29
A la policía de Chicago le tocaba el trabajo de zapa.
Y era un trabajo desesperante, porque el tirador se había desvanecido con una limpieza que ponía los pelos de punta.
Las cámaras interiores del parking, las que lo habían grabado caminando entre los coches, se quedaban cortas justo donde importaba: lo seguían hasta que se agachaba entre dos vehículos, en un ángulo muerto, y ahí lo perdían.
Entraba en el encuadre siendo un hombre con gorra, gafas oscuras y una bolsa de deporte, y sencillamente no volvía a salir. No, al menos, de forma reconocible.
Porque lo peor no era el ángulo muerto. Lo peor eran las cámaras de la barrera.
—Míralo tú mismo, jefe —le había dicho Doyle esa mañana, pasándose las manos por la cara—.
Hay cámaras en la entrada y en la salida, apuntando a cada coche que pasa y a cada persona que cruza a pie.
Las hemos repasado fotograma a fotograma, las dos, en toda la franja.
Y no está. El tío de la gorra y las gafas no sale por ninguna parte.
Ni conduciendo, ni andando. Es como si hubiera entrado en ese parking y se hubiera evaporado.
Novak había mirado las grabaciones. Doyle tenía razón.
En las imágenes de la barrera desfilaban decenas de conductores y algún que otro peatón, y ninguno era el hombre del vídeo interior.
Lo que significaba una de dos: o había salido en uno de los cientos de coches, agachado o de algún modo que burlara la cámara, o había salido tranquilamente a pie, cruzando delante del objetivo, y no lo habían reconocido.
Esa segunda posibilidad era la que a Novak le revolvía las tripas, aunque no supiera todavía por qué. Un hombre desaparece de un encuadre siendo el tirador y reaparece siendo cualquiera. Pero no lo dijo. Como no decía tantas cosas últimamente.
Sin una cara que buscar en la barrera, solo quedaba una red: las matrículas.
La barrera de salida registraba la matrícula de cada coche que abandonaba el aparcamiento, con su hora exacta al segundo.
Si el tirador había salido conduciendo, su coche estaba en esa lista.
El problema era el volumen. Aquel parking tenía casi quinientas plazas, y con el acto del centro deportivo al lado, había estado en plena rotación toda la mañana.
En la ventana de tiempo que les interesaba —desde media hora antes del tiroteo hasta media hora después, que fue cuando alguien se dignó a cerrar el aparcamiento— la barrera había registrado más de trescientas cincuenta salidas.
Trescientas cincuenta y tantas matrículas. Y quizá, solo quizá, una de ellas era la del hombre al que buscaba toda la ciudad. O quizá no era ninguna, y el tirador se había ido caminando bajo el sol, con su bolsa de deporte al hombro, como un vecino más que vuelve a casa.
Moretti y Doyle llevaban dos días sepultados en esa lista de todas formas, porque era lo único tangible que tenían.
Cada matrícula había que introducirla a mano en el sistema, cruzarla con el titular, descartar a las familias con niños, a los abonados de siempre, a los repartidores conocidos, e ir dejando una pila cada vez más pequeña de vehículos «posibles»: los que iban a nombre de empresas pantalla, los de titular ilocalizable, los alquilados, los que sencillamente no cuadraban.
Un trabajo de hormigas, y encima un trabajo que podía no servir para nada, lo que tenía a Moretti de un humor de perros.
—Es como buscar una gota en el mar, jefe —le había dicho, con los ojos rojos de mirar pantallas—.
Y lo mejor de todo: a lo mejor la gota ni está.
A lo mejor el hijo de puta se fue andando y yo aquí quemándome la vista con las matrículas de media ciudad.
Pero es lo que hay. Si está en la lista, la encontramos.
Y si no está… habremos descartado que esté.
Que también es trabajo, dice Doyle. Yo lo llamo otra cosa.
Novak los había dejado en ello. Él tenía otra cosa entre manos, algo que no figuraba en ningún parte diario y que se guardaba muy mucho de comentar en la cuarta planta: seguía tirando, en la sombra, del hilo de Tomás Quiñones.
Y ahora también del de Ray Whitlock, concejal del distrito veintidós, que había caído de los primeros y sobre cuyo escritorio, según había averiguado sin hacer ruido, dormían varios expedientes urbanísticos.
Dos hombres señalados. Dos que se ponían delante.
Pero lo segundo no se lo había dicho a nadie todavía, ni siquiera a Moretti, porque no tenía con qué sostenerlo.
La noche anterior, incapaz de dormir, había hecho algo más.
Pasadas las tres de la madrugada, con la ciudad al fin en silencio al otro lado de la ventana, había cogido el teléfono y había llamado a un viejo amigo de la prensa, uno de esos con los que uno tiene cuentas pendientes en las dos direcciones y a los que solo se acude cuando no queda otra.
No le había contado gran cosa. Solo le había pedido que empezara a mirar, con discreción, todo lo que oliera a movimientos de suelo en la ribera del South Side.
El hombre había gruñido, había preguntado qué se llevaba él a cambio, y al final había dicho que sí, como Novak sabía que diría.
Esas deudas, con ese hombre, nunca se saldaban del todo; solo se iban pasando de mano en mano.
Estaba en su mesa, a media tarde, con esos expedientes abiertos y un café frío, cuando sonó el teléfono. Un número que no reconoció.
—Novak.
—Detective. —La voz al otro lado era serena, baja, y le costó medio segundo ubicarla, pero solo medio—. Soy Inés Quiñones.
Novak se echó hacia atrás en la silla, y algo en el ruido de fondo de la oficina —las teclas, las conversaciones, el zumbido del aire— se le apagó un poco, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.
—Inés. Sí. Me alegro de que llame. —Hizo una pausa—. ¿Cómo está?
—No lo sé. —Lo dijo sin dramatismo, con una honestidad desarmante—.
Es la primera vez que me lo pregunta alguien y contesto la verdad.
No lo sé. Estoy en casa de mi padre. He venido al entierro…
hay que hacer cosas. Papeles. Cosas que una no se imagina teniendo que hacer hasta que las está haciendo.
—Lo sé. Lo siento.
—No es necesario darme el pésame una segunda vez, detective. —No había reproche en su voz; había casi una sonrisa cansada—. Llamo porque el otro día, en el retiro, no llegamos a hablar. Ustedes se fueron corriendo. Y me quedó claro que quería hablar conmigo.
A Novak le gustó que usase el singular en lugar del plural; miró los expedientes abiertos sobre la mesa. Miró la puerta del despacho, entornada. Bajó un poco la voz.
—¿Le importa si no hablamos por teléfono? —dijo—. Es… prefiero verla. Si no es molestia. Puedo acercarme a casa de su padre, o donde usted diga.
Hubo un silencio al otro lado. No incómodo. Pensativo.
—Venga —dijo ella al fin—. Aquí hay demasiadas cajas y demasiado silencio. Un café al menos me distraerá de todo esto.
Le dio una dirección en Casimir Park.
La casa de Tomás Quiñones era una construcción modesta de dos plantas, de ladrillo oscuro, en una calle de casas iguales con porches de madera y banderas descoloridas.
En el porche de al lado, un anciano regaba unas macetas con una manguera y siguió a Novak con la mirada, receloso, como seguían por allí a todo el que no fuera del barrio.
Novak entendió, sin necesidad de que se lo explicaran, que aquel era un sitio donde la gente se conocía, se vigilaba y se cuidaba, y que la muerte de un hombre como Quiñones no era la muerte de uno, sino la de todos un poco.
Inés le abrió antes de que llamara. Se había recogido el pelo y llevaba una camiseta vieja con manchas de polvo, la ropa de quien lleva horas vaciando armarios.
Estaba más pálida que en el retiro, con las ojeras de quien no duerme, pero conservaba esa serenidad de fondo, esa quietud que a Novak le había llamado la atención en lo alto de la loma y que ahora, rodeada del duelo, le pareció casi milagrosa.
—Pase. Perdone el desorden. Resulta que mi padre guardaba treinta años de todo.
Había cajas por todas partes, montones de papeles clasificados en el suelo del salón, fotografías apiladas sobre la mesa.
Toda una vida desmontada en pilas. Inés apartó unos periódicos de una silla para que Novak se sentara y puso una cafetera italiana al fuego, de esas que ya casi nadie usaba, y el gesto doméstico y anticuado le resultó a Novak extrañamente reconfortante.
El detective se fijó en una de las fotografías de la mesa: Tomás Quiñones, más joven, con una niña de entre ocho y diez años a hombros, los dos riéndose frente a una iglesia de ladrillo.
—Es usted —dijo.
Inés se acercó, dejó dos tazas sobre la mesa y miró la foto por encima de su hombro, tan cerca que Novak notó el calor de su presencia.
—San Casimiro. Ahí me bautizaron. Ahí hice la comunión. Mi padre habría dejado que tirasen nuestra casa antes que esa iglesia. —Se sentó frente a él, rodeando la taza con las manos.
Se hizo un silencio. Fuera se oía la manguera del vecino, el ladrido lejano de un perro, el rumor bajo de un barrio de luto en una tarde de calor asfixiante.
—Inés. —Novak escogió las palabras con cuidado—. Lo que quería preguntarle es sobre su padre. Sobre lo que hacía. La asociación de vecinos. La pelea por el barrio. —La miró—. Quiero que me hable de sus enemigos.
Ella no se sobresaltó. Le dio un sorbo al café y lo miró por encima de la taza, con esos ojos oscuros y tranquilos que parecían llevar lustros cansados.
—¿Su padre tenía algún enemigo? —Novak disparó a bocajarro.
—Tenía adversarios, que es distinto. —Hizo una pausa—. ¿Por qué me pregunta esto precisamente a mí? ¿Y las otras víctimas?
—No estoy seguro —dijo Novak, y era verdad—. Quizá porque su padre era el líder de la asociación vecinal. —Sostuvo su mirada—. Quizá porque creo que hay un proyecto para levantar aquí un gran complejo, aprovechando que este barrio está en el recodo del río, a un paso del centro…
Novak no quiso hacer más menciones al lugar del crimen.
Inés dejó la taza sobre la mesa. Miró las cajas, las fotos, la casa que había sido de su padre y que alguien, quizá, quería convertir en escombros. Y cuando volvió a hablar, había algo nuevo en su voz. No miedo. Algo más firme.
—Puede que tenga razón, detective —dijo en voz baja—.
Puede que haya gente a la que le estorbaba mi padre.
Es cierto que este barrio vale una fortuna potencial.
Como Estamos justo en el recodo del río, a diez minutos del centro, con toda la ribera por urbanizar.
Lo del proyecto es cierto, pero gracias al activismo de unos pocos como mi padre es solo eso: un proyecto.
Novak suspiró y no pronunció palabra. Sacó una libreta, la abrió por una página en blanco y la deslizó sobre la mesa, hacia ella.
—Deme nombres —dijo—. Los que sepa. Quien sea que su padre mencionara. Solo necesito un punto por donde empezar a mirar.
—¿Lo dice en serio? —Novak solo la siguió mirando—. Murió con mi padre un montón de gente…
—En esa playa murieron veintinueve personas.
La última, esta mañana: un niño de ocho años que llevaba días peleando en el hospital y que al final no lo ha superado.
Y no sé si es peor eso, o que su padre y su hermano mayor sigan en el depósito esperando a que alguien los entierre.
—Hizo una pausa—. Su padre es una de esas veintinueve, Inés.
Pero puede que sea la única que estuviera allí por un motivo.
Inés se llevó las manos a la cara y, por primera vez desde que Novak la conociera, rompió a llorar. Él mantuvo el tipo, aunque le dieron ganas de ir a consolarla. Sin embargo, se contuvo. Aguantó el tiempo necesario hasta que ella se decidió a tomar la libreta.
Por un momento, antes de empezar a escribir, se quedó mirándolo, y algo pasó entre ellos otra vez, aquella corriente absurda e inoportuna, la sensación de estar los dos, cada uno a su modo, hechos de la misma materia rara: gente que necesita el silencio, que mira las cosas como si le dolieran, que no encaja del todo en el ruido del mundo.
Duró un segundo. Los dos lo notaron. Los dos apartaron la vista, casi a la vez, como quien retira la mano de algo que quema.
—Va a meterse en un lío por esto, ¿verdad? —dijo Inés, con la libreta en la mano—. Por seguir mirando cuando le han dicho que no mire.
—Eso espero.
—¿Y por qué lo hace?
Novak lo pensó un momento. Miró la foto de la niña a hombros de su padre, frente a la iglesia de ladrillo.
—Por ese niño del hospital y por su familia.
Inés no respondió. Bajó la vista a la libreta para que él no le viera los ojos, y empezó a escribir nombres con una letra pequeña y apretada.
Fuera, la tarde caía despacio sobre Casimir Park, dorando los ladrillos oscuros y la aguja de la iglesia de San Casimiro, un barrio entero que no sabía todavía que era, él también, un hombre que se había puesto delante.