Infierno Carmesí (Chicago Carmesí 2) UCI
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UCI

E l cirujano salió después de dos horas dentro del quirófano, con el gorro todavía puesto y las ojeras de una guardia larga, y buscó a Novak entre los pocos que quedaban en la sala de espera.

—¿Familia del detective Doyle?

—Compañero. —Novak se levantó de golpe—. Soy lo más parecido a familia que tiene aquí. Dígame.

—Ha salido. —El cirujano se quitó el gorro—.

Ha estado feo. La bala le ha partido la clavícula, pero lo peor es que le ha rozado el pulmón; ha perdido mucha sangre, pero ha aguantado.

Está estable. Fuera de peligro, si no se tuerce nada en las próximas horas, que no debería.

Es fuerte, su amigo. Y ha tenido suerte de que alguien le taponara la herida ahí mismo. Eso le ha salvado la vida.

Novak cerró los ojos un segundo. Sintió que algo dentro de él, tensado hasta el límite desde que había visto caer a Doyle, se aflojaba de golpe, y tuvo que apoyar una mano en la pared.

—¿Puedo verlo?

—Está sedado, no se va a enterar. Mañana. Váyase a casa, señor Novak. Descanse. Aquí no puede hacer mucho más.

Pero Novak no se fue a casa. Se quedó en la sala, con las manos todavía manchadas de la sangre seca de Doyle bajo las uñas, mirando la pared, dándole vueltas a todo, a la copa de Lindqvist estallando, al camarero desplomándose sobre él, al hombre quieto en el portal, a Doyle cubriéndole y, de paso, llevándose un balazo.

Y a una duda que le pesaba como una losa en mitad del pecho: ¿aquel hombre había ido a por él o a por Lindqvist?

¿O a por los dos? Y si había ido a por los dos, ¿por qué no apretó el gatillo en el último momento?

Doyle estaba en una cama de hospital con un pulmón tocado por haberse puesto en medio.

Y él seguía vivo, respirando, mientras a su alrededor la gente que se le acercaba caía como fichas.

Hampsten llegó media hora después.

Entró en la sala de espera con el gesto descompuesto, la corbata torcida, un hombre al que habían sacado de la cama por segunda vez en una semana, pero esta vez por algo infinitamente peor. Miró a Novak, y por un momento ninguno de los dos dijo nada.

—¿Doyle? —preguntó al fin.

—Vivo. Fuera de peligro. —Novak lo dijo sin levantarse—. Por los pelos.

—Gracias a Dios. —Hampsten se dejó caer en una silla, a un par de asientos de Novak, y se pasó las dos manos por la cara—.

Lindqvist ha muerto. Nueve víctimas más, dos de ellas sus guardaespaldas.

Media docena de heridos. —Bajó las manos—.

La ciudad está ardiendo, Novak. La prensa, el alcalde, todo el mundo pidiendo explicaciones.

—Ya. —Novak notó cómo la rabia, que llevaba horas conteniendo, empezaba a subirle por la garganta—. Explicaciones. Qué oportuno. Ahora todos quieren explicaciones.

—Novak…

—¿Sabe lo que le dije en su despacho, capitán?

—Novak se giró hacia él, despacio, y su voz salió baja, tensa, peor que un grito—.

Hace unos días. En su despacho. Le dije que el caso no estaba cerrado.

Le dije que había alguien detrás, que los tres atentados eran una limpieza.

¿Y qué me dijo usted? Que doblaba la realidad para que encajara.

Que un loco con un fusil es solo un loco con un fusil.

Que le trajera pruebas en vez de corazonadas.

—Se levantó—. Pues aquí tiene su prueba, capitán.

Está en el quirófano de al lado con un pulmón tocado.

Y está en el depósito, con nueve personas más, una d ellas un camarero que posiblemente me haya salvado la vida sin darse ni cuenta.

¿Le vale esa prueba, o todavía le parece una corazonada?

Hampsten no respondió enseguida. Encajó el golpe con la mandíbula apretada, mirando al suelo, y cuando habló, no había en su voz nada de la frialdad política de otras veces. Había cansancio. Y algo parecido a la vergüenza.

—Tienes razón. —Lo dijo en voz baja—. ¿Eso quieres oír?

Tienes razón, Novak. Me equivoqué. Cerré algo que no estaba cerrado, y ha muerto gente.

Voy a cargar con eso. —Levantó la vista—.

Pero que tuvieras razón sobre que hay algo detrás no significa que sepamos qué es ese algo.

Seguimos sin un nombre, sin una cara, sin nada que un juez pueda tocar.

Lo único que ha cambiado es que ahora hay más muertos y un detective en la UCI.

—Hay una cara. —Novak lo miró fijo—. Yo la he visto.

Hampsten se quedó muy quieto.

—¿Qué?

—El tirador. Estaba en el portal de enfrente, disparando desde la calle.

Lo vi. Y después… —Novak apretó los dientes y no se atrevió a seguir.

Hampsten no se merecía aquella verdad y prosiguió por otro lado—.

Y lo había visto antes. En el acto de Meridian Yards, el día que Moretti montó el número.

Un hombre quieto, apartado, que me miraba.

El mismo. Estoy seguro. El que disparó hoy es el mismo hombre que me observaba en aquel acto.

—¿Puedes identificarlo? ¿Un nombre, una descripción para un retrato?

—Una descripción, sí. Un nombre, no. —Novak sintió la frustración como un nudo—.

No sé quién es. Pero sé una cosa más, capitán, porque Lindqvist me la estaba diciendo justo cuando lo mataron.

Me dijo que había socios en Meridian Yards a los que no conocía.

Movimientos que no controlaba. Y me dijo, con estas palabras, que había un hombre del que nadie sabía la identidad.

Hampsten lo miró largamente, procesándolo, y Novak vio en su cara la lucha entre el policía que empezaba a creerle y el capitán que sabía lo que aquello significaba.

— Alguien no quería que Lindqvist hablara contigo —dijo Hampsten, despacio.

—Alguien que se enteró de que íbamos a vernos. Alguien con acceso, con medios, con un tirador profesional dispuesto a acribillar un hotel entero para callar a un hombre. —Novak cogió su chaqueta—. Y ese alguien está en Meridian Yards, capitán. En algún punto de ese proyecto. Voy a ir a buscarlo.

—Novak. —Hampsten se levantó—. Para. Sé lo que estás pensando, y no. Acaban de matar a Lindqvist. Si te presentas ahora en esa empresa dando tumbos, hecho una furia, sin una orden…

—¿Qué? ¿Me va a mandar a robos de coches?

—Novak casi se rió—. Adelante. Pero primero voy a mirar a los ojos a la gente de Lindqvist. Porque uno de ellos, o alguien que ellos conozcan, ha estado a punto de matarme hoy, y ha dejado a Doyle en esa cama.

Así que con orden o sin ella, voy a ir. Puede acompañarme o puede apartarse.

Hampsten lo miró. Y lo que fuera que vio en la cara de Novak —la determinación, la rabia, o la simple certeza de que no había forma humana de pararlo— le hizo soltar el aire, despacio, y ceder.

—Con tiento —dijo—. Nada de acusaciones sin pruebas. Nada de números. Vas, preguntas, observas, y te vas. Y si alguien menciona la palabra abogado, te retiras. ¿Entendido?

—Entendido. Y de paso, llame usted a Moretti para readmitirla. La necesito.

Hampsten tensó el gesto. No dijo no. Tampoco sí.

—Novak. —Hampsten lo detuvo un segundo, con una mano en el brazo—. Me alegro de que Doyle esté bien. De verdad.

—Llame a Moretti, y cuando esté dentro, dígale que me llame a mí.

Novak no dijo más y salió del hospital a la tarde calurosa, dispuesto a algo más que preguntar y salir huyendo y, lo mejor de todo, con el naranja bajo control.