EL CAMARERO
E l Aldwyth era un hotel de esos que Novak no pisaba nunca a no ser que tuviera que examinar un cadáver: un vestíbulo de mármol y luz cálida, un bar restaurante al fondo lleno a esa hora, ejecutivos cerrando el día con una copa, parejas, turistas de dinero, el murmullo civilizado de gente para la que la ciudad era un lugar amable.
Lindqvist había elegido su terreno: caro, público, seguro.
El sitio donde un empresario intocable no tiene nada que temer.
Novak lo detestó nada más entrar. No el sitio: la sensación.
Esa que le subía por la nuca cada vez que su cabeza registraba algo que la razón todavía no sabía nombrar.
Se quedó un segundo en el umbral, dejando que el local le entrara entero —el tintineo de las copas, la música de piano de fondo, el ir y venir de los camareros—, y fue entonces cuando le subió el naranja.
Un hilo fino, molesto, que no se posaba en nadie del local, ni en Lindqvist, ni en los camareros, sino que parecía venir de fuera, de la calle, del otro lado del cristal, con su regusto a metal viejo en el fondo de la boca.
No supo qué era. Pero algo, al otro lado de aquel ventanal, tenía un filo que no debería tener.
—¿Qué pasa? —murmuró Doyle a su lado, que lo conocía y le había visto la cara.
—Nada. —Novak sacudió la cabeza—. Cosas mías.
Lindqvist estaba en una mesa apartada, a dos filas de mesas del ventanal más grande y cerca del pasillo de los baños, con una copa delante y otra servida ya para Novak.
Detrás de él, de pie contra la pared, dos hombres de traje con la complexión y la quietud vigilante de quien lleva un arma bajo la chaqueta.
Guardaespaldas. Lindqvist no había venido desprotegido.
Y eso, en lugar de tranquilizar a Novak, le apretó un poco más la sensación del pecho: si un hombre tan poderoso viajaba con músculo a una simple charla, es que el propio Lindqvist tenía miedo de algo. O quizá fuera su rutina habitual.
Los vio llegar, y su cara, al ver a Doyle, se torció en una mueca de fastidio.
—Le dije por teléfono que viniera solo.
—A Marcus le confiaría mi vida. Ya sabe que los polis vamos en pareja. —Novak se sentó sin esperar invitación, pero eligió la silla que lo dejaba de cara al ventanal y al local, de espaldas a la pared. Costumbre. Doyle se quedó de pie, un paso atrás, escaneando la sala—. Usted dirá.
—Me he permitido pedirle una copa.
—Una botella de agua estaría mejor.
Lindqvist hizo un gesto al camarero, que pareció entender sin necesidad de palabras, y le dio un sorbo a su propia copa.
Le temblaba, muy levemente, la mano. Novak lo notó.
Un hombre que en el acto rezumaba suficiencia, y que ahora, en su propio terreno, con dos guardaespaldas a la espalda, tenía un temblor fino en los dedos.
El miedo se le había metido dentro a Lindqvist, y eso era nuevo.
—Le voy a decir una cosa, detective, y no la voy a repetir. —Bajó la voz, se inclinó sobre la mesa—. Yo compro solares. Muevo dinero. Echo a gente de sus casas, sí, y duermo…
—Estupendamente. Ahórrese el sermón, que ya nos lo dijo hace unos días.
—Pues se lo repito: yo no mato a nadie. Lo que pasa es que ese proyecto, Meridian Yards…
Tiene razón en que hay algo que no me gusta.
Metí dinero, mucho, pero hay socios en esa operación a los que no conozco, movimientos que no controlo, cosas que están pasando alrededor que yo no he ordenado.
Ese artículo que se ha publicado puede que diga cosas ciertas; pero yo no tengo nada que ver.
Fuera, al otro lado del ventanal, la calle seguía su vida de tarde: coches, gente, el semáforo cambiando. Novak escuchaba a Lindqvist, pero una parte de su cabeza, esa que nunca se apagaba, seguía barriendo el entorno, buscando el origen de aquel filo que no lo dejaba en paz.
—¿Qué socios? —dijo.
Lindqvist lo miró un largo segundo, sopesando, con la copa a medio camino de la boca. Y por su cara pasó algo, la lucha entre el miedo que lo había llevado hasta allí y el miedo que le impedía hablar.
—Verá, no es tan sencillo. La gente que hay detrás de esto no… —Se detuvo, miró de reojo hacia sus guardaespaldas, hacia la puerta, bajó aún más la voz—. Hay un hombre. No sé su nombre. Pero parece ser que… es militar.
Novak se inclinó hacia delante, y en ese movimiento, por encima del hombro de Lindqvist, a través del ventanal, sus ojos pasaron por la acera de enfrente.
Por el portal en penumbra de un edificio.
Por una figura quieta. Y el naranja, que llevaba minutos rondándole tibio, se concentró de golpe sobre aquella silueta, entero, ardiente, gritando, como no se le había concentrado sobre nada en toda la tarde.
Y en ese mismo momento todo se detuvo.
Fue medio segundo. Menos. Novak, cuya cabeza registraba lo que otros no veían, lo captó entero: la inmovilidad de esa silueta en mitad de una calle en movimiento, la manera de estar, el bulto largo que empezaba a levantar hacia el hombro.
Un instinto más viejo que el pensamiento le disparó una sola orden.
—¡Al suel…!
No terminó de gritarlo.
El ventanal reventó en el mismo momento en que el camarero llegaba a servirle la botella de agua.
No hubo aviso, no hubo preludio. Hubo, de golpe, un estruendo que Novak sintió antes de entender, un martilleo seco y rápido, brutal, muchísimo más rápido de lo que dispara un arma normal, y el cristal del ventanal estallando en una cortina de esquirlas, y la copa de Lindqvist explotando en su mano.
El ruido le entró como una barra de hierro por los oídos, más allá de lo que los tapones podían filtrar; se le saturaron, chillaron, se rindieron, y por un instante el mundo se le volvió un fogonazo blanco de dolor puro antes de que el instinto lo tirara al suelo.
El camarero cayó desplomado sobre el propio detective, que por la inercia se fue al suelo.
Se deshizo como pudo del cuerpo inerte y ensangrentado de aquel pobre diablo vestido de frac y trató de reptar.
La gente del restaurante empezó a caer, a correr, a gritar; las mesas volcaban, la vajilla estallaba, alguien a su izquierda se desplomó sin un grito, una mujer corría hacia la salida y cayó a media zancada.
Los dos guardaespaldas de Lindqvist alcanzaron a sacar las armas, y no les sirvió de nada: la ráfaga los barrió a los dos antes de que pudieran apuntar, dos profesionales derribados como muñecos.
Las balas peinaban el local en tandas largas, imposibles, vaciando el aire, y Novak comprendió en algún rincón frío de su cabeza lo que significaba aquel ritmo: el switch.
Reptó entre los cristales hasta Lindqvist, que había caído a su lado, con la camisa floreciéndose de rojo, los ojos abiertos y la boca moviéndose sin sonido, ahogándose en su propia sangre.
El hombre que un instante antes iba a darle un nombre.
El nombre que nadie sabía. Y que ahora no iba a saber nunca.
—¡Novak! —Doyle. Detrás de él, pegado a una columna, con el arma ya en la mano—. ¡Está al otro lado de la calle!
Novak levantó la cabeza un centímetro por encima de la mesa volcada, y lo vio.
Al otro lado del ventanal reventado, en la acera de enfrente, en la penumbra del portal, la figura seguía allí.
Quieta en mitad del caos, con la culata pegada al hombro, moviendo el cañón despacio, con método, barriendo el restaurante de un lado a otro con la calma de quien no tiene ninguna prisa.
No disparaba a bulto. Disparaba peinando. Buscando.
Y por una fracción de segundo, entre el humo y las esquirlas y la gente que corría, Novak le vio la silueta, la manera de estar, la inmovilidad. Y algo en su interior dio un vuelco. Aquella quietud. Aquella forma de sostenerse. Lo había visto antes.
Era él. No sabía quién era, no tenía un nombre, pero era él, el mismo, el que lo había observado entre trescientas personas en una sala de mármol, apartado del vino y las sonrisas, mirándolo como se mira a un rival.
Ahora al otro lado de un fusil. Y Novak asimiló, con una clarividencia que le resultó hasta molesta, que aquella era la emboscada perfecta, y que aquel hombre no había venido solo a por Lindqvist.
El cañón siguió su barrido y encontró la mesa de Novak. Las balas empezaron a masticar la madera, a acercarse, reventando la mesa astilla a astilla, y Novak rodó hacia un lado justo cuando el sitio donde había estado su cabeza estallaba en pedazos.
—¡Doyle, cubre, cubre! —Novak sacó su arma, inútil a esa distancia contra un fusil, pero era lo único que tenía. Y disparó sin saber muy bien hacia dónde lo hacía.
Y entonces Doyle cometió el error de descubrirse para cubrir al compañero: se apartó de la columna un par de centímetros y no vio venir que el tirador se había movido también y lo tenía a tiro.
La ráfaga lo alcanzó. Novak vio al detective sacudirse, girar sobre sí mismo con el impacto, y caer, la pistola resbalando por el suelo de mármol manchado de sangre y vino.
—¡Marcus!
Novak se lanzó hacia él sin pensar, arrastrándose entre los cristales, lo agarró por la chaqueta y tiró de él hacia atrás, otra vez, detrás de la columna de mármol, fuera de la línea de tiro.
Doyle sangraba mucho, por el hombro; la bala parecía haberle destrozado la clavícula.
Al menos estaba consciente, eso sí, con la respiración entrecortada.
—Jefe…
—Aguanta. Aguanta, Marcus, mírame. —Novak apretó las dos manos contra la herida y notaba el calor húmedo colarse entre sus dedos—. Aguanta, ¿me oyes? No te me vayas.
Fuera, el fusil había dejado de disparar.
Novak levantó la vista un instante, hacia el ventanal reventado, hacia el portal de enfrente. La figura se había acercado. Levantó el fusil en su dirección, y Novak apuntó en la dirección contraria y disparó.
Sin embargo, ninguna bala salió de su Glock.
Había gastado todas las balas, y ni siquiera había rozado a aquel desgraciado.
La figura caminó entre la masacre que él mismo había provocado, y parecía levitar sobre los cadáveres. Uno de ellos se movió, y apretó el fusil para rematarlo.
Al llegar a la altura del detective, Novak lo miró con la rabia y la impotencia de quien sabe que está perdido.
El tirador llevaba braga y gorra militar; sin embargo, sus gafas eran claras, quizá de esas especiales para tiro deportivo.
Y cruzaron miradas. Entonces Novak se fijó en la postura del tipo y descubrió que quizá estaba equivocado.
Y que quizá tenía una posibilidad. El naranja no estaba por ningún lado.
Ni siquiera le subió cuando el tipo levantó el arma para apuntarlo directamente a la cabeza.
No cerró los ojos, siguió mirando a los ojos del asaltante.
Un asaltante que bajó el arma y salió de allí por el pasillo que estaba a su espalda.
Novak suspiró, y sintió ganas de llorar; sin embargo, se contuvo y volvió a apretar la herida de Doyle, que no paraba de manar.
Se miraban a los ojos, y él le hablaba para que no los cerrara, mientras alrededor el caos se iba convirtiendo en llanto y en carreras y en gente pidiendo ayuda.
Y en medio de todo aquello, con las manos rojas y el corazón desbocado, Novak supo, con una certeza que le pesó como una lápida, que aquello había sido culpa suya.
Que Doyle estaba desangrándose en sus manos por haberse puesto delante.
Y que Lindqvist, el único que había estado dispuesto a darle un nombre, había muerto con ese nombre dentro.
—Ya vienen —le dijo a Doyle, con la voz rota—. ¿Los oyes? Ya vienen. Aguanta. Por favor, aguanta.
Doyle intentó decir algo, pero no le salió. Solo un gorgoteo, y una mueca que quiso ser sonrisa.
Y Novak se juró a sí mismo que aquel hombre que, en cierto modo, le había perdonado la vida no volvería a disparar con ese mortífero switch . O al menos, que él no viviría para verlo.