FORMULARIO
H ampsten no los hizo esperar, y eso, en él, era mala señal.
El capitán recibía tarde a la gente que le caía bien y en el acto a la que iba a cortar en pedazos.
Los tres pasaron a su despacho a primera hora, y Novak supo, por cómo Hampsten tenía el monitor girado hacia ellos antes siquiera de sentarse, que la reunión iba a empezar por lo peor.
En la pantalla, congelado, estaba el vídeo.
Moretti a un palmo de la cara de Lindqvist, el dedo levantado, la boca abierta a media acusación, y la mano de Novak agarrándola del brazo.
La imagen que medio Chicago había visto ya, porque el periodista la había subido esa misma tarde y desde entonces no había parado de viralizarse.
—Sentaos —dijo Hampsten, sin levantar la vista de un papel—. No, mejor de pie. Vais a estar poco.
Nadie se sentó. Hampsten dejó el papel, juntó las manos sobre la mesa y los miró, uno a uno, con esa frialdad de político que era peor que cualquier grito.
—Victor Lindqvist ha llamado esta mañana.
No a mí. Al jefe de policía. Y el jefe de policía me ha llamado a mí, a las seis y media, para preguntarme por qué una detective de mi división ha agredido públicamente a uno de los mayores contribuyentes de campaña de esta ciudad delante de treinta cámaras.
—Hizo una pausa—. ¿Sabéis lo incómodo que es que te despierten a esa hora para explicar algo que no tiene explicación?
—No hubo agresión —dijo Moretti—. No lo toqué.
—Estuviste a esto. —Hampsten levantó dos dedos casi juntos—.
Y lo que se ve en el vídeo es a una policía fuera de sí acusando a un ciudadano de asesinato en masa, a gritos, sin una prueba.
Da igual si lo tocaste. La ciudad ya ha decidido lo que vio.
—Se recostó—. Su abogado habla de denuncia por difamación.
Contra ti, contra el departamento y contra mí. ¿Tienes idea de lo que eso significa?
—Significa que le hemos tocado la fibra —dijo Moretti, y a Novak se le tensó todo el cuerpo, porque conocía ese tono, y era el peor momento del mundo para usarlo—. La gente inocente no llama al jefe de policía a las seis y media. La gente inocente no amenaza con abogados por una pregunta.
—No era una pregunta, detective. Era una acusación.
—Hampsten no alzó la voz, pero se le endureció—.
Y no fue una pregunta lo del hospital tampoco, ¿verdad?
Porque de eso también quiero hablar. Tengo la queja del médico jefe del Mount Sinai sobre mi mesa.
Una detective que amenazó a un paciente sedado, custodiado, hasta el punto de que hubo que sacarla de la habitación.
—Miró a Moretti—. ¿Cuántas veces vas a cruzar la línea antes de que me obligues a hacer algo?
Ahí Novak decidió meterse, porque veía a Moretti cargándose para responder y sabía que cada palabra suya empeoraba la cosa.
—Capitán. Con el debido respeto. —Dio un paso—. Sé cómo se ve el vídeo. Sé que fue un error. Pero le pido que mire más allá del escándalo un momento, porque hay un motivo por el que estábamos allí, y el motivo es que este caso no está cerrado.
—El caso está cerrado, Novak. Lo cerró el FBI. Un lobo solitario muerto, otro en un hospital. Célula desmantelada. Ciudad a salvo.
—El del hospital habló.
Hampsten se detuvo. Solo un instante.
—¿Cómo que habló?
—Trevor Crane. Habló conmigo. —Novak sostuvo la mirada del capitán—.
No mucho. No dio una organización, ni un plan, ni un cómplice con nombre y apellido.
Pero dio una cosa. Un nombre. Dijo que había alguien que lo guiaba.
Una voz, por internet, durante meses. Alguien que se hacía llamar el Faro.
Hemos buscado en redes, pero con nuestros medios nos ha sido imposible encontrar algo.
Quería venir a contárselo antes de ir a ese acto, pero usted ayer no estaba disponible. Sé que fue un error.
Se produjo un cilencio en el despacho. Doyle miraba al suelo. Moretti, a Hampsten. Y Hampsten miró a Novak un segundo largo, y luego hizo lo que Novak temía que hiciera: no se inquietó. Suspiró.
—Un faro —repitió, plano.
—Un contacto. Un manipulador. El que lo captó, lo armó y lo mandó. Y si captó a Crane, capitán, captó también a Hale, y captó al de la playa, otro pobre desgraciado que estará muerto en algún cuchitril de la periferia, porque los tres siguieron el mismo patrón, la misma…
—Para. —Hampsten levantó una mano—. Escúchate.
Un apodo. Me estás trayendo un apodo. «El Faro».
Sin nombre real, sin cara, sin IP, sin un solo dato que lo convierta en una persona y no en una palabra.
Y ese apodo te lo ha dado, ¿cómo? Presionando a un chaval con dos balazos, sedado, en una cama, después de que tu compañera lo amenazara hasta hacerle saltar las constantes.
—Se inclinó hacia delante—. ¿Sabes lo que vale eso en un juzgado?
Nada. ¿Sabes lo que vale delante del jefe de policía, que ya cree que mi división es una banda de vaqueros descontrolados?
Menos que nada. Un abogado defensor lo tiraría en diez segundos: paciente medicado, coaccionado, dice lo que sea para que le dejen en paz.
Se inventa un coco, un faro, un fantasma, y os lo tragáis porque queréis creerlo.
—No me lo trago porque quiera. Me lo trago porque encaja.
—Encaja con lo que tú ya habías decidido antes de entrar en esa habitación.
—Hampsten lo dijo sin maldad, casi con cansancio, y eso fue lo que más le dolió a Novak, porque era exactamente lo que Sarah le había dicho a Moretti—.
Los dos. Sois iguales. Habéis decidido que hay una gran conspiración y ahora dobláis cada cosa que encontráis para que quepa.
Un yonqui que se suicida después de matar a muchas personas es un asesinato.
Un promotor que se defiende es un culpable.
Un chaval delirante que suelta una palabra es el hilo de una trama.
—Negó con la cabeza—. Yo también fui joven y también quise que los casos fueran grandes.
Pero la mayoría de las veces, Novak, un loco con un fusil es solo un loco con un fusil.
Y cuando no lo es, hacen falta pruebas, no corazonadas y un apodo.
—Inés Quiñones y Renata Salas no son corazonadas.
—¿De qué me estás hablando?
—Lo tiene todo en el informe que actualizo a diario en el sistema: Meridian Yards.
Un fastuoso proyecto inmobiliario. Inés me confirmó los nombres de Lindqvist y Seel que yo había investigado.
Renata los volvió a confirmar. La abogada Salas casi vuela por los aires, y a Inés le mataron al padre.
Por no hablar del concejal Whitlock, que era de los pocos defensores de su causa.
Hampsten se puso colorado. Era cierto que no había revisado el informe del caso, a pesar de que el detective se lo había dicho un par de veces.
—¿Tienes pruebas? ¿O son solo suposiciones?
—Mi capitán…
—Detectives —interrumpió Hampsten—. ¿Tienen pruebas contra Lindqvist o contra Seel?
Novak apretó los dientes. No tenía pruebas.
Y, para su desgracia, tampoco tenía nada más: cuando pensaba en Lindqvist y en Seel, el naranja de siempre le venía repartido sobre los dos, tibio, sin decidirse, alumbrándolos igual, que era lo mismo que no alumbrar.
Ni siquiera aquello, lo único suyo que nunca fallaba del todo, le señalaba a un culpable.
Solo lo sabía, en alguna parte por debajo del color, y saberlo no bastaba.
Y fue entonces cuando Moretti, incapaz de tragárselo, volvió a abrir la boca.
—Capitán Hampsten. Son demasiadas casualidades. Tres atentados, dos cometidos y uno frustrado. Todos con personalidades opositoras de ese megaproyecto.
—Le estaba preguntando a su superior, detective Moretti.
Vanessa se mordió la lengua.
—Mi capitán —inició de nuevo Novak—, mi compañera tiene razón. Hay que tirar de ese hilo.
—Cuando tengan pruebas, vuelvan a mi despacho. Pero se lo advierto: no vuelvan a merodear el entorno de Lindqvist. Consigan esas pruebas de otra forma.
—¿De qué forma, mi capitán? —dijo Moretti.
—Detective Moretti, es la segunda vez que me interrumpe cuando me dirijo a su superior. No habrá una tercera.
—O sea que nos pide que consigamos unas pruebas de la nada.
O peor, que nos quedemos de brazos cruzados por la inviabilidad de la tarea.
—Moretti se exasperó—. Tenemos a dos chicos que hicieron lo mismo, un tercero que dice que alguien lo guiaba, un patrón que apunta a un barrio que vale mil millones, y su respuesta es que consigamos unas pruebas contra unos poderosos casi intocables de la nada.
¿Eso es lo que va a hacer, capitán? ¿Mirar para otro lado porque el culpable tiene abogados caros y llama al jefe de policía?
—Moretti —dijo Novak, bajo.
—No. —Ella no paró—. Que lo diga. Que diga a la cara que prefiere enterrar esto antes que buscarse un problema con Lindqvist. Porque es eso, ¿verdad? No es que no haya caso. Es que el caso es incómodo.
El despacho se quedó en un silencio de plomo. Hampsten no se movió. Cuando habló, lo hizo muy despacio, y su calma era mucho más terrible que la furia.
—Detective Moretti. Está fuera del caso.
—¿Qué?
—Lo que ha oído. Queda apartada de la investigación, con efecto inmediato.
—Cogió un formulario del cajón, sin dramatismo, como quien rellena un parte más—.
Entre lo del hospital, lo del vídeo y lo que acaba de decirme en mi propio despacho, no me deja alternativa.
Es usted un riesgo. Para el caso, para el departamento y para usted misma.
Vuelva a su mesa, con papeleo administrativo, hasta que yo decida otra cosa.
Y dé gracias de que no sea una suspensión, porque el vídeo y su insubordinación ahora dan para ello.
Moretti se quedó blanca. Abrió la boca, la cerró. Miró a Novak, buscando algo, un apoyo, una salida, y Novak sostuvo su mirada sin poder darle nada, porque no había nada que dar: Hampsten estaba en su derecho, y los dos lo sabían.
—Capitán —intentó Novak—. Ha sido un mal día. Vanessa lleva semanas al límite con esto, todos lo llevamos. Si la aparta ahora…
—La aparto precisamente porque lleva semanas al límite y ya no distingue una investigación de una cruzada personal.
—Hampsten lo miró—. Y tú vas por el mismo camino, Novak, así que te lo voy a decir una sola vez.
El caso oficialmente está cerrado. Si tú quieres seguir tirando de tu apodo y de tu patrón, en tu tiempo y con la boca cerrada, no te lo puedo impedir del todo.
Pero como vuelva a llegarme una queja, como vuelva a ver tu nombre cerca de Lindqvist o de cualquiera de esa gente sin una orden judicial firmada por un juez, os mando a robos de coches una temporada. ¿Ha quedado claro?
—Cristalino.
—Bien. —Hampsten volvió a su papel, dándolos por despachados—. Moretti, a tu mesa. Novak, Doyle: lo que os quede que hacer, lo hacéis con pies de plomo y sin cámaras. Fuera de mi vista.
Salieron. En el pasillo, los tres se quedaron un momento parados, sin saber muy bien qué decirse. Moretti tenía la mandíbula apretada y los ojos brillantes, no de pena, sino de una rabia que ya no tenía dónde ir.
—Vannie —empezó Novak.
—No. —Levantó una mano—. No me digas que lo entiendes, ni que tiene razón, ni ninguna de esas mierdas. —Le tembló la voz.
—No iba a decirte eso. —Novak la miró—. Iba a decirte que sigues siendo la mejor policía que conozco, y que esto lo vamos a arreglar. Solo… bájate de la moto unos días.
Ella lo miró, y Novak sintió que se merecía un abrazo; sin embargo, allí en los pasillos de la División y con Hampsten tan cerca, decidió que lo postergaría.
—Moretti, mira que el que mete la pata soy siempre yo —dijo Doyle, para tratar de aligerar el ambiente.
Ella no sonrió, y Novak detuvo a ambos en un recodo del pasillo.
—Escuchadme atentamente, porque esto es lo que vamos a hacer.
Y Novak les contó un plan que, sin saberlo, podría conducirlos a todos a una nueva condecoración, o al cementerio.