Infierno Carmesí (Chicago Carmesí 2) JOTA
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JOTA

L a armería de Aldair Dos Santos, en Archer Avenue, seguía siendo el negocio más limpio de una calle sucia.

Desde fuera, un escaparate reluciente con rifles de caza y equipación táctica expuestos como en una joyería.

Dentro, suelo de gres impecable, vitrinas de cristal templado, una luz LED que no dejaba una sombra y un olor a aceite de armas caro y a ambientador de sándalo que a Moretti le pareció, si cabía, más siniestro que el de cualquier tugurio de los que visitaban con frecuencia.

El dependiente los hizo esperar el tiempo justo para dejar claro quién mandaba en la tienda, y después los condujo por una puerta blindada a la trastienda.

Y la trastienda, como Moretti recordaba del pasado invierno, no tenía nada de trastienda: era un despacho más luminoso y más caro que el de cualquier abogado del Loop.

Aldair Dos Santos estaba detrás de una mesa de cristal, pasando un paño por el cañón de una escopeta de competición con la delicadeza de quien acaricia a un gato.

Cuarenta y tantos, brasileño, la piel de los brazos cubierta de tatuajes de colores hasta los nudillos, una camisa blanca tan planchada que parecía de cerámica.

No levantó la vista enseguida. Los dejó de pie un momento, saboreando el poder pequeño de hacer esperar a la policía en su propia casa.

—Detectives —dijo al fin, sin soltar el paño—. Bienvenidos de nuevo. —Los miró por fin, con sus ojos casi negros.

—Detective Moretti y detective Doyle.

—Moretti —dijo, relamiéndose como si se acabara de comer un plato de pasta—. Siéntense. Y díganme en qué puedo ayudar a los servidores del orden.

Ninguno de los dos se sentó. Moretti se quedó de pie, apoyando apenas dos dedos sobre el cristal impoluto de la mesa, lo justo para que a Dos Santos le molestara la huella.

—Un switch —dijo, a bocajarro, nunca mejor dicho—. Un conversor de fuego automático montado en un AR-15. Buen trabajo, del que no revienta a la primera. ¿Quién hace eso en esta ciudad, Aldair?

Algo se movió detrás de los ojos perezosos del brasileño, pero no la respuesta que ella buscaba. Se recostó en el sillón de cuero y volvió a coger el paño, como si necesitara las manos ocupadas para pensar.

—Y vienen otra vez a preguntarme a mí sobre aparatos ilegales, como si yo fuera un traficante de la peor calaña. Yo, que llevo más de veinte años pagando impuestos en este país…

—Ahórrate el rollo, Bones —dijo Doyle.

Y Moretti le lanzó una mirada asesina a su compañero, mirada que no fue nada en comparación con la que Dos Santos le lanzó. Solo que él, además, la acompañó de un golpe en la mesa con la escopeta tan fuerte que percutió en los tímpanos de todos los allí presentes.

—Moretti, dile al becario que se largue de aquí antes de que me ponga de peor humor.

Moretti, que seguía con los ojos clavados en Doyle, le hizo un gesto para que se largase, y este, vistos los acontecimientos y habiéndose dado cuenta del error, obedeció.

Cuando se quedaron solos, Aldair habló.

—Entiendo que si buscas algo así es porque de alguna forma habéis deducido que el de las cacerías ha modificado su arma, ¿no? Porque vienes por eso, ¿verdad?

—No estoy autorizada a darte esa información.  Dime si puedes ayudarnos o no.

—Entiendo, entiendo. Así que solo vienen por información sobre armas. La verdad es que nadie mejor que yo puede informarle sobre eso, detective.

—Soy todo orejas.

—Lamento decirte que yo no soy todo lengua. Bueno, eso en privado quizá sería discutible.

El tipo le lanzó una mirada cargada de segundas intenciones que la detective ignoró.

—¿Vas a colaborar o no?

—Yo no puedo colaborar en esta ocasión, detective Moretti. Pero tengo algo mejor para ti. —Se acercó hasta ella y ella no reculó—. La rata que os envía a mí sabe más cosas de las que dice saber.

Dicho esto, se separó un tanto y le guiñó un ojo.

Moretti no movió un músculo, pero por dentro se le escapó algo entre la risa y la maldición. El círculo se cerraba con una ironía perfecta.

—Gracias por el consejo —dijo Moretti.

El dependiente del polo negro apareció en la puerta blindada, como invocado, para acompañarlos a la salida.

Ya en la calle, en el bochorno pegajoso de Archer Avenue, entre el ruido de los camiones y el olor a fritanga que subía de un puesto de tacos, Doyle soltó por fin el aire que llevaba conteniendo.

—La próxima vez te cortas un poquito, Doyle —dijo Moretti.

—¿Qué te ha dicho? —preguntó él, mirando al suelo.

—Nos ha mandado a Jota.

—¿A Jota?

Media hora después estaban en el barrio de Pilsen.

Jota tardó en abrir.

—¿Qué coño quieres a estas horas? —dijo de mala gana.

—Son las diez y media, Jota, es hora de levantar el país —replicó Moretti.

—Haz el favor de largarte antes de que…

Moretti metió el pie en el hueco de la puerta.

—Me ha dicho un pajarito que tú conoces a alguien que conoce a alguien. Déjanos pasar solo unos minutos.

—¿Y Novak?

—Ocupado. Te manda recuerdos.

El tipo los miró de arriba abajo desde la rendija. Moretti puso una mano sobre la puerta.

—Solo quince minutos.

Entraron y accedieron a una cocina bastante desvencijada, pero más limpia de lo que ambos policías esperaban. Vanessa no dijo nada, tan solo sacó el móvil y le enseñó unas fotos a Jota, que apartó la cara.

—Para ya, por favor.

—Estos niños han sido abatidos por un fusil modificado. —Moretti guardó el móvil—. Dinos lo que sepas.

—¿Y yo qué debería saber?

—No nos jodas, haz el favor. Tú sabes cosas.

Moretti le contó por encima algunos datos del caso. Sobre todo incidió en el switch.

El hombre se sentó. Se llevó las manos a los ojos. Los dos detectives se miraron a los ojos.

—Jota —inició Doyle—, nosotros no somos unos chivatos. No tienes nada que temer…

Entonces el soplón se levantó de golpe y se encaró con el detective.

—¿Qué mierdas estás diciendo?

—Calma, Jota. —Moretti se interpuso—. El compañero te está pidiendo que confíes en nosotros. Si hay alguien chungo detrás de lo que te estamos pidiendo, podemos protegerte.

—No necesito tu protección. Necesito otra cosa.

—Pide por esa boquita.

—Necesito que me borres unos marrones.

—Yo no puedo borrar tus delitos de tu expediente.

—No, claro que no. Pero sí puedes dejar de apuntar los nuevos.

Moretti se le quedó mirando con un interrogante pintado en la cara.

—Depende de lo que nos ofrezcas —intervino Doyle, que miró a Moretti y asintió. La detective le correspondió.

Y entonces Jota, el mejor soplón de la División de Policía de Chicago, comenzó a hablar.

Y sus palabras los llevaban a un lugar del que, en ese momento, quizá no volvieran con vida.