Infierno Carmesí (Chicago Carmesí 2) CASQUILLOS
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CASQUILLOS

N ovak no durmió.

Llegó a su apartamento de Andersonville pasadas las dos y media, se duchó con agua fría; se tumbó en la cama bajo el ventilador del techo girando a máxima potencia y cerró los ojos.

Pero el sueño no vino. En su lugar lo visitaron las dos imágenes, una detrás de otra, en bucle: el chico bajo el embarcadero diciendo: paró, miró, buscó, y los tres orificios agrupados en el pecho de un hombre mayor con manos de obrero.

Dos piedras dando vueltas en el mismo bolsillo, chocando entre sí en la oscuridad.

Y con ellas, sin que pudiera evitarlo, llegó lo de siempre: el bucle se le tiñó de color.

Un rojo intenso, casi negro, el de la sangre seca sobre la arena, latiendo detrás de los párpados al ritmo de las dos imágenes, encendiéndose y apagándose, una luz que no sabía apagar.

Sabía por experiencia que, cuando un caso se le enganchaba así, la sinestesia se atascaba con él y no lo soltaba hasta que entendía algo.

Todavía no entendía nada. Solo el rojo, una y otra vez.

A las seis renunció. Hizo café, se sentó a la mesa de la cocina con el portátil y empezó a trabajar mientras la ciudad, al otro lado de la ventana, se desperezaba ya sudando.

Poco después tenía abierto el plano del escenario que los de criminalística habían subido al sistema durante la noche: una vista cenital de la playa de Riverside Flats con la posición de cada cono numerado, cada casquillo, cada cuerpo.

Un mapa de puntos. Novak lo miró largo rato, con el café enfriándose a su lado, dejando que el dibujo le hablara.

Los cuerpos estaban repartidos por toda la playa, sin patrón, como pétalos arrancados y esparcidos por el viento. Caos. Una matanza al azar.

Pero Novak no miraba los cuerpos. Miraba los casquillos.

Porque los casquillos no mienten. Un cuerpo se mueve: la víctima corre, se gira, cae, se arrastra, y puede acabar a diez metros de donde la hirieron.

Un casquillo, en cambio, cae donde el arma lo escupe, y se queda ahí.

La nube de casquillos dibujaba el movimiento del tirador, su ritmo, hacia dónde apuntaba en cada instante. Era su caligrafía.

Novak fue siguiendo esa caligrafía con el dedo sobre la pantalla, despacio, reconstruyendo el barrido.

Y la mayor parte le confirmó lo evidente: una dispersión amplia, regular, de izquierda a derecha y de vuelta, casquillos repartidos de manera más o menos homogénea por todo el arco de tiro.

El abanico de un hombre que riega una multitud sin mirar a nadie en concreto.

Salvo en un punto.

Había una zona, hacia el centro-izquierda del arco, donde los casquillos se apelotonaban.

Una concentración densa, una mancha más espesa que el resto, como si durante unos segundos el arma se hubiera quedado quieta, vomitando proyectiles en una única dirección antes de volver a barrer.

Novak amplió esa zona. Contó. Donde en el resto de la playa había, a lo sumo, cinco o seis casquillos por metro cuadrado, allí había más de veinte agrupados en un palmo.

El tirador se había detenido. Se había plantado.

Había vaciado media docena de disparos hacia un mismo sitio. Y después había seguido como si nada.

Paró. Miró. Buscó.

Y en ese punto denso del plano, esa mancha de casquillos apelotonados, el rojo de detrás de los ojos se le encendió de golpe, más fuerte, como si la mancha de la pantalla y la de su cabeza fueran la misma.

No era una prueba. Nunca lo era. Era solo su cerebro cruzando los cables, avisándole a su manera torcida de que ahí, justo ahí, había algo que ocultaba algo.

Novak había aprendido a no fiarse de aquello. Y a no ignorarlo nunca.

Novak trazó con el dedo una línea recta desde la posición del tirador —el racimo de conos junto a la valla del aparcamiento— hasta el punto donde los casquillos se concentraban.

La línea cruzaba la playa y terminaba justo encima del rectángulo que en el plano marcaba la carpa del puesto de la asociación de vecinos.

La mesa volcada. Los folletos. La pancarta descolorida que él mismo había mirado un segundo y había dejado estar.

Abrió el listado de víctimas y buscó las que habían caído en esa zona.

Tres nombres. Cruzó los tres con el informe preliminar de Sarah, el que ella había prometido subir «como agrupación anómala».

Y ahí estaba: de los tres, dos presentaban heridas dispersas, compatibles con el caos general.

El tercero, no. El tercero tenía tres impactos juntos en el pecho, agrupados en el espacio de una mano, todos con la misma trayectoria.

Tomás Quiñones. Sesenta y siete años.

Novak se echó hacia atrás en la silla. El ventilador del techo giraba sobre él, removiendo el aire caliente de la cocina, y por una vez no le molestó el ruido. Estaba en otra parte.

No tenía nada. Lo sabía. Tenía la palabra confusa de un crío sedado que él mismo había dudado, una agrupación de casquillos que la estadística podía explicar, y tres balas juntas que Sarah, que sabía mil veces más que él de aquello, había calificado de coincidencia.

Cualquier fiscal, cualquier capitán, cualquier persona razonable le diría que estaba viendo dibujos en las nubes.

Que con ochenta y tantos disparos sobre una multitud, era inevitable que en alguna parte se formara un grumo.

Que un hombre que se queda quieto medio segundo de más se lleva tres seguidas, y ya está.

Y sin embargo…

Sin embargo, todo lo que su instinto había sentido en la playa —aquel vértigo ante la nada, ante la violencia sin foco— cobraba de pronto una forma distinta y mucho peor. ¿Y si la nada era el disfraz?

Lo pensó despacio, con cuidado, dándole vueltas como quien examina algo afilado para no cortarse.

Si querías matar a un hombre y que nadie supiera nunca que era a él a quien querías matar, ¿qué mejor manera que ahogar ese asesinato entre otros veintisiete?

¿Quién buscaría un objetivo concreto en una masacre sin sentido?

Nadie. Todo el mundo vería lo que veía Hampsten: un loco con un fusil.

Un acto de terror sin rostro. Y el verdadero blanco quedaría enterrado para siempre bajo las otras víctimas, indistinguible, una más entre muchas.

Era una idea monstruosa. Y era, también, demasiado limpia para no tirar de ella.

Novak miró de nuevo el plano, la línea recta que unía al tirador con la carpa de los vecinos, con el hombre de las manos encalladas. No sabía quién era Tomás Quiñones. No sabía por qué alguien querría su muerte hasta el punto de organizar aquello.

Tenía solo una pregunta, y la pregunta era tan sencilla como terrible: ¿y si esta playa no era el crimen, sino la coartada?

Cogió el teléfono y llamó a Moretti. Tardó cuatro tonos en contestar, con la voz pastosa de quien tampoco había dormido demasiado.

—Son las siete y media de la mañana, Elias. Me caigo de sueño.

—Necesito que mires una cosa conmigo.

—¿No puede esperar a que me tome un café?

—Tómatelo de camino. —Novak ya estaba de pie, buscando las llaves—. Quiero saberlo todo sobre uno de los muertos.

Hubo un silencio al otro lado. Cuando Moretti volvió a hablar, la pereza había desaparecido de su voz. Lo conocía demasiado bien.

—¿Sobre cuál?

Novak miró la pantalla por última vez antes de cerrar el portátil. El nombre seguía allí, subrayado por su propio dedo, negándose a marcharse igual que llevaba negándose desde la madrugada.

Se lo contó.

—Y, Vannie, de momento que no se entere Hampsten. Esto, por ahora, es tuyo y mío.

—Miedo me das.

—Miedo dará si se confirma.

Colgó. Fuera, el sol de las ocho y media ya pegaba contra los cristales, y la ciudad entraba en su décimo día de horno. Pero Novak, por primera vez desde que había bajado del cañón, no notaba el calor. Notaba, casi por llevar la contraria, un frío extraño en la planta de los pies.