TREVOR
E l chico llevaba cuatro días en el Mount Sinai, y los dos últimos ya sin el tubo, sin el respirador, sin la maraña de cables que lo habían mantenido pegado a la vida durante la primera noche.
Había remontado. Los médicos, que al principio no se mojaban, ahora hablaban de una recuperación lenta pero segura.
Dos balas, y sin embargo ahí seguía, pálido contra la almohada, con la pierna y el costado vendados y un policía de uniforme aburriéndose en una silla junto a la puerta.
Novak y Moretti entraron después de que el médico les repitiera las condiciones por tercera vez.
—Diez minutos. Está estable, pero débil. Si le sube la tensión o se agita, los saco. Y nada de tocarlo. —Los miró con la desconfianza del que ya ha visto a policías pasarse—. Es un paciente antes que un detenido. En mi planta, al menos.
—Entendido —dijo Novak.
El médico se fue. Se quedaron los dos frente a la cama.
El chico los miró llegar con unos ojos hundidos, apagados, sin miedo y sin desafío, solo con una especie de cansancio remoto, como si lo que le pasara ya le diera igual.
Tenía cara de crío. Cara de no haber hecho nunca nada, de esos chavales que pasan por el mundo sin que nadie los recuerde.
Y sin embargo había estado a escasos segundos de provocar una matanza terrible.
Llevaban cuatro días esperando ese momento.
Cuatro días con el caso parado en seco, porque aquel chico era la única puerta que quedaba: sin el ordenador ni el móvil de Hale (al que no habían encontrado líneas de teléfono a su nombre), todo dependía de que este despertara y hablara.
Novak lo sabía. Moretti también. Y por eso los dos habían llegado con una tensión mal disimulada, la de quien lleva demasiado tiempo esperando una respuesta y no sabe si va a poder soportar que no llegue.
Novak acercó una silla. Se sentó, despacio, para quedar a la altura del chico y no por encima.
—Hola —dijo, en voz baja—. Me llamo Elias. Soy detective. ¿Cómo te encuentras?
El chico lo miró. Tardó en contestar.
—¿Qué más da?
—A mí me importa. Estás jodido, con dos balazos. No debe de ser agradable.
—Me lo merezco. —Lo dijo sin dramatismo, como una obviedad—. ¿Han venido a eso? ¿A restregarme su condescendencia?
—Hemos venido a hablar. Nada más. —Novak mantuvo el tono suave—. ¿Cómo te llamas?
El chico esbozó algo que no era una sonrisa.
—Da igual cómo me llame.
—A mí no me da igual.
—No pienso decírselo. —No había hostilidad, solo una determinación cansada—. No voy a darles nada.
Novak asintió, sin presionar. Sabía leer aquello: un chico que ha decidido desaparecer del todo, borrarse, ser nadie hasta el final. Cambió de rumbo.
—Vale. No hablemos de nombres. Hablemos de por qué. —Se inclinó un poco—. Lo que hiciste, o lo que ibas a hacer, en esa plaza. Había familias. Niños. Ayúdame a entenderlo. ¿Por qué?
Y ahí, por primera vez, algo se encendió en los ojos apagados del chico. No arrepentimiento. Lo contrario. Una llama tenue, fanática, la de quien por fin puede explicar la única cosa que le ha dado sentido.
—Porque alguien tenía que hacerlo —dijo—.
Porque el mundo está podrido y todos miran para otro lado.
Esa gente de la plaza, con sus pancartas y sus discursos, haciéndose los valientes…
Son ovejas. Ovejas que se creen leones. Y los que van delante, los que dan la cara, los que llevan el rebaño, esos son los peores. Los pastores son peores que el rebaño.
Y al oír aquella frase, dicha con una entonación demasiado redonda, demasiado ensayada para un chaval que apenas sabía hilar dos ideas propias, a Novak le subió el naranja sucio por detrás de los ojos, con su regusto a metal en el fondo de la lengua.
El color de algo que finge ser una cosa y es otra.
Lo aguantó sin moverse, esperando —como esperaba siempre, y como siempre para nada— que se concentrara en algún sitio, que le dijera de dónde salían aquellas palabras que no eran del chico.
No lo hizo. Se apagó solo, dejándole nada más que la certeza inservible de que aquel discurso lo había escrito otra mano.
—Yo iba a despertar a esta ciudad —siguió el chico—. Iba a hacer lo que nadie tiene huevos de hacer.
—¿Y quién te enseñó eso? Lo de los pastores. ¿De dónde lo sacaste?
—De ningún sitio. —El chico apartó la mirada del detective.
—Alguien te ayudó. —Intervino Moretti—. A conseguir los explosivos. La furgoneta. La licencia del puesto. Eso no se hace solo, chico. Alguien te dio todo eso.
—Nadie me dio nada. —El muchacho los miró, y por primera vez pareció casi ofendido—.
¿Se cree que no soy capaz? Todo el mundo se cree que uno no es capaz de nada.
Lo preparé yo. Lo pensé yo. Lo hice yo. —Le temblaba un poco la voz, de orgullo herido—.
Por una vez en mi vida hice algo yo solo, algo que va a salir en todas partes, y ni siquiera eso me lo van a dejar.
Ahora vienen ustedes a decirme que alguien me manejaba, que soy el títere de otro. Pues no. Fui yo. Solo yo.
Novak inspiró hondo y miró a su compañera.
Entendió, en ese momento, lo que aquello significaba.
Que su única puerta se cerraba también. Que aquel chico, cuando lo sentaran delante de un juez, iba a jurar exactamente eso —lo hice yo solo, por mi causa—, y que su testimonio sincero no destaparía la conspiración: la enterraría.
Confirmaría el lobo solitario mejor que cualquier informe del FBI.
El chico era la prueba viva de que no había nadie detrás.
Fue entonces cuando Moretti, con la mandíbula cada vez más apretada, dio un paso adelante.
—No —dijo.
Novak la miró. Conocía ese tono. Llevaba días conociéndolo, viéndolo crecer, sabiendo que en algún momento reventaría. Y supo, con un vuelco, que el momento era ahora.
—Vannie —dijo, bajo, una advertencia.
Ella no le hizo caso. Se acercó a la cama, se inclinó sobre el chico, y cuando habló, la voz le salió tensa, contenida, con una rabia mal tapada que era peor que un grito.
—Escúchame bien, chaval, porque esto que te voy a decir es lo más importante que vas a oír en tu vida.
—Lo miró fijo—. Tú no hiciste nada solo.
A ti te usaron. Hubo un chico antes que tú, uno que hizo lo mismo que tú, que también estaba tan orgulloso de su gran obra, que también se creía un puto héroe.
Se llamaba Dustin. ¿Y sabes dónde está Dustin ahora?
El chico la miró, entre el desconcierto y el desprecio.
—Yo no conozco a ningún…
—Está muerto. —Moretti no le dejó terminar—.
Muerto en su cama, con una aguja en el brazo, colocado como si se hubiera pasado de dosis él solito.
¿Y sabes quién lo mató? La misma gente que te mandó a ti.
La misma gente que te dio los explosivos, la furgoneta, la licencia, todo eso que tú dices que conseguiste solo.
Te usaron para matar, igual que a él. Y ahora que has fallado, ahora que estás vivo y en una cama de hospital, ¿tú qué crees que eres para ellos?
—Se acercó más—. Eres un cabo suelto. Eres un problema.
Eres exactamente lo que era Dustin cuando dejó de serles útil.
Van a ir a por ti, chaval. En cuanto puedan.
Un pinchazo, una almohada, lo que sea. Y van a colgar que el pobre terrorista arrepentido se quitó de en medio. Y nadie, nadie, va a mover un dedo.
El chico se había quedado muy quieto. Algo, muy al fondo de sus ojos, vaciló un instante.
—Miente —dijo, pero le tembló—. Me está mintiendo para que hable.
—Ojalá te mintiera. —Moretti apoyó las dos manos en la barandilla de la cama, encima de él—.
Solo hay una manera de que sigas vivo, ¿me oyes?
Una. Que hables. Que nos digas quién te contactó, cómo, por dónde, un nombre, una voz, lo que sea.
En cuanto tú hables, dejas de ser un cabo suelto y pasas a ser un testigo protegido, y entonces ya no les sirve de nada matarte.
Pero si te callas, si te empeñas en cargar tú solo con todo para proteger a los que te usaron y te van a tirar a la basura, estás firmando tu propia sentencia.
¿Lo entiendes? Habla. Habla ahora. Es lo único que te va a salvar la vida.
—¡Moretti! —Novak se había levantado.
Pero el daño ya estaba hecho. El chico los miraba a los dos con los ojos muy abiertos, y en su cara ya no había orgullo ni fe, había miedo, un miedo nuevo y descarnado, pero no el miedo que Moretti buscaba.
Era el miedo de quien ve confirmado que está solo y perdido, no el de quien está a punto de confesar.
Se le llenaron los ojos. Y negó con la cabeza, despacio, cerrándose aún más.
—No hay nadie —dijo, casi para sí mismo, con la voz rota—. Lo hice yo solo. Yo solo. No hay nadie a quien delatar.
Y las lágrimas le brotaron y le regaron las mejillas. La máquina de la tensión empezó a pitar más rápido. La puerta se abrió y entró el médico, con una enfermera detrás y la cara descompuesta de furia.
—¡Fuera! ¡Les dije que si se agitaba los sacaba! ¡Fuera de aquí ahora mismo!
Novak agarró a Moretti del brazo y tiró de ella hacia la puerta. Ella se dejó llevar, de pronto vaciada, mirando al chico que lloraba en la cama como quien mira algo que ha roto y no puede recomponer.
Salieron al pasillo. El médico cerró la puerta de un portazo y se quedó dentro. Novak soltó a Moretti y se giró hacia ella, y por un momento ninguno de los dos dijo nada, los dos respirando fuerte, el uno frente al otro bajo la luz blanca del pasillo.
—Vannie —dijo Novak al fin, y no había reproche, solo agotamiento—. ¿Qué has hecho?
—Lo que tú no te atreves. —Pero lo dijo sin fuerza, y ella misma no se lo creyó. Se pasó una mano por la cara—. Estaba a punto. Un poco más y…
—No estaba a punto. —Novak la miró—. En su cabeza no hay nadie a quien delatar, Vannie.
Le has contado tú a él lo que sabemos nosotros, en vez de al revés.
Le has dicho lo de Dustin Hale. Nuestra teoría entera, a un detenido, delante de un guardia y con la puerta abierta.
—Bajó la voz—. El médico se va a quejar, y la queja le llegará a Hampsten.
Moretti no respondió. Se apoyó en la pared, cerró los ojos, y por primera vez en días la rabia se le convirtió en otra cosa, en algo que se parecía al miedo.
—Tenemos que hacer algo —murmuró—. Tiene que cantar…
Novak le puso una mano en el hombro. No dijo nada. No había nada que decir que arreglara aquello, y los dos lo sabían.
Fue entonces cuando le sonó el teléfono.
Novak lo sacó del bolsillo. Un número que no reconoció. Dudó un segundo —no era momento—, pero algo, la costumbre, el instinto, le hizo descolgar.
—Novak.
Escuchó. Y a medida que escuchaba, Moretti vio cómo la cara de su compañero cambiaba, cómo se le tensaba algo alrededor de los ojos, cómo se apartaba un paso de ella y se llevaba una mano a la otra oreja para oír mejor, en aquel pasillo de hospital.
—¿Estás segura? —dijo Novak—. Está bien. Gracias, agente Cross.
Moretti se separó de la pared. Novak la miraba ahora fijamente, sin verla, con la vista puesta en algo que estaba muy lejos de aquel pasillo, escuchando el nombre que le decían al otro lado de la línea, el nombre del chico que lloraba tras la puerta jurando que había actuado solo, el primer nombre de verdad de toda aquella cadena.
Colgó.
Abrió la puerta de nuevo y, sin hacer caso al médico que le pedía que se largase, se acercó hasta el muchacho.
El nombre que Cross le había dicho por teléfono le latía todavía detrás de los ojos, y esta vez el color que lo acompañaba no era el naranja de lo que oculta, sino un gris limpio, sólido, el de las cosas que por fin son ciertas.
—Bueno, es hora de que retomemos la entrevista —dijo, y el muchacho abrió mucho los ojos con lo siguiente que pronunció el detective—: Ponte cómodo, Trevor.