Infierno Carmesí (Chicago Carmesí 2) OSCAR
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OSCAR

Quedaron en una cafetería en la otra punta de la ciudad, en un reservado del fondo. Haddad llegó con una libreta y una grabadora, y Novak, nada más sentarse y justo después de ajustarse los tapones, le puso la mano encima a la grabadora y la apartó.

—Nada de eso. Y yo no he estado aquí.

Haddad lo miró un momento, entendió, y guardó la grabadora.

—Vaya. El famoso detective Novak pidiéndome discreción. —Se recostó—. La última vez que un policía me pidió que no lo grabara, la historia que me contó era de las que te cambian la carrera. O te la terminan.

—Puede que esta sea de las dos cosas a la vez.

—Novak echó un vistazo al local, por costumbre, y bajó la voz—.

Te voy a contar algo, Oscar. No te lo puedo dar por escrito, no te puedo dar una fuente, no puedo confirmarte nada oficialmente, y si me citas, lo negaré.

Pero es verdad. Y necesito que alguien lo publique, porque yo ya no puedo moverlo por donde debería.

—Eso suena a que te han cerrado las puertas.

—Todas.

Haddad cogió la libreta, lo pensó, y también la dejó.

—Vale. Sin notas. Cuéntame.

Y Novak se lo contó. No todo —se guardó lo del Faro, que no valía nada, y se guardó lo de Trevor y el hospital, que solo lo metería en un lío a él y a Moretti—, pero sí lo que importaba, lo que se sostenía: los tres atentados.

Las víctimas. Que no eran víctimas al azar.

Tomás Quiñones, presidente de la asociación de Casimir Park.

Ray Whitlock, el concejal que bloqueaba la recalificación.

Renata Salas, la abogada que llevaba la demanda, que casi vuela por los aires en una plaza.

Los tres pilares de la resistencia contra un proyecto de mil millones de dólares.

Y detrás del proyecto, un consorcio, y detrás del consorcio, un nombre que Haddad conocía bien, porque llevaba veinte años apareciendo cada vez que un barrio pobre se convertía en cristal caro: Victor Lindqvist.

—Meridian Yards —dijo Haddad, muy quieto, cuando Novak terminó—. Me estás diciendo que las matanzas de este verano no son de un loco. Que son una limpieza. Para despejar el solar.

—Te estoy diciendo que mires el patrón. Que mires quién ha muerto y quién gana con ello.

Yo no te pido que acuses a nadie. Te pido que hagas las preguntas en voz alta, en tu periódico, donde todo el mundo las oiga.

Quién es el dueño de Meridian Yards. Por qué los tres líderes que lo frenaban están muertos o casi.

Por qué la policía ha prácticamente cerrado el caso como obra de unos lobos solitarios sin mirar hacia el dinero.

—Novak se inclinó—. Preguntas, Oscar. Solo preguntas.

Las que yo no puedo hacer sin que me manden a robos de coches.

Haddad se quedó callado un buen rato, mirando su café, procesándolo. Novak conocía esa quietud: era la de un periodista calculando el tamaño de lo que le acababan de poner delante, y el precio.

—¿Sabes lo que me estás pidiendo? —dijo al fin—.

Lindqvist tiene abogados que desayunan periodistas como yo.

Si publico esto y me equivoco en una coma, me hunden a mí y hunden al periódico.

Y si publico esto y tengo razón… —Levantó la vista—.

Si tengo razón, detective, entonces le estoy poniendo el foco encima a gente que, según tú, mata a quien le estorba.

¿Tú sabes lo que es eso? Me estás pidiendo que me ponga en primera fila de trinchera.

—Lo sé. —Novak no se lo ablandó—. Y no te voy a mentir diciéndote que no hay riesgo, porque lo hay.

Por eso he venido a ti y no a un becario.

Tú sabes lo que haces y sabes protegerte.

Pero también sé otra cosa, Oscar: si nadie lo publica, esa gente se sale con la suya.

Levantan sus torres sobre un cementerio y nadie hace una sola pregunta.

Y a mí eso no me deja dormir. —Se levantó, dejó unos billetes sobre la mesa—.

Piénsalo. No te pido más. Piénsalo, y si decides que no, lo entenderé y no te volveré a molestar.

Pero si decides que sí… hazlo bien, y hazlo pronto.

Porque tengo la sensación de que a esta gente se le está acabando la paciencia, y cuanto antes salga a la luz, más difícil es que sigan matando en la sombra.

Haddad no le prometió nada. Se quedó sentado, dándole vueltas a la taza, cuando Novak salió a la calle.

El periodista no se lo quiso decir en ese momento, porque su orgullo se lo impedía; sin embargo, la noticia aparecería en primera plana un par de días después, cuando el propio Oscar hiciera sus comprobaciones.

La publicación cayó en la División como una piedra en un estanque quieto.

Novak lo supo por el runrún antes de leerlo: el murmullo distinto en la sala, las cabezas juntas sobre las pantallas, alguien que le pasó el enlace sin decir nada.

El titular no acusaba a nadie —Haddad era demasiado bueno para eso—, pero hacía exactamente lo que Novak le había pedido: preguntas.

¿Casualidad o limpieza? Las tres muertes que allanan el mayor proyecto inmobiliario de Chicago.

Y debajo, punto por punto, el patrón entero, los nombres, Meridian Yards, Lindqvist y hasta el propio Seel, la pregunta incómoda que nadie del lado oficial había querido hacer.

Todo sin una sola filtración atribuible, todo construido como quien plantea una duda ciudadana legítima. Impecable.

Novak lo leyó en su mesa con cara de póker, como si fuera la primera vez que veía aquella información, y por dentro sintió una mezcla de alivio y de vértigo. Estaba hecho. Ya no había marcha atrás.

No tardó ni media hora en oírse la voz de Hampsten desde la puerta de su despacho.

—Novak. Moretti. Aquí. Ahora.

Cruzaron la sala bajo las miradas. Doyle hizo ademán de seguirlos, pero Hampsten lo cortó con un gesto: a él no lo había llamado. Entraron los dos. Hampsten tenía el artículo abierto en la pantalla, y esta vez no fingía calma. Estaba lívido de furia contenida.

—¿Alguno de los dos me quiere explicar esto?

—¿El qué? —dijo Novak, con una tranquilidad que le costó cada gramo que tenía.

—No te hagas el tonto conmigo. —Hampsten golpeó la pantalla con un dedo—.

Meridian Yards. Lindqvist. El patrón de las víctimas.

Todo lo que me soltaste en este mismo despacho hace tres días, palabra por palabra, publicado por un periodista con el que resulta que tú tienes trato desde hace años.

¿Me vas a decir que es una coincidencia?

—Le voy a decir que ese periodista lleva veinte años cubriendo todo tipo de negocios turbios en la ciudad.

—Novak sostuvo la mirada—. No hace falta que nadie le cuente nada.

¿No se acuerda de las pasadas Navidades?

Cualquiera que sepa sumar y tenga acceso a información pública puede atar esos cabos.

Yo los até. Él también. No es tan difícil, capitán, si uno se molesta en mirar.

—No me vaciles. Además, aquí habla también de la inacción de la policía, y se atreven a mencionar al innombrable Briggs. Y me ponen casi a su altura.

—Yo no diría eso, capitán, eso ya es tomarse demasiada licencia —atajó Novak.

Hampsten ignoró ese comentario, pasó la mirada de Novak a Moretti, y se detuvo en ella. Y Novak vio venir lo que iba a pasar.

—Tú. —La señaló—. A ti te aparté hace tres días.

Estás cabreada, humillada, con tiempo libre y con acceso a todo el expediente.

Y de repente esto sale publicado. ¿Sabes lo que parece, Moretti?

Parece una venganza. Parece que, ya que no te dejo investigar, has decidido reventar el caso por la puerta de atrás, filtrándoselo a la prensa para forzarme la mano.

Moretti, que hasta ese momento había estado callada, tragándose la rabia, levantó despacio la cabeza.

—¿Perdone?

—Ya me has oído.

—¿Me está acusando de filtrar a la prensa? —Su voz salió baja, peligrosa—. ¿Tiene algo? ¿Un correo, una llamada, un mensaje, algo que me ponga a mí hablando con ese periodista? ¿O es solo que soy la que le viene bien señalar?

—Tienes motivo, tienes acceso y tienes el carácter.

—Eso no es una prueba, capitán. Eso es una corazonada.

—Y ahí, pese a todo, a Moretti le asomó una sonrisa amarga, porque la ironía era demasiado grande para dejarla pasar—.

Hace tres días, en este mismo despacho, usted nos echó la bronca por construir un caso sobre corazonadas en vez de pruebas.

Nos dijo que doblábamos la realidad para que encajara con lo que ya habíamos decidido.

—Dio un paso—. Y ahora está haciendo usted exactamente eso.

Ha decidido que he sido yo porque le encaja, porque soy la descontrolada, la apartada, la que le cae mal.

Pero no tiene ni una sola prueba de que yo haya hablado con nadie.

Ni una. Así que, con todo el respeto, capitán: ¿dónde están sus pruebas?

El despacho se quedó en silencio.

Y Hampsten, que era muchas cosas pero no era tonto, se dio cuenta de que se había metido él solo en la trampa que llevaba días predicando.

Abrió la boca. La cerró. No tenía nada. Ni un correo, ni una llamada, ni un mensaje.

Solo una sospecha que encajaba, exactamente la clase de razonamiento que él había ridiculizado en ellos setenta y dos horas antes.

Y acusar a una detective de filtrar a la prensa sin una sola prueba, después de haberla apartado, era abrir un frente que no podía sostener y que además le daba a ella la razón.

Se le tensó la mandíbula. Miró a Moretti, miró a Novak, y por un instante Novak vio pasar por su cara el cálculo del político: que insistir sin pruebas lo dejaba a él en ridículo, que Moretti tenía razón en lo de la ironía, y que lo más prudente era batirse en retirada antes de hundirse más.

—Fuera —dijo al fin, en voz baja, porque no le quedaba otra salida digna—. Los dos. Fuera de mi despacho.

—¿Eso es todo? —preguntó Moretti, sin moverse, saboreándolo apenas.

—No, tú te vas a casa. Ahora sí estás suspendida de empleo y sueldo durante un mes.

—¿En serio?

—Muy en serio. No tengo pruebas, pero tengo la autoridad necesaria. No me obligues a llamar a algún agente para que te escolte. Ten la dignidad de irte sola.

Vanessa apretó los dientes. Quiso decir muchas cosas, y no dijo nada. Aceptó y se largó sin pronunciar palabra. Novak se quedó.

—He dicho que os vayáis. Tú también.

—Se está equivocando, capitán. Y el tiempo me dará la razón.

Lo que no sabía Novak es que lo que le daría la razón no sería el tiempo, sino la violencia.