FEDERALES, OTRA VEZ
N ovak le enseñó el vídeo en un portátil a Hampsten.
Eran imágenes sacadas de una cámara de tráfico que enfocaba el cruce frente al Aldwyth.
Se veía el portal en penumbra de la acera de enfrente, y en él, apenas, la silueta de un hombre con el rifle pegado al hombro.
La cara no se distinguía porque iba con pasamontañas, pero se veía la secuencia entera del terror: vació dos cargadores, mató incluso a viandantes.
—Es lo único que hay: ninguna cámara del hotel apuntaba a la calle, y las de dentro solo grabaron el caos antes de que el tirador, supuestamente, las destrozara. Después el tipo parece que desapareció, no se le registró en ninguna otra cámara, como si se hubiese volatilizado.
Hampsten revisó el vídeo varias veces.
—No se le reconoce. ¿Qué pretende con esto, Novak?
Novak se sentó.
—Los famosos programas de reconocimiento biométrico del FBI que tanto nos han ayudado en el pasado reciente.
Hampsten lo miró por encima del portátil, y Novak vio que la idea le gustaba.
—Está bien. Pase el vídeo al FBI hoy mismo. Prioridad alta. No podemos permitirnos otro tiroteo en esta ciudad. El alcalde, el gobernador y hasta el presidente tienen su espada al filo de mi cabeza.
—Lo lamento. —Novak esbozó algo que no era del todo una sonrisa—.
Espero que den con él pronto. Estamos investigando también por si podemos dar con el primer tirador; hemos vuelto a interrogar a Trevor, pero sigue sin decir palabra.
Tengo a dos compañeros de ciber buscando al Faro en toda la red, pero de momento nada.
—Está bien, Novak, está bien. Valoro tu esfuerzo, pero después de lo de ayer creo que sería mejor que descansaras una semana.
—¿Cómo?
—Con estas imágenes y los compañeros de ciber buscando a ese Faro del que me hablas, creo que es suficiente. La ciudad está militarizada y será muy difícil que vuelvan a atentar.
Novak sonrió por dentro. Eso era, precisamente, lo que estaba buscando. Y el capitán se lo estaba brindando en bandeja.
—Sinceramente, capitán, no tengo fuerzas para seguir mucho más allá. Moretti piensa lo mismo. No es la misma desde que la suspendió.
Hampsten arrugó el entrecejo.
—Solo una semana. En siete días vuelven ustedes a pegar el culo a la silla, que hay crímenes todavía sin resolver.
—A la orden, mi capitán.
Novak se cuadró al estilo marcial, algo poco habitual en él y que pareció más una burla que un acto real de respeto. Salió del despacho, bajó las escaleras y se subió al coche. Tenía otra pantomima que realizar aquel día.
—Déjame ver si lo he entendido. —Haddad se recostó en la silla de su cuchitril de Pilsen, con los monitores parpadeando a su espalda—. Ahora quieres que publique lo contrario de lo que me diste la última vez.
—No lo contrario. Otra cosa. —Novak se apoyó en el borde de una mesa cubierta de papeles—.
La última vez te di el patrón, Meridian Yards, las preguntas incómodas.
Esta vez quiero que publiques un hecho, sin más: que el FBI ha vuelto a la investigación de las matanzas y que está usando el vídeo para identificar al tirador del Aldwyth.
Que la caza del asesino la lleva de nuevo la agencia federal, con todos sus medios.
Un titular tranquilizador. La ciudad puede dormir, los mejores están en ello.
Haddad lo miró con los ojos entornados, esa mirada suya de sabueso que huele algo por debajo de las palabras.
—Y una mierda un titular tranquilizador. —Sonrió, torcido—. Tú no me pides que publique nada por tranquilizar a nadie. ¿Qué buscas, Novak?
—Busco que cierta gente lea ese periódico.
—Novak no le mintió; con Haddad no servía—.
Gente a la que le interesa mucho saber quién anda husmeando en esto.
Si esa gente lee que el caso ahora lo lleva el FBI, con sus máquinas y sus federales, a lo mejor deja de preocuparse por un par de detectives de barrio que ya no pintan nada.
A lo mejor esos detectives dejan de ser un problema que merezca la pena resolver.
—Lo miró—. Me estás ayudando a quitarme un foco de encima, Oscar. Uno que quema mucho.
Haddad lo estudió un momento, y algo en su cara cambió, porque entendió lo que Novak no decía; asintió despacio, cogiendo su libreta.
—Lo publico mañana. —Levantó un dedo—. Pero cuando todo esto acabe, y acabará de una forma u otra, me lo cuentas entero. Todo. Es la segunda historia que te guardas conmigo, Novak, y a la tercera me enfado.
—Cuando acabe. —Novak se dirigió a la puerta—. Te lo prometo.
Se fue a casa con algo parecido a la calma metido entre el pecho y la espalda.
Una semana después, Moretti lo esperaba en el coche, en la esquina acordada, y subió sin decir nada.
Se acababan las vacaciones, pero antes tenían una tarea pendiente.
Los dos sabían adónde iban, y ninguno tenía muchas ganas de hablar por el camino.
Cruzaron la ciudad mientras la luz se volvía naranja, dejaron atrás el centro reluciente y los barrios de siempre, y fueron acercándose a la zona del río, a aquel rincón del South Side por el que había empezado todo.
Tenían una reunión. Una importante. Alguien los esperaba allí, en el barrio, y lo que se dijera en ese encuentro iba a decidir por dónde seguía todo a partir de entonces.
Novak aparcó a un par de calles, apagó el motor, y se quedó un momento quieto, mirando a través del parabrisas la luz del atardecer sobre los tejados bajos del barrio.
De algún punto cercano, hacia el río, llegaba el fragor de las excavadoras de Meridian Yards, que ya habían empezado a comerse Casimir Park casa por casa.
A Novak el estruendo se le colaba por debajo de los tapones, se le metía dentro, y traía consigo un gris de asfalto machacado y un regusto a moneda vieja en la lengua.
El color de la demolición. El color de lo que se pierde y no vuelve.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó Moretti.
Novak no contestó enseguida. Se ajustó los tapones, que de poco servían contra aquel ruido, y el gris siguió ahí, espeso, sobre todo el barrio. Luego abrió la puerta del coche.
—No —respondió.
Y los dos echaron a andar, hacia el barrio, hacia la persona que los esperaba, bajo el fragor de aquellas máquinas aterradoras, de las que destruyen.