EL SWITCH
E l sótano era el único cuarto de la casa que el Faro no dejaba pisar a nadie, y a aquella hora era también el único con luz.
Extendió un trapo limpio sobre la mesa de trabajo, colocó las herramientas en fila con una pulcritud de quirófano, desenvolvió el fusil del paño que lo cubría y empezó a desmontarlo.
Las manos trabajaban solas, exactas, ciegas, como si recordaran por su cuenta lo que la cabeza había dejado de pensar hacía años.
La cabeza estaba en otra parte. En el policía.
Separó el cerrojo. Pasó el paño por el cañón, despacio, retirando el polvo de meses. Y mientras lo hacía, fue armando lo otro, el plan, con la misma calma con que desarmaba el fusil.
Porque el policía era un problema —ya sabía de la existencia del Faro—, y el policía no se iba a desvanecer.
Novak. Elias Novak, decía el informe que le habían traído.
Detective de la División, un solitario, un obsesivo, un hombre con más reprimendas que felicitaciones en su hoja y, lo que era peor, sin nada que perder: sin familia, sin ataduras, sin nada que cuidar salvo el trabajo.
El Faro había aprendido hacía mucho que a los hombres se los maneja por lo que quieren conservar, y aquel no quería conservar nada.
A los que tienen algo, se los sujeta por ahí.
A los que no tienen nada, solo se los para de una manera.
Y esa manera era la que había bajado a preparar.
Un policía no es un chaval de un semisótano.
Tiene compañeros, tiene placa, tiene un departamento detrás.
Si a un detective le pasa algo a solas —un accidente, un robo que sale mal, una sobredosis oportuna—, la policía levanta cada piedra de la ciudad hasta dar con el responsable.
Un policía muerto en circunstancias raras no se cierra con un funeral y una placa: se convierte en una cruzada.
Y una cruzada era lo único que el Faro no podía permitirse.
Así que la muerte de aquel hombre no podía parecer nunca lo que era. No podía ser dirigida. No podía tener un porqué que llevara a nadie a preguntarse quién ganaba con ella. Tenía que ser lo más opuesto a un asesinato selectivo: un azar. Una desgracia sin destinatario. Mala suerte.
Y el Faro sabía fabricar mala suerte.
La idea se le fue armando sola, al ritmo del paño sobre el metal, con la lógica de las cosas que encajan a la primera.
Otro tiroteo. Otro de esos que la ciudad ya había aprendido a llamar obra de un pirado.
Un sitio concurrido, mucha gente, caos, cuerpos.
Y, entre todos esos cuerpos, uno concreto.
Uno que a nadie extrañaría encontrar allí, porque un detective obsesionado con un caso va a los sitios donde su caso lo lleva.
Bastaba con elegir bien el lugar. Bastaba con que fuera un sitio al que Novak, tarde o temprano, por su propia terquedad, tuviera que acudir.
Y el Faro, que llevaba meses estudiando aquella operación y aquella pelea, ya tenía un par de sitios en mente donde poner el cebo.
Nadie buscaría al asesino de un policía, porque no habría un policía asesinado.
Habría una víctima más de una matanza sin sentido.
Un nombre en una lista de bajas. Qué pena, un detective, estaba allí por casualidad, o no, o simplemente en el cumplimiento de su trabajo, no importaba demasiado.
Los policías lo buscarían sí, pero no los de Chicago.
Los otros, y los otros, por muy sofisticados que sean, no tienen lo que hay que tener para detener a un tipo como él.
Limpió el switch aparte, con cuidado especial, comprobando el mecanismo, el resorte, el punto exacto en que la pieza convertía cada presión del dedo en una ráfaga. Y mientras lo hacía, resolvió el último detalle, el que no era menor: esta vez no habría un chaval al que soltarle el trabajo.
Esta vez lo haría él.
No le gustaba exponerse; llevaba años sin tocar un arma en algo que no fuera un campo de tiro, y su valor estaba precisamente en no aparecer nunca, en mover las piezas sin ser una de ellas.
Ponerse él delante era un riesgo. Pero había cosas que un profesional no delega, y garantizar que una bala concreta encuentre un cuerpo concreto en mitad de un tumulto era una de ellas.
Un aficionado reza para acertar. Un profesional se encarga de no tener que rezar.
Y el Faro, antes de ser otras muchas cosas, había sido un profesional de eso. De poner balas donde tenían que ir. En otro uniforme, en otro continente, hacía mucho tiempo. Pero esas cosas no se olvidan. Se quedan en las manos.
Montó el switch. Lo desmontó. Lo volvió a montar.
Hasta que quedó perfecto. Después ensambló el fusil entero, pieza a pieza, y cuando terminó lo sostuvo un momento, comprobando el peso, el equilibrio, la manera en que se acomodaba contra el hombro.
Encajaba como encaja una herramienta en la mano que sabe usarla.
Lo alzó hacia la pared vacía del sótano y siguió con el punto de mira una línea imaginaria, despacio, de un lado a otro, con el pulso quieto de un hombre para quien aquello nunca había dejado de ser fácil.
Luego bajó el arma. La envolvió de nuevo en el paño. La guardó.
Y subió las escaleras apagando la luz tras de sí, dejando el fusil listo en la oscuridad del sótano, esperando su momento. Un momento que el Faro haría que llegara pronto.