PARÓN
E l Hospital Mount Sinai estaba en penumbra a aquellas horas, con esa quietud de planta nocturna rota solo por el pitido acompasado de los monitores y el roce de las suelas de goma de las enfermeras sobre el linóleo.
Pasaban de las once. Para Novak, después de la playa, aquel silencio relativo era casi un descanso: ni sirenas, ni multitud, ni el zumbido de los focos portátiles taladrándole las sienes.
Solo el rumor bajo de las máquinas, que le llegaba en un gris sereno, y el frío del aire acondicionado, que agradeció en la piel como quien se mete en agua después de un día de trabajo bajo el sol.
Moretti se había quedado un tanto detrás, peleándose con un médico de urgencias que no quería dejar pasar a nadie a esas horas, y había ganado, como ganaba siempre, con una mezcla de placa, estatura y mala leche.
—Cinco minutos —les había advertido el doctor—. Está sedado a medias, y acaban de salir los padres a que les atiendan la crisis de ansiedad que arrastran. Aprovechad que no están, porque con ellos delante no os van a dejar preguntar nada. Y como el chico se altere, los echo.
El crío se llamaba Robert, tenía dieciséis años y una bala le había atravesado el muslo izquierdo de lado a lado sin tocar el hueso ni la femoral, lo que el cirujano había calificado de milagro y él, seguramente, de cualquier otra cosa.
Estaba incorporado en la cama, con la pierna vendada y en alto, la mirada fija en un punto de la pared que no existía.
Tenía la piel cenicienta y los ojos hundidos, demasiado abiertos, los ojos de quien ha visto algo que no le cabe entero en la cabeza.
Sobre la mesilla, un vaso de agua sin tocar y una sudadera de mujer doblada con prisa: el sitio que la madre acababa de dejar caliente.
Novak conocía esa mirada. La había visto en otros chicos, en otras escenas, esa expresión de quien ha mirado el horror de frente y ha vuelto, pero no del todo.
Acercó una silla y se sentó, despacio, para quedar a la altura del chico y no por encima.
Moretti llegó poco después y se quedó de pie junto a la puerta, en segundo plano, vigilando el pasillo por si los padres volvían antes de tiempo.
Sabía leer a su compañero: aquel era un momento de Novak, de los suyos, y ella sobraba si se acercaba.
—Hola, Robert —dijo Novak en voz baja—. Me llamo Elias. Soy detective. ¿Te molesta si me siento un rato contigo?
El chico no respondió. Ni siquiera giró la cabeza.
—No tienes que contarme nada si no quieres —siguió Novak, con el mismo tono con el que se le habla a un animal asustado—. De hecho, podemos no hablar del todo. Yo he tenido un día de «m» y tú también, así que igual nos viene bien estar callados un rato.
Algo se movió en los ojos del chico. No mucho. Lo justo para saber que estaba escuchando.
Novak no tenía prisa. O sí la tenía —tenía a Hampsten con un cronómetro y a una ciudad entera pidiendo un nombre—, pero sabía que la prisa, allí, era contraproducente.
A los recuerdos traumáticos les pasaba como al humo: si intentabas atraparlos a manotazos, se disipaban. Había que dejar que se posaran solos.
—¿Sabes una cosa? —dijo, mirando al techo en lugar de al chico—.
Cuando llegué a aquella playa, lo primero que pensé fue que no tenía ningún sentido.
Y todavía lo pienso. La gente cree que nosotros lo entendemos todo, que tenemos respuestas.
Y la mayoría de las veces estamos tan perdidos como el resto.
Silencio. El monitor pitaba. Fuera, en el pasillo, alguien empujó una camilla con un chirrido de ruedas que a Novak le subió por las pantorrillas como una uña sobre una pizarra. Le costó, pero al fin consiguió ignorarlo.
—Yo estaba con mi hermana —dijo Robert de pronto.
Novak no se movió. No giró la cabeza, no cambió de postura, no hizo nada que pudiera romper el hilo finísimo que el chico acababa de tender.
—Tiene once años —siguió el chico, con una voz plana, sin inflexiones, la voz de quien recita algo desde muy lejos—. Le estaba enseñando a hacer el muerto en el agua. Estábamos en la orilla. Y empezó el ruido.
—¿Qué clase de ruido?
—Como petardos. Al principio pensé que eran fuegos artificiales. Hasta que la gente empezó a caerse.
Novak asintió, despacio, sin presionar.
—Cogí a mi hermana y la metí debajo del embarcadero. Hay un hueco, entre los pilares, donde el agua es poco profunda. La empujé ahí y me puse delante. —El chico tragó saliva con dificultad—. Por eso me dieron en la pierna. Porque sobresalía.
—Hiciste lo correcto, Robert. La protegiste.
—Está bien. Mi hermana. No le pasó nada. —Lo dijo como si necesitara confirmarlo en voz alta, una última vez—. No le pasó nada.
Se quedaron callados un momento. Novak dejó que el silencio respirara antes de continuar.
—Desde debajo del embarcadero —dijo, con mucho cuidado—, ¿pudiste ver algo? No pasa nada si no. Pero a veces, cuando uno está escondido y quieto, ve cosas que los que corren no ven.
El adolescente frunció el ceño. Por primera vez, pareció esforzarse, bucear en el barro de su propia memoria.
—Vi la furgoneta. Blanca. Estaba lejos, en el aparcamiento. Y vi… —Se detuvo. Negó con la cabeza—. No sé. Es una tontería.
—No hay tonterías. Cuéntamela.
El chico lo miró por fin, directamente, a los ojos. Y en esa mirada había algo más que miedo. Había desconcierto.
—Paró —dijo.
—¿Cómo que paró?
—El que disparaba. En un momento dado paró.
Dejó de disparar unos segundos, no sé cuántos, pocos.
La gente seguía corriendo y gritando, había gente cayéndose por todos lados, y él dejó de disparar.
Como si… —el chico buscó las palabras— como si estuviera mirando.
Buscando a alguien entre la gente. Y luego volvió a disparar hacia las carpas, hacia donde estaban los del puesto de los vecinos.
Disparó un montón seguido para allá. Y después ya barría otra vez para todos lados, como antes.
Novak no se movió, pero algo dentro de él se quedó muy quieto, como un animal que oye un ruido en la maleza. No dijo nada. Solo guardó aquello en alguna parte, con cuidado, como quien se mete una piedra en el bolsillo para mirarla mejor a la luz.
—¿Estás seguro, Robert?
—No sé. Estaba lejos. Y todo pasó muy rápido. —El chico volvió a apartar la mirada, súbitamente agotado, como si el esfuerzo de recordar le hubiera vaciado lo poco que le quedaba—. Igual me lo he imaginado. La gente dice que cuando pasan estas cosas uno se inventa recuerdos.
—La gente dice muchas cosas. —Novak se levantó con suavidad y le puso una mano en el hombro, breve, firme—. Lo que me has contado vale, Robert. Vale mucho. Gracias.
El chico no respondió. Ya había vuelto a su punto en la pared, agotado, lejano. En el pasillo se oyeron voces: una mujer que preguntaba por su hijo con la voz rota y un celador que la tranquilizaba. Moretti asomó la cabeza, hizo un gesto seco con la barbilla. Los padres volvían.
Novak le dio un último apretón en el hombro al chico y salió sin prisa pero sin demora. En la puerta se cruzó con la madre de Robert, una mujer menuda con los ojos enrojecidos y un café de máquina temblándole en la mano. Novak se apartó para dejarla pasar y agachó un poco la cabeza.
—Es muy valiente su hijo, señora —dijo en voz baja—. Que lo sepa.
La mujer lo miró sin entender del todo, asintió por inercia y entró corriendo a abrazar al chico. Novak no se quedó a ver el abrazo. Esas cosas no eran para él.
Caminó con Moretti hacia los ascensores. Anduvieron un trecho en silencio.
—Un crío de dieciséis poniéndose delante de las balas por su hermana —dijo Vannie, y por una vez no había ironía en su voz—. Y nosotros buscando al que disparó. Vaya puta mierda, jefe.
—Sí.
Pulsó el botón del ascensor. Lo miró de reojo, esperando algo más, pero Novak tenía la vista perdida en los números que bajaban y no parecía dispuesto a soltar prenda.
—¿En qué piensas?
—En nada. —El ascensor llegó con un ruido metálico que le hizo apretar los dientes—. En que necesito dormir.
Moretti no se lo creyó del todo, pero lo conocía lo suficiente para saber cuándo no insistir.
Entraron los dos. Las puertas se cerraron sobre su reflejo deformado en el acero, y bajaron en silencio hacia el bullicio de las urgencias y el calor que se colaba incluso allí dentro, mientras Novak, por dentro, le daba vueltas y vueltas a una piedra que se había guardado en el bolsillo y que pesaba mucho más de lo que su tamaño prometía.