo y hacer el equipaje.

Me pregunto qué estará haciendo Blackwood ahora mismo…

Madre mía, su subconsciente no iba a soltar el tema.

Jill se dejó caer en la silla y se pellizcó el puente de la nariz. Ojalá dejara de dolerle la cabeza; eso la ayudaría a concentrarse.

Consultó el calendario para repasar las tareas pendientes cuando reparó en una fecha conocida en un futuro no muy lejano.

Mierda. ¡Había estado tan absorta en el trabajo que se había olvidado por completo de su propio cumpleaños!

Rebuscó en el escritorio y encontró el móvil.

Lauren no la perdonaría si cancelaba este año.

Desde que fallecieron sus padres, habían empezado a celebrar juntas su cumpleaños sin falta.

Daba igual lo diferentes que fueran o que sus vidas hubieran tomado caminos aparentemente opuestos: seguían siendo hermanas. Gemelas, para más señas.

Jill se quedó inmóvil en su silla un momento, con la mirada fija en la pantalla en blanco del teléfono.

Vale, se suponía que debía acompañar al escuadrón en su última misión, pero no la echarían de menos ese domingo, ¿verdad?

Además, estaría en la zona, así que no le llevaría mucho tiempo acercarse a casa de Lauren un rato y volver con el escuadrón antes del anochecer.

Respiró hondo.

Quizás un día lejos del Escuadrón Alfa, y especialmente de Blackwood, le vendría bien. Le daría distancia, perspectiva.

Tendría que hablarlo con la mayor.

Después de seis meses trabajando a destajo sin un solo día libre, seguramente estaría abierta a la petición de Jill... ¿Verdad?

Recogió todo el trabajo pendiente más urgente, lo metió en una carpeta y fue al despacho de la mayor. Llamó dos veces y entró, solo para descubrir que no estaba sola.

Eric King estaba con ella, y los dos parecían absolutamente culpables.

No es que la mayor tuviera un pelo fuera de lugar, ni hubiera ninguna otra prueba de comportamiento inapropiado. Pero aun así parecían... azarados.

—Lo siento —susurró Jill, y empezó a retroceder. Alargó la mano hacia la puerta para cerrarla tras de sí, pero la Mayor Williams la detuvo—. No quería interrumpir.

—Espera.

Jill obedeció y mantuvo la mirada fija en el suelo.

—Sí, señora.

—¿Qué necesitas? ¿Es sobre la misión? —preguntó la mayor, apartándose un mechón inexistente de la cara.

Había puesto cara de severidad, pero Jill notaba que no estaba del todo cómoda con la situación. Aunque no era asunto suyo.

—En realidad, bueno... —«¡Ahora o nunca!». Jill carraspeó—. Solo quería decirle que estoy lista para salir, y también, si no es mucha molestia, esperaba poder librar el día dos.

La mayor se quedó pensativa un momento.

—Es el próximo domingo, ¿no? Seguramente todavía estarás en Blackpool para entonces —dijo.

Jill asintió.

—Sí, señora. Verá, es que es mi cumpleaños, y el de mi hermana también; somos gemelas. Siempre pasamos el día juntas. Si es un problema, lo cancelo.

Jill contuvo la respiración esperando una respuesta.

La mayor miró a Eric, quien le sostuvo la mirada. Jill no sabía cómo lo sabía, pero parecía que los dos estaban comunicándose. Solo con miradas. Era de lo más extraño.

—Claro, no hay problema, soldado. Feliz cumpleaños por adelantado —dijo la mayor.

Jill soltó un suspiro de alivio. Nunca se le había dado bien pedir cosas para sí misma. La única razón por la que había reunido el valor era porque Lauren se la comería viva si faltaba.

—Gracias, señora.

—Puedes retirarte —añadió la mayor, aunque Jill no necesitaba que se lo recordaran. Salió disparada, murmurando otro agradecimiento.

«Incómodo».

Menos mal que no había entrado cuando los dos estaban en una posición más comprometida. La conversación que habría seguido sobre guardar silencio respecto a lo que pudiera haber visto era algo que se alegraba de evitar.

O posponer.

Porque no parecía que la relación entre la mayor y Eric King fuera a acabar pronto. La forma en que se miraban lo decía todo.

«¿Tendré alguna vez a alguien así?»

Jill intentó dejar de pensar en ello. En cierto modo, quizás, casi lo tenía. Pero no iba a permitir que Thomas Blackwood se acercara lo suficiente como para averiguar si él sentía lo mismo.

Al menos había conseguido librar el día de su cumpleaños, a pesar de todo. Lo tomaría como una victoria e intentaría concentrarse en hacer el equipaje antes de que llegara la hora de conducir hacia el norte, a Blackpool, con la mayor parte del escuadrón.