Infierno Carmesí (Chicago Carmesí 2) LA MEJOR OPCIÓN
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LA MEJOR OPCIÓN

L a primera casa ya no estaba.

Novak lo vio nada más doblar la esquina: donde había habido una vivienda de dos plantas, de ladrillo rojo, con su porche y sus escalones, ahora solo quedaba un montón de escombros, una pared en pie con el papel pintado todavía visible, y una excavadora amarilla mordiendo lo que restaba con una lentitud paciente, casi obscena.

Al fondo, otras dos máquinas trabajaban ya sobre la manzana siguiente.

El aire estaba lleno del polvo del yeso y del rugido diésel de los motores, y una valla metálica nueva rodeaba la zona, con carteles del proyecto colgados cada pocos metros: siluetas de torres de cristal, familias sonrientes, un río azul imposible.

El futuro, plastificado, tapando la ruina del presente.

A Novak, al ver los escombros de la primera casa, le subió el gris de siempre, el del asfalto machacado, con su regusto a moneda vieja en la lengua.

El color de lo que se pierde y no vuelve.

Se ajustó los tapones, que poco podían contra el fragor de los motores, y el gris se quedó ahí, posado sobre las ruinas del barrio.

Había empezado la demolición. Se habían quitado de encima a dos baluartes, y la única que quedaba viva, Renata, no tenía ganas ni medios para seguir intentándolo.

Inés los esperaba en la acera de enfrente, fuera del vallado, mirando las máquinas con los brazos cruzados.

Llevaba una chaqueta fina pese al calor, el pelo recogido, y en la cara esa serenidad grave que Novak le había conocido desde el principio, la de quien ha aprendido a sostener el dolor sin que se le note demasiado. Se giró al oírlos llegar.

—Detectives. —Los saludó con una inclinación de cabeza.

—Inés. —Novak se puso a su lado, frente a la valla—. Gracias por venir. Sé que no es fácil, aquí, hoy.

—¿Aquí? Aquí es donde tiene que ser. —Miró la excavadora—.

Esa de ahí era la casa de los Doherty. Dos calles más allá vivía mi padre.

La suya la tirarán mañana o pasado, supongo.

—Lo dijo sin dramatismo, como quien lee una lista—.

Ustedes dijeron que querían hablar. Y por el teléfono me pareció que era algo que no se dice por teléfono. Así que aquí estoy.

Novak y Moretti se miraron un instante. Lo habían discutido mucho, a quién contárselo.

Habían pensado en la familia del concejal Whitlock, pero eran gente que apenas había tocado el caso, ajena, que lo vería desde fuera.

Renata quedaba totalmente descartada. Al final había quedado Inés.

Porque fue ella quien empezó todo, quien le puso a Novak en la mano la primera lista de nombres.

Porque era la hija de la primera víctima.

Y porque, de todos ellos, era a la única a la que Novak sentía que le debía la verdad, entera, mirándola a los ojos.

—Hemos venido a contarle lo que sabemos —dijo Novak—. Todo. Porque creo que tiene derecho a saberlo, aunque no le vaya a gustar. Y porque no quiero que se entere por un periódico, ni que se quede para siempre sin saber quién le quitó a su padre.

Inés lo miró, muy quieta.

Y entonces Novak se lo contó todo. Le habló del Faro, el hombre que reclutaba desgraciados y los convertía en ejecutores. Le habló de los trapicheos de Lindqvist. Y le habló, sobre todo, de Seel.

—El arquitecto. —Lo dijo con cuidado, observándola—. Sé que fue él. Lo sé con la misma certeza con la que la estoy mirando ahora. Él lo organizó todo, él pagó, él movió los hilos. Y el hombre que ejecutaba por él, su brazo… ese ya ha caído.

Inés no lloró. No apartó la vista. Solo se le tensó algo en la mandíbula.

—¿Lo han detenido?

Novak dudó una fracción de segundo.

—Ha caído. —Inés asintió, para constatar que lo entendía—.

Es lo único que le puedo decir. Pero el que dio las órdenes, el que ideó todo, Seel…

ese sigue libre. Y esa es la parte que he venido a decirle mirándola a la cara, Inés, porque me parece lo más injusto de todo y no quiero ocultárselo.

—Apretó los dientes—. No podemos tocarlo.

No tenemos pruebas. Lo sabemos, pero no podemos demostrarlo, y un hombre como él, con su dinero y sus abogados, no va a pisar un juzgado jamás.

—No tenemos nada contra él, ni podremos tenerlo nunca —intervino Moretti—.

Ese hombre va a levantar sus torres sobre la casa de su padre, y va a dormir tranquilo, y va a salir en las revistas.

Y nosotros no podemos hacer nada. Nada. Eso es lo que hemos venido a decirle.

Que sabemos quién fue, y que no podemos meterlo entre rejas.

Se hizo un silencio entre ellos, roto solo por el rugido de las máquinas y el crujido de otra pared viniéndose abajo al fondo. Inés miró la excavadora, el polvo, la valla con sus torres de cristal dibujadas.

—¿Por qué me lo cuentan?

—Porque se merece saber la verdad —dijo Novak.

—No. Digo por qué me lo cuentan de esta forma. No en una comisaría.

Moretti miró a Novak, que sintió los ojos de su compañera en la sien.

—Porque nosotros —hizo hincapié en el «nosotros»— no podemos hacer nada.

Inés calló. Volvió a mirar hacia las máquinas de demolición. Hasta que se decidió a hablar de nuevo.

—¿Sabe por qué vinimos a este país, detectives? —Lo dijo sin mirarlos, con los ojos puestos en las máquinas—. Mi padre y yo. Cuando yo era niña.

Ninguno respondió.

—Yo nací en la Ciudad de México. En un barrio que no era muy distinto de este, la verdad.

Gente trabajadora, humilde, decente. —Una pausa—.

Mi padre tenía un hermano. Mi tío Efraín.

Y mi tío Efraín, en cierto momento, empezó a andar con gente.

Gente que tenía dinero de repente, coches, respeto en la calle.

Al principio parecía que le iba bien. Mi padre no preguntaba mucho.

—Se le endureció la voz—. Hasta que se supo con quién andaba.

Y para entonces mi tío ya estaba metido hasta el cuello, y de eso ya no se salía uno andando.

Empezaron las amenazas. A él, y luego a nosotros, a la familia, porque así funciona: te agarran por los que quieres.

Mi padre entendió que en aquel mundo no había ley que valiera, ni policía que ayudara, ni juez que hiciera nada, porque todos comían de la misma mano.

Que la única justicia que existía allí era la que se tomaba cada uno.

Y que si nos quedábamos, o nos tragaba esa vida, o nos mataba.

Así que agarró lo poco que teníamos y nos trajo aquí.

A empezar de cero. A un país donde, se suponía, las cosas se hacían de otra manera.

Donde había leyes que protegían a la gente como nosotros.

—Se giró por fin hacia Novak, y en sus ojos había algo sereno y muy hondo, imposible de leer del todo—.

De eso hace ya más de treinta años, y mi padre creyó en eso hasta el día que lo mataron en la playa de un río. Creyó que aquí era distinto.

Novak sintió un peso en el pecho, y no supo bien qué decir.

—Inés…

—No pasa nada, detective. —Y sonrió, una sonrisa suave, cansada, que a Novak, no supo por qué, le dejó un regusto amargo cuando lo que esperaba era otra cosa—.

Le agradezco que haya venido. De verdad.

Que haya tenido el valor de mirarme a la cara y decirme la verdad, sabiendo que no me gustaría.

Poca gente lo hace. —Volvió a mirar las máquinas.

—Ojalá pudiéramos hacer más —dijo Moretti.

—Lo han hecho. Ya sé quién mató a mi padre. Eso ya es mucho. Váyanse tranquilos. Y gracias, de verdad.

Cruzó una mirada con Novak, y el detective, esta vez sí, vio algo distinto en los ojos de la mujer. La leve lágrima que le había intuido antes parecía haberse secado. Y aquella desazón dejó paso a otro sentimiento: la preocupación.

No sabía si estaban obrando bien o no. Pero situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas.

Se despidieron de ella allí mismo, en la acera, frente a la valla.

Novak le tendió la mano, pero ella le dio un abrazo.

Fuerte. Lo mismo hizo con Moretti. Inés se quedó donde estaba cuando ellos se marcharon, una figura sola frente a las máquinas, viendo cómo derribaban, casa a casa, el barrio en el que había crecido.

Novak y Moretti caminaron de vuelta al coche sin hablar, con el polvo del yeso pegándose a la garganta y el rugido diésel a la espalda.

Antes de meterse en el coche, Moretti preguntó:

—Oye. ¿Has hablado con Doyle?

—Esta mañana. —A Novak se le suavizó un poco la cara—. Sigue en casa, de baja. Dice que se sube por las paredes.

—Habrá que ir a verlo, entonces. —Moretti esbozó media sonrisa—. Llevarle algo. Amargarle la convalecencia un poco más, que para eso están los amigos.

Moretti abrió el vehículo, pero Novak se quedó quieto.

Al mirar de nuevo hacia atrás, y luego hacia su compañera, le vino, de forma tenue, el naranja tras las retinas.

Ese naranja que no terminaba de posarse, el de algo que finge ser una cosa y es otra, y que esta vez le venía, incómodo, de la persona en la que más confiaba.

—Vanessa.

—¿Qué pasa, jefe?

—¿Qué pensará Sarah?

Moretti puso los brazos encima del techo del coche y lo miró, seria.

—Ella no pensará nada, Elias. No se lo pienso contar.

—Me refiero a lo del ascensor.

—No te entiendo.

—Joder que si me entiendes —dijo Novak, y se metió en el coche.

Moretti hizo lo propio, y al entrar metió directamente la llave para arrancar. Su compañero se giró hacia ella y le miró las sienes.

—Vannie, si te llegan a hacer la prueba de la pólvora en las manos el día que me sacasteis del ascensor, ¿habría dado positivo?

Moretti arrancó y metió primera. Bajó el freno de mano, pero Novak lo volvió a subir de golpe.

—Detective Vanessa Moretti, responda a su superior.

—¿Qué quieres que te responda, detective en jefe Novak?

Moretti se giró y encontró los ojos de su compañero. A los dos les brillaban.

—Quiero que me prometas que nunca más tus manos darán positivo en una prueba de pólvora, si no es para defenderte a ti o a algún ciudadano.

Se aguantaron la mirada. Vanessa no decía nada, y Novak se fijó en que tragaba saliva y estaba al borde del llanto.

La detective Vanessa Moretti no aguantó más y arrancó el motor. Inició una senda por un Chicago que empezaba a salir de la terrible ola de calor. Novak, ante la imposibilidad de confesión de su compañera, clavó los ojos en la ventanilla y suspiró.

—Solo dime una cosa: ¿Briggs te podría meter en un problema?

—No.

—¿Segura?

—Tan segura como que Jota sabe cómo localizarlo en cualquier momento.

—¿Jota?

—Pensé que se lo habían cargado, el mismo Briggs. Pero resulta que se marchó de Chicago por precaución, pero ya sabes que bicho malo nunca muere. Y tiene un contacto en el entorno de nuestro antiguo capitán.

—¿El chófer?

—Sí, es un viejo conocido de Jota. Y con conocido quiero decir algo más que conocido, claro.

Novak suspiró. Miró a su compañera de nuevo.

—Gracias.

Moretti no dijo nada, tan solo dejó escapar una lágrima que no se molestó en retirar con la mano.