Infierno Carmesí (Chicago Carmesí 2) TRES HOMBRES
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TRES HOMBRES

E l acto se celebraba en el atrio acristalado de un edificio del Loop, una de esas plantas nobles con vistas al río que Meridian Yards usaba de escaparate.

Habían montado un estrado con una maqueta enorme del proyecto bajo un foco: tres torres de cristal, un paseo fluvial, un puerto deportivo en miniatura, todo blanco y limpio y reluciente, como una promesa.

Copas de vino, camareros de guante, prensa con cámaras, un público de trajes caros y sonrisas de compromiso.

Novak, Moretti y Doyle desentonaban entre aquella gente como tres manchas en un mantel blanco, y se quedaron al fondo, junto a una columna, observando.

—Cuánto dinero junto —murmuró Doyle—. Se me ha puesto la cartera nerviosa.

Novak no contestó. Miraba el estrado.

Patrick Seel acababa de subir a él, y la sala aplaudió.

Era más joven de lo que Novak esperaba, o lo parecía: delgado, elegante sin esfuerzo, con esa seguridad tranquila de quien está acostumbrado a que lo escuchen.

Habló sin papeles. Habló de la ciudad, del río, de coser las heridas del tejido urbano, de devolverle Chicago a la gente y de olvidar las recientes matanzas.

Habló de luz, de espacios abiertos, de un futuro en el que aquel rincón olvidado del South Side volvería a latir.

Lo hizo bien. Se permitió hasta el lujo de pedir un minuto de silencio por las víctimas que todos respetaron como si lo pidiera el mismísimo Papa.

Lo hizo todo muy bien: la sala lo escuchaba embelesada, y hasta Novak, que había ido allí predispuesto a odiarlo, tuvo que reconocer que el tipo tenía algo, una convicción luminosa, la de un hombre que se cree de verdad lo que dice.

—Ese es el artista —dijo Novak, en voz baja—. El de la cara bonita.

—Y habla de devolverle el barrio a la gente. No será a la que han matado, desde luego —susurró Moretti.

Novak apartó la vista de Seel y barrió el resto de la sala, como hacía siempre, buscando lo que no encajaba.

Y lo encontró en segundo plano, a un lado del estrado, medio apartado del foco: un hombre de unos sesenta años, corpulento, de cara ancha y traje excelente, que no aplaudía ni sonreía, que miraba a Seel y miraba a la prensa con la expresión satisfecha de quien es dueño de todo aquello y no necesita subirse a ningún sitio a demostrarlo.

Novak lo reconoció por el recorte del tablón de Renata.

Victor Lindqvist.

Ahí estaba. El que ponía el dinero. El que no daba la cara. Mientras Seel se llevaba los aplausos hablando de sueños, Lindqvist observaba desde la sombra, tranquilo, con el gesto de un hombre que sabe que las cosas bonitas las dicen otros y que el poder de verdad está en no tener que decir nada.

Novak los observó a los dos, juntos por un instante bajo el foco, el arquitecto luminoso y el inversor en penumbra, y esperó, como esperaba siempre, a ver de quién le venía el color.

Le vino de los dos. Otra vez el naranja molesto que se posó sobre la maqueta blanca y sobre las dos caras por igual, sin decidirse por ninguna, con esa insistencia idiota de los avisos que no señalan nada.

El color de algo que finge ser una cosa y es otra.

Novak lo aguantó, esperando que se concentrara en uno de los dos, en una línea, en un solo rostro.

No lo hizo. Se quedó extendido sobre los dos, alumbrándolos igual, que es lo mismo que no alumbrar.

Se apagó, y Novak se quedó con la certeza inservible de que en aquella maqueta preciosa, o en uno de aquellos dos hombres, había algo torcido.

Decidió que, cuando el acto terminara, iba a hablar con ambos.

El acto se cerró con más aplausos, un pase de diapositivas del proyecto en una pantalla gigante y una ronda de fotos alrededor de la maqueta.

La gente empezó a arremolinarse, a formar corrillos, a vaciar copas.

Novak esperó el momento, lo vio —Seel bajando del estrado hacia Lindqvist, los dos coincidiendo un instante junto a la maqueta, rodeados de un par de asistentes— y se movió hacia ellos, con Moretti y Doyle detrás.

—Señor Seel. Señor Lindqvist. —Enseñó la placa, sin levantar la voz, pero lo justo para que ambos la vieran—. Detective Novak, policía de Chicago. ¿Tienen un minuto?

El asistente de Seel se interpuso por acto reflejo, pero Seel lo detuvo con un gesto suave y se volvió hacia Novak con una cortesía impecable, un punto extrañada.

—Por supuesto, detective. ¿En qué puedo ayudarle?

Lindqvist, en cambio, no se volvió del todo. Ladeó la cabeza, miró la placa como quien mira una multa de aparcamiento, y permaneció de lado.

—¿La policía? En un acto privado. Qué oportuno. —Su voz era grave, pausada, de hombre que no se altera por nada—. Espero que sea importante, detective, porque mi tiempo esta tarde vale bastante.

—Seré breve. —Novak los miró a los dos, alternando, atento a las caras—. Solo quería preguntarles si les suenan un par de nombres. Dustin Hale. —Pausa—. Y Trevor Crane.

Lo dijo despacio, dejando caer cada nombre como una piedra en agua quieta, y se quedó mirando el efecto.

En Lindqvist no hubo efecto. O el que hubo fue de aburrimiento. Enarcó una ceja, miró a su asistente con un gesto de «¿tú entiendes algo?», y volvió a Novak.

—No me suenan de nada. ¿Debería? —Se encogió de hombros—. ¿Quiénes son? ¿Empleados míos? Tengo mucha gente trabajando, detective, no me sé el nombre de todos los que ponen los ladrillos.

—No ponen ladrillos. Uno está muerto y el otro en un hospital con dos balazos. Son los dos chicos de los tiroteos. De las matanzas. —Novak no le quitó ojo—. Esas que han pasado, casualmente, en el mismo barrio que ustedes quieren derribar para levantar todo esto.

Seel se soltó un tanto el nudo de la camisa.

—Como habrá escuchado si ha presenciado el acto, he pedido por las almas de esas familias.

—Ya. Y dígame, quizá les suene otro nombre: el Faro.

Y ahí, la reacción de cada uno.

Seel frunció el ceño, desconcertado, y miró a Novak como si le hablara en otro idioma.

—Perdone, ¿el Faro? No sé qué es eso. —Y de pronto, al atar cabos, se le mudó la cara, no de culpa, sino de un horror creciente, el de un hombre al que le acaban de poner delante algo monstruoso que no había contemplado—.

Espere. ¿Está usted insinuando que esos atentados tienen que ver con el proyecto?

¿Con nosotros? Jamás, jamás se me ocurrió pensar que…

—Se pasó una mano por la cara—. Dios. ¿Está diciendo que alguien ha matado a esa gente por mi proyecto?

Lindqvist, en cambio, no se inmutó enseguida. Miró a Novak, miró un segundo de más a su asistente —una mirada breve, de reojo, la de quien comprueba algo antes de hablar— y solo entonces se rió. Una risa corta, seca, de incredulidad desdeñosa. A Novak no se le escapó aquel gesto, y lo guardó.

—Ah, ya veo por dónde va. —Negó con la cabeza, casi divertido—.

El promotor malvado que manda matar al vecindario.

Qué imaginación. ¿Sabe cuántas veces he oído esa historia, detective?

Cada vez que compro un solar donde vive gente que no quiere venderse, aparece alguien como usted, o como esa abogada histérica, a decir que soy el diablo.

—Dio un paso hacia Novak, sin perder la calma, y bajó la voz a un tono casi paternal—.

Le voy a ahorrar el ridículo. Yo compro.

Vendo. Construyo. Es legal, es aburrido y me hace muy rico.

Lo que pase en la calle, los locos, las pistolas, no es asunto mío.

Y si vuelve a sugerir lo contrario, la próxima conversación la tendrá con mis abogados, que también son muy caros y mucho menos simpáticos que yo.

—Miró a su asistente—. Diles que traigan el coche.

Y fue ese tono, esa suficiencia indecente de hombre intocable, lo que encendió a Moretti.

Novak la sintió moverse a su lado antes de verla, y supo, con un vuelco en el estómago, lo que iba a pasar un segundo antes de que pasara.

—¿Aburrido? —Moretti se plantó delante de Lindqvist, y su voz cortó el murmullo de los corrillos cercanos, que empezaron a girarse—.

¿Le parece aburrido? Hay un hombre en un cajón que se llamaba Tomás Quiñones, que tenía una hija, y al que le metieron tres balas en una playa para que no diera la lata.

Hay un concejal muerto. Hay un chaval de veintitrés años pinchado en una cama con una aguja en el brazo porque alguien lo usó y luego lo tiró a la basura, como usted tira a la gente de sus casas.

Hay más de cincuenta muertos en total. ¿Y usted me habla de que es aburrido y de sus abogados caros?

—Moretti —dijo Novak, bajo.

Ella no lo oyó. O no quiso.

—Nosotros sabemos lo que es esto. —Dio otro paso, y ahora estaba a un palmo de la cara ancha de Lindqvist, que había dejado de sonreír.

Le mostró una imagen en el móvil que hizo recular al inversor—.

Sabemos que estos chicos no montaron esto solos.

Sabemos que alguien los captó, los armó, los mandó y los mató cuando sobraron.

Alguien con dinero. Alguien con mucho que ganar.

Y yo lo estoy mirando a la cara ahora mismo, así que no me venga con que compra y vende y…

—¡Moretti, basta!

Novak la agarró del brazo y tiró de ella hacia atrás justo cuando ella levantaba la mano —no se supo si para señalarlo o para empujarlo—, y el gesto quedó a medias, congelado entre los dos, con media sala mirando ya, con al menos una cámara de un periodista girada hacia ellos y un teléfono en alto grabando.

Lindqvist había dado un paso atrás, y su asistente se había interpuesto, y por su cara cruzó algo que no era miedo, sino cálculo, la mirada de un hombre que acaba de recibir un regalo y sabe usarlo.

—Lo ha visto todo el mundo —dijo Lindqvist, muy tranquilo, alzando la voz para que constara—.

Una detective de Chicago, agrediendo e insultando a un ciudadano en un acto público, acusándolo de asesinato sin una sola prueba.

—Sonrió, y esta vez la sonrisa sí era de satisfacción pura—.

Mañana su capitán va a tener un día muy largo. Cuente con ello.

Novak no soltó el brazo de Moretti. Tiró de ella, firme, hacia la salida.

—Nos vamos. Ahora.

La sacó de allí entre el murmullo, las miradas, el zumbido de la gente que ya comentaba, con Doyle abriendo paso delante y Moretti rígida bajo su mano, respirando fuerte, con los ojos brillantes de rabia y de algo más, algo que empezaba a parecerse al principio de darse cuenta de lo que acababa de hacer.

Fue en la puerta, girándose un instante para calcular el destrozo, cuando Novak lo vio.

Apartado del tumulto, junto a la pared del fondo, había un hombre.

No de los del vino y las sonrisas. Un hombre de unos cincuenta años, de complexión seca, vaqueros, chaqueta oscura y camisa blanca abierta sin corbata, quieto entre el revuelo con una inmovilidad que no encajaba, las manos cruzadas por delante, mirando.

No miraba a Lindqvist, ni a Seel, ni el escándalo.

Miraba a Novak. Directamente a Novak. Y cuando sus ojos se cruzaron un segundo, el hombre no apartó la vista con el reflejo del que es sorprendido observando; la sostuvo, tranquilo, un instante de más, evaluándolo, antes de volver la cara hacia otro lado con una calma deliberada.

Novak no sabía quién era aquel hombre. No tenía motivo para fijarse en él.

Y sin embargo, al cruzarse con su mirada, le subió el naranja otra vez, de golpe, más fuerte que en toda la tarde, con el regusto a metal en la lengua, y esta vez el color no se dispersó: se quedó prendido en aquel tipo seco e inmóvil como no se había querido quedar en nadie más de la sala.

Novak parpadeó, y el hombre ya había vuelto la cara.

Pero el color tardó en apagarse. Ese instinto suyo que registraba lo que no encajaba le dijo que aquel tipo quieto era la única persona de toda la sala que estaba haciendo exactamente lo mismo que él: observar.

—Elias, vámonos —dijo Doyle, que se había mantenido al margen todo el rato.

Cuando Novak volvió a mirar hacia la pared del fondo, el hombre ya no estaba.

Salieron a la calle, al calor de la tarde, los tres en silencio, con el escándalo a la espalda y el nombre de Lindqvist ardiéndoles en la cabeza.

Debería haber sido un buen día: habían mirado a los ojos al hombre que Renata señalaba, y su reacción había sido la de un culpable escurridizo. Todo encajaba con Lindqvist.

¿Todo?

Mientras caminaban hacia el coche, no era Lindqvist lo que le rondaba a Novak. Era aquel hombre quieto de la pared del fondo, el único que no había venido a beber vino, el que lo había mirado como se mira a un rival.