Infierno Carmesí (Chicago Carmesí 2) RETIRO
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RETIRO

E n Christ in the Wilderness no había relojes, pero Inés no los necesitaba: llevaba el horario en el cuerpo.

Se despertaba con la primera claridad, antes que nadie, y para cuando el sol despegaba del horizonte ya estaba en la pradera de la loma, descalza sobre la hierba todavía húmeda, esperando a su pequeño rebaño de almas cansadas.

—Llevad el peso a las plantas de los pies —dijo, con esa voz baja y templada que no necesitaba alzarse para que la oyeran—.

Sentid la tierra. No la imaginéis. Sentidla.

Está fría todavía. En una hora estará caliente.

Vosotros no. Vosotros vais a quedaros aquí, en este momento, donde la tierra aún está fresca.

Los nueve, en fila sobre sus esterillas, cerraron los ojos.

Inés caminó entre ellos sin hacer ruido, corrigiendo una postura con dos dedos, posando una mano en una espalda que temblaba.

El sol subía despacio sobre los campos ondulados del noroeste de Illinois, dorando la hierba alta, y el único sonido era el viento y, de fondo, la algarabía de los pájaros despertándose.

Allí arriba el calor de julio que aplastaba Chicago a dos horas de distancia era otra cosa: seco, limpio, soportable. Un calor que se podía respirar.

Aquel era el mundo que Inés había construido para sí misma, año a año, con paciencia.

Un mundo sin pantallas, sin bocinas, sin urgencias.

Un mundo en silencio. Y lo había construido, aunque no le gustara admitirlo, como quien levanta un dique: para protegerse de la corriente que la había arrastrado toda la vida.

Su familia.

Los quería. Dios sabía cuánto los quería.

Pero su padre era lo contrario de aquella loma en silencio: era ruido, era causa, era batalla permanente.

Un hombre que no concebía vivir sin algo entre los dientes por lo que pelear, y cuya última pelea lo había devorado entero.

Reuniones, pancartas, plenos, abogados. Inés había crecido a la sombra de esa intensidad y, de adulta, había entendido que para no arder tenía que apartarse del fuego.

Su padre lo vivía como una traición. «Tú también eres de aquí», le repetía.

Y ella, agotada, le respondía que ser de un sitio no la obligaba a morir por él.

La última conversación había sido por teléfono, la víspera de entrar al retiro.

Él insistiendo en que se acercase, que era importante, que la gente preguntaba.

Ella puso sus excusas, que iría al siguiente acto, sabiendo que no iría.

Colgaron sin enfadarse, pero también sin decirse nada de lo que importaba. Como siempre.

—Abrid los ojos —dijo Inés a su grupo, en voz baja—. Despacio. Sin prisa. El día os va a estar esperando igual dentro de un minuto.

Los nueve abrieron los ojos con calma, parpadeando contra la luz, con esa expresión algo aturdida y algo agradecida de quien vuelve de un sitio bueno.

Una de las mujeres, la abogada, tenía las mejillas húmedas.

Inés le sostuvo la mirada un segundo y asintió.

No hacía falta más. Después los despidió hacia el desayuno con un gesto suave de las manos, y se quedó sola en la pradera, recogiendo las esterillas, en paz consigo misma.

Se prometió que, al volver a la ciudad, las cosas con su padre serían distintas. Que tendría más paciencia. Que aprendería a quererlo sin huir de él.

Por la carretera comarcal, a varios kilómetros, un Dodge Hornet gris levantaba una nube de polvo entre los maizales.

—¿Seguro que es por aquí? —Moretti iba al volante, entrecerrando los ojos contra el sol—. Llevamos veinte minutos sin ver una casa. El GPS se rindió hace rato.

—Después del silo rojo, a la derecha por el camino de tierra. —Novak miraba las colinas por la ventanilla—. Ya has escuchado al hombre del cruce.

—Hemos pasado tres silos.

—El rojo, Vannie.

Moretti masculló y giró por el camino de tierra.

El coche dio un bandazo y una piedra repiqueteó contra los bajos con un chasquido que a Novak le subió por la columna como una astilla.

Apretó los dientes y se concentró en el paisaje.

Era hermoso, de una hermosura ancha y silenciosa que le recordaba a su cañón de Starved Rock, esa quietud que tan pocas veces encontraba.

En otras circunstancias habría parado el coche solo para escucharla.

Lo estropeaba saber a lo que iban.

—Sigo diciendo que esto se hace con una llamada —insistió Moretti—. No conduciendo dos horas. Acaba de perder a su padre. No va a estar para preguntas.

—Es la única persona viva que lo conocía por dentro. Si alguien lo quería muerto, ella está más cerca que nadie de saber por qué. Aunque no sepa que lo sabe.

Coronaron una loma y apareció el retiro: un puñado de cabañas de madera dispersas entre los árboles, una casa común con porche corrido y un cartel discreto clavado en un poste. CHRIST IN THE WILDERNESS. Nada más.

—Joder —murmuró Moretti, deteniendo el coche sobre la grava—. El fin del mundo. Aquí no hay ni cobertura.

—Tienen todo lo que necesitan, hasta teléfono por línea de cobre.

Bajaron. El calor seco del campo los recibió, distinto al de la ciudad, casi amable. Y entonces Novak la vio.

Venía bajando por el sendero de la loma con un montón de esterillas enrolladas bajo el brazo, descalza, con un pantalón de lino claro y el pelo oscuro recogido con descuido.

No caminaba como alguien que acaba de perder a su padre, claro que tampoco lo sabía.

Caminaba erguida, ligera, con una serenidad que parecía pertenecer a aquel paisaje.

Pero cuando estuvo más cerca y vio los dos coches que no conocía, y a los dos desconocidos junto a ellos, algo en su paso cambió.

No mucho. Lo justo. Como quien presiente, sin razón aún, que la calma se le ha terminado.

Se detuvo a unos metros. Los miró. Tenía unos ojos oscuros, tranquilos, que no preguntaban con miedo sino con una especie de cansancio anticipado.

—Son policías —dijo. No era una pregunta.

—¿Inés Quiñones? Soy el detective Elias Novak. —Él dio un paso, y le sorprendió a sí mismo la suavidad con que le salió la voz—. Ella es la detective Moretti.

—Si andan buscando a algún psicópata, no puedo garantizar que mis alumnos no lo sean. Aquí la gente viene con muchas taras.

A Novak le gustó el desparpajo de la mujer. Así que tosió y le dejó a Moretti el marrón de la mala noticia.

—¿Podemos sentarnos en algún lugar?

La mujer les señaló los escalones del porche, y Vanessa, con desgana, se sentó. Inés la imitó y miró a Elias para que se uniera. El detective, a regañadientes, obedeció.

Inés escuchó lo que Moretti le contó, serena, apenas sin parpadear.

No lloró. No preguntó qué hacían allí. Solo se quedó mirando a Novak con esos ojos serenos, y Novak le sostuvo la mirada, y por un instante —uno solo, antes de que ninguno de los dos pudiera evitarlo— descubrió algo en aquellos ojos.

No supo qué. Una corriente. Un reconocimiento.

La sensación incómoda y absurda, allí, en el peor momento posible, de estar frente a alguien que respiraba el mismo aire raro que él, esa necesidad de silencio que casi nadie entendía.

Novak apartó la vista primero. Le pareció lo decente.

—¿Están ustedes seguros de eso?

—Por desgracia, sí —respondió Novak.

—Es que no ha sonado el teléfono. Lo tengo solo para emergencias…

—Hemos venido a contárselo en persona.

Inés calló. Unió puntos en su mente.

—Dice que ha sido un tiroteo y que han muerto más personas. ¿Han ido casa por casa de todas las víctimas?

Novak y Vannie se miraron sin saber qué decir.

—No. Ustedes han venido por otra cosa.

—Hemos venido a hablar de su padre —concedió Novak.

Algo cruzó el rostro de Inés. Una sombra antigua, conocida.

—Mi padre… —inició en voz baja—, quiere salvar a todo el mundo y no es capaz de cuidar ni de sí mismo.

Y por primera vez le tembló un poco. No pudo continuar. A Moretti le encogió el corazón al escuchar a la mujer hablar de su padre en presente.

Se hizo un silencio. El viento movía la hierba. Desde la casa común llegó, apagado, el rumor de los nueve desayunando, ajenos por completo a que la mujer que cada mañana los devolvía a la calma acababa de salir, ella sí, de la suya para siempre.

—Denme un minuto —dijo Inés al fin, recogiendo las esterillas.

Entró en la casa, se escucharon murmullos y poco después salió.

—Tengo media hora. Mi gente ha venido a desconectar del mundo. No voy a meterles el mundo en el desayuno. Demos un paseo.

Echó a andar hacia un sendero que se internaba entre los árboles, descalza sobre la tierra, sin esperar a ver si la seguían.

Novak fue tras ella. Moretti, un paso por detrás, miró a su compañero, miró a la mujer, y volvió a mirar a su compañero con una ceja levantada, esa mueca suya que no decía nada y lo decía todo.

Antes de perder de vista la casa, escucharon un ring ring característico de un teléfono fijo.

Inés miró a los policías y salió corriendo para la casa.

—¿Qué pasa, jefe? —preguntó Moretti.

—Lo mismo alguno de los compañeros la está avisando de lo mismo que nosotros. ¿No le has dejado claro a Doyle que veníamos? —preguntó. —Claro que sí, y no dije ni pío más. Que está muy preguntón. Solo le di el nombre del lugar…

Inés salió de nuevo de la casa y esta vez a paso ligero.

—Es para ustedes —dijo—, es un tal detective Doyle.