Infierno Carmesí (Chicago Carmesí 2) EL ASCENSOR
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EL ASCENSOR

F ue al levantarse de la silla cuando Novak notó que algo iba mal.

El suelo de la sala de reuniones se onduló un instante bajo sus pies, un balanceo suave, como la cubierta de un barco, y tuvo que apoyar una mano en el respaldo para no perder el equilibrio.

Parpadeó. La luz del ventanal, el río al fondo, la cara de Seel: todo tenía de pronto un halo blando, los bordes desdibujados, como si alguien hubiera pasado un dedo por una acuarela todavía húmeda.

—¿Se encuentra bien, detective? —La voz le llegó desde muy lejos, amortiguada, aunque el hombre estaba a dos metros.

Novak no contestó. Solo recordó algo: el café parecido al de su abuela.

Levantó la cabeza y se encontró con alguien a quien acababa de ver no haría mucho tiempo. O quizá sí, porque había perdido la noción no solo del espacio.

Se fijó en la cara del interlocutor, y algo había cambiado.

El dolor había desaparecido. La cara demacrada, los ojos húmedos, el temblor de la voz: todo aquello se había esfumado, como una máscara que ya no hace falta sostener.

Lo que quedaba era un hombre tranquilo, sereno, que lo miraba tambalearse con la curiosidad fría de quien observa a un insecto darse contra un cristal.

—Ahí está —dijo Seel en voz baja—. Ya empieza. Me preguntaba cuánto tardaría.

—Así que me ha drogado —A Novak la lengua se le trababa.

—Tranquilo, no es grave. —Seel se recostó en su silla—. Solo va a tener mucho sueño. Es más limpio así, créame. Para todos.

Fue entonces cuando Novak, luchando contra el peso que le caía sobre los párpados, se giró hacia el hombre que llevaba todo el rato de pie junto a la puerta, callado, quieto, al que apenas había prestado atención al entrar porque había otro guardaespaldas y porque su cabeza estaba en Seel.

Se giró, lo miró de verdad por primera vez, y aunque el mundo se le movía y las formas se le emborronaban, aquella silueta la habría reconocido en cualquier estado, borracho, dormido o medio muerto.

La quietud. La forma de sostenerse. El hombre del acto. El hombre del portal.

El tirador.

Estaba allí, en la misma sala que él, con las manos cruzadas por delante y la calma de siempre, mirándolo con una atención neutra, sin odio y sin nada, la mirada del que hace un trabajo.

El mismo que le había reventado el pecho a Lindqvist. El mismo que le había dañado el pulmón a Doyle. Ahí. A tres metros. Sirviendo a Seel.

—Ese de ahí atrás —murmuró Novak, y las palabras le salieron espesas—. ¿Ese es su perro de presa? —Se giró hacia Seel, y la habitación giró con él, y tuvo que agarrarse a la mesa.

—Se llama Brandt. —Seel lo dijo sin inmutarse, casi con aburrimiento, como quien concede un dato irrelevante a un moribundo—. Es mi jefe de seguridad. Un hombre muy capaz. Aunque me temo, detective, que no va a tener usted ocasión de contárselo a nadie.

—Entiendo. —A Novak se le doblaban las piernas, y una parte de él, la que aún funcionaba, se aferró a la rabia para mantenerse en pie un segundo más.

—No, no lo entiende. Usted se esperaba a lo mejor un sótano oscuro, infecto, con una sola bombilla en el techo. A mí no me gusta hacer las cosas así.

—Claro que no, a usted le gusta a lo grande, como todo buen psicópata.

Seel soltó una carcajada.

—Qué fácil me cataloga usted sin apenas conocerme.

—Conozco lo suficiente. De tipos como usted, de Chicago, de asesinatos. Créame que he visto unos cuantos cuerpos sin vida más que usted.

—No lo dudo, pero quizá no tantos como aquí el amigo Brandt.

Novak miró otra vez hacia atrás, y entendió, esta vez de verdad.

—¿Marines? —preguntó. Aunque no obtuvo respuesta.

—SEAL —respondió Seel.

—Mire, casi como usted.

—Muy gracioso, detective, muy gracioso.

Novak recorrió el espacio con los ojos, a pesar del mareo, como si buscara una salida.

—No se esfuerce, señor Novak. Ya le he dicho que no es necesario un zulo con una sola bombilla en el techo para esto. No tiene ninguna posibilidad. Usted va a salir de aquí por un ascensor normal y corriente. Y luego, desde el sótano hacia abajo, Brandt se encargará de usted.

—Solo dígame una cosa. ¿Le merece la pena? ¿Duerme tranquilo por las noches?

—A pierna suelta, la verdad. Escúcheme, si usted estuviera en mi posición, haría lo mismo. Es inevitable, forma parte de mi ADN.

—Si yo estuviera en su lugar, me pegaría un tiro. Porque no tiene ni idea de lo que está haciendo, ni de lo que va a acarrear. Esos tiroteos se van a quedar en una pelea de bar cuando mi gente dé con usted.

Seel hizo el amago de torcer el gesto, pero no le dio el gusto al policía. Sonrió aún más fuerte.

—Hasta otra, detective Novak.

Hizo un gesto con la cabeza, y el antiguo SEAL y otro gorila lo levantaron por las axilas, vacías de cualquier arma, y lo condujeron por un pasillo en el que no se cruzaron con nadie hasta la puerta de un ascensor.

Brandt pulsó el botón, tranquilo. Mientras esperaban, Novak se dirigió a él.

—Dinos al menos dónde está el primer chaval. No lo vayas a dejar pudriéndose todo el verano allá donde esté.

No recibió respuesta.

La puerta del ascensor se abrió en ese momento, y lo empujaron al interior. Novak entendió entonces que aquel pasillo y aquel ascensor eran de uso exclusivo de Seel. Quizá también de Lindqvist, antes de esa misma mañana.

Las puertas se cerraron con un siseo. Novak veía los números descender en la pantallita, borrosos, deshaciéndose: 14, 12, 9… El suelo le subía y le bajaba.

—¿Por qué me dejaste vivir en el restaurante y ahora esto?

Brandt suspiró. El detective le clavaba los ojos.

—Soy un hombre de códigos. No tengo nada personal contra ti, y mucho menos contra tu compañero. Está bien apoyarse entre colegas. Si te hubiera liquidado a ti, el otro se desangraba.

—¿Y ahora? ¿Ya no eres un hombre de códigos?

—Ahora estás tú solo, y cumplo órdenes.

Novak casi se permitió sonreír, iluso. Y tuvo tiempo de soltar una última pulla.

—Está bien. Eres un hombre de códigos. Gracias por iluminarme, Faro.

El tipo ni se inmutó, y al detective las rodillas ya no lo sostenían; si no caía era por las manos de aquellos dos que lo mantenían en pie como a un pelele.

Intentó pensar, intentó rezar aunque de eso ya hacía muchos años que no, intentó recordar la cara de alguien, y solo le vino, absurdamente, la imagen de Doyle en la cama del hospital, y la certeza turbia y lejana de que ahora sí, ahora de verdad, se acababa.

3… 2… sótano.

El ascensor se detuvo con una sacudida blanda. Sonó la campanilla. Y las puertas empezaron a abrirse sobre la penumbra de un aparcamiento subterráneo, hormigón gris y luces fluorescentes en el techo.

No llegó a ver quién había al otro lado.

Solo hubo, de pronto, dos chasquidos rápidos muy juntos, y brutales a pesar de su ausencia de ruido. Dos disparos que destrozaron carne y hueso, y que dejaron tres cuerpos tendidos en el suelo del ascensor.