Infierno Carmesí (Chicago Carmesí 2) EL PARKING
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EL PARKING

E l camino de vuelta lo hicieron en silencio y en una hora y cuarto.

Moretti condujo como si el Dodge le debiera dinero, pisando el acelerador por la interestatal con la mandíbula apretada, y por una vez Novak no le pidió que aflojara.

Iba con la frente pegada a la ventanilla, viendo pasar los maizales convertidos en una mancha verde, dándole vueltas a la conversación con Doyle.

Habían sido treinta segundos de teléfono, la voz del compañero rota por la mala cobertura del retiro, entrecortada, pero las palabras habían llegado enteras y se le habían clavado una a una.

«Otro. Otro tiroteo. Un acto público, en el West Side. Muchos muertos. Venid ya».

Otro.

Novak no dijo nada durante todo el trayecto, pero por dentro no paró ni un segundo.

Porque «otro» lo cambiaba todo. Un tiroteo era un objetivo escondido entre víctimas; su teoría, frágil pero limpia, se sostenía sobre esa idea.

Dos tiroteos, en cambio, en dos días, en dos puntos distintos de la ciudad, era otra cosa completamente distinta.

Era un patrón, sí, pero el patrón equivocado.

Era exactamente lo que Hampsten quería: un terrorista.

Un hombre que mataba por matar, que había empezado y no pensaba parar.

Nadie mata a treinta desconocidos un lunes para esconder un segundo asesinato concreto; eso es de locos, o de genios, y el mundo tiende a creer en lo primero.

Su corazonada de los casquillos, la línea recta hasta la carpa de Quiñones, las tres balas agrupadas…

todo aquello, que la noche anterior le había parecido una certeza fría en la boca del estómago, se le deshacía ahora entre los dedos como tiza mojada.

Y sin embargo el picor seguía ahí. Más hondo, más incómodo. Porque una parte de él, la que no sabía explicar con palabras y que casi siempre acertaba, se negaba a soltar. No había tenido tiempo de hablar con Inés y eso, quizá, era el causante de ese picor. Tendría que dejarlo estar. De momento.

Cuando llegaron al escenario, el West Side era un caos de luces azules idéntico al de la playa, con la diferencia de que aquí no había arena ni río, sino asfalto, hormigón y una plaza pequeña rodeada de edificios que multiplicaban el eco de las sirenas hasta volverlo insoportable.

El sonido rebotaba de fachada en fachada y le llegaba a Novak convertido en un amarillo chillón que le vibraba detrás de los ojos, un color de alarma que no venía de fuera sino de dentro, de la manera torcida que tenía su cerebro de traducir el mundo cuando el mundo se ponía así.

Se colocó los tapones antes de bajar del coche.

Amortiguaron el amarillo hasta un tono soportable. No mucho más.

La plaza era un cuadro al que le habían arrancado la alegría de un tirón.

Sillas plegables volcadas. Globos enganchados en los árboles, algunos todavía subiendo.

Un estrado con una tela azul que ya no era del todo azul.

Y las mantas térmicas —otra vez sí— cubriendo bultos repartidos por el suelo, entre puestos derribados y charcos que se secaban al sol de mediodía.

El olor del asfalto recalentado y de lo que el asfalto tenía encima le subió por la garganta y se le posó en la lengua con un sabor a cobre viejo, denso, el mismo que había arrastrado desde la playa dos días atrás y que empezaba a temer que no se le fuera nunca.

—Veintinueve —dijo Doyle, saliéndoles al paso.

Tenía la corbata floja, la cara gris y la libreta en la mano, y ya no quedaba en él nada del novato trepa del invierno anterior—.

Veintinueve muertos, de momento. Y otros tantos heridos.

Aquí había más gente que en la playa, y el que disparó tenía mejor sitio: los cazó como en una feria.

—Tragó saliva—. Estaban inaugurando la reforma del centro deportivo.

Les habían puesto piscina. ¡Piscina! Había niños que se iban a bañar en cuanto terminase el maldito acto político, Elias.

Otra vez niños. Están de vacaciones, no hay cole…

—Doyle. —Novak le puso una mano en el brazo—. Respira.

El detective tragó saliva y asintió.

—¿Quién presidía? —preguntó Moretti—. ¿Quién estaba en ese estrado?

—Un concejal. —Doyle consultó la libreta por inercia, aunque el nombre lo tenía ya grabado—.

Ray Whitlock. Distrito veintidós. Subió a soltar el discurso y fue de los primeros en caer.

Está ahí. —Señaló con la barbilla hacia el estrado de la tela azul—.

Le dieron de lleno, y luego le siguieron dando en el suelo. Se ensañaron.

Novak giró la cabeza hacia el estrado despacio.

Y al posar los ojos en aquella tela azul manchada de oscuro, sin que él lo llamara, el amarillo chillón de las sirenas se le encendió por dentro en un fogonazo naranja, breve y cegador, el color que le venía siempre que algo que parecía una cosa era en realidad otra.

No era una prueba. Nunca lo era. Era solo su cabeza cruzando los cables, avisándole de que en aquel estrado, en aquel hombre ensañado, había algo que no cuadraba con el resto de la matanza.

Apretó la mandíbula y dejó que el color se apagara solo.

—¿Fue de los primeros en caer? —repitió, en voz baja—. ¿Estás seguro?

—Eso dicen tres o cuatro testigos. Que el tío subió, dijo cuatro cosas, y en cuanto empezó el tiroteo fue uno de los que…

—Elias. —Moretti lo cortó, con una advertencia en la voz. Sabía adónde iba su cabeza, y sabía que no era el momento—. Aquí no.

No hubo tiempo de más, porque en ese momento apareció Hampsten.

Llegó como llegaba a todas partes: seco, recto, con el traje impecable pese a los treinta y ocho grados que hacían sudar al resto de la humanidad, cruzando el escenario del horror como si cruzara el vestíbulo de un hotel.

Detrás de él, dos hombres y una mujer con americana oscura, gafas de sol y esa forma de mirarlo todo sin mirar a nadie que Novak reconoció al instante.

Federales. Los conocía de lejos, como se conoce el olor de la lluvia antes de que caiga.

—Detectives. —Hampsten se detuvo ante ellos.

No perdió el tiempo en preámbulos—. Les pongo al día en dos frases, porque no hay más.

A partir de este segundo ataque, la investigación pasa a considerarse un caso de terrorismo doméstico.

El FBI asume el mando a través del Joint Terrorism Task Force.

—Hizo un gesto milimétrico hacia los tres de la americana oscura—.

La agente especial Cross y su equipo coordinarán a partir de ahora.

—¿Nos apartan? —La voz de Moretti sonó más dura de lo que probablemente pretendía.

—No —Hampsten la miró con esa frialdad educada que era peor que cualquier grito—.

Los reasignan. La policía de Chicago pasa a dar apoyo al operativo federal.

Conocen el terreno, conocen la ciudad, y eso es valioso.

Seguirán trabajando el caso, pero como apoyo.

Las decisiones, la línea de investigación y las comparecencias son del Bureau.

—Se ajustó el puño de la camisa—. Y la línea, para que no haya dudas, es la única que la ciudad puede soportar en este momento: un atacante.

Un individuo radicalizado actuando en solitario.

La agente Cross tiene cuarenta y ocho horas para ponerle nombre y rostro.

—¿Y si no es uno solo? —objetó Novak. Lo dijo bajo, casi sin voz, pero lo dijo.

Hampsten lo miró un largo segundo. Esta vez no hubo ni siquiera el parpadeo de fastidio de la playa. Hubo algo más frío: la mirada de un hombre que ha decidido que un subordinado es un problema pendiente de resolver.

—Detective Novak. —Cada palabra caía como una piedra plana sobre el agua—.

Dos ataques. Dos multitudes. Casi sesenta muertos, niños incluidos.

Si tiene usted una teoría alternativa, una que pueda sostener delante de la agente Cross, delante de la alcaldesa y delante de las cámaras que hay ahí fuera, este es el momento de exponerla.

Con pruebas. —Esperó. Un segundo. Dos—. ¿Las tiene?

Novak no tenía nada. Tenía casquillos agrupados, un crío sedado, tres balas juntas y un concejal que había caído de los primeros. Migas. Piedras en un bolsillo. Nada que aguantara delante de nadie.

—No lo sé —dijo.

—Entonces trabaje. Como apoyo. —Hampsten se dio la vuelta.

El golpe, bajo el barniz, era directo a la línea de flotación.

Novak lo encajó sin mover un músculo. Moretti, a su lado, apretó los puños, pero tampoco dijo nada.

Hampsten se alejó con dos de los federales hacia el puesto de mando, seco y recto entre las sábanas, y los dejó allí, en mitad de la plaza, degradados a comparsas en su propio caso.

—Hijo de puta —masculló Moretti entre dientes.

La agente Briana Cross no se fue con él. Se quedó, se acercó a los tres y les estrechó la mano, y ellos le correspondieron con una cortesía tirante.

—¿Qué me pueden contar, detectives?

—Que ya sé desde dónde disparó. —Novak no esperó a que le preguntaran nada más. Levantó el brazo y señaló al otro lado de la explanada—. Desde ahí. Íbamos para allá. Si quiere, acompáñenos.

Y echó a andar sin esperar respuesta, porque necesitaba subir a aquel hormigón antes de que el naranja se le apagara del todo, antes de perder el hilo de lo que su cabeza le estaba gritando a su manera.

Cruzó la plaza esquivando conos numerados y sábanas, con el sol machacándole la nuca y el amarillo de las sirenas volviendo a subir en cuanto los tapones se rendían un poco.

Moretti y Doyle lo siguieron. Cross, tras un segundo, también.

Al otro lado de la plaza, dominándola entera desde su geometría de hormigón gris, se alzaba un aparcamiento público de varias plantas.

Abierto por los lados, con esos muretes bajos entre pilar y pilar desde los que se veía —Novak lo calculó de un vistazo, y Cross a su lado también— absolutamente todo.

El estrado. La multitud. Cada metro de la plaza, servido en bandeja.

Subió por la rampa, planta a planta, leyendo el hormigón como había leído la arena de la playa: buscando la posición, el ángulo, la caligrafía del hombre.

Y el cuerpo se le adelantó a la cabeza, como siempre.

Fue el pie derecho, al pisar el rellano de la tercera planta, el que notó algo antes de que sus ojos lo confirmaran: una punzada de frío que le trepó por la pierna, y con ella el naranja otra vez, encendiéndose de golpe.

Levantó la vista. Ahí estaba. Un racimo de casquillos dorados brillando en el suelo gris, junto a un murete, entre dos pilares, con la plaza entera desplegada al fondo como un mapa.

El sol arrancaba destellos de latón a los casquillos, y a Novak esos destellos le llegaron con un tintineo agudo que nadie más podía oír, porque no sonaban: solo brillaban, y su cabeza convertía el brillo en sonido, y el sonido en la triste certeza de que había encontrado el sitio exacto.

Desde allí, un tirador con calma podía elegir a quién quería y cuándo. Podía, por ejemplo, buscar primero a un hombre concreto en un estrado azul, y darse el resto después.

Novak apretó los dientes y no dijo nada de eso.

—Jefe. —Doyle apareció por la rampa, resoplando—. Abajo, en la garita. Las cámaras interiores lo pillaron. Tienes que verlo.

Bajaron. En la garita de la entrada, un agente uniformado los esperaba con un portátil abierto sobre el mostrador y el encargado del parking al lado, blanco como un vampiro.

—Detective, esto tienen que verlo —dijo el uniformado.

Novak, Moretti y Doyle se agolparon alrededor de la pantalla sin dejar espacio para una Cross que, mucho más baja, intentó asomarse sin éxito. El agente rebobinó, buscó la marca de tiempo, y le dio al play.

La imagen era granulada, en un blanco y negro sucio de circuito barato, con la fecha y la hora corriendo en una esquina. Se veía la tercera planta, los coches aparcados, los pilares. Y entonces, entrando en cuadro por la izquierda, una figura.

Un hombre. Solo. Delgado, con una gorra oscura calada hasta las cejas y unas gafas de sol que le comían media cara, cargando una bolsa de deporte al hombro con la misma tranquilidad de quien va a jugar al golf.

No corría. No se escondía. Caminaba entre los coches como quien va a por el suyo, se agachaba un momento entre dos vehículos, y volvía a levantarse.

La cámara, colocada demasiado lejos y demasiado alto, no le sacaba el rostro; solo la visera, la mandíbula, la línea anónima de un chico que podía ser cualquiera de los dos millones de chicos de aquella ciudad.

Nadie en la garita respiraba.

En la pantalla, la figura se acercó al murete, se acomodó entre los dos pilares, y montó con parsimonia algo largo que sacó de la bolsa.

Se acodó. Se quedó quieto, apuntando hacia la plaza que quedaba fuera de cuadro, hacia el lugar donde en ese preciso instante, al otro lado del hormigón, Ray Whitlock abría los brazos y decía sus últimas palabras.

Y entonces, en el silencio del vídeo mudo, se veía el retroceso sacudirle el hombro.

Una vez. Y otra. Y otra.

—Hijo de perra —susurró Doyle.

Novak no dijo nada. Moretti tampoco. Cross, que por fin había conseguido ver las imágenes deslizándose como una gacela entre los cuerpos de los locales, cogió su teléfono y marcó, y se apartó junto a sus compañeros.

Los detectives miraban la pantalla sin parpadear, con la corriente fría recorriéndoles la espalda, mirando a los ojos —a las gafas oscuras donde deberían estar los ojos— del hombre al que toda la ciudad de Chicago buscaba, y que estaba allí, delante de ellos, moviéndose despacio en un vídeo granulado, sin rostro, sin nombre, apretando el gatillo con una calma que no era la de un loco.