Infierno Carmesí (Chicago Carmesí 2) RENATA
58%

RENATA

—¿Detective Novak? —Había hablado con él por teléfono una hora antes, pero aun así lo miró de arriba abajo, desconfiada, antes de soltar la cadena—. Enséñeme la placa.

Novak se la enseñó. Ella la estudió un segundo, asintió y abrió.

—Perdone. Últimamente no me fío ni de mi sombra. —Se apartó para dejarlo pasar—. Con lo que ha pasado, una ya no sabe quién llama a su puerta.

Era una mujer de unos cuarenta y cinco años, mulata, baja, de complexión fuerte, con el pelo negro recogido en un moño tirante y unos ojos rápidos, de los que evalúan a la gente en dos segundos y rara vez se equivocan.

Se movía bien, sin una marca encima; quien no supiera que tres días antes había estado a cuatro metros de volar por los aires no lo habría adivinado mirándola.

Solo las ojeras la delataban, y una manera de mirar hacia la ventana cada poco, como quien comprueba que la calle sigue en su sitio.

El piso era pequeño y estaba forrado de papeles: carpetas apiladas en el suelo, un tablón de corcho lleno de recortes y notas, una mesa de comedor sepultada bajo expedientes.

No era el desorden de quien vive desordenado; era el de quien trabaja demasiado.

Renata retiró una pila de carpetas de una silla para que Novak se sentara, y ella se quedó de pie, apoyada en el borde de la mesa, con los brazos cruzados.

—Usted dirá —dijo.

Novak la miró y vio a una mujer cansada, agotada, casi enferma.

—Como bien le deben de haber comentado los compañeros del FBI…

—Solo me llamó un capitán —interrumpió la mujer—, un tal…

—Hampsten.

—Eso.

—No es del FBI. Es el que manda aquí, en Chicago.

Se miraron, y Renata sonrió, algo azorada quizá por la mirada intensa del detective.

—¿Quiere tomar algo? ¿Té, café, cerveza? Tengo de todo.

—Un vaso de agua estaría bien.

—Me sale barato.

La mujer volvió a sonreír y le sirvió un vaso de agua de la nevera. Novak pidió permiso con los ojos para sentarse en un taburete de la cocina.

—Quiero que me hable de dos hombres. —Sacó la libreta y la abrió en una página donde solo había dos nombres escritos—. Tomás Quiñones. Y Ray Whitlock.

El efecto fue inmediato. Algo cambió en la cara de Renata, una tensión que le recorrió la mandíbula, y sus ojos rápidos se quedaron quietos, fijos en la libreta.

—¿Por qué me pregunta por ellos? —dijo, y la voz le había bajado un tono.

—Porque como bien sabe, los dos están muertos.

Quiñones, en la playa. Whitlock, en el parque.

Los dos, entre las víctimas de los dos primeros tiroteos.

—Novak la miró a los ojos—. Y usted es la abogada de la asociación de vecinos de Casimir Park.

La que lleva la demanda contra el proyecto que quiere tirar ese barrio.

Y a usted, tres días después, alguien intentó volarla en pedazos en una plaza.

—Dejó caer las palabras despacio—. Tres personas ligadas al mismo barrio, a la misma pelea.

Dos muertas, y usted por los pelos. Y a mí me enseñaron que una vez es casualidad, dos es coincidencia, y tres es un patrón.

Renata se quedó callada. Se separó de la mesa, caminó hasta la ventana, miró la calle un momento —ese gesto suyo, otra vez— y cuando se giró, había tomado una decisión.

—Esto es largo. —Cogió otro taburete y se sentó frente a él—. Y sí. Claro que no es casualidad. Llevo tres años diciéndolo y hasta hoy el único que ha subido estas escaleras a escucharme es usted. Así que voy a aprovechar.

—La escucho.

—Casimir Park. —Lo dijo como quien nombra a alguien querido—.

Cuatro manzanas pegadas al recodo del río.

Casas viejas, gente obrera, inmigrantes, jubilados, familias de toda la vida.

Sobre el papel, un barrio que no le importa a nadie.

Salvo que resulta que está sentado sobre el último gran solar con vistas al agua y a diez minutos del Loop que queda sin explotar en toda la ciudad.

¿Sabe lo que vale eso, detective? No lo sabe.

Nadie que no juegue a ese juego lo sabe.

Vale una fortuna que no se puede escribir sin marearse.

—Meridian Yards.

—Veo que ha hecho los deberes. —Asintió, con un respeto nuevo—.

Tres torres, hotel, puerto deportivo, paseo fluvial.

El proyecto más grande que ha visto esta ciudad en veinte años.

Y para hacerlo solo hay un pequeño problema: primero hay que borrar Casimir Park del mapa.

Las casas, la parroquia, la gente. Y para eso necesitan que el ayuntamiento recalifique el suelo.

Y ahí es donde llevamos tres años parándoles los pies.

—¿Cómo?

—Con papeles y con votos. —Levantó un dedo—.

Papeles: yo. Demandas, alegaciones, recursos, cada trámite que congele la recalificación en los juzgados.

Cada mes que gano es un mes que no meten la excavadora.

—Levantó otro—. Y votos: la comisión de urbanismo del ayuntamiento, la que tiene que aprobar la recalificación. Esa comisión la presidía Ray Whitlock.

Novak sintió la corriente fría, pero no se movió.

—Whitlock era nuestro hombre dentro. No porque fuera un santo, que mala persona tampoco era; el caso es que le convenía: su distrito es de barrios como el nuestro, y dejarnos caer le costaba votos.

Mientras él presidiera esa comisión, la recalificación no salía.

Era el muro político. —Bajó la voz—. Y Tomás era el muro de la calle.

Tomás Quiñones era la asociación. El que sacaba a la gente, el que llenaba los plenos, el que salía en la tele con la pancarta, el que no dejaba que el barrio se rindiera ni se vendiera piso a piso.

La gente lo seguía. Mientras Tomás estuviera, el barrio aguantaba unido.

Se quedó un momento en silencio. Cuando volvió a hablar, le temblaba un poco la voz, pero de rabia, no de miedo.

—El muro político y el muro de la calle.

Los dos pilares que sujetaban esto. Muertos con dos días de diferencia, cada uno en una de esas matanzas.

Yo me he librado de dos y no sé ni cómo sentirme…

—Miró a Novak y suspiró—. Y la abogada, el tercer pilar, la de los papeles, casi vuela por los aires tres días después.

Dígame, detective, usted que ha subido tres pisos: ¿de verdad hay alguien que se crea que eso son tres casualidades?

Novak no respondió enseguida. Dejó que el silencio pesara, porque era la primera vez que oía a otra persona poner en palabras, entero y en voz alta, lo que él llevaba semanas armando solo, a oscuras, sin poder decírselo a nadie.

—Por eso estoy aquí.

—Pues bienvenido al club.

—¿Por qué no ha dicho nada? ¿Por qué no ha ido con esto a la policía?

—¿Está seguro de que me iban a hacer caso?

—Yo sí.

—Usted será uno entre un millón. ¿Ve el color de mi piel, detective?

—La policía ya no es lo que era.

—Seguro que no, pero hace poco me retuvieron casi una hora solo por saltarme un ceda el paso.

—Entiendo.

—El caso es que no me atreví. Tuve miedo. Pensé que sí, que quizá era un loco con un fusil.

—Señora Salas. —Escogió con cuidado—. Si tiene razón, y yo creo que la tiene, alguien está pagando por todo esto. Ha dicho que el barrio vale una fortuna. ¿Quién se lleva esa fortuna? ¿Quién está detrás de Meridian Yards?

Renata soltó una risa seca, sin humor.

—Esa es la pregunta bonita. La del millón.

Del millón no, de los mil millones. —Se levantó, fue hasta el tablón de corcho y señaló con la barbilla—.

Meridian Yards no es un hombre. Es un consorcio.

Sociedades dentro de sociedades, cajas dentro de cajas, para que nunca sepas del todo a quién le estás dando.

Pero si tira de todos los hilos, como he tirado yo, arriba del todo siempre aparece el mismo nombre poniendo el dinero.

—¿Cuál?

—Victor Lindqvist. —Lo dijo con asco, como si le supiera mal en la boca—.

¿Le suena? Debería. Es el que ha vaciado media ciudad barrio por barrio en veinte años.

Compra donde vive gente pobre, espera, aprieta, y cuando se van levanta cristal y lo vende por diez veces más.

Le llaman inversor. Yo le llamo carroñero.

—Golpeó con el dedo un recorte, la foto de un hombre de cara ancha—.

Búsquele las operaciones de antes. Inquilinos desalojados, incendios que nunca se aclaran, gente amenazada.

Siempre igual, siempre él, y siempre limpio, porque este hombre no se mancha las manos.

Para eso paga a otros. Si yo tuviera que apostar quién ha convertido mi barrio en un cementerio para ahorrarse una recalificación, apostaría por Lindqvist sin pestañear.

Novak anotó el nombre, aunque ya lo tenía.

Se quedó mirando la foto del recorte, la cara ancha, los ojos pequeños, esperando que se encendiera algo.

Y algo se encendió, pero no lo que quería: ese naranja turbio, ya familiar, desganado, que le pasó por encima a la foto sin agarrarse a ella, como una llama que prende mal y se apaga sola.

Lo conocía. Era el color de lo que finge ser una cosa y es otra, pero le venía tibio, a medias, como si delante no tuviera la mentira entera sino una esquina.

Cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, seguía teniendo delante a Lindqvist en el centro de la diana, el sospechoso perfecto, el que encajaba en todas las casillas.

Y sin embargo, la propia perfección con que encajaba le producía la incomodidad de siempre, ese picor que no sabía nombrar.

—¿Y el arquitecto? —preguntó, casi de pasada—. Seel. Patrick Seel. Sale en todas las noticias del proyecto.

Renata hizo un gesto con la mano, espantando una mosca sin importancia.

—Seel. El artista. —Su tono se ablandó hacia el desdén compasivo—.

La cara bonita. El que sale en las revistas hablando de coser la ciudad al río y devolverle Chicago a la gente.

Pobre iluso. —Se encogió de hombros—. No le voy a decir que me caiga bien, porque su proyecto es el que nos quiere echar.

Quizá también pueda estar implicado. Al fin y al cabo, los dos son socios.

Novak se guardó la libreta y se levantó.

—Una última cosa, señora Salas. —La miró—. No tiene algún lugar donde irse una temporada?

La mujer hizo una mueca de sonrisa falsa.

—No todos los abogados trabajamos en el Loop.

Novak asintió.

—Haga usted el favor de cuidarse y llámeme si nota algo extraño. ¿Necesita que le traiga algo?

—Gracias, detective y no se preocupe. No pienso irme ni pienso callarme. Porque si me voy o me callo, ganan ellos, y entonces Tomás y Ray habrán muerto para nada. Y eso sí que no se lo pienso dar. —Le tendió la mano—. Encierre usted al que firma los cheques, detective. Y hágalo rápido.

Novak le estrechó la mano, y salió al rellano vacío —sin agente, sin silla, sin nadie— y bajó los tres pisos despacio, con la cabeza a mil.

Tenía, por fin, la confirmación de todo lo que había intuido: el patrón, el móvil, el mapa entero de la pelea.

Dos pilares muertos, un tercero amenazado y solo, un proyecto de mil millones y un carroñero con antecedentes en el centro de la diana.

Debería haber salido de allí eufórico. Tenía más que nunca.

Y sin embargo, al salir al calor de la calle, no era euforia lo que sentía.

Era el picor. Porque todo encajaba demasiado bien, y tanto Lindqvist como Seel eran sospechosos demasiado perfectos, y en su experiencia, cuando un sospechoso encajaba en todas las casillas sin que sobrara ni una, casi siempre era porque alguien había cortado las piezas a medida.

Se subió al Dodge. Antes de arrancar, miró hacia el tercer piso, la ventana de Renata, una mujer sola tras un cristal.

Y pensó en cómo podría evitar que aquellos cristales volaran por los aires.