Infierno Carmesí (Chicago Carmesí 2) 28
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E l depósito del Instituto Forense del Condado de Cook estaba a doce grados, y a Novak siempre le había parecido el único sitio de Chicago donde el frío era una bendición y no una agresión.

Aquella noche, después del horno de la playa, bajar las escaleras hacia las salas refrigeradas fue como sumergirse en agua limpia. El problema era todo lo demás.

Porque el frío venía con sus acompañantes de siempre: el zumbido de los fluorescentes, que a Novak le entraba por detrás de los ojos como un alambre vibrando; el olor a formol y a desinfectante industrial, que sus sentidos traducían en un sabor a moneda chupada; y, sobre todo, el ruido del metal.

Las bandejas, los instrumentos, las puertas de las cámaras al cerrarse con ese chasquido neumático que le recorría los dientes.

Se ajustó los tapones antes de entrar y respiró tres veces. No serviría de mucho, pero ayudaba.

La sala principal estaba a rebosar. Nunca la había visto así.

Las camillas se alineaban en dos hileras, ocupadas, con las bolsas negras cerradas, y aun así no daban abasto: había cuerpos esperando en las cámaras, otros en una sala anexa habilitada de urgencia.

Veintiocho personas no caben en un depósito pensado para el goteo normal de una ciudad, por mucha ciudad que sea.

Dos auxiliares se movían entre las camillas con la eficiencia callada de quien lleva horas sin levantar la cabeza.

Sarah Miller estaba al fondo, inclinada sobre una de las mesas de acero, con la bata salpicada y el pelo recogido bajo un gorro de papel.

Levantó la vista cuando lo oyó entrar. Tenía ojeras de dos turnos seguidos y esa palidez que da el trabajar de noche bajo luz blanca, pero los ojos seguían despiertos, afilados.

—Vaya, el detective de vacaciones —dijo, sin dejar la pinza que tenía en la mano—. Pensé que estarías en tu cabaña abrazado a un árbol.

—Lo han talado.

—Ya veo. —Una media sonrisa, breve, cansada—. ¿Vannie no viene?

—Está arriba, con el papeleo. —Novak se acercó a la mesa, manteniendo la distancia justa—. ¿Cómo estás, Sarah?

Era una pregunta de verdad, no de cortesía, y los dos lo sabían.

Hubo un segundo en que algo del viejo magnetismo cruzó el aire entre ellos, aquel asunto que nunca llegó a ninguna parte y que el invierno pasado se había cerrado solo, sin necesidad de palabras, cuando Novak entendió por fin dónde estaba puesto el corazón de la forense.

Ahora quedaba esto: una cordialidad gastada, cómoda, de dos personas que se quieren bien y han decidido quererse así.

—Estoy hasta arriba de muertos, Elias. Literalmente. —Señaló la sala con la barbilla—. Llevo aquí desde las siete de la tarde y voy por el número once. Me han mandado dos refuerzos del Estado, pero esto es… —Dejó la frase a medias. No hacía falta terminarla.

—¿Doyle se ha pasado por aquí ya?

—Hace un rato. Ahora es detective y se le nota: bajó, miró, se puso verde y subió a coordinar a los de criminalística. —Lo dijo sin malicia—. Le sienta bien el ascenso. Está más serio. Menos lameculos.

—Que no te oiga Moretti decir eso, que aún le tiene cariño a llamarle novato.

—A Moretti ya sé yo cómo evitarla. —Lo dijo con una naturalidad que solo ellos dos podían entender, y volvió a su trabajo.

Novak rodeó la mesa para mirar lo que ella tenía delante. Un hombre de mediana edad, fornido, con el torso abierto en la incisión en Y. Apartó la vista de la cara, por costumbre, y se centró en lo técnico, que dolía menos.

—¿Algo que deba saber?

—Lo de siempre y nada bueno. —Sarah dejó la pinza en la bandeja con un tintineo que a Novak le erizó la nuca—.

Calibre compatible con fusil semiautomático, lo confirmará balística, pero a ojo es lo mismo en todos.

Heridas múltiples, trayectorias muy variadas.

Esto fue rápido y fue caótico. La gente cayó corriendo, girándose, agachándose.

Lo ves en los ángulos de entrada: no hay dos iguales.

Un disparo por la espalda, otro de costado, otro casi desde arriba en el que ya estaba en el suelo. Un horror sin orden ni concierto.

—Disparos al azar.

—Disparos al azar. —Sarah se quitó un guante y se frotó el puente de la nariz—. Salvo…

Novak no dijo nada. Esperó. Había aprendido hacía mucho que las mejores cosas que decía Sarah venían después de un «salvo».

—Ven. —Lo guió hasta otra mesa, dos puestos más allá, donde reposaba otro cuerpo cubierto con una sábana hasta el pecho.

Un hombre mayor, de unos sesenta y tantos, con el pelo cano y las manos encallecidas de quien ha trabajado con ellas toda la vida.

Sarah retiró la sábana un poco más y señaló con el meñique enguantado—. Este me ha hecho parar.

Novak se inclinó. En el pecho del hombre, agrupados en un espacio del tamaño de una mano abierta, había tres orificios. Limpios. Juntos. Casi alineados.

—Tres impactos —dijo Sarah—. Aquí, aquí y aquí. Mismo plano, agrupados, todos de delante hacia atrás y de arriba abajo, con una inclinación casi idéntica. —Hizo una pausa—. El resto de la sala parece una coctelera. Esto parece un campo de tiro.

Novak sintió que algo se le quedaba muy quieto por dentro. El mismo animal en la maleza de la noche anterior, en el hospital. No dijo nada. Solo miró los tres agujeros agrupados y guardó la imagen junto a la otra, la del crío bajo el embarcadero, las dos piedras en el mismo bolsillo.

—¿Qué significa eso? —preguntó, con cuidado de que la voz no delatara nada.

—Probablemente nada. —Sarah se encogió de hombros, y el gesto fue sincero—.

Con ochenta y tantos disparos barriendo una multitud, la estadística hace cosas raras.

A veces una ráfaga se concentra sin querer.

A veces alguien se queda quieto medio segundo de más en el sitio equivocado y se lleva tres seguidas.

—Volvió a cubrir el cuerpo—. Solo te lo enseño porque me ha llamado la atención, y porque tú eres el único que sabe escuchar estas cosas.

Lo pondré en el informe como agrupación anómala.

Será mañana, que a este paso no salgo de aquí hasta el amanecer.

—¿Tiene nombre?

Sarah consultó la etiqueta atada al dedo gordo del pie.

—Quiñones. Tomás Quiñones. Sesenta y siete años. —Lo leyó sin que el nombre le dijera nada, porque a esas horas y con once autopsias encima ningún nombre decía ya nada.

Novak repitió el nombre por dentro, en silencio, sin saber por qué. No le sonaba de nada. Era, al parecer, uno más entre veintiocho. Un hombre mayor con manos de obrero que un sábado de feria había tenido la mala suerte de quedarse medio segundo quieto en el sitio equivocado.

Eso fue lo que se dijo. Y aun así, mientras se despedía de Sarah con un apretón breve en el brazo y subía las escaleras hacia el calor que lo esperaba arriba, no consiguió soltar la piedra.

Pesaba. Las dos pesaban. Y Novak había aprendido, a fuerza de años y de noches como aquella, que cuando una piedra pesaba más de lo que su tamaño prometía, casi siempre era porque tenía algo escondido dentro.

Salió a la calle. Eran casi las dos de la madrugada y la ciudad seguía con su noche tropical, exhalando el calor acumulado del asfalto como un cuerpo febril.

Novak se quitó los tapones, respiró el aire espeso de la noche y se quedó un momento quieto en la acera, mirando sin ver el resplandor anaranjado del cielo, ese que en Chicago nunca llega a apagarse del todo.

Tomás Quiñones, pensó.

Y no supo por qué aquel nombre, entre veintiocho, era el único que se negaba a marcharse.