Infierno Carmesí (Chicago Carmesí 2) CAFÉ
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CAFÉ

L a sede de Meridian Yards ocupaba tres plantas de una torre de cristal en el River North, y aunque la hora de salida estaba próxima, nadie parecía moverse de su puesto de trabajo.

Novak, para su desespero, tuvo que dejar el arma en el control de entrada con la promesa de que se la darían cuando saliera.

Después envió un mensaje a Moretti y preguntó por Seel en recepción; enseñó la placa, y esperó de pie en un vestíbulo de diseño, con las manos en los bolsillos, hasta que una asistente nerviosa lo acompañó a una pequeña sala de reuniones acristalada con vistas al río.

—Detective. —Su voz sonaba apagada, rota—.

Perdone que lo reciba así. No he parado en todo el día.

No he… —Se pasó una mano por la cara—. Victor y yo llevábamos ocho años trabajando juntos.

Ocho años. Me he enterado hace una hora y en breve salgo para el tanatorio.

No tengo mucho tiempo. —Se le quebró la voz un instante, y la controló.

—Lo mataron a un metro de mí. Iba a contarme algo, señor Seel. Algo sobre Meridian Yards. Sobre unos socios. Y no llegó a terminar.

Seel levantó la vista, y en sus ojos había desconcierto. O algo que lo parecía mucho.

—¿Socios? ¿Qué socios?

—Eso esperaba que me lo dijera usted. —Novak se inclinó—. Lindqvist me dijo que en este proyecto había gente a la que él no conocía. Movimientos que no controlaba. Y un hombre del que, según él, nadie sabía el nombre. Justo antes de que lo acribillaran. ¿Le suena algo de eso?

Seel lo miró un largo momento, y Novak vio pasar por su cara una sucesión de cosas —confusión, dolor, un asomo de miedo— que en un hombre inocente serían exactamente lo que uno esperaría, y que Novak, por eso mismo, no supo cómo leer.

—Detective, yo… no sé de qué me habla. —Seel abrió las manos, impotente—.

Yo soy el arquitecto. Yo diseño. Las torres, los espacios, la visión del proyecto: eso es lo mío.

La parte financiera, los inversores, las sociedades…

de todo eso se encargaba Victor. Él montó la estructura económica.

Él trajo el dinero. Yo firmaba donde me decían que firmara y me dedicaba a lo que sé hacer.

—Negó con la cabeza—. Si Victor tenía socios que yo no conocía, si había movimientos raros, yo no…

Dios. —Se detuvo, palideciendo—. ¿Me está diciendo que cree que alguien de este proyecto lo mató?

¿Que las matanzas, toda esta locura, tienen que ver con Meridian Yards?

—Se lo estoy preguntando.

—No. —Seel se levantó, agitado, y fue hasta el ventanal, dándole la espalda, mirando el río—.

No puede ser. Esto es un proyecto de construcción, detective, no una…

no una guerra. Yo he soñado con esto durante años.

Iba a ser lo mejor que he hecho nunca. Y ahora me dice que Victor está muerto por esto, que esa pobre gente del barrio ha muerto por esto…

—Se volvió, y tenía los ojos húmedos—. Si eso es verdad, si alguien ha usado mi proyecto, mi sueño, para hacer algo así, yo…

no me lo perdonaría. Pero le juro que no sé nada.

Le juro que si supiera algo que le ayudara a encontrar a quien ha hecho esto, se lo diría ahora mismo. Victor era mi socio. Era mi amigo.

Y ahí estaba. El dolor, la impotencia, la indignación de un hombre al que le acaban de manchar el sueño de su vida; destrozado por la muerte de su socio y horrorizado ante la idea de que su obra hubiera servido de tapadera para una masacre.

Novak, que llevaba toda la vida leyendo caras, sintió otra vez el picor.

Un asomo de naranja que le rozó por detrás de los ojos y no llegó a prender, que se quedó en la puerta, insinuándose, como el color de algo que finge ser una cosa y es otra pero visto a través de un cristal esmerilado.

Esa esquirla mínima que no encajaba y que no sabía nombrar.

Lo achacó al cansancio, a las horas sin dormir, a la sangre de Doyle todavía bajo sus uñas.

—Si recuerda algo —dijo, extendiéndole una tarjeta—. Cualquier cosa. Un nombre, un socio, un movimiento raro que le llamara la atención en su momento. Lo que sea. Llámeme.

—Lo haré. —Seel cogió la tarjeta con las dos manos, como si se aferrara a ella.

—¿Quiere que le acompañe hasta el ascensor?

—Tranquilo, el camino es corto.

—Encuéntrelo, detective. Por Victor. Por toda esa gente. Encuentre a quien ha hecho esto.

Novak lo miró una última vez —la cara demacrada, los ojos húmedos— y salió de la sala con una desagradable sensación.

Nada más salir, lo vio. Estaba justo enfrente, quieto en mitad del pasillo, y a su lado otro hombre más grande todavía. La figura que Novak ya reconocía; solo que ahora, por fin, le ponía cara.

El teléfono le vibró en el bolsillo. Fue a cogerlo, y el hombre quieto negó despacio con la cabeza y se abrió la chaqueta para mostrar su axila derecha. Novak dejó el teléfono sin responder.

Entonces el hombre levantó una mano y le hizo un gesto sereno, casi cortés, señalando hacia atrás, hacia la sala de la que Novak acababa de salir.

A su espalda, la puerta se abrió de nuevo.

Novak se giró. Seel estaba en el umbral, y ya no tenía los ojos húmedos ni la corbata floja del hombre roto: lo miraba con una calma seria, nueva, la de quien ya no necesita fingir.

—Pase de nuevo, detective. Mis asistentes se han retrasado un poco. —Se apartó para dejarle sitio—. Tenemos que hablar.

Y a Novak, detective de la División, se le doblaron las rodillas.

Abrió la boca para responder y no pudo. La lengua no le obedeció.

El suelo se le movió bajo los pies, el río del ventanal se le dobló en la vista, y un naranja enorme, tardío, deforme, le reventó por detrás de los ojos, ya sin filo, ya sin sabor, ahogándose él mismo en algo espeso que le subía desde el estómago y le apagaba el mundo. Demasiado tarde.

Escuchó de nuevo, muy lejos, el tono del teléfono.

No pudo contestar, ni aunque le hubieran dejado.

Echó una rodilla al suelo. Y al mirar hacia arriba, entre la niebla que le comía los bordes de la visión, distinguió de nuevo la figura que se acercaba.

La misma que había actuado esa mañana con un AR-15 modificado.