INFILTRADOS
L o primero que volvió fue el olor a cuero. Luego, el movimiento: un balanceo suave, el rumor de neumáticos sobre asfalto. Y luego una mano en el hombro, sacudiéndolo con una brusquedad que no era del todo hostil.
—Elias. Elias, mírame. Vamos, despierta.
Novak abrió los ojos. El mundo seguía teniendo los bordes blandos, pero ya no giraba. Estaba tumbado a medias en el asiento trasero de un coche grande, con la cabeza apoyada en el regazo de alguien, y esa alguien era Moretti, que lo miraba desde arriba con la cara descompuesta de preocupación.
—Vannie. ¿Qué…?
—Estás bien. Estás vivo. Eso es lo que importa. —Le apartó el pelo de la frente—. No sé qué te habían hecho. Cuando te sacamos de ahí no te tenías en pie, no reaccionabas. Pensé que… —No terminó la frase.
—El café. —Novak se llevó una mano a la sien, y las palabras le salieron lentas, arrastradas—. Seel. Me puso algo en el café. Lo entendí demasiado tarde.
Novak se incorporó despacio, luchando contra el mareo, y fue entonces cuando vio la nuca del hombre que iba en el asiento del copiloto, delante. Una nuca ancha, de toro, coronada por un pelo gris mal cortado. Y aunque no le veía la cara, no le hizo falta. El estómago se le encogió.
—Vaya, el bello durmiente. —Briggs no se giró.
Habló mirando al frente, hacia la carretera, con esa voz grave y burlona que Novak llevaba meses sin oír salvo en pesadillas—.
Bienvenido otra vez al mundo de los vivos, Novak.
Aunque por un pelo. Un cuarto de hora más y a estas horas serías pasto de los peces.
Novak miró a Moretti. Miró la nuca de Briggs. Miró, por la ventanilla, la ciudad deslizándose, ya lejos del River North. Y las piezas empezaron a encajar, lentas, pesadas, a través de la niebla que aún le enturbiaba la cabeza.
—El sótano —murmuró—. ¿Tú disparaste?
—¿Disparar? —Briggs se encogió de hombros, y por el retrovisor Novak captó el brillo divertido de sus ojos—. Llevas un buen colocón, detective.
Novak giró la vista hacia Moretti, que le devolvió la mirada y no dijo nada.
Y ese silencio, y la manera en que Briggs había esquivado la pregunta para refugiarse en la burla, le bastaron a Novak para entender que había cosas que nadie iba a ponerle por escrito.
Dos disparos. Dos cuerpos desplomándose, y un tercero detrás.
Las figuras borrosas al otro lado de las puertas del ascensor, que él no había llegado a ver con claridad.
No hacía falta que se lo confirmaran. Pero tampoco le habían dicho quién había apretado cada gatillo.
—¿Cómo? —preguntó Novak, mirando a uno y a otro—. ¿Cómo sabíais dónde estaba? —Señaló con la barbilla a Briggs, que tardó un momento en contestar.
Miró de nuevo a la carretera, y cuando habló, algo en su voz se había ensombrecido, había perdido la sorna.
—Porque yo he estado en ese edificio antes que tú, chaval.
Muchas veces. —Se pasó una mano por la barbilla—.
Hubo un tiempo, hace unos años, en que a cierta gente le venía muy bien tener a un capitán de policía que mirara para otro lado en según qué obras.
Que perdiera según qué papeles. Que no hiciera según qué preguntas cuando un vecino cabezota tenía un accidente inoportuno.
—Soltó una risa amarga—. Y a mí me venían muy bien ciertos sobres.
Así que sí. Conocía a Lindqvist y a su inseparable el arquitecto.
Tu amiga me lo ha contado, y supongo que tarde o temprano uno tenía que acabar con el otro.
Conozco esa torre. Y conozco ese ascensor privado, el que baja directo al aparcamiento sin pasar por recepción, el que se usa para sacar cosas del edificio sin que las vea nadie.
Es la única salida que no pasa por cámaras.
Yo lo sé porque yo miré para otro lado mientras lo hacían más de una vez.
Así que cuando tu compañera me dijo que estabas dentro, no hizo falta pensar mucho.
Solo había un sitio donde ibas a aparecer, y solo había que esperarte en la puerta. —Miró a Novak por el rabillo del ojo.
—Estábamos cerca, Elias. Tuvimos suerte —aclaró Moretti.
Novak sintió que se le revolvía el estómago, y no fue solo por el narcótico. Después volvió el silencio. Este todavía más largo.
Elias digería aquello, la magnitud del desaguisado: que el hombre que acababa de salvarle la vida era parte de la misma podredumbre que había intentado matarlo.
Que le debía la vida a un canalla. Que Seel, o Lindqvist, o los dos, llevaban años comprando policías, y que Briggs había sido uno de ellos hasta que la máquina lo escupió.
—Para el coche —dijo Novak—. Me bajo aquí.
—Como quieras. —Briggs le hizo un gesto al chófer, y el todoterreno empezó a arrimarse al bordillo—.
Pero antes de que te bajes con tu dignidad a cuestas, hagamos las cuentas claras, detective.
—Se giró del todo hacia él, y la guasa había desaparecido de su cara por completo—.
Yo hoy te he salvado la vida. Di lo que quieras, reniega todo lo que te dé la gana, pero los dos sabemos que si yo no llego a aparecer en ese sótano, tu compañera estaría ahora mismo yendo a identificarte a un depósito.
Me debes una. La más grande que se puede deber.
—Yo no te he pedido nada. —Novak lo miró con dureza—.
Ni te debo nada. Esto lo has hecho por tu propio interés.
—Moretti le puso una mano en el brazo, pero Novak se deshizo de ella—.
No sé qué te ha prometido Moretti, pero olvídate de ello.
En cuanto me baje de este coche, voy a dar aviso a los marshals.
Briggs lo miró un largo instante. Y luego, muy despacio, sonrió otra vez, pero era una sonrisa distinta, una que a Novak le heló más que cualquier amenaza a gritos.
—Cuidado, chaval. —Bajó la voz—. Que yo te he sacado hoy de un ascensor, pero con la misma facilidad te mete alguien en otro.
Tú y yo sabemos lo que le pasa a la gente que se vuelve un problema para mí.
—Le sostuvo la mirada—. Así que tú y yo vamos a hacer como que hoy no nos hemos visto.
Tú te olvidas de dónde estoy, de este coche y de esta conversación.
Y yo me olvido de que me debes una. Es un buen trato.
El mejor que te van a ofrecer en mucho tiempo.
No lo estropees haciéndote el ciudadano ejemplar.
El policía de ficha intachable. Porque tú y yo sabemos que eso tampoco es del todo así.
Novak se tragó al mismo tiempo su saliva y su rabia, y amarró con fuerza la manecilla de la puerta para bajarse en cuanto le fuera posible. Briggs le hizo un gesto al chófer, y en un apartadero detuvo el coche.
—Venga, largo. Y llévate a tu compañera, que a esta también le tengo cariño y no me gustaría tener que recordarle lo mismo. —Volvió a mirar al frente, dando la conversación por terminada—. Ah, y Novak. De nada.
Novak bajó del coche, tambaleándose todavía, con Moretti sujetándolo por el brazo. Las puertas se cerraron. El todoterreno arrancó, se incorporó al tráfico y se perdió calle abajo, llevándose al hombre que le había salvado la vida y que, en la misma frase, le había prometido quitársela.
Se quedaron los dos en la acera, bajo una farola, viendo desaparecer el coche.
—Elias. —Moretti seguía agarrándolo, y le temblaba un poco la voz—. Olvídalo, ¿me oyes? Olvídalo.
Novak respiró hondo, el aire caliente raspándole la garganta, la cabeza aún flotándole.
—¿Qué has hecho, Vanessa? Habéis entrado en ese ascensor como en la película Infiltrados.
—Lo único que se podía hacer.
—Nos has condenado. Esto nos va a hundir. Cuando encuentren esos dos cuerpos, Seel va a contratar a más sicarios y va a venir a por nosotros. Y Hampsten no nos va a poder ayudar.
—No, compañero, no. Esos dos cadáveres ya no están allí. Briggs es un hijo de puta, pero sabe hacer bien este tipo de cosas.
Novak torció el gesto, se echó hacia un lado y, esta vez sí, vomitó lo poco que tenía en el estómago. Mientras seguía doblado sobre sí mismo, empezó a hablar.
—No podemos probarle nada a Seel, y ahora no podemos ir a por él, porque de una forma u otra sabrá que nos hemos deshecho de su brazo ejecutor. No podemos contarle nada de esto a Hampsten. Y encima le debo un favor a ese…
Moretti lo irguió y lo abrazó como solo dos amigos pueden abrazarse en mitad de una crisis. Con tanta fuerza que el detective notó crujir alguna que otra vértebra.
—Elias, Elias, estamos vivos, y Seel, por el momento, está descabezado.
Para encontrar a alguien que le haga lo que le ha hecho ese tipo del que me has hablado va a tardar.
Él se va a centrar en su proyecto, en Meridian Yards, y cuando lo tenga todo encarrilado se va a relajar y nos dejará tranquilos.
—¿Se va a ir de rositas, y encima con sus planes cumpliéndose? No, eso no podemos permitirlo.
Vanessa se separó un tanto de él. Lo miró a los ojos.
—No, no podemos.