REUNIÓN OPERATIVA
L a sala de reuniones de la cuarta planta era territorio federal desde hacía tres días, y se notaba.
Habían quitado los tablones de corcho de la División y los habían sustituido por pantallas.
Media docena de analistas del Bureau tecleaban en portátiles idénticos, con la misma camisa azul y la misma placa colgada del cuello, y en la pared del fondo una pizarra digital mostraba el rostro fantasmal del vídeo del parking, ampliado, con líneas de referencia cruzándole la mandíbula y la gorra.
Novak llevaba media hora contra la pared del fondo, de brazos cruzados, tragándose la reunión.
Se había ajustado los tapones nada más entrar, como hacía siempre en aquella sala, y como siempre alguien —un analista joven, de los de camisa azul— se le había quedado mirando las orejas un segundo de más antes de volver a su portátil.
Que pensaran lo que quisieran. Con seis teclados picando a la vez, el zumbido de las pantallas y el aire acondicionado a plena potencia, sin ellos habría durado diez minutos.
Como policía local, además, estaba allí de adorno, de enlace, de florero institucional para que constara que el Departamento colaboraba.
Y llevaba media hora escuchando a la agente Cross exponer, con su puntero láser y su calma de cirujana, el gran cierre del caso.
Había escrito a Moretti y esta le había respondido con evasivas, cosa que lo tenía mosqueado.
—El reconocimiento antropométrico nos ha dado una franja sólida —decía Cross—. Varón, veintitantos, complexión compatible al noventa y cuatro por ciento con el vídeo. —Bajó el puntero—. Un individuo. Radicalizado. Posiblemente solo.
Novak apretó la mandíbula y no dijo nada. No tenía con qué. Todo lo que sabía —Quiñones, Whitlock, el proyecto, la lista de Inés doblada contra su pecho— era humo sin una prueba que lo sostuviera, y soltarlo en aquella sala solo serviría para que Cross lo desacreditara en público.
Fue entonces cuando la puerta se abrió de golpe.
Entraron Moretti y Doyle, los dos con la cara de no haber dormido, porque no habían dormido. Media sala se giró. Cross bajó el puntero muy despacio.
—Detectives. Estamos en mitad de una reunión operativa.
—Por eso venimos —dijo Moretti, sin resuello—. Tienen que oír una cosa que hemos averiguado mi compañero y yo.
Novak se separó de la pared. Cruzó con su compañera esa mirada que llevaban años perfeccionando, y supo que traían algo gordo.
—Una fuente —siguió Moretti—. Fiable. Nos ha confirmado lo del arma que supongo que ya han visto en el informe de balística: el fusil llevaba un switch, un conversor de fuego automático, montado por un armero clandestino de la ciudad.
—Tomó aire—. Pero hay algo que no tienen.
La misma mano que se movió para lo del arma ha comprado explosivos.
Hace poco. Material específico, de grado militar, con detonadores.
Hubo un silencio de esos que son algo más que incómodos, de esos que preceden a una tormenta o algo peor.
—Explosivos —repitió Cross, sin inflexión.
—Explosivos —confirmó Doyle.
Novak los miró. Después fijó la vista en la pantalla, en aquel rostro sin rostro, la mandíbula y poco más bajo la visera.
Y de pronto el zumbido de la sala se le espesó detrás de los ojos y se volvió gris, un gris denso de asfalto mojado que le llenó la boca de un sabor a moneda vieja.
Lo aguantó sin moverse. No era nada. Era su cabeza, que llevaba días cruzando cables cada vez que miraba a ese hombre y que nunca terminaba de decirle qué.
—Agente Cross —dijo—. El capitán Hampsten me ha comentado antes que va a asistir a una concentración de la asociación de vecinos de Casimir Park. Una comparecencia pública, una especie de duelo, con prensa, cientos de personas apretadas en una plaza.
Cross los escuchó a todos hasta el final. Y cuando terminaron, habló.
—Sí, Hampsten me informó de eso. Está todo bajo control, diría que casi militar. Cualquier acto público programado estos días está sometido a altos niveles de vigilancia. Hay incluso francotiradores apostados en los edificios aledaños, según nos han informado.
Justo después la imagen de la pantalla se actualizó.
—Dustin Hale —explicó Cross—. Veintiséis años.
Lo hemos identificado hace una hora. La franja nos dio un arresto por tráfico menor de drogas hace dos años, una evaluación psiquiátrica abandonada a medias por culpa de supuestos malos tratos.
Uno de los coches que salió del parking coincide con el último que consta a su nombre, aunque con placas dobladas.
No hay margen de error. —Consultó el reloj—.
Tenemos un equipo de operaciones terminando de equiparse abajo. En quince minutos partirán a detenerlo.
Novak miró la ficha. El chico le sonó verdadero; encajaba como ejecutor.
—Agente Cross, ¿podemos hablar a solas un minuto en mi despacho?
Briana lo miró extrañada, pero la intensidad de los ojos del detective la convenció.
Dio unas instrucciones a su segundo al mando y abandonaron la sala, seguidos de Doyle y Moretti.
Bajaron al despacho del detective sin decir nada, por las escaleras, para evitar los silencios incómodos.
Una vez dentro, no dejó lugar para las preguntas.
—Briana. —Llamarla por su nombre de pila terminó de desmontarla—. Tengo importantes motivos para pensar que nuestro hombre va a actuar hoy en Casimir Park.
—¿Cuáles son esos motivos, detective?
—Te los desgranaré posteriormente. Con todo detalle, pero ahora urge que tomemos acción.
—¿Acción?
—Mis compañeros, que acompañen al equipo de operaciones al domicilio de Hale. Si está allí, miel sobre hojuelas…
—Lo pones como condicional.
—Mientras, tú y yo y otro equipo nos uniremos al dispositivo desplegado en Casimir Park y buscaremos al sujeto.
—Todos los compañeros tienen la foto…
—Lo suponía, pero debemos hacerlo.
Cross miró a los otros dos detectives. Doyle, más lanzado, no se calló.
—La fuente que ha mencionado mi compañera, es más que fiable, agente Cross.
Y le aguantó la mirada a Briana.
La federal resopló.
—Avisen a los artificieros.
—Ya están sobre aviso —replicó Moretti.
Cross asintió.
—Entonces pónganse todos los chalecos y vamos a por ese hijo de puta.
Novak se fijó en la tímida sonrisa que esbozaron sus compañeros. A él no le hacía ni pizca de gracia nada de aquello.
Bajaron al garaje, y el garaje era lo peor.
Motores arrancando bajo un techo bajo de hormigón, portones de furgón cerrándose de golpe, radios solapadas, el desgarro seco del velcro de veinte chalecos abrochándose a la vez.
Los tapones no daban abasto. El ruido le entraba igual, rebotado por el hormigón, y su cabeza empezó a traducirlo antes de que pudiera impedirlo: primero el gris de siempre, el del asfalto, que casi era un alivio; y encima, subiendo desde alguna parte, el naranja.
Se abrochó el chaleco con aquel color encendiéndose y apagándose detrás de los ojos al ritmo de los portazos. Apretó los párpados un segundo, esperando —como esperaba siempre, y como siempre para nada— que se concentrara en algo. En un sitio. En una idea que pudiera decirse en voz alta.
Nada. Un color y un dolor punzante en las sienes. Eso era todo lo que su cerebro sabía darle, y con eso no se pide un cordón policial, ni se desaloja una plaza, ni se convence a una agente federal de que quinientas personas con velas están en mitad de una diana.
Moretti le dio un golpe en el hombro al pasar.
—¿Todo bien, Elias?
—El calor —dijo Novak, a sabiendas que su compañera no se lo creyó.
Se despidieron con un gesto y una mirada. De esas que muestran sentimientos; en ete caso de preocupación.
—Ten cuidado.
—Y tú.
Subió al coche. Y condujo hacia el sur con el naranja encendido todo el camino, sin apagarse ni una vez.