Infierno Carmesí (Chicago Carmesí 2) EL PASTOR
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EL PASTOR

L e gustaba cómo lo hacían invisible.

No la gorra en sí, ni las gafas de sol baratas que había comprado en una gasolinera con billetes sueltos.

Era lo que hacían con él. Con la visera calada hasta las cejas y los cristales oscuros comiéndose sus ojos, dejaba de ser él para convertirse en otra persona.

Dejaba de ser el chico flaco al que los profesores no recordaban, el que sobraba en las fotos de grupo, el que podía estar veinte minutos en una tienda sin que el dependiente levantara la cabeza.

Tapado así, por fin era él quien decidía si el mundo lo veía o no.

Y el mundo, esa mañana, no lo veía. Pasaba por su lado y no lo veía.

Le parecía el poder más limpio que había tenido nunca: estar en todas partes y no estar en ninguna.

Subió por la rampa con manchas de grasa en el suelo del aparcamiento con las manos en los bolsillos y el paso de quien va a recoger su coche.

Tercera planta. Lo había elegido con cuidado los días anteriores, subiendo y bajando como un cliente más, midiendo con los ojos: la tercera planta estaba a la altura justa, ni tan abajo que la gente de la plaza pudiera verle, ni tan arriba que perdiera el detalle.

Y daba a la rampa de salida. Cuarenta segundos, había cronometrado.

Cuarenta segundos desde el hueco entre los pilares hasta estar rodando calle abajo, mezclado con los demás coches, un vehículo anodino más en una mañana de lunes.

El Faro estaría orgulloso.

Abajo, en la plaza, la fiesta estaba en su apogeo.

Habían montado un pequeño estrado con una tela azul y una pancarta que él no se molestó en leer.

Algo de un centro comunitario, una reforma, una inauguración.

Le daba igual. Lo que le interesaba era la gente: doscientas personas, trescientas, apretadas al sol entre los puestos y las sillas plegables, con globos, con críos de vacaciones correteando, con esa felicidad de rebaño que le revolvía el estómago.

Gente que había salido de casa un lunes de verano a celebrar que existía. A ocupar el aire.

Sacó el AR-15 de la bolsa de deporte, sin prisa, agachado entre dos coches aparcados.

Le temblaban un poco las manos, pero era un temblor bueno, de anticipación, no de miedo.

Encajó el cargador. Clic. El sonido le supo a gloria.

Después, con el pulgar, movió el pequeño interruptor que el Faro le había indicado cómo conseguir, esa pieza minúscula que valía por sí sola más que el fusil entero y que convertía el arma en otra cosa: ya no un disparo por cada presión del dedo, sino un chorro, una manguera de plomo.

Automático. El Faro le había dicho que aquello lo cambiaba todo, que multiplicaba por diez lo que un solo hombre podía hacer en cuarenta segundos, y él lo había practicado en el campo hasta aprender a domar el tirón.

Y entonces, como si el mundo se lo pusiera fácil, un hombre subió al estrado.

Traje claro, sonrisa ancha, los brazos abiertos hacia la multitud como si fueran todos suyos.

Un micrófono chirrió. La gente aplaudió.

El hombre se llevó una mano al pecho, halagado, y dijo algo que los altavoces escupieron distorsionado por toda la plaza y que llegó hasta la tercera planta del aparcamiento con una nitidez de milagro:

—¡Los barrios se lo merecen todo!

La multitud rugió. El hombre del traje claro alzó los dos brazos, creciéndose, bebiéndose el aplauso.

Él sonrió detrás de las gafas.

«Fíjate siempre en los que se ponen delante.

» La voz del Faro le subió del fondo de la memoria, tranquila, exacta, como si estuviera arrodillado a su lado entre los coches.

«Los pastores son peores que el rebaño. El rebaño solo sigue.

Los pastores los llevan al matadero sonriendo y encima les hacen dar las gracias. »

Ahí estaba su pastor. Con su traje claro y sus brazos abiertos y su sonrisa de dueño del mundo, ofreciéndose en bandeja, más alto que nadie, iluminado por el sol sobre su estradito de tela azul. El muchacho no sabía su nombre. No le hacía falta. Sabía lo que era, y con eso bastaba.

Apoyó el fusil sobre el murete de hormigón, entre dos pilares, buscó al hombre del traje por encima del punto de mira, y respiró.

«Vas a dudar un segundo, justo antes. Todos dudan.»

Tomó aire, fuerte, hasta tres veces. Después apretó el gatillo, y el mundo se convirtió en música.

El arma cobró vida en sus manos con un rugido continuo, distinto a todo lo que había sentido practicando disparo a disparo: ahora era un solo trueno que no se detenía, que tiraba de él hacia arriba y hacia la derecha, y que tuvo que pelear para mantener a raya.

La primera ráfaga alcanzó al hombre del traje claro en pleno pecho, en mitad de una palabra, y lo arrancó del estrado como si un cable invisible tirara de él hacia atrás.

Los brazos, que un segundo antes abrazaban a la multitud, se abrieron aún más, grotescos, y el cuerpo desapareció detrás de la tela azul.

El chico sintió una descarga de placer tan pura que casi le dolió.

Mantuvo el dedo apretado sobre el bulto caído, machacando la tela azul que ahora florecía de oscuro, asegurándose, saboreándolo, hasta que estuvo seguro de que aquel pastor no iba a volver a abrir los brazos nunca más.

Y solo entonces levantó la puntería y se dio el resto como premio.

Barrió la plaza de un extremo a otro. Lo que hasta un instante antes era una celebración se deshizo en el aire, se rompió como un plato contra el suelo.

La gente tardó ese segundo eterno en entender —siempre tardaban ese segundo, y ese segundo era suyo, solo suyo— y después estalló en todas direcciones a la vez, una marea de cuerpos que gritaban, que caían, que se pisaban buscando salidas que no había.

Las sillas plegables volaban. Los globos subían al cielo, ajenos, mientras debajo la gente se derrumbaba.

Un puesto de limonada se vino abajo. Una madre corría agarrando a dos niños de las muñecas, arrastrándolos casi en volandas, y él la siguió con el punto de mira solo por el gusto de sentir que podía, que la vida de aquella mujer estaba en su dedo, y luego la dejó ir, magnánimo, y eligió a otro.

Era él quien elegía. Por primera vez en su vida, todo lo que pasaba ahí abajo lo decidía él.

Le parecía algo hermoso. No encontraba otra palabra.

Desde la altura, con el sol pegando en el hormigón y los ecos de sus propios disparos rebotando entre las plantas del aparcamiento, era lo más parecido a ser Dios que iba a sentir jamás.

El ruido no lo asustaba. El ruido era suyo.

Cada estampido le salía de dentro, de años y años de silencio, de invisibilidad, de nada, y se estrellaba contra la ciudad y le dejaba una firma que ya nadie podría borrar.

«Mañana medio país va a saber que existes.

» En realidad ya lo sabría el país entero y casi todo el mundo.

El arma se quedó muda de golpe: cargador vacío. Con el automático se gastaba en un suspiro, eso también se lo había advertido el Faro. Soltó el cargador, encajó otro, tiró de la palanca. Clic. Y siguió.

No supo cuánto duró; el tiempo, en esos momentos, se estiraba y se encogía como el caramelo.

Pero llegó ese instante en que la plaza se quedó casi vacía de blancos en pie, sembrada de bultos quietos y de bultos que se arrastraban, y en que a lo lejos, muy lejos todavía, le pareció oír la primera sirena naciendo.

Cuarenta segundos.

Se levantó sin prisa. Le zumbaban los oídos, y ese zumbido también le gustaba, era la prueba de lo que había hecho.

Desmontó el arma con los gestos que había practicado mil veces en la oscuridad de su cuarto, la guardó en la bolsa de deporte, se colgó la bolsa del hombro.

Un chico cualquiera con su bolsa de gimnasio.

Se ajustó la gorra, se subió las gafas por el puente de la nariz y caminó hacia su coche con las manos tranquilas, mientras a su espalda, tres plantas más abajo, el mundo se desangraba sobre el hormigón caliente.

Entró en el coche. Arrancó. Bajó la rampa despacio, sin quemar rueda, cediendo el paso a la barrera como un cliente educado, pagó con unas monedas sucias y salió a la calle justo cuando el primer coche patrulla pasaba de largo hacia la plaza, sin mirarlo, sin verlo, sin saber que el hombre al que buscaban acababa de cruzarse con ellos a diez metros.

Invisible. Como siempre. Pero ahora sabía un secreto que lo hacía sonreír al volante, un secreto caliente que le llenaba el pecho: ser invisible ya no era una condena.

Era un arma.

Condujo hacia el sol, tranquilo, con la radio apagada, saboreando el silencio antes de que el mundo entero, en cuestión de minutos, empezara a gritar su obra a los cuatro vientos.

Y no miró atrás ni una vez.