EL BOSQUE
L a noticia tenía ya dos semanas, pero Inés la había guardado, y aquella mañana, antes de que llegara la visita, volvió a leerla una vez más.
Era breve. Ocupaba media columna en la web de un periódico de Chicago, perdida entre asuntos más nuevos, más ruidosos.
La policía de la ciudad daba por cerrada la investigación de los atentados del verano.
Tras seis meses de trabajo conjunto con el FBI, y pese al despliegue de medios técnicos, había resultado imposible identificar al autor material del último tiroteo, el del hotel Aldwyth, cuya imagen, captada de forma parcial por una cámara de tráfico, no había arrojado ninguna coincidencia en las bases de datos federales.
El caso quedaba abierto sin sospechosos, a la espera de nuevas pruebas que, reconocían fuentes del departamento, era improbable que aparecieran.
La ciudad, decía el último párrafo, después de meses de calma, retomaba la normalidad.
Por otro lado, el ambicioso proyecto Meridian Yards estaba a punto de concluir, y en ese mismo diario digital había publicidad al respecto: compre aquí su apartamento para disfrutar en las vacaciones.
Inés leyó la noticia y la publicidad despacio, dos veces cada una. Después cerró el portátil, con calma, y se quedó un momento mirando por la ventana los campos verdes de Illinois, la mañana limpia, el camino de tierra que subía desde la carretera hasta la casa del retiro.
Un coche negro, grande, subía por él en ese momento, levantando una fina cola de polvo.
Había costado tres meses. Tres meses de emails cuidados, de llamadas en el tono justo, de una paciencia que ni ella se sabía capaz de tener.
Se había presentado como una terapeuta de prestigio, formada fuera, especializada en programas de bienestar para grandes proyectos hoteleros, con referencias impecables.
Le había hablado a Seel de un espacio de salud dentro de Meridian Yards.
De cómo el bienestar y la sanación eran el lujo del futuro, de cómo un desarrollo tan visionario merecía un centro a su altura, dirigido por alguien que entendiera de verdad el cuerpo y la mente.
Había apelado a su ego con una precisión de cirujano.
Y aun así, Seel se había resistido. Era un hombre ocupado, desconfiado por naturaleza, más todavía en los últimos tiempos.
Pero Inés había insistido. Con suavidad, sin prisa, sin presionar nunca demasiado.
Le había dicho que no se podía diseñar un espacio de sanación sin haberlo sentido en la propia piel.
Que lo invitaba, sin compromiso, a pasar un día en su retiro, a experimentar de primera mano lo que quería ofrecer a los futuros huéspedes de sus torres.
Un día. Solo un día. Y al final, medio por curiosidad, medio por vanidad, medio por quitársela de encima con un sí, Patrick Seel había aceptado.
Y ahí estaba su coche, subiendo el camino.
Inés salió a recibirlo al porche, con una sonrisa serena, las manos entrelazadas por delante.
El coche se detuvo frente a la casa. Del asiento del copiloto bajó primero un hombre corpulento, de gafas oscuras, que barrió el entorno con la mirada antes de abrir la puerta de atrás.
De otro coche, que había subido detrás, bajaron dos más, iguales, con la misma quietud alerta.
Cuatro. Traía cuatro, esta vez. Inés lo había contado con el mismo sosiego con que lo contaba todo.
Y por fin bajó él.
Patrick Seel estaba más delgado que en las fotos, o quizá era el campo, la luz distinta.
Vestía de fin de semana: pantalones deportivos y sudadera, ropa cómoda, de hombre que se ha dejado convencer para una escapada y aún no sabe si le apetece.
Miró la casa, los campos, el silencio enorme de aquel lugar apartado, con una mezcla de escepticismo y curiosidad.
Y luego a ella, y sonrió con la cortesía automática de quien saluda a alguien que le va a resultar útil.
—Señora Vílchez. —Inés había usado el apellido de su madre; no era descabellado, alguna vez lo había hecho en el pasado—. Al final me ha traído usted hasta el fin del mundo. —Le tendió la mano.
—Doctor. —Inés se la estrechó. Tenía la mano fría, seca. La de él, cálida—. Le agradezco muchísimo que haya venido. Sé lo que le ha costado. No se va a arrepentir.
—Eso espero. —Seel echó otra ojeada alrededor—. Bonito. Aislado, desde luego. ¿Vive aquí sola?
—Con quienes vienen a sanar. —Inés amplió la sonrisa—.
Hoy no hay nadie. He preferido que su primera experiencia fuera tranquila.
Solo usted, yo, y el silencio. Es en el silencio donde pasa todo lo importante.
—Se giró hacia la casa—. Pase. Le he preparado un té.
Y luego, si le parece, damos un paseo. El terreno es lo que de verdad quiero enseñarle.
Es lo que haría único un espacio así: la naturaleza, la calma, la sensación de estar a salvo del mundo.
Seel dudó un instante. Miró a uno de sus hombres, que había avanzado un par de pasos, atento.
—Mis acompañantes…
—Estarán encantados de esperarle aquí, en el jardín. O de acompañarnos a distancia, si usted se queda más tranquilo. —Inés lo dijo sin la menor tensión, con la naturalidad de quien no tiene absolutamente nada que ocultar—. Aquí no hay de qué preocuparse, doctor.
Y esas palabras, pronunciadas con su voz suave, con su cara serena, con sus manos tranquilas, sonaron tan auténticas que Seel, después de un momento, sonrió y relajó los hombros.
—Está bien. Un té. Y ese paseo.
Tomaron el té en el porche, mirando los campos.
Seel habló de su proyecto, cómo no, del futuro de la ciudad, de su visión, de las torres que cambiarían el perfil de Chicago para siempre.
Inés lo escuchó con atención, asintiendo en los momentos justos, haciendo las preguntas que un hombre así quiere que le hagan.
Lo dejó lucirse. Lo dejó sentirse admirado, comprendido, importante.
Y mientras lo escuchaba hablar de la belleza de lo que iba a construir, pensó, sin que se le moviera un solo músculo de la cara, en una casa de ladrillo rojo que ya no existía, y en un hombre al que habían matado en la orilla de un río una mañana de julio.
Cuando terminaron el té, Inés se levantó.
—¿Damos ese paseo?
Bajaron del porche. Uno de los guardaespaldas hizo ademán de seguirlos, pero Seel, ya confiado, ya envuelto en la calma del lugar y en el halago, le hizo un gesto para que se quedara. Los otros tres se repartieron por el jardín, junto a los coches, relajados bajo el sol de la mañana.
Inés lo guió por un sendero que salía de la parte de atrás de la casa, entre la hierba alta, en dirección a un grupo de árboles que se veía a lo lejos, al fondo de la finca.
Caminaron sin prisa. Seel respiraba hondo, comentaba el aire, el silencio, decía que empezaba a entender lo que ella quería decir, que sí, que había algo en aquella paz.
Inés asentía y sonreía y lo dejaba hablar, y a cada paso los árboles estaban un poco más cerca y la casa un poco más lejos.
Fue a mitad de camino cuando sonó el primer disparo.
No fue un estruendo. Fue un golpe seco, lejano, casi limpio, que venía de algún punto de la finca y que a Seel, que no había oído un disparo en su vida salvo por encargo, le llevó un segundo entero identificar. Se detuvo. Miró hacia atrás, hacia la casa.
Junto a los coches, uno de sus hombres ya no estaba de pie.
—¿Qué…? —Seel se quedó paralizado—. ¿Qué ha sido eso?
Sonó el segundo. Y el tercero. Tan espaciados, tan tranquilos, tan certeros que no parecían un ataque, sino una tarea.
Junto a la casa, los otros dos guardaespaldas cayeron, uno tras otro, sin apenas tiempo de llevarse la mano a la chaqueta, sin saber de dónde venía, desplomándose sobre la hierba como si de pronto les hubieran quitado los huesos.
Y el cuarto, el que se había quedado en el porche, alcanzó a sacar el arma y a girarse hacia los campos antes de que un último golpe lo sentara contra la pared de la casa y lo dejara quieto.
Cuatro. En menos de seis segundos. El silencio volvió a cerrarse sobre el campo como si nada hubiera pasado.
Seel se giró hacia Inés con los ojos desorbitados, la cara blanca, y empezó a retroceder.
—Usted… —La voz le temblaba, se le quebraba—. Usted quién es. Quién es usted.
Inés no se había movido. Seguía allí, serena, las manos entrelazadas, mirándolo con una calma que ahora, de pronto, era la cosa más aterradora de aquel campo tranquilo.
—Le recomendaría que siguiéramos caminando —dijo.
Seel miró hacia los campos, enloquecido, buscando a los tiradores que no veía, que podían estar en cualquier parte, en la arboleda, en la hierba alta, en ningún sitio y en todos.
Inés lo vio mirar hacia la casa, hacia los cuerpos de sus hombres tirados al sol.
Lo vio mirar el coche, lejísimos ya, inalcanzable.
Y vio en su cara que entendía, por fin, dónde estaba.
Que no había ley allí. Que no había abogados, ni dinero, ni placa, ni juez, ni nadie a quien llamar.
Ni mucho menos aquel que asesinaba por él, ya que según el detective ya no estaría más.
Solo estaba ella, una mujer serena, y quien fuera que apuntaba desde los árboles.
—Por favor. —Se le doblaron las palabras—. Por favor. Yo tengo… le puedo dar lo que quiera. Dinero. Lo que sea. Le puedo dar…
—No quiero nada suyo. —Inés dio un paso hacia él, y Seel dio dos hacia atrás, tropezando—. Ya me ha dado todo lo que necesitaba. Ha venido. Eso era lo único difícil.
Seel se giró para echar a correr, hacia la casa, hacia los coches, hacia cualquier parte lejos de allí.
Y no había dado el primer paso cuando un disparo levantó la tierra justo delante de sus pies, a un palmo, escupiéndole polvo a las piernas, y lo dejó clavado en el sitio, temblando, con un gemido ahogado saliéndole de la garganta.
—No merece la pena correr, doctor. No llegaría ni a la casa. Se lo aseguro. —Señaló con la cabeza, sin dejar de mirarlo, hacia el grupo de árboles al fondo de la finca, hacia la arboleda quieta bajo el sol de la mañana—. Es hacia allí. Vamos.
Seel miró la arboleda. Miró a Inés. Miró, una última vez, hacia el mundo entero que lo había protegido durante toda su vida y que ahora, en aquel campo, no existía.
E Inés vio apagarse en su cara lo último que le quedaba: la certeza, que lo había acompañado siempre, de que a él las cosas no le pasaban, de que él estaba por encima, de que él era quien miraba las torres y no el cementerio.
Inés lo tomó del brazo, porque parecía incapaz de dar un paso, y tiró de él. Los dos caminaron juntos por la hierba alta, despacio, bajo el cielo enorme y limpio de Illinois, en dirección a los árboles.
Detrás quedaba la casa, y el silencio, y la mañana.
Delante, la arboleda los esperaba, quieta, oscura y fresca, tragándose el sendero.
Y hacia ella fueron caminando, el hombre que había construido su imperio sobre los muertos y la hija del primero de todos, hasta que las sombras de los árboles se cerraron sobre los dos.
Allí, entre los troncos, corría el agua: no una playa fluvial, solo un riachuelo, un remanso quieto, y piedras.
Muchas piedras. Nadie oiría nada. Nadie los buscaría allí.