ARMERO
L a sala de vídeo de la División era un zulo sin ventanas en el sótano, y a las nueve de la noche olía a humanidad más que a otra cosa.
Dos policías que llevaban demasiadas horas allí dentro tampoco podían hacer mucho más.
Moretti tenía los pies descalzos encima de la mesa y los ojos cerrados.
Doyle, a su lado, seguía dándole a la rueda del ratón con la mirada vidriosa de quien ha visto pasar tantas matrículas que ha empezado a soñar con ellas.
—Doscientas noventa y una —dijo Doyle—. Nos quedan sesenta y pico.
—Reza para que esté en las sesenta y pico —murmuró Moretti sin abrir los ojos—. Porque como no esté, mañana empezamos con las cámaras de tráfico de tres barrios, y entonces sí que me pego un tiro.
—No digas eso, ni en broma.
—Perdón. —Abrió un ojo—. Mal chiste, con lo que hay.
Doyle no contestó. Introdujo la siguiente matrícula en el sistema, la cruzó con el registro de tráfico, esperó a que el trasto pensara.
Un Toyota gris a nombre de una señora de setenta años de Cicero.
Descartado. La siguiente. Una furgoneta de una empresa de fontanería con veinte años de antigüedad y sin una multa. Descartado. La siguiente.
Y entonces el sistema hizo algo que no había hecho en dos días. Parpadeó. Sacó dos fichas en lugar de una.
Doyle se incorporó en la silla.
—Moretti.
—¿Qué.
—Ven a ver esto.
La detective bajó los pies de la mesa y rodó con la silla hasta pegarse a la pantalla. Doyle señaló las dos fichas, una al lado de la otra.
—Esta matrícula —dijo—. La leyó la barrera del parking a las 11:47, cuatro minutos después del último disparo. Un Honda Civic negro, del 2013. —Golpeó la pantalla con el nudillo—. Pero cuando la cruzo con tráfico, la placa no está registrada en un Civic. Está registrada en esto.
Movió el cursor a la otra ficha. Una foto oficial de un vehículo distinto: un Ford Focus azul.
Moretti se quedó mirando las dos imágenes un buen rato, y el sueño se le fue de la cara de golpe.
—La misma matrícula en dos coches —dijo.
—La misma matrícula en dos coches. El Focus azul está registrado a nombre de un tal Kowalski, de Boston. El Civic negro que salió del parking con esa misma placa… no existe. O sea, existe el coche, lo grabó la cámara. Pero la matrícula que lleva es de otro.
—Está doblada. —Moretti lo dijo despacio, saboreando la palabra, con esa mezcla de cansancio y euforia del que lleva dos días cavando y por fin ha oído el ruido de la pala contra algo duro—.
El hijo de puta clonó una placa legal y se la puso al Civic.
Si un lector automático lo pillaba por ahí, apuntaba a otro.
Al pobre Kowalski, tan tranquilo en Boston.
La euforia le duró poco. Doyle vio cómo se le apagaba sola, a medida que caía en lo mismo que empezaba a caer él.
—Ya —dijo él—. Bonito. Pero no nos sirve de una mierda.
—No nos sirve de una mierda —confirmó Moretti, dejándose caer contra el respaldo—.
Clonar una placa lo hace un crío con una impresora.
Cualquiera. No hay a quién seguir por ahí; esa placa no ha pasado por ninguna mano que podamos apretar.
—Señaló la pantalla con la barbilla—. Y lo otro es peor.
Un Civic negro del 2013. ¿Sabes cuántos hay en esta ciudad? Miles.
Se quedaron los dos mirando la pantalla, el subidón convertido en ceniza. Habían cavado dos días para chocar contra un muro.
—Entonces estamos igual que al principio —dijo Doyle.
—Estamos peor, porque ahora tendremos que picar Civic por Civic para ver los robados y los vendidos hace poco.
Fue entonces cuando le vibró el teléfono sobre la mesa.
Lo miró de reojo, sin ganas. Un número interno, de los del laboratorio. Estuvo a punto de dejarlo, pero lo cogió.
—Moretti.
Escuchó. Al principio con desgana, con el codo apoyado en la mesa y la mano en la frente. Después, poco a poco, fue enderezándose, y Doyle vio cómo el cansancio se le caía de la cara por segunda vez en diez minutos, ahora para dar paso a otra cosa.
—Repíteme eso… ¿Estás seguro?… —Una pausa larga—. Dos horas antes de subirlo al sitema, vale. Oye. Gracias, ¿eh? Te debo una. Y esto no me lo has dicho tú. —Colgó.
—¿Qué —dijo Doyle.
Moretti se quedó un momento con el teléfono en la mano, mirándolo, ordenando la cabeza.
—Un colega de balística. De los de antes —Dejó el móvil sobre la mesa—. Han terminado con el arma. Con los casquillos y lo que recuperaron de los cuerpos. El fusil es un AR-15, hasta ahí normal, se compra en cualquier armería del estado. Pero le han metido mano.
—¿Cómo que le han metido mano?
—Le han puesto un switch. —Moretti lo miró—.
Una de esas piezas de mierda, del tamaño de una moneda, que convierten un semiautomático en automático.
Aprietas el gatillo una vez y no para de escupir hasta que sueltas o se vacía el cargador.
Por eso ochenta y tantos casquillos en dos minutos.
No es que el chaval disparara rápido. Es que el arma disparaba sola.
Doyle se quedó callado un momento, procesándolo.
—Un conversor de esos es como tener una ametralladora. La ATF se vuelve loca con eso.
—Y aquí está lo bueno. —Moretti se inclinó hacia delante—.
Esa pieza no se la fabrica sola en un garaje.
O se la ha comprado a alguien, o alguien se la ha montado.
Un switch bien hecho, que funcione y no te reviente en las manos, sale de un armero.
De alguien que trafica con esas cosas. —Golpeó la mesa con un dedo—.
Y un armero, Marcus, no es como una placa clonada.
Un armero tiene cara. Tiene nombre. Tiene clientes.
A un armero se le puede seguir la pista.
Doyle asintió despacio, pero enseguida frunció el ceño.
—¿Y el FBI? Si balística lo tiene, Cross lo tiene. Ya lo estarán trabajando.
—Todavía no. Me ha dicho que en una hora, dos como mucho, lo sube al sistema. Tenemos tiempo.
—Estás diciendo de ir a buscar por nuestra cuenta.
—¿Recuerdas al tipo de las pasadas Navidades?
—¡Cómo no! ¿No pretendarás que vayamos a preguntar a …
No siguió porque se topó con la mirada de la detective.
Claro que lo pretendía.
Y aquello no le gustaba nada de nada.