Infierno Carmesí (Chicago Carmesí 2) INVERNADERO
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INVERNADERO

—A ver si lo he entendido. —Dejó el vaso sobre la mesa—.

Tenemos al peor tiroteo masivo de la historia de esta ciudad.

Veintiocho muertos. El capitán pidiendo un nombre para ayer, la prensa acampada abajo y a los federales calentando motores.

¿Y tú quieres que dediquemos el día a investigar a uno de los cadáveres como si fuera el malo de la película?

—No el malo. Como si fuera el móvil.

—Es lo mismo dicho de otra manera. —Moretti se inclinó hacia delante—.

Elias, escúchame, porque te lo digo como compañera y como amiga.

Lo que hay que hacer en un caso así está escrito.

No me lo invento yo. Primero: cámaras. Hay cámaras de tráfico en el puente de la Veintiséis, en las dos gasolineras de la entrada al polígono y en el Diner de Pulaski.

Una furgoneta blanca que entra y sale de esa zona el sábado por la tarde tiene que estar grabada en alguna parte. Ya hemos pedido las imágenes…

—Las furgonetas blancas son el coche más común del país, Vannie. Habrá doscientas —interrumpió Elias.

—Pues descartamos ciento noventa y nueve. Eso es el trabajo. —Levantó un dedo—. Segundo: telefonía. Ya están pedidas a las operadoras el volcado de todas las antenas que dieron servicio en esa zona en la franja del tiroteo.

—Si el tirador cometió la imprudencia de llevar teléfono, ten por descontado que no estará a su nombre.

—Tercero —siguió ella, ignorándolo—: matrículas.

Los lectores automáticos de las salidas de la interestatal.

Cuarto: el arma. Ochenta y tantos casquillos, mismo lote, balística nos tiene que echar un cable aquí: de dónde salió, por ejemplo.

Quinto: redes. Rastreamos foros, reivindicaciones, manifiestos.

Los que hacen esto casi siempre dejan un rastro digital, escriben algo, avisan a alguien.

—Se echó hacia atrás, cruzando los brazos—.

Eso es una investigación, Elias. Eso da resultados.

Lo tuyo es ponerte a escarbar en la vida de un fontanero jubilado porque tres balas cayeron juntas.

—No cayeron juntas. —Novak hablaba bajo, sin alterarse, que era su manera de plantarse—. Las disparó juntas. Hay una diferencia.

—Eso lo dices tú. Sarah dice que es una coincidencia estadística, y Sarah sabe más que tú y que yo juntos de balas y de cuerpos.

—Sarah dice que probablemente es una coincidencia. Probablemente. No lo mismo.

Moretti resopló y miró al techo, buscando paciencia en los plafones manchados.

—Todo lo que has dicho hay que hacerlo —concedió Novak—.

No estoy diciendo que no. Las cámaras, las antenas, las matrículas, todo.

Que se ponga el equipo. Doyle puede coordinarlo, es bueno en eso y le encanta.

Pero todo eso, Vannie, te va a decir cómo.

Qué furgoneta, qué arma, por dónde entró y por dónde se fue.

Y a lo mejor, con suerte y dentro de tres semanas, te da un nombre: el del tirador.

—¿Y eso te parece poco?

—Me parece la mitad. —Se inclinó hacia ella—.

Porque suponte que lo cogemos. Suponte que dentro de un mes tenemos al chico que apretó el gatillo esposado en una sala.

Un don nadie, un perturbado, lo que sea.

¿Y luego qué? Si solo investigamos el cómo, cerramos el caso ahí.

Lobo solitario, justo lo que quiere Hampsten.

Carpetazo. —Hizo una pausa—. Pero si yo tengo razón, si esas tres balas significan lo que creo, entonces el chico del gatillo es lo de menos.

El chico es el arma. Alguien lo apuntó. Y ese alguien sigue ahí fuera, tan tranquilo, viendo cómo enterramos a su víctima entre otras veintisiete y le ponemos una etiqueta de «tragedia sin sentido».

—Te estás escuchando a ti mismo, ¿verdad? —Moretti negó con la cabeza, pero algo en su voz había bajado medio tono—. No tienes ni un móvil. No tienes nada. Solo una teoría preciosa que no aguanta cinco minutos delante de un fiscal.

—Por eso quiero mirar a Quiñones. Porque el móvil, si lo hay, no está en las cámaras ni en las antenas.

Está en él. Está en quién era, en sus trapos sucios.

—Novak abrió las manos—. El cómo lo cuentan los casquillos, las matrículas, los teléfonos móviles.

El porqué solo lo cuenta la víctima. Y si miramos quién querría muerto a este hombre y no encontramos a nadie, perfecto: me callo, te doy la razón, archivamos mi teoría y a otra cosa.

Pero si encontramos a alguien… —Dejó la frase en el aire.

Moretti lo miró un buen rato. Era la mirada de quien sabe que su compañero está probablemente equivocado y, a la vez, que las veces que se había puesto así, bajito y terco, no solía estarlo.

—Lo que me jode —dijo por fin— es que Hampsten nos ha dado cuarenta y ocho horas para un nombre. Si gastamos el día en tu fontanero y no sale nada, mañana no tenemos ni el nombre ni la cabeza sobre los hombros.

—Por eso no se lo decimos a Hampsten todavía.

—Por eso me vas a meter en un marrón, querrás decir.

—Hagamos una cosa. —Novak se levantó, dando por hecho que había ganado, que era su forma menos elegante de ganar—.

Doyle le pedirá a compañeros e la división que le ayuden, que arranque todo el procedimiento.

Cámaras, antenas, matrículas, balística, redes.

Todo por el libro, todo para Hampsten, todo lo que tú dices, que tienes razón en que hay que hacerlo.

Tú y yo, mientras tanto, dedicamos hoy. Un día.

A mirar quién era Tomás Quiñones. Si al final de la tarde es lo que parece, un viejo sin enemigos que tuvo la peor suerte del mundo, lo dejo. Te lo prometo.

—¿Un día?

—Un día.

Moretti apuró el café helado de un trago largo, aplastó el vaso de plástico en el puño y lo lanzó a la papelera del rincón. Entró limpio.

—Empieza tú a buscar, anda —dijo, levantándose—. Yo voy a poner a Doyle con lo de las cámaras antes de que Hampsten baje a preguntar por qué no hemos hecho nada. Y que conste que esto lo hago porque no me fío de dejarte solo, no porque me crea una palabra.

—Que conste en acta.

Se miraron y ella casi le sonrió antes de abandonar aquel invernadero. No sabía, ninguno de los dos, que se estaban metiendo en otro lugar con más temperatura.