Infierno Carmesí (Chicago Carmesí 2) LA MOCHILA
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LA MOCHILA

E l muchacho tecleaba en el ordenador.

—¿Sigues ahí? —preguntó.

La respuesta del Faro tardó lo justo para que el estómago se le encogiera, como siempre.

«Aquí estoy. Siempre estoy.»

Soltó el aire. Estaba sentado en el suelo del cuarto alquilado, con la espalda contra la cama y el portátil sobre las rodillas doradas por el resplandor de la pantalla.

Fuera, el día se desperezaba sobre el polígono, y el ventilador seguía removiendo el mismo aire caliente de siempre sin llevárselo a ninguna parte.

Sobre la colcha, a su lado, esperaba lo que había pasado tres días montando con las manos, siguiendo al pie de la letra las instrucciones que el Faro le había ido dando, paso a paso, con una paciencia de maestro.

No quería mirarlo todavía. Prefería mirar la pantalla.

«Tengo miedo», escribió. Y en cuanto lo mandó se avergonzó, porque un hombre de verdad no escribía esas cosas.

«El miedo es bueno», respondió el Faro, sin burla, sin decepción. «El miedo significa que lo que vas a hacer importa. Los que no sienten miedo son los que no entienden lo que hacen. Tú lo entiendes. Por eso tienes miedo. Y por eso eres el elegido y no otro.»

El muchacho leyó la frase tres veces. Se la aprendió, como se aprendía todas.

«¿Estás seguro de que está bien?», tecleó. «De que lo que voy a hacer está bien.»

Hubo una pausa. Y luego llegaron las palabras que necesitaba, las que había estado esperando toda la mañana, toda la semana, quizá toda la vida.

«Escúchame, chico. Lo que vas a hacer esta noche es lo más valiente y lo más justo que ha hecho nadie en esta ciudad podrida en mucho tiempo.

Esa gente que se reúne a llorar con sus velitas, ¿sabes qué son?

Hipócritas. Lloran a los muertos de mentira mientras siguen tragando con todo, mientras siguen bajando la cabeza, mientras dejan que los de arriba les pisen el cuello y encima les dan las gracias.

Tú vas a despertarlos. Vas a hacer lo que ninguno de ellos tiene el valor de hacer.

Y los que se pongan delante, los que dan la cara, los pastores que llevan al rebaño al matadero…

esos son los que más lo merecen. Está bien, está más que bien. Es necesario.»

El chico sintió que se le llenaban los ojos. No de miedo, esta vez. De algo caliente y enorme que le subía por el pecho y que solo el Faro sabía encender.

«No te voy a fallar», escribió.

«Lo sé. Y esta noche, cuando todo termine, vas a estar por fin donde siempre debiste estar. Por encima de todos ellos. Nadie volverá a mirarte por encima del hombro. Nadie volverá a olvidarse de tu nombre.»

«Gracias», tecleó el muchacho, y las letras le temblaron en los dedos. «Por todo. Por ser el único que…»

No terminó la frase. No hacía falta.

«Ve», escribió el Faro. «Y no mires atrás. Yo estaré contigo hasta el final. Siempre.»

El indicador verde se apagó.

Él se quedó un rato mirando la pantalla negra, viéndose reflejado en ella: un chico pálido, casi imberbe, insignificante. Por última vez. Porque después de esa noche ya no sería ese chico. Sería otra cosa. Sería, por fin, alguien.

Cerró el portátil. Y solo entonces, con manos que ya no temblaban tanto, se volvió hacia lo que esperaba sobre la colcha.

Era más pesado de lo que parecía. Lo levantó con las dos manos, con una especie de respeto, casi de ternura, como quien coge a un recién nacido.

Una mochila grande, con muchos bolsillos y un cinturón para sujetarla bien, y muy pesada por una carga que el Faro le había enseñado a manejar bien, equilibrada.

El Faro le había dicho que el gesto final tenía que salir natural. Que no dudara buscándolo. Que las manos supieran el camino aunque la cabeza se hubiera ido a otra parte.

Había practicado ese gesto cien veces, arriba y abajo, abajo y arriba.

Se colocó la mochila a la espalda. Le pesaba sobre los hombros, tiraba del pecho, como si fuera una losa tibia pegada al cuerpo.

Se miró en el espejo manchado de la puerta del armario.

Se colocó una gorra. Cogió las llaves de la furgoneta.

Antes de salir, echó un último vistazo al cuarto: el colchón sin sábanas, el ventilador, el portátil cerrado sobre el suelo.

La vida entera de un don nadie cabía en aquellas cuatro paredes.

No sintió pena. Sintió, si acaso, alivio de dejarla atrás.

Condujo hacia el sur mientras el calor caía del todo sobre Chicago y levantaba del asfalto ondas de luz visibles.

No puso la radio. Iba en silencio, con las dos manos en el volante y la mochila en el asiento del copiloto, como si fuera su compañera de vida.

No paró de repasar mentalmente lo que el Faro le había explicado.

El sitio. La hora. Cómo acercarse por el lado de la calle, mezclado con los que llegaban, sin prisa, sin llamar la atención.

Buscar el centro, donde la gente estuviera más apretada.

Y, sobre todo, buscarla a ella. A la que se ponía delante.

A la que hablaría, seguro, porque esa clase de gente siempre hablaba, siempre necesitaba subirse a algún sitio a decirles a los demás lo valientes que eran.

No sabía su nombre. Nunca sabía sus nombres. Pero el Faro le había enseñado a reconocerlos: los que dan la cara, los que organizan, los que llevan el micrófono. Los pastores.

Cuando llegó a las inmediaciones de Casimir Park, tuvo que dejar la furgoneta a tres manzanas, porque no se podía acercar más.

Había gente. Mucha gente. Familias enteras caminando en la misma dirección, en silencio, con velas apagadas en las manos que encenderían al llegar.

Ancianos del brazo de sus hijos. Críos subidos a hombros.

Todos hacia el mismo sitio, hacia la explanada delante de la vieja iglesia de ladrillo, donde ya se veía, a lo lejos, una multitud que crecía por momentos, cientos de personas juntándose bajo aquel sol de justicia.

Se apeó, al fin, de la furgoneta. Cogió la mochila. Fue a la parte trasera y, con mucho esfuerzo, bajó el carro.