Infierno Carmesí (Chicago Carmesí 2) LA OFICINA
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LA OFICINA

Estaba sentado a su mesa, sin chaqueta, con la camisa impecable y las mangas dobladas hasta el antebrazo, repasando en la pantalla los movimientos de la jornada.

Brandt era un hombre de listas. Toda su vida profesional, primero en el ejército y luego en aquello, se reducía a listas: tareas, activos, riesgos, cabos.

Cosas que hacer y cosas que cerrar. Le gustaba el orden de una lista bien llevada, la satisfacción limpia de tachar una línea cuando quedaba resuelta.

Aquella tarde había tachado una.

El chico de la casa. Ya estaba hecho. Uno más.

Se había ocupado en persona, a primera hora, antes de que amaneciera, y lo había dejado todo dispuesto para que la conclusión fuera la única posible: un chaval solitario, atormentado, que no había podido con el peso de lo que había hecho.

La jeringuilla, la parafernalia, la escena entera montada con el cuidado de quien sabe que otros ojos la van a leer.

Cuando la policía entrara, encontrarían a su lobo solitario.

Cerrarían el caso. Descansarían. Era limpio.

Era, de hecho, elegante, y Brandt se permitió un instante de satisfacción profesional, la única clase de satisfacción que se permitía.

Un cabo menos. Un activo que había dejado de ser activo y se había convertido en riesgo, reconvertido a su vez en punto final.

Así funcionaba. Nada personal. Los chicos como aquel eran herramientas, y las herramientas, cuando se gastan o cuando empiezan a poder hablar, se retiran.

Sentimentalismos, ninguno. El sentimentalismo era para la gente que podía permitírselo, y Brandt hacía mucho que no estaba en esa categoría.

Pasó a la siguiente línea de la pantalla.

Repasó los pagos, disfrazados como siempre en la contabilidad de la empresa: consultoría de seguridad, evaluación de riesgos del emplazamiento, servicios de vigilancia.

Todo con su factura, su concepto y su sello.

Sobre el papel, Brandt Strategic era una firma respetable que velaba por la seguridad de un gran proyecto inmobiliario.

Y sobre el papel iba a seguir siéndolo, pasara lo que pasara, porque Brandt no dejaba nada sobre el papel que no quisiera que se leyese.

Comprobó el material. Comprobó los tiempos. Comprobó, con el ceño ligeramente fruncido, una casilla que a esa hora debería estar ya cerrada y no lo estaba.

La de hoy.

Miró el reloj de la pared. Debería haber recibido la confirmación hacía rato.

La acción de la plaza tendría que estar cerrada, tachada, resuelta, y sin embargo el teléfono llevaba toda la tarde en silencio, y ese silencio empezaba a molestarle como una piedra pequeña en el zapato.

Brandt no era un hombre que se inquietara con facilidad —lo habían entrenado precisamente para lo contrario—, pero sí era un hombre que desconfiaba de los cabos que no se cerraban a su hora.

Un cabo que se retrasa es un cabo que ha salido mal.

Se levantó, se acercó al ventanal y miró la ciudad recortada contra el cielo de un naranja sucio, el atardecer aplastado por el calor, las torres encendiéndose una a una. En algún punto de aquella extensión de luces, esa tarde, algo tenía que haber ocurrido. Y no le habían dicho qué.

El teléfono sonó sobre la mesa.

No era su móvil personal, ni el de la empresa. Era el otro, el que solo sonaba por una línea y para una voz. Brandt cruzó la oficina sin prisa, lo cogió al segundo tono y se lo llevó a la oreja sin decir nada. Esperó. En aquella línea, hablaba primero el otro.

—Tenemos un problema. —La voz al otro lado era tensa, contenida, la de alguien que se esfuerza por sonar sereno y no lo consigue del todo—. La mujer está ilesa.

Brandt no cambió de postura. No se le movió un músculo de la cara.

—¿Ilesa? —repitió, sin inflexión.

—Ilesa. —Una pausa, una respiración mal disimulada—. No sé qué ha fallado. Se suponía que esto era lo definitivo. Se suponía que hoy se acababa.

—Nada ha fallado por teléfono —dijo Brandt, muy tranquilo, y era medio advertencia y medio orden—. Aquí no hablamos de esto.

—Ya lo sé, ya lo sé. —La voz se atropelló—. Pero es que no lo entiende. Con ella viva, con ella al frente, seguimos donde estábamos. Peor, porque ahora saben que… La necesitábamos fuera. Los necesitábamos a todos fuera. Y esa mujer sigue…

—Escúcheme. —Brandt bajó la voz, y al bajarla se volvió más firme, no menos—.

Respire. Todo tiene solución. Un contratiempo no es un desastre; es un contratiempo.

Yo me ocupo de los contratiempos, para eso me paga.

Deje de hablar por esta línea, váyase a su casa, y mañana, con calma, evaluamos y seguimos. ¿Me ha entendido?

Al otro lado hubo un silencio, una respiración larga, el sonido de alguien tragándose el pánico porque no le queda más remedio.

—Entendido —dijo la voz al fin.

—Bien. Mañana. —Brandt hizo una pausa mínima—. Y tranquilícese. Estas cosas, a veces, llevan más de un intento. Nada que no se pueda arreglar.

Colgó sin despedirse.

Se quedó un momento con el teléfono en la mano, mirando el ventanal, la ciudad, el cielo naranja apagándose sobre las torres.

Ilesa. Le dio vueltas a la palabra con la frialdad de quien examina una avería, sin rabia, sin miedo, solo calculando.

Algo se había torcido en la plaza. Alguien había cambiado la partida a última hora, y a Brandt no le gustaban las partidas que cambiaban sin que él moviera la ficha.

Buscó en internet. Encontró un diario local que adelantaba una avanzadilla de la noticia: altercado en Casimir Park, la policía abate a un joven sospechoso de atentar en un acto público.

Resopló al leerla.

Repasó mentalmente las posibilidades, una a una, como quien recorre una lista: la policía, el azar, un fallo del material, un fallo del chico. O algo más. Alguien que hubiera visto lo que nadie tenía que ver.

Volvió a la mesa. Se sentó. Miró la pantalla, la casilla del día que seguía sin cerrarse, la única línea sin tachar de toda la jornada.

Y, con la calma de un hombre que tiene toda la paciencia del mundo y ningún reparo, abrió un documento nuevo y empezó a hacer lo que mejor sabía hacer.

Una lista.

Una lista de personas que molestaban.