CAPITÁN
E l todoterreno de lujo se movía por los bajos fondos de Chicago, donde lo más normal era ver deambular a zombis hasta las trancas de fentanilo.
—Esos pobres desgraciados… —dijo Briggs.
—Nadie quiere encerrar a sus proveedores —inició Moretti, dijo al mismo tiempo que colgaba una llamada en el móvil al comprobar el remitente—. Ese es el problema.
—Claro que lo es. Eso díselo a Hampsten.
El otrora capitán de la División de Homicidios de Chicago, Briggs, miraba por la ventanilla mientras Moretti se acariciaba el arma que Aldair le había vendido y que guardaba en la axila.
Vanessa lo observaba a él en todo momento, y de cerca daba más impresión todavía.
Briggs siempre había sido grande, pero ahora la piel le colgaba, como si el cuerpo se le hubiera quedado ancho de repente.
La barba, gris y descuidada. Los ojos, sin embargo, seguían siendo los de siempre: rápidos, calculadores, saltando de los retrovisores a la calle y de la calle a ella, sin descanso, la mirada de un animal que sabe que lo cazan.
En ese momento le saltó una alerta en el móvil y la miró porque tenía asociado ese timbre a su compañero.
Al leer el mensaje, abrió mucho los ojos y se puso más nerviosa.
—Bueno —dijo él interrumpiendo sus pensamientos—. Menudo revuelo has montado, niña.
—No sé de qué me hablas.
—Claro que lo sabes. —Briggs esbozó algo que no era una sonrisa—. Llevo tres días oyendo por todas partes el mismo cuento.
Apartó la vista de la ventanilla y le clavó los ojos a su antigua subordinada.
—Vamos, no me tomes por tonto, que ya está uno muy mayor.
—Yo te veo muy bien.
Briggs soltó una carcajada.
—No tanto como para organizar las matanzas de las que me acusas: el excapitán Briggs, desde su agujero, orquestando una limpieza de barrios. —Ladeó la cabeza—. Un rumor precioso, vamos…
Moretti no apartó la mirada.
—¿Y?
—Y que no soy tonto, detective Moretti. —Se removió en el asiento, que crujió bajo su peso—.
Tú soltaste ese rumor. Lo soltaste sabiendo que llegaría hasta mí, dondequiera que estuviese, porque una acusación así no la deja pasar nadie.
Sabías que en cuanto oyera que me estaban colgando cuatro masacres, tendría que salir de debajo de la piedra a ver quién andaba ensuciándome el nombre.
—La miró fijo—. Me has hecho salir. Como a un jabalí al que le pegan fuego al matorral. Reconozco que tiene mérito.
—Me alegro de que lo aprecies. —Moretti sostuvo su mirada—. Aunque tu nombre ya está muy sucio.
Briggs se quedó un momento callado, procesándolo. Y luego, despacio, asintió, casi con admiración.
—Entonces el rumor no era una acusación.
Era una carta de invitación. —Soltó una risa breve, ronca—.
Me has traído hasta aquí haciéndome creer que tenía que defenderme, cuando lo que querías era otra cosa.
—La estudió con otros ojos, con algo parecido al respeto—.
Has aprendido. La Moretti que yo conocí habría venido a aporrearme la puerta a lo bestia.
Esta ha sido más lista. ¿Qué quieres, entonces?
Porque no te has tomado todo este trabajo para saludar a un viejo.
—Quiero saber lo que sabes.
—Vas a tener que ser más concreta.
—Meridian Yards. —Moretti lo dijo despacio, observando su cara—.
Un proyecto inmobiliario. Mil millones de dólares.
Tres torres, un puerto deportivo, un barrio entero que quieren recalificar sobre los cadáveres de la gente que lo frenaba.
Y detrás de todo eso, alguien matando: primero al presidente de la asociación vecinal, luego al concejal, luego a la abogada.
Briggs no dijo nada. Pero algo, en su cara, cambió. Una quietud nueva. La de un hombre al que acaban de nombrar algo que conoce demasiado bien.
—Me acaba de escribir Novak, al parecer está ahora mismo en la sede de esa empresa —siguió Moretti—. Ha ido a hacer preguntas. —Se inclinó hacia Briggs—. Así que dime, capitán. Tú, que te pasaste quince años sabiendo todo lo que mueve billetes en esta ciudad. ¿Te suena Meridian Yards?
Briggs volvió de nuevo la cara hacia la ventanilla, donde permaneció un largo rato. El chófer salió de la zona zombie y el perfil de la ciudad se deslizaba al otro lado del cristal; cuando habló, su voz había perdido toda la sorna. Sonaba baja. Casi cansada.
—¿Que si me suena? —Negó despacio con la cabeza—.
Niña, tú no tienes ni idea de dónde has metido las narices.
Esa gente no tiene escrúpulos. Los tiroteos son solo el principio.
Conseguirán el proyecto cueste lo que cueste.
—Se acercó hasta que la detective percibió su desagradable aliento—. Cueste lo que cueste.
A Moretti se le congeló la mirada. Sacó el teléfono de golpe.
—Dile a Novak que salga de esa torre ahora mismo, Moretti. Que si de verdad ha ido a mirar a los ojos a quien creo que ha ido a mirar, ya puede rezar por no haberle interesado demasiado.
—Elias —murmuró, marcando el número de su compañero.
Pero el teléfono sonó, y sonó, y sonó en el vacío. Y al otro lado, en algún lugar de una torre de cristal del River North, nadie respondió.