CALMA Y TEMPESTAD
S arah y Vanessa yacían en la cama, sudorosas y exhaustas después del segundo orgasmo de la noche.
El ventilador del techo giraba despacio, removiendo el aire caliente sin llevárselo, y por la ventana entreabierta entraba el rumor lejano de la ciudad, un coche, una sirena, el latido bajo de una noche de julio que no terminaba de refrescar.
Durante un rato no dijeron nada. Sarah tenía la cabeza apoyada en el hombro de Vanessa y le dibujaba con un dedo formas sin nombre sobre el vientre, y Moretti miraba el techo, con una mano en la nuca de la otra, dejando que el corazón se le fuera calmando.
Era el único momento del día en que la cabeza se le quedaba callada. El único.
Duró poco.
—Sé que estás pensando en el caso —dijo Sarah, sin dejar de dibujar—. Lo noto.
—¿Qué notas?
—Respiras diferente.
—Vaya, con la doctora.
Se separó de ella y se incorporó.
—¿Ves?
—Estoy aquí, Sarah. Deja de complicar las cosas.
—Estás aquí y en ese piso y en la División, todo a la vez. —Levantó un poco la cabeza para mirarla—. Llevas toda la noche a medias. Hasta follando estabas a medias, y eso, cariño, no es habitual en ti.
Moretti sonrió a medias, pero no lo negó.
—No puedo quitármelo de encima —admitió—.
El chaval. Muerto en la cama, colocado como un maldito bodegón.
Alguien lo mató, Sarah. Alguien entró en esa casa, lo pinchó, lo dejó bonito para que lo encontráramos, se llevó su ordenador y su móvil y se fue a desayunar tan tranquilo.
Y todo el mundo se lo ha tragado. La sobredosis del pobre chico atormentado. Caso cerrado.
Sarah no dijo nada durante un momento. Se incorporó, se apoyó en el codo, y cuando habló lo hizo con cuidado, midiendo, como quien pisa un suelo que sabe que cruje.
—Vanessa. Yo he hecho la autopsia.
—Lo sé.
—No. Escúchame, porque esto es mi trabajo, no una corazonada.
—Buscó sus ojos en la penumbra—. He mirado ese cuerpo con lupa.
Milímetro a milímetro. Y no hay nada. No hay marcas de sujeción en las muñecas ni en los tobillos.
No hay hematomas de forcejeo. No hay un segundo pinchazo fallido, de esos que salen cuando alguien intenta clavarte una aguja y tú te resistes.
No hay piel bajo las uñas. No hay nada, Vanessa.
La vía de entrada es limpia, el ángulo es el que hace uno mismo, y la dosis es la de alguien que ya se pinchaba.
Tenía marcas antiguas, cariño. No era la primera vez.
—Eso no quiere decir que…
—Déjame terminar. —Sarah puso una mano sobre su brazo—.
Puede que tengas razón. Puede que alguien lo matara.
Yo no te digo que sea imposible. Te digo lo que dice el cuerpo.
Y el cuerpo dice que esa muerte, forense, técnicamente, no parece forzada.
Parece exactamente lo que parece: un chico con problemas que se pasó de dosis.
Si yo tengo que subir a un estrado y jurar sobre ese informe, no puedo decir otra cosa, porque no la hay.
Moretti encendió la lámpara de la mesilla. La luz amarilla las pilló a las dos desnudas, sudadas, con esa crudeza de las cosas dichas de madrugada.
—¿Y no te parece demasiado perfecto? —dijo—.
¿No te parece que precisamente que no haya nada, ni una marca, ni un arañazo, ni un mísero forcejeo, es raro de cojones?
Un yonqui que se pincha solo deja rastro, se mueve, se cae, vomita.
Este está colocado como para una foto. Todo en su sitio.
La cuchara, el mechero, la bolsa. Demasiado limpio, Sarah.
—O es un chico ordenado que se murió pinchándose.
—Sarah se incorporó también, y algo en su voz empezó a tensarse—.
¿Te estás oyendo? Estás usando la ausencia de pruebas como prueba.
«No hay nada, luego lo hicieron perfecto, luego hay alguien detrás».
Eso no es investigar, Vanessa. Eso es decidir primero lo que quieres que sea verdad y luego doblar todo lo que ves para que encaje.
—¿Me acabas de tachar de mala investigadora?
—Yo no he dicho eso.
—No, qué va. Me acabas de decir que mis deducciones, basadas en años de ver muertos, no son investigaciones.
—No voy a competir contigo sobre quién de las dos ha visto más muertos.
—Sarah se apartó el pelo de la cara, y Moretti apretó los labios—.
Llevas a Novak metido en la cabeza. Se te ha pegado su manía.
Él lleva desde el primer día viendo conspiraciones donde el resto vemos a un pirado con un fusil, y ahora tú igual.
Y mira, a lo mejor Novak tiene razón, no lo sé.
Pero tú eres la que se sube por las paredes, la que no duerme, la que no come, la que lleva tres días sin parar y esta noche no estaba ni aquí conmigo.
Y me da miedo, ¿vale? Me da miedo dónde te está llevando esto.
—No es Novak. —Moretti se levantó de la cama, cogió la camiseta del suelo, se la pasó por la cabeza con rabia—. Es lo que vi con mis propios ojos en ese cuarto. No me hace falta que Novak me diga nada. Lo vi yo. Y sé, lo sé aquí —se golpeó el pecho—, que a ese chaval lo mataron.
—Ya estamos. «Lo sé aquí». —Sarah también alzó la voz, ya sin cuidado—.
Eso es exactamente lo que me da miedo. Que has dejado de mirar las pruebas y ahora solo te fías de las entrañas.
Y las entrañas, Vanessa, no resuelven casos.
Yo trabajo con lo otro. Con lo que se puede medir.
Y lo que se puede medir dice que no hay crimen.
—Es la segunda vez que me acusas de no ser buena investigadora. No habrá una tercera.
Moretti se levantó y comenzó a vestirse.
—¿Dónde vas, anda?
—A matricularme en Medicina. En cinco años elegiré Ciencias Forenses. A ver si así mejoro mis dotes de investigación.
—¿Por qué eres así? —dijo la forense, que se dio la vuelta y se acurrucó en la cama.
Moretti se quedó de pie en mitad del dormitorio, con la camiseta puesta y los vaqueros en la mano, mirando la espalda desnuda de Sarah, la curva de su hombro subiendo y bajando.
Una parte de ella quería tumbarse otra vez, pegarse a esa espalda, pedir perdón, dejarlo estar hasta mañana.
Sabía que era lo que tenía que hacer. Lo sabía perfectamente.
Pero la cabeza ya se le había ido otra vez al piso, a la cama de otro, a un chico muerto colocado como un bodegón, y no había sitio para nada más. Nunca había sitio para nada más cuando se ponía así.
—Me voy a casa —dijo—. No puedo dormir. Voy a darle una vuelta a un par de cosas.
Sarah no se giró.
—Claro que te vas.
—Sarah…
—Vete, Vanessa. —La voz le salió agotada, más triste que enfadada—. Vete a darle vueltas a tus cosas. Es lo que vas a hacer de todas formas.
La detective se terminó de vestir en silencio. Recogió las llaves, la placa, el arma de encima de la cómoda. En la puerta del dormitorio se detuvo un momento, con la mano en el marco, buscando algo que decir que arreglara aquello sin obligarla a quedarse. No lo encontró. No existía.
Salió. Cerró la puerta despacio, con cuidado, como si el cuidado al cerrar compensara de algo.
Y bajó a la calle, al calor pegajoso de la madrugada, sola, con la discusión pesándole en el pecho y, por encima de ella, más fuerte que ella, la imagen terca de un chico muerto que se negaba a dejarla en paz.
Se metió en el coche. Antes de arrancar, se quedó un momento con las manos en el volante, mirando la ventana iluminada del segundo piso, la de Sarah, que seguía encendida. Pensó en subir. Casi lo hizo.
Luego arrancó y se fue, hacia su casa vacía y sus papeles, dándole ya vueltas al chico de la cama, sin saber que aquella terquedad suya, esa que acababa de costarle una noche con la mujer que quería, iba a costarle mucho más antes de que todo aquello terminara.