CASIMIR
E l coche de Cross olía igual que si acabara de salir de una desinfección con ozono.
La agente corría hacia el sur esquivando el tráfico con la sirena puesta.
Novak iba en el asiento del copiloto, con la mandíbula apretada y los ojos fijos en la ciudad que pasaba temblando de calor al otro lado del cristal.
No hablaban. Cross conducía con una mano, tranquila, convencida de que aquello era un paseo de cortesía; Novak, a su lado, sentía cada segundo como una cuenta atrás que solo él oía.
—Relájese, detective —dijo ella al fin, sin apartar la vista de la carretera—. Va a ver una plaza llena de policías y una señora dando un discurso. Y luego me invita a un café y aquí paz y después gloria.
Novak no respondió. Miraba las azoteas.
—En serio —insistió Cross—. Tiene el dispositivo delante en cuanto giremos. Dos anillos de perímetro, control en cada acceso, tiradores arriba. Una mosca no entra en esa plaza sin que la fichemos.
—Todos los policías tienen la foto de Dustin Hale memorizada —dijo Novak, en voz baja—. ¿Verdad?
—Memorizada y en sus teléfonos, hemos insistido mucho en ello.
Novak asintió despacio y no dijo nada más. Pero algo, muy dentro, empezó a moverse. El mismo animal en la maleza de siempre. Si todos los ojos de aquella plaza buscaban una cara concreta, una sola, ¿qué pasaba con todas las demás?
Giraron la última esquina y la concentración apareció de golpe: un mar de gente apretada en la plaza de tierra frente a la vieja iglesia de ladrillo, pancartas meciéndose por encima de las cabezas, furgonetas de televisión con las antenas desplegadas.
Cientos de personas sudando bajo el sol de julio, familias enteras, niños a hombros, ancianos, todos con la cara vuelta hacia un pequeño estrado donde una mujer menuda hablaba por un micrófono que devolvía su voz distorsionada contra las fachadas.
—Ahí tiene —dijo Cross, aparcando en el cordón policial—. La democracia en acción. Y bien protegida.
Novak ya se había bajado del coche.
El chico empujaba el carrito de perritos calientes con una calma que no sentía por dentro.
Estaba bien instruido en que la calma era lo único que importaba.
Que si iba tranquilo, nadie lo miraría. Y era verdad: había cruzado el control de acceso por la calle lateral, la de los puestos ambulantes, y el policía de uniforme apenas le había echado un vistazo al carrito, a la licencia plastificada que colgaba del toldo, al chico anónimo de delantal y gorra de visera que sudaba como todo el mundo bajo aquel sol.
Le había hecho un gesto con la cabeza para que pasara. Ni siquiera había mirado dos veces.
Invisible.
El carrito pesaba, pero no por las salchichas. Pesaba por lo que iba debajo, en el compartimento oculto. Había practicado el gesto cien veces, hasta que las manos se lo supieron solas. Ya solo quedaba llegar al centro, accionar el detonador y dejar que todo lo demás lo hiciera el Faro por él.
Fue empujando el carrito, despacio, sin prisa, como un vendedor que busca el mejor sitio para colocarse.
La gente se apartaba para dejarlo pasar sin mirarlo, atenta al estrado, a la mujer del micrófono.
Él avanzaba hacia ella. Hacia la que se ponía delante.
La que hablaba, la que daba la cara, la que llevaba a su rebaño de corderos a creerse valientes.
La voz de la mujer le llegaba a trozos entre el gentío.
—…no nos vamos a callar. Nos han quitado a Tomás, nos han quitado a tantos, pero este barrio sigue aquí, y va a seguir aquí cuando ellos…
El chico empujó el carrito un poco más cerca. Nadie lo detuvo. Nadie lo miró. Recordó las palabras del Faro: no estás roto, el mundo sí; tú vas a despertarlos; hoy vas a ser, por fin, alguien.
Cinco metros. Cuatro.
La puerta del apartamento de Dustin Hale cedió al segundo golpe del ariete.
—¡Policía! ¡Al suelo!
El equipo de operaciones entró en avalancha con los fusiles en alto; barrieron el pasillo estrecho y sus voces se solapaban.
Moretti entró detrás, con Doyle pisándole los talones, el arma en la mano, y el corazón camino de la laringe.
El piso era pequeño, oscuro, sofocante; olía a cerrado, a comida vieja y a algo más, algo que recordaba a un cubo de la basura lleno de comida podrida, algo que a Moretti le puso los pelos de punta antes de que su cabeza llegara a nombrarlo.
—¡Despejado! —gritó un agente desde la cocina.
—¡Despejado! —gritó otro desde el baño.
Quedaba una puerta. La del dormitorio, al fondo, entornada. Dos operativos se pegaron a la pared a cada lado, y el primero la empujó con el cañón.
—¡Policía! ¡Manos donde…!
La orden se cortó a media frase.
Moretti llegó a la puerta un segundo después y lo vio por encima del hombro del agente, que se había quedado paralizado.
En la cama, sobre unas sábanas revueltas, había un chico.
Joven, pálido, delgado. Los ojos hundidos, abiertos, mirando un techo que ya no veía.
En el brazo izquierdo, una jeringuilla. En la mesilla, una cuchara, un mechero y una bolsa vacía.
—Es él —murmuró Doyle a su espalda—. Es Hale.
Moretti no respondió enseguida. Se acercó despacio, sin tocar nada, con el estómago encogido, y miró al chico muerto. Parecía que llevaba muerto horas. Quizá un día. La piel tenía ese tono, esa quietud. Aquel chaval no había salido de esa cama en toda la mañana.
—Pregunta a los artificieros, Marcus.
Doyle asintió y salió de la habitación. Al poco entró con uno de ellos.
—Detective —dijo Tennant, un oficial pequeño y calvo al mando del grupo de artificieros—. No hemos encontrado ni rastro de explosivos ni detonadores ni nada.
—¿Y algún ordenador, o una tablet, o algo?
—No, pero deberían llamar a criminalística para eso.
Moretti asintió. Doyle estaba marcando en su teléfono antes de que Tennant se despidiera.
—Vamos, cógelo.
Y Moretti, que era de todo menos creyente, suplicó para que Novak cogiera el teléfono.
Novak se abría paso entre la multitud sin saber muy bien qué buscaba.
Cross se había quedado atrás, en el cordón, hablando con el mando del dispositivo, tranquila, señalando las azoteas.
Él había entrado en la masa solo, empujado por algo que no sabía nombrar, con los sentidos al rojo vivo.
Se había ajustado los tapones antes de meterse, pero de nada servían ahí dentro: el calor, el sudor de cientos de cuerpos apretados, la megafonía chirriando contra las fachadas, el llanto de un niño a su derecha que le entraba como un alambre por detrás de los ojos, las pancartas, los olores, los gritos.
Todo le llegaba a la vez, sin filtro, un estruendo de color y textura que amenazaba con bloquearlo.
Apretó los dientes y respiró tres veces. Siguió mirando.
Buscaba una cara. La de la ficha. Un chico pálido, de ojos hundidos, con gorra. Barría la multitud con la mirada, rostro a rostro, y había cientos, miles, y cualquiera podía ser, y ninguno era.
En el bolsillo, el teléfono empezó a vibrar. No lo oyó —era imposible oír nada ahí dentro— pero lo notó contra el muslo. Metió la mano, lo sacó, miró la pantalla entre el mar de codos y hombros.
Doyle.
Se lo pegó a la oreja, tapándose la otra con la mano.
—¿Marcus? —Tuvo que gritar—. ¡No te oigo, hay mucho ruido!
La voz de Doyle llegó rota, entrecortada, ahogada bajo el rugido de la megafonía y de la multitud, un jirón de palabras entre el estruendo:
—…lias… no es… no es Hale… el de la plaza no es…
—¡¿Qué?! ¡Doyle, repite, no te oigo!
—…está muerto… Hale está muerto, ¿me oyes?
La voz se deshizo en un chisporroteo. La cobertura, saturada por los cientos de móviles apretados en aquella plaza, por las transmisiones en directo de la prensa, se vino abajo. La llamada se cortó.
Novak se quedó un segundo con el teléfono pegado a la oreja, sordo, el corazón parado.
El de la plaza no es Hale. Hale estaba muerto.
Levantó la cabeza. Miró la multitud de golpe, entera, ya no buscando una cara concreta, sino todo lo contrario: buscando lo que no encajara.
Lo que nadie más miraría. Y en ese instante, con los sentidos desbordados y la advertencia de Doyle retumbándole en el cráneo, Novak comprendió que llevaba quince minutos buscando a un fantasma.
Entonces se fijó en ella.
En la mujer que hablaba. Renata Salas, según el programa que le habían entregado esa misma mañana en la División. Y empezaron a bailarle los nombres en la cabeza. Quiñones. Whitlock.
Rebuscó las conexiones que unían a Quiñones con Whitlock.
Un presidente de una asociación de vecinos con el que el concejal había tenido un par de reuniones.
Un concejal que parecía de los pocos que de verdad se preocupaban por el pueblo.
Un proyecto megalómano en lo que ahora era un barrio popular. ¿Y quién era esa mujer, Renata Salas?
Lo consultó en el móvil. No era una abogada cualquiera. Era la que llevaba la causa del barrio contra el proyecto. Y entonces lo vislumbró.
El objetivo, una vez más, era ella. La que estaba al frente. La que se ponía delante.
Giró la cabeza, aturdido, en busca de Cross.
La localizó intentando llegar hasta él. La llamó.
La silbó. Y ella lo advirtió. Novak hizo un gesto señalando a la mujer del estrado.
Cross levantó la mano pidiendo calma, señaló a los tiradores de los tejados.
Novak miró hacia arriba y negó con la cabeza.
Quería llegar hasta ella, pero no podía. Un tipo enorme protestó a su lado.
—Oye, tú, déjanos ver el discurso tranquilos.
Novak se lo quedó mirando. Si él supiera. No le quedó más remedio que tirar de placa, y al tipo le cambió la cara.
—Espera, necesito tu ayuda.
El grandullón se le quedó mirando con ojos extraños, y él le señaló a Cross. Lo giró entonces y lo invitó a avanzar hacia ella. El tipo obedeció, manso. Cuando llegaron se quiso ir, pero Novak no lo dejó, lo sujetó por el brazo mientras se acercaba al oído de la agente.
—Avisa a tus tiradores, que estén pendientes de la mujer del estrado, que no le quiten ojo. Y autorízalos a disparar a cualquiera que se acerque a ella.
—¿Qué dices, detective?
Novak la miró a los ojos.
—Confía en mí, Briana.
Y la agente volvió a resoplar. Justo después usó su equipo de transmisiones para hablar con los suyos.
Juntos observaron cómo un par de francotiradores giraban los rifles en dirección al estrado. Novak suspiró. Solo entonces soltó el brazo del grandullón.
—¿Me puedo ir ya, agente? —preguntó el tipo.
Novak lo miró. Iba a asentir cuando lo vio.
Muy cerca del estrado. Un puesto ambulante de perritos calientes.
—Agente —dijo—. ¿Quién ha autorizado ese puesto de comida?
Ella se encogió de hombros.
—No me fastidies, hombre. ¡Vamos! —Empujó al grandullón y lo dirigió hacia el puesto.
Cross lo seguía pegada a sus talones. Empujaban a la gente, que protestaba, pero el grandullón se hacía hueco y pocos se atrevían a toserle.
En un momento dado, Novak perdió de vista a Cross. Estaban a punto de llegar al de los perritos, que disponía una fila de ellos en el frontal del puesto. Un chiquillo le preguntó algo y un gesto del vendedor lo hizo marcharse con cara de pocos amigos.
—Joder, joder, es él —gritó—. ¡Agente!
Pero la agente ya no estaba detrás de él.
—¡Todo el mundo fuera, todo el mundo fuera!
El grandullón se giró para preguntar.
—¿Qué pasa, agente?
—Largo de aquí, empuja hacia atrás a todo el que puedas, pero no digas nada. Solo empuja.
El tipo asintió y empezó a arremeter contra la gente, que no entendía por qué se veía arrastrada hacia atrás.
La abogada se dio cuenta de que algo pasaba y se detuvo en su diatriba. Cruzó entonces una mirada con Novak. Y el detective le gritó que se tirase al suelo.
Y solo entonces se escucharon los primeros petardazos.