Infierno Carmesí (Chicago Carmesí 2) EL RETORNO
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EL RETORNO

M oretti conducía, y al escuchar el nombre se saltó un rojo y por poco tienen un accidente.

—No pienso preguntarle a ese muerto de hambre —dijo—. Otra vez no.

—Es un buen chivato —respondió Haddad desde el asiento del copiloto—. Y si alguien en esta ciudad sabe dónde se esconden las ratas gordas, son las ratas pequeñas.

Llevaban días dándose contra el mismo muro.

Tenían el patrón, tenían el móvil, tenían las víctimas y el barrio.

Lo que no tenían era una sola prueba, ni una puerta que la policía no les hubiera cerrado.

Y hacía dos días, Haddad había puesto sobre la mesa el nombre de un hombre.

Un hombre que, según él, sabía quién movía de verdad los hilos de una operación como Meridian Yards; quién untaba a quién, qué policía miraba para otro lado, quién era intocable en Chicago.

Un hombre repugnante, corrupto, con las manos manchadas hasta el codo, pero que era, en palabras de Haddad, «un archivo con patas».

A Moretti se le revolvían las tripas solo de pensar en ir a buscarlo. Pero no tenía nada mejor. No tenía nada.

El problema era encontrarlo. Ese hombre llevaba meses en busca y captura, fugado, desaparecido.

Y si los federales, con toda su maquinaria, órdenes judiciales y acceso a cada banco del país, no habían dado con él en todo ese tiempo siguiéndole el rastro del dinero, no iban a ser ellos dos quienes lo cazaran por ahí.

El tipo había blanqueado bien. Se había vuelto humo para el sistema.

Pero el sistema tenía un punto ciego. Un fugitivo así no se esconde en un banco: se esconde en la calle.

Tiene que pagar a alguien de carne y hueso para que lo cobije, moverse por canales que no dejan factura, comprar el silencio de gente que jamás hablaría con un federal.

Y todo eso pasaba, tarde o temprano, por las orejas de la gente que vivía con la nariz pegada al asfalto.

Gente como Jota.

Lo esperaron dentro, en la mesa del fondo, junto a un tapete raído y un foco que zumbaba.

Jota apareció media hora tarde, enjuto, con las manos hundidas en los bolsillos de un pantalón que le quedaba grande y la mirada saltándole de un lado a otro, esa mirada vibrante de quien espera un guantazo en cualquier momento.

Se dejó caer en la silla sin saludar. Traía su olor de siempre, a cerveza y a sudor.

—Detective Moretti. —Miró a Haddad con desconfianza—. Y compañía. He oído que ya no llevas placa. Las malas noticias vuelan.

—Las buenas también. Como que tú siempre sabes lo que se cuece. —Moretti deslizó un billete doblado por la mesa, y lo dejó a medio camino, sin soltarlo—. Necesito una cosa. Y no es del circuito de siempre.

—¿Qué cosa?

Moretti se lo contó. Le habló del pez enorme que se salió del sistema por necesidad.

Jota se quedó muy quieto. La sorna se le borró de la cara de golpe. Retiró las manos de la mesa, como si el billete quemara, y lanzó una mirada rápida hacia la puerta, hacia las otras mesas, hacia todas partes.

—No —dijo, muy bajo—. Ni de coña. A ese no lo toco.

—No he dicho que lo toques. Solo tienes que hacer circular un rumor.

—Que no.

Moretti le agarró la muñeca sobre la mesa. Sin fuerza. Lo justo.

—Jota. —Bajó la voz, la hizo casi amable, que era peor—.

Yo sé que no quieres líos conmigo, porque aunque no lleve placa sigo teniendo memoria y sigo teniendo amigos que sí la llevan.

Amigos a los que puedo contarles cosas tuyas.

—Apretó un poco—. Así que hagámoslo fácil. Repito: tan solo haz circular un rumor.

Y Moretti se tragó la repulsión que le provocaba el tipo y se acercó a su oído para contarle el supuesto rumor que tenía que lanzar.

Jota tragó saliva. Miró la mano de Moretti, miró a Haddad, que lo observaba en silencio. Y algo en él acabó por ceder: el miedo a Moretti pesando más que el otro miedo, o quizá el segundo billete que Haddad deslizó despacio junto al primero.

El rumor circuló, como se suele decir, como la pólvora.

No tardó ni dos días en que Haddad tocase la puerta de la detective suspendida de empleo y sueldo.

—Tenemos un problema. —Moretti lo dejó pasar, y cuando el periodista se encontró con Sarah, ambos agacharon la mirada. La forense se escabulló al cuarto, avergonzada.

A Jota no le dio tiempo a esbozar una sonrisa con malicia, porque Vanessa lo atajó enseguida.

—Dímelo antes de que yo me convierta en tu otro problema.

El periodista tosió y levantó una mano en un torpe intento de disculpa.

—Nuestro hombre anda… preguntando por ti.

—De eso se trataba, ¿no?

—No, no me entiendes.

—¿Entonces?

—Que primero dispara y después pregunta.

—¿Qué me estás queriendo decir, Oscar?

—Creo que ha habido bajas.

—¿Cómo que bajas?

—Jota.

La detective abrió mucho los ojos.

—No puede ser.

—No da señales de vida. Aunque eso no quiere decir…

—¡Hijo de puta! —lo interrumpió. Se llevó la mano a la axila para darse cuenta de que no tenía su cacharra—. Como se lo haya llevado por delante… Si es que sabía que no teníamos que haber hecho esto…

—Lo bueno es que va a venir a buscarte dentro de poco.

Vanessa se llevó la mano a la barbilla.

—Necesito plomo.

El periodista se encogió de hombros. Vanessa se puso a toda prisa unas zapatillas que tenía en el mueble de la entrada y se despidió de Sarah alegando que tenía que comprar una cosa, sin darle tiempo ni a devolverle el saludo.

Agarró a Oscar por el brazo y lo llevó hasta su coche. Condujeron lo más rápido que pudieron, y llegaron al local de un viejo conocido.

Se dio la casualidad de que el sujeto estaba en el mostrador principal, algo que no solía ser lo más frecuente.

—Vaya, mira quién tenemos aquí de nuevo.

—Arma corta, automática, algo bueno, bonito y barato.

Aldair sonrió. Le hizo un gesto para que lo acompañase, y ella lo siguió como una cordera mansa. Al menos, la piel de ella.

El brasileño descolgó de un expositor de su oficina tres pistolas que harían salivar a Mel Gibson en Arma Letal.

—Esta es una vieja conocida tuya: la Glock 21, con catorce cartuchos.

—Vanessa asintió—. Esta otra es una SIG Sauer P320; no hay mejor gatillo en el mercado.

—Aldair la miró, pero ella no le dio el gusto de mostrarse impresionada—.

Y por fin, la que más me gusta: una Colt 1911.

Más de un siglo de historia. No conozco a nadie a quien se le haya encasquillado.

Y créeme que conozco a muchos tipos con esta maravilla.

Moretti la fue a tomar, pero Dos Santos puso su manaza encima. La miró. Estaban muy de cerca. Tanto que la detective podía oler el refinado perfume del brasileño, que otra cosa no, pero atractivo tenía un tanto.

—¿No te cansas de deberme favores?

—Te la pienso pagar, hombre.

—No, si el favor no es por la pistola. —Se la quedó mirando y sonrió con su dentadura inmaculada—. Es por no contarle a nadie que una policía suspendida compra un arma no oficial.

Moretti resopló e hizo el amago de largarse, pero Aldair la sujetó del brazo; a lo que la detective se revolvió y le propinó un golpe en la muñeca que le borró la sonrisa al comerciante en un segundo.

—No me toques, tío.

—Perdone usted.

—Ni perdón ni hostias. ¿Me haces chantaje por una puta pistola? Salgo de aquí y en media hora tengo tres.

—¿Entonces por qué has venido aquí?

—Porque pensaba que eras legal. Y prefiero dejarme el sueldo en alguien que parece de fiar.

Aldair tragó saliva. Tomó la Colt y rebuscó en unos cajones, de donde sacó varias cajas de munición. Le hizo un gesto con la mirada a la detective y salió a la zona de la tienda. Se acercó a la caja y le susurró algo a la dependienta. Después se largó a su trastienda sin mirar a nadie.

Cuando Moretti fue a pagar, la dependienta dijo:

—La munición va por cuenta de la casa.

Moretti sonrió por dentro.

Salió de la tienda, y Haddad estaba de cuerpo presente en el asiento del copiloto, pero parecía estar en otra dimensión.

—¿Qué pasa, Oscar?

—Arranca.

—Dime qué ocurre.

—Tan solo arranca.

Moretti bufó, aunque le hizo caso. En el siguiente semáforo se detuvo.

—Carga el arma —dijo de nuevo Haddad.

Moretti resopló de nuevo, pero volvió a obedecerlo porque más o menos intuía lo que pasaba.

Cuando metió la última bala, un gran todoterreno se detuvo a su lado.

Bajó la ventanilla y un brazo asomó por ella.

La detective apuntó a toda prisa, aunque el brazo se convirtió en una mano con la palma apuntando hacia su dirección.

Y la palma dio paso a una cabeza con una cara conocida para ella.

—Detective Moretti, guarde el arma, no será necesaria.

Vanessa tuvo un amago de microinfarto cuando vio el rostro, envejecido al menos seis años en seis meses, de su antiguo capitán.

Briggs había vuelto a Chicago.