Infierno Carmesí (Chicago Carmesí 2) VOSOTROS
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N adie se fue a cenar a casa aquella noche.

Pasaban de las once, pero la planta seguía encendida y a pleno rendimiento, con el trasiego de una jornada que se negaba a terminar: teléfonos sonando, pasos rápidos y olor a humanidad.

Novak estaba de pie junto a la pizarra, con una taza enfriándosele en la mano que no había probado, repasando por enésima vez lo que sabían.

Que no era mucho. Y lo poco que era, no encajaba con nada de lo que el mundo había creído hasta esa mañana.

Cross entró en la sala como quien vuelve de una victoria.

Se la veía cansada, pero era el cansancio satisfecho del que ha cerrado algo, no el del que sigue perdido.

Traía el móvil pegado a la oreja, dando por terminada una conversación con alguien de arriba, y cuando colgó lo hizo con una media sonrisa que a Novak, por dentro, le revolvió el estómago.

—Bueno —dijo la agente, guardándose el teléfono—. Podría haber salido mucho peor.

—Ha estado a punto de salir mucho peor —replicó Moretti desde una mesa, sin levantar apenas la voz—.

Podía haberse producido una estampida y morir muchos más que en los tiroteos.

—Ella no tenía nada de satisfecha; había pasado la tarde en un dormitorio con un chaval muerto pinchado en una cama, y eso no se le quitaba con una medalla.

—Pero no ha salido. —Cross no se dio por aludida—. Cayó antes de que pudiera hacer nada. Y por suerte la mujer del estrado fue capaz de entender que la amenaza se había neutralizado.

Novak repasó mentalmente la escena, la que había vivido a cinco metros y con un muro de gente de por medio.

El chico del carrito acercándose a la mujer del micrófono.

El grito suyo perdido en el estruendo. Y luego el estampido, dos, tres, secos, restallando por encima de la megafonía, y el pánico, la estampida, la gente lanzándose al suelo y corriendo en todas direcciones.

Cuando Novak consiguió abrirse paso, el chico ya estaba en el suelo, entre el carrito volcado y los perritos con los explosivos dentro desparramados, con la sangre extendiéndose bajo él y la agente Cross guardándose su humeante Glock y poniéndole los grilletes.

Cuatro segundos. Tenía razón en eso, aunque le costara reconocérselo.

—¿Cómo está? —preguntó Novak.

—Vivo, de momento. —Cross le dio un sorbo a un café que había traído en la mano—. En quirófano desde hace tres horas, en el Mount Sinai. Dos impactos. Los médicos no se mojan: dicen que si pasa la noche, quizá. Está inconsciente y va a seguir estándolo, sedado, sabe Dios cuánto tiempo.

—¿Identidad?

—Nada. —Y por primera vez, algo se le agrió a Cross en la voz—.

Ni cartera, ni documentación, ni teléfono.

Nada encima salvo la ropa, el delantal del disfraz y la licencia falsa del puesto de perritos.

Le hemos tomado las huellas y la foto, y los estamos cruzando con todo, pero de momento no salta.

No está fichado. Es un fantasma. También nos han autorizado a tomarle muestras de ADN, y lo están mirando.

—¿Y usarán sus superequipos de reconocimiento antropométrico para identificarlo, si todo eso falla?

—Claro que sí. Al final, de una forma u otra, sabremos quién es.

—Nuestros agentes han localizado la que debe de ser su furgoneta. Los artificieros ya han intervenido, pero al parecer llevaba encima todo el material explosivo.

—Los dispuso como si fueran perritos calientes —dijo Cross—. Menudo psicópata.

Se produjo un silencio.

—A ver si lo entiendo —empezó Moretti—. El del parking era Hale. El de hoy, ese que tienen en el quirófano. ¿Y la playa? ¿También Hale, o hay un tercero por ahí suelto que nadie ha contado?

Cross carraspeó.

—El reconocimiento del parking es sólido, noventa y cuatro por ciento.

Hale fue el tirador de los dos primeros, la playa y el parque.

Además, según usted mismo ha dicho, detective, se encontró el fusil modificado con el switch en casa de Hale.

—Vanessa asintió y Cross se cruzó de brazos—.

Lo de hoy fue este otro. Así que tenemos a dos.

No a tres. Y dos que actúan igual, con un modus operandi similar, contra el mismo tipo de blanco, en la misma ciudad y en dos semanas, no son dos casualidades.

Están conectados. De alguna forma, estos dos chicos se conocían, o se coordinaban, o pertenecían a lo mismo.

Una célula pequeña. Dos, tres descerebrados que se juntan por internet, se calientan la cabeza unos a otros y deciden montar esto.

Novak la escuchó sin decir nada. Era, tuvo que admitirlo, una explicación razonable.

Encajaba con los hechos que Cross tenía sobre la mesa.

Era, además, la explicación más cómoda: una célula de fanáticos, un puñado de chavales rotos, algo cerrado y comprensible que no obligaba a mirar más arriba, hacia donde Novak sabía —sin poder probarlo aún— que había que mirar.

Estuvo tentado, otra vez, de abrir la boca.

De decir «hay un patrón, agente, las víctimas no son al azar, hay un barrio y un proyecto detrás».

Pero se lo tragó. En esta ocasión no porque todavía no fuera sólido, sino por algo más.

Porque estaba esperando su momento. Lo que no sabía es que ese momento estaba a punto de activarse.

—Y aquí es donde entráis vosotros —siguió Cross, y ese «vosotros» fue lo que lo activó.

Novak sonrió para sus adentros—. El FBI abrió esto como terrorismo, y como terrorismo lo hemos llevado.

Teníamos un objetivo: identificar y neutralizar la amenaza inmediata.

Y eso está hecho. El de hoy está en un quirófano y no va a volver a hacerle daño a nadie.

La amenaza inmediata ha terminado. —Se ajustó la chaqueta—.

Lo que queda ahora es lo otro. Ponerle nombre a ese chico del hospital, reconstruir cómo se conocieron él y Hale, destapar la célula si la hay.

Y eso es trabajo de investigación de largo recorrido, sobre el terreno, en esta ciudad.

Vuestro terreno. No el mío. Os apoyaremos con el reconocimiento facial y las bases de ADN. Tenéis mi contacto.

—Se va —dijo Moretti, sin rodeos.

—Me reasignan —matizó Cross, con esa cortesía que era su forma de tener siempre la última palabra—.

El Bureau no mantiene un dispositivo federal abierto indefinidamente para reconstruir un organigrama.

Mi trabajo era parar los ataques. Los ataques han parado.

A partir de aquí, el caso vuelve a la policía de Chicago, que es donde, para ser justos, conocéis las calles mejor que nosotros.

—Miró a Novak—. Yo diría que se lo han ganado.

En ese momento entró Hampsten. Traje impecable pese a la hora, seco, recto, con el aire del que llega tarde a propósito para no mancharse con el trabajo sucio y aparecer solo para las conclusiones.

Al estrecharle Cross la mano, con esa cortesía suya de despacho, a Novak le cruzó un fogonazo naranja por detrás de los ojos, breve, y un regusto metálico se le posó en la lengua.

Duró un parpadeo. Lo achacó al cansancio y a las horas que llevaba sin comer, y volvió a mirar al capitán, que sonreía lo justo, esa sonrisa glacial suya.

Entendió, por cómo se colocó al lado de Cross, que los dos ya habían hablado y estaban de acuerdo en el reparto.

—La agente Cross me ha puesto al día —dijo el capitán—.

Y estoy de acuerdo con su valoración. El FBI ha hecho un trabajo excelente neutralizando la amenaza.

—Un gesto de cabeza hacia Cross, casi una reverencia—.

A partir de ahora, el Departamento asume la investigación.

Novak, Moretti, Doyle: es suyo. Prioridad absoluta.

Quiero la identidad de ese hombre del hospital, quiero saber cómo se relaciona con Hale, y quiero una célula desmantelada, si es que existe.

—Los miró—. Y lo quiero pronto. La ciudad necesita ver esto cerrado del todo.

Novak asintió despacio. Por fuera, sereno.

Por dentro, algo se le había encendido, una mezcla incómoda de alivio y de alarma.

Alivio porque le devolvían el caso, y por fin podría tirar de sus hilos sin un federal respirándole en la nuca ni un relato oficial aplastándolo.

Y alarma porque sabía algo que ni Cross ni Hampsten sospechaban: que «la célula» era una explicación demasiado pequeña para lo que estaba pasando.

Que dos chicos muertos o malheridos no montaban solos matanzas quirúrgicas contra líderes vecinales para tapar unos asesinatos que beneficiaban a un proyecto de mil millones de dólares.

Que alguien había matado a Hale y lo había colocado como sobredosis, alguien que sabía llegar a su casa antes que la policía y llevarse hasta el último cable.

Alguien limpio. Alguien profesional. Y ese alguien seguía ahí fuera, tan tranquilo, viendo cómo el FBI se retiraba con su medalla y cómo el caso quedaba reducido a «una célula de descerebrados».

Cuando Cross y Hampsten se fueron, la sala se quedó en silencio. Novak, Moretti y Doyle se miraron. Los tres solos, otra vez, con un caso que oficialmente era otra cosa distinta de lo que ellos sabían que era.

—Bueno —dijo Moretti, dejándose caer en una silla—. Pues ya es nuestro. Otra vez. —Se frotó los ojos—. ¿Por dónde empezamos?

Novak miró la pizarra. Las dos fotos. El chico muerto de la ficha y el chico malherido del hospital.

Dos caras jóvenes, dos fantasmas sin nombre, y al mirarlas las dos a la vez le subió el gris de siempre, el del asfalto mojado, espeso, con su regusto a moneda vieja en el fondo de la boca.

Lo conocía bien: era el color de los muertos que no eran más que muertos, peones caídos que no llevaban a ninguna parte.

Pero esta vez, por debajo del gris, latía otra cosa.

Un hilo naranja, fino, terco, que no venía de los chicos de las fotos, sino de detrás de ellos, del espacio en blanco de la pizarra donde no había ninguna foto todavía.

Novak se quedó mirando ese hueco vacío hasta que el color se apagó.

—Por el único que sigue vivo —dijo—. Necesitamos saber quién es ese hombre del hospital.

Sin ordenador, sin móvil, sin la mierda que Hale tendría en casa y que alguien se molestó en hacer desaparecer, ese desgraciado del hospital es nuestra prioridad.

Necesitamos un nombre. —Dejó por fin la taza fría sobre la mesa—.

Porque en cuanto sepamos quién es, sabremos de dónde salió.

Y de dónde salió uno, salió el otro. Y quien los sacó a los dos.

Fuera, la ciudad seguía respirando su calor nocturno, ese que no aflojaba ni de madrugada. Y en algún punto de ella, Novak lo sabía, había un hombre que esa misma noche estaría haciendo exactamente lo contrario que ellos: no buscando un nombre, sino borrándolo.