Infierno Carmesí (Chicago Carmesí 2) EL FARO
11%

EL FARO

L a pantalla era la única luz de la habitación.

Llevaba seis horas sentado frente a ella, en el cuarto alquilado encima del taller, con las persianas bajadas y un ventilador de plástico que removía el aire caliente sin enfriarlo.

Fuera, el polígono dormía bajo la ola de calor; dentro, el resplandor azulado del monitor le pintaba la cara de un color enfermizo y le secaba los ojos, pero no se movía.

No quería moverse. Allí, en aquella penumbra, era donde por fin se sentía alguien.

El mundo de ahí fuera nunca le había hecho caso.

Veintiséis años y nada que enseñar: ni un trabajo que durara más de tres meses, ni una chica que le devolviera los mensajes, ni un padre que recordara su cumpleaños.

Había aprendido pronto a ser invisible, a deslizarse por los institutos y los almacenes y las salas de espera sin que nadie levantara la vista.

Durante mucho tiempo creyó que era culpa suya, que le faltaba algo que los demás tenían de serie.

Aquella frase le cambió la vida.

Durante meses hablaron casi cada noche. El Faro nunca le metía prisa, nunca le pedía nada, nunca le decía qué pensar.

Esa era la parte que más lo desarmaba: que jamás le diera una orden.

Solo escuchaba. Y de vez en cuando, como quien no quiere la cosa, le mandaba un enlace.

«Mira esto», escribía, y nada más. Una noticia, casi siempre local.

Un reportaje sobre un barrio del South Side que se organizaba en asociaciones y salía en la prensa con sus pancartas y sus ferias y sus sonrisas, gente humilde que se creía con derecho a celebrar, a llenar las calles, a ocupar el aire mientras chicos como él se pudrían en cuartos alquilados sin que nadie escribiera un reportaje sobre ellos.

El Faro nunca comentaba esas noticias. No hacía falta.

Las dejaba caer y dejaba que el veneno trabajara solo, durante días, en la cabeza del muchacho.

Una de aquellas noches, a propósito de una de esas noticias —una en la que salía un grupo de vecinos posando orgullosos detrás de una pancarta, sonrientes, con uno de ellos en el centro, más erguido que los demás, señalando algo fuera de cuadro como si dirigiera una orquesta—, el Faro escribió una sola línea: «Fíjate siempre en los que se ponen delante.

Los que dan la cara, los que mandan, los que se creen pastores del rebaño.

Esos son los peores. Los demás solo siguen.

» Y nada más. Él se quedó mirando la foto un buen rato, la del hombre que señalaba en el centro, y sin saber por qué se le quedó grabada.

La idea echó raíces sola, como todas las del Faro: cuando llegara el momento, sabría hacia dónde mirar. Hacia los que se ponen delante.

Y funcionaba: empezó a pensar en esa gente sin darse cuenta de que había empezado a pensar en ella.

En sus fiestas. En su felicidad obscena, exhibida sin vergüenza.

Cuanto más miraba aquellas fotos de barbacoas y críos en bañador y viejos jugando al dominó, más le hervía algo por dentro, un resentimiento caliente que sentía completamente suyo, nacido de sus propias tripas.

No se le ocurrió nunca que se lo hubieran sembrado.

Que cada «mira esto» fuera una semilla plantada con precisión de cirujano en el sitio exacto donde más rabia daría.

Al principio, cuando empezó a fantasear con hacer algo, proponía otras cosas.

Un centro comercial. La estación. Una vez, un partido de los White Sox.

Y el Faro, siempre con suavidad, sin contradecirlo nunca de frente, le enfriaba la idea con una pregunta.

«¿Cuántos guardias crees que hay en un estadio?

» «¿De verdad merece la pena la gente del centro comercial, o son rebaños como tú?

» «Piénsalo bien. No malgastes lo que vas a hacer en el sitio equivocado.

» Y él lo pensaba, y le daba la razón, y descartaba el sitio él solo, convencido de que era su propio criterio el que afinaba el plan.

No notaba que cada descarte lo empujaba un paso más hacia un único lugar posible.

Hacia un río, una playa de mala muerte, una feria de barrio.

—No es odio —le había escrito el Faro una vez—. Es claridad. El odio es de los débiles. Tú no odias a nadie. Tú solo ves lo que hay que hacer.

El muchacho se lo había aprendido de memoria. Lo repetía como una oración.

Esa noche, el Faro estaba conectado. El indicador verde brillaba junto a su nombre, y a él se le aceleró el pulso como siempre que aparecía. Tecleó deprisa, con las dos manos sudadas.

«Ya está. Lo tengo todo. Sé dónde.»

La respuesta tardó unos segundos, los justos para que temiera, como un crío, haber dicho algo mal.

«Cuéntame.»

«Este sábado. Junto al río, en el South Side. Va a hacer un calor de mil demonios y va a estar lleno. Es el sitio. Lo sé.»

No hubo respuesta inmediata. El cursor parpadeó en el vacío, y cada segundo de silencio le apretó el estómago un poco más. Necesitaba que el Faro lo aprobara. Lo necesitaba como no había necesitado nunca la aprobación de su padre, ni la de ningún profesor, ni la de nadie.

«¿Por qué ahí?», escribió por fin el Faro. «Convénceme.»

Y el muchacho se lanzó. Le habló del aparcamiento pegado a la arena, de la valla baja, del ángulo despejado desde el que se dominaba la playa entera sin un solo obstáculo.

De la furgoneta que podría dejar con el morro apuntando a la multitud, una furgoneta blanca de reparto, lo último en lo que alguien se fijaría.

De la ruta de salida hacia el polígono, a tres minutos.

Le habló de que sería sábado por la tarde, con más gente que ningún otro momento de la semana.

Las palabras le salían a borbotones, atropelladas, las de un chico que por una vez en su vida ha hecho los deberes y se muere por que se los corrijan.

También dijo que había practicado. En el campo, durante al menos dos semanas.

Y que no se le daba mal, que había controlado el retroceso.

Cuando terminó, volvió a hacerse el silencio. Esta vez el chico no se atrevió ni a respirar.

«Llevas razón», escribió el Faro al cabo. «Yo no lo habría visto mejor.»

El muchacho soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo.

«No te lo he sugerido yo», siguió el Faro. «No te he traído de la mano. Lo has encontrado tú, has medido los ángulos tú, has pensado en la salida tú. ¿Te das cuenta de lo que significa eso?»

«¿Qué significa?»

«Que estás listo.»

Se le nubló la vista. No supo si era el cansancio de seis horas frente a la pantalla o la emoción, una emoción enorme y caliente que le subía por el pecho.

Nadie le había dicho jamás que estuviera listo para nada.

Nadie le había dicho jamás que hubiera hecho algo bien, del principio al final, él solo.

«No voy a fallar», escribió.

«Lo sé. Una última cosa.»

«Dime.»

«Recuerda que los pastores son mucho peor que el rebaño.»

«Entendido.»

«Y… muchacho.»

«¿Sí?»

«Mañana medio país va a saber que existes. Recuérdalo cuando dudes. Porque vas a dudar, un segundo, justo antes. Todos dudan. Eso no te hace débil. Apretar a pesar de la duda es lo que te hace distinto.»

Tragó saliva. Tenía los ojos húmedos, y no era por la sequedad de la pantalla. Nadie le había hablado nunca así. Nadie le había dicho nunca que iba a ser distinto.

«No voy a dudar», escribió.

«Lo sé.»

El indicador verde se apagó. El Faro se había desconectado, como hacía siempre, sin despedidas, dejando al chico a solas con su misión y con el zumbido del ventilador.

Se quedó un rato más mirando la pantalla apagada, viéndose reflejado en el cristal negro: un chico flaco, pálido, anónimo, con el pelo pegado a la frente por el calor. Por primera vez no le pareció un don nadie. Le pareció un hombre con un propósito.

Se levantó, fue hasta el armario y sacó la bolsa de lona.

Dentro, envuelto en una manta, esperaba el AR-15.

Lo sacó, comprobó el mecanismo con manos que ya no temblaban y pasó el pulgar por el selector, despacio, como quien acaricia un amuleto.

Ya no tenía dos posiciones. Tenía tres. La tercera se la había regalado el Faro: una pieza de nada, más pequeña que una moneda, que había llegado semanas atrás dentro de un sobre acolchado sin remite y que él mismo había montado siguiendo unas instrucciones que después quemó en el fregadero.

Con las dos primeras posiciones, el fusil era un fusil.

Con la tercera era otra cosa. Un disparo por cada intención, le había escrito el Faro, es de aficionados; tú vas a necesitar que el arma vaya más deprisa que la gente.

Y así era. Lo había comprobado en el campo: en tercera posición, el cargador se vaciaba en un suspiro, un rugido continuo que le arrancaba el fusil hacia arriba y hacia la derecha y que apenas duraba lo que un pensamiento.

Treinta balas en tres segundos. Eso significaba que casi todo el tiempo, en realidad, no estaría disparando.

Estaría recargando. Y por eso llevaba semanas practicando lo único que de verdad importaba, lo único que separaba a un chaval con un juguete de un hombre con un plan: la pausa.

Ese hueco de dos segundos, ciego y silencioso, entre el cargador que se acaba y el que entra.

Lo repitió otra vez en la oscuridad del cuarto, sin mirarse las manos, contando por dentro.

Clic. Fuera. Clic. Dentro.

A cuatrocientos kilómetros de allí, o quizá a cuatro, eso nunca lo sabría, alguien cerró un portátil sin nombre, lo guardó en una caja metálica y lo apagó.

Aquel canal ya había cumplido su función, por el momento.

El chico estaba listo, cargado y apuntando en la dirección correcta, convencido hasta los huesos de que la mano en el gatillo era la suya.

Y, en cierto modo, lo era.