LAS PAREDES
L a casa estaba en Bridgeport, en una calle de fachadas estrechas pegadas unas a otras.
Aparcó a dos manzanas y fue andando, con una bolsa de deporte al hombro y el paso tranquilo de quien vuelve del gimnasio.
Eran las cuatro de la mañana, la hora muerta, esa en la que hasta los insomnes se rinden.
Nadie lo vio. Se había asegurado de que nadie lo viera: gorra, ropa neutra, guantes de látex finos ya puestos bajo unos de tela, y una ganzúa eléctrica que le abrió la cerradura del portal en menos tiempo del que tarda uno en encontrar su propia llave.
El chico vivía en un semisótano al fondo, un cuchitril de una sola pieza con la ventana a ras de acera.
Brandt entró, cerró tras de sí y se quedó un momento inmóvil en la oscuridad, escuchando.
Nada. El zumbido de una nevera vieja, el goteo de un grifo, el rumor lejano de la autopista.
Encendió una linterna pequeña, de luz roja para no llamar la atención desde fuera, y barrió la habitación con ella.
Estaban cubiertas de papeles. Recortes, fotos impresas, frases escritas a mano con rotulador y subrayadas hasta rasgar el folio.
El chico había ido construyendo allí, hoja a hoja, el mapa de su propia rabia: fotos de gente sonriente en barbacoas y ferias, tachadas con aspas; titulares sobre desahucios; caras de políticos con los ojos reventados a bolígrafo; y, una y otra vez, repetida en distintos tamaños y colores, la misma frase, la que el Faro reconoció porque él sabía de dónde venía, porque él había estado al otro lado de la operación que la sembraba: los pastores son peores que el rebaño.
La miró un segundo, sin emoción, como quien ve un anuncio de la teletienda.
Aquel muro era, a la vez, lo más útil y lo más peligroso de la habitación.
Útil, porque contaba una historia perfecta: la de un chaval solitario que se había radicalizado él solo, en su cuarto, alimentando su odio hasta reventar.
Justo la historia que convenía. Peligroso, porque si alguien miraba de cerca, con calma, aquellas frases no eran de cosecha propia.
Eran semillas plantadas. Y un buen investigador —el Faro había conocido a alguno— podía llegar a preguntarse quién las había plantado.
Sacó el teléfono, hizo fotos de la pared entera, metódico, cuadrante por cuadrante.
No para conservarlas: para estudiarlas después y decidir qué parte de aquella escenografía dejaba en pie y qué parte se llevaba.
Porque ese era el trabajo fino. No borrarlo todo —una habitación demasiado limpia grita tanto como una llena de pruebas—, sino dejar exactamente la cantidad justa de locura para que la historia se contara sola, y hacer desaparecer solo aquello que, mirado por los ojos equivocados, apuntara hacia arriba.
Había hecho lo mismo en casa de Dustin.
Fue a por el ordenador primero. Siempre el ordenador primero.
Lo desconectó, lo metió en la bolsa envuelto en una toalla, y con él el router, un disco duro externo que encontró en un cajón, un teléfono viejo cargando en un enchufe y un cuaderno de espiral lleno de la misma letra apretada de las paredes.
Todo lo que tuviera memoria, todo lo que hubiera tocado la red, todo lo que pudiera guardar una conversación.
Eso era lo que de verdad importaba. Eso era el hilo que, tirado, llevaba del chico al Faro, y del Faro hacia sitios que no debían tocarse jamás.
Trabajó rápido y en silencio, con la eficiencia de quien ha hecho aquello más veces de las que contaría.
Revisó los cajones. Palpó bajo el colchón.
Miró detrás de la cisterna del baño minúsculo, dentro de la nevera, en el falso techo del armario.
Encontró, escondido en una caja de zapatos, un fajo de billetes pequeños y un móvil de prepago sin estrenar, y los guardó también.
El chico había sido descuidado con casi todo salvo con lo que el Faro le había enseñado a esconder, y hasta eso lo encontró, porque él sabía dónde enseñaba el Faro a esconder las cosas.
Cuando terminó con los objetos, volvió a las paredes.
Fue arrancando hojas con cuidado, seleccionando: se llevó todo lo que contuviera direcciones, nombres propios, cualquier cosa que fuera más allá del odio genérico de un pobre desgraciado; y dejó lo otro, las barbacoas tachadas, las frases de rabia, el retrato general de un chico roto.
Cuando acabó, la habitación seguía pareciendo el santuario de un fanático solitario.
Solo que ahora era un santuario depurado, uno que no llevaba a ninguna parte que no fuera la mente enferma del propio chico.
Se detuvo un momento en el centro de la pieza, con la bolsa ya cargada al hombro, y repasó mentalmente la lista.
Ordenador, hecho. Teléfonos, hecho. Discos, cuadernos, dinero, hecho.
Paredes, depuradas. Recorrió la habitación una última vez con la linterna roja, despacio, buscando el fallo, el cabo, la cosa pequeña que se escapa y lo estropea todo. No la encontró. Estaba limpio.
Y entonces, solo entonces, se permitió pensar en el chico.
Porque quedaba el chico. El de verdad, el que respiraba en una cama del Mount Sinai con dos balas dentro y un policía —seguramente— en la puerta.
Ese era el otro cabo, el que no se resolvía con una bolsa de deporte a las cuatro de la mañana.
El Faro se quedó quieto, sopesándolo con la misma frialdad con que había sopesado todo lo demás, como una línea más de la lista que aún no sabía si tachar de un modo o de otro.
La primera reacción, la de las tripas, era clara: cerrarlo. Un ejecutor vivo es un riesgo, y los riesgos se retiran. Era lo que había hecho con el anterior, y había salido bien. Un pinchazo, una escena bien montada, y a otra cosa.
Pero él no se guiaba por las tripas. Se guiaba por el cálculo, y el cálculo, esta vez, decía algo distinto, algo que empezaba a interesarle.
¿Qué sabía ese chico, en realidad? Nada.
No sabía quién era el Faro en realidad. No sabía quién estaba por encima de él.
No había visto una cara, no había cobrado de una mano, no conocía un nombre.
Todo lo suyo había pasado por una pantalla, por una voz sin rostro que le había hecho creer, con paciencia de años, que la idea era suya, que la rabia era suya, que la gloria sería suya.
Ese chico, si despertaba y hablaba, no iba a delatar a nadie.
Iba a hacer lo contrario. Iba a jurar, con lágrimas en los ojos y absoluta sinceridad, que lo había hecho él solo, por su causa, por su verdad, sin que nadie se lo mandara.
Porque eso era lo que creía. Eso era lo único que sabía.
Y un ejecutor así, vivo, confesando a gritos que actuó en solitario, valía más que cualquier cadáver.
Un muerto más —otro chico convenientemente silenciado— empezaba a ser un patrón, y los patrones llaman la atención.
Pero un superviviente que confirma el cuento oficial con su propia boca, ante la policía, ante los jueces, ante la prensa…
ese cerraba el caso mejor de lo que el Faro podría cerrarlo nunca.
El chico era, muerto, un riesgo; y vivo, la mejor coartada posible.
Lo consideró un largo minuto, en la oscuridad, y una parte de él —la profesional, la que admiraba la elegancia de una solución limpia— casi disfrutó de la ironía.
No había que matarlo. Había que dejarlo hablar.
Había que dejar que ese pobre desgraciado se colgara él solito el cartel de lobo solitario y enterrara, con su sinceridad de iluso, cualquier pregunta incómoda sobre quién le había enseñado a odiar.
Salvo por un detalle. Un único detalle que impedía tacharlo del todo, y que archivó para más adelante, porque no dependía de él resolverlo esa noche: que quizá había alguien, en algún punto de la investigación, que no se estaba tragando el cuento.
Alguien que quizá fuera el responsable de que en la plaza se hubiera cambiado la partida a última hora.
Mientras ese alguien siguiera mirando en la dirección correcta, ningún cabo estaba del todo cerrado, ni siquiera uno tan conveniente como un ejecutor que se cree autor único.
Y por eso había incluido a ese alguien —de momento desconocido—en la lista de los que molestaban.
El Faro apagó la linterna. Se echó la bolsa al hombro, cargada con la memoria entera de un chico al que no pensaba matar, y salió del semisótano tan silenciosamente como había entrado.
Cerró la puerta. La calle seguía vacía, azul y quieta bajo las farolas, con ese calor que ni de madrugada aflojaba.
Caminó hacia el coche sin prisa, un hombre más volviendo a casa antes del amanecer, y por el camino fue haciendo, mentalmente, lo que mejor sabía hacer.
Reordenar la lista. Tachar lo hecho. Y subrayar, arriba del todo, en el primer lugar, el único nombre que de verdad le preocupaba ya: no el del chico de la cama, sino el del policía terco que se empeñaba en mirar donde no debía.
Ese habría de tacharlo en el futuro.