NORMANDÍA
N ovak cruzó la cinta y se detuvo tres pasos después; dejó que la escena entrara en él despacio, por partes, porque de golpe no habría podido.
Lo había aprendido a fuerza de años: si miraba el conjunto, su cerebro lo traduciría todo a la vez en un estruendo de colores y texturas que lo dejaría inútil.
Así que miró por trozos. Primero la arena, que debía ser dorada y que el atardecer teñía de un naranja sucio, salpicada de manchas oscuras ya secas, marrones, casi negras, sobre las que las moscas empezaban su trabajo con un zumbido que a él le llegó como un cosquilleo eléctrico en los dientes.
Después las mantas térmicas. Hileras de sábanas doradas extendidas sobre bultos que no se movían, demasiadas para contarlas de un vistazo, y los auxiliares que seguían tapando porque no daban abasto.
Una manta era más pequeña que las demás.
Novak apartó la vista de esa como si hacerlo borrara el hecho de que hubieran masacrado a menores.
El calor lo aplastaba todo por igual. No corría una gota de aire, y el sol, aunque ya bajaba, seguía cociendo la playa y lo que la playa contenía, levantando del suelo un hedor dulzón y espeso que el detective sintió pegársele a la piel como una película grasienta.
Para sus sentidos, aquel olor tenía cuerpo, tenía peso; era una mano sucia que le tapaba la boca.
Respiró tres veces por la nariz, despacio, y se obligó a seguir mirando.
—Veintiocho —dijo Moretti a su lado, en voz baja, respondiendo a la pregunta que él no había llegado a hacer—. Hace media hora eran veintiséis. Dos más no han aguantado en la ambulancia. Hay nueve en quirófano. Y heridos otros cuarenta y tantos, cincuenta. Esto no ha terminado de contarse, jefe.
Novak asintió sin hablar. Las cifras, dichas así, no eran más que números.
Lo que de verdad pesaba estaba en el suelo: la sandalia infantil abandonada a medio camino del agua, la sombrilla turquesa agujereada y plegada sobre sí misma, una nevera portátil reventada con el hielo ya derretido formando un charco que se mezclaba con lo que no era agua.
Un par de gafas de sol pisoteadas. Una toalla con dibujos de delfines.
Las cosas pequeñas de un sábado cualquiera, congeladas en el instante en que el mundo se rompió.
Caminó hacia el centro de la playa, pisando con cuidado entre los conos numerados que los de criminalística habían ido plantando, decenas de ellos, un sembrado amarillo y negro que marcaba la posición de cada casquillo.
Eran muchos. Demasiados. Novak se agachó junto a uno y lo observó sin tocarlo: un casquillo dorado, brillante, de fusil.
A su alrededor, en un radio de pocos metros, había otros quince o veinte.
—Disparó desde allí. —Moretti señaló con la barbilla hacia el extremo del aparcamiento, junto a la valla, donde otra constelación de conos marcaba una posición fija—.
Varios testigos supervivientes han confirmado que era una furgoneta, con la puerta lateral abierta.
Tenía la playa entera a tiro, sin obstáculos, como en una barraca de feria.
Barrió de un lado a otro. Dicen que no se movió del sitio, que ni siquiera parecía tener prisa.
—¿Cuánto duró?
—Minuto y medio. Dos, como mucho. —Moretti tragó saliva—. Dos minutos, Elias. Los de criminalística dicen que hay más de ochenta casquillos.
Novak se incorporó y miró hacia la posición del tirador, y luego de vuelta hacia la playa, reconstruyendo en silencio el ángulo, la distancia, el barrido.
Cerró los ojos. Inspiró tres veces. Y trató de hacer lo que siempre hacía: meterse dentro de la cabeza del que había hecho aquello, sentir la lógica, la rabia, el cálculo, lo que fuera que latiera detrás de cada acto de violencia por monstruoso que pareciese.
En el libro de su experiencia, todo asesino contaba algo. Todo crimen tenía una gramática.
Pero esta vez, al cerrar los ojos, no encontró ninguna.
Solo el barrido mecánico, frío, de izquierda a derecha y de vuelta a empezar.
Sin foco. Sin un punto donde la violencia se concentrara, donde el odio tuviera un nombre y una cara.
Algo totalmente ilógico. Y esa ausencia de lógica, esa nada en el centro de la matanza, le produjo a Novak un vértigo peor que cualquier escena de sangre que hubiera pisado.
Abrió los ojos.
—¿Qué? —preguntó Moretti, que conocía esa expresión.
—Nada. —Novak negó despacio con la cabeza—. No soy capaz de pensar en nada ahora mismo. —Hizo una pausa, mirando el campo de mantas—. No veo un objetivo, no es un Virginia Tech o un Columbine. No encaja nada.
—¿Qué quieres que encaje? Es un pirado con un fusil. Han salido tres este año en el país.
—Puede ser, pero con tantas víctimas… —Novak no parecía convencido, pero tampoco tenía nada con lo que rebatirla. Solo una incomodidad sorda, un picor que no sabía localizar—. Puede que solo sea eso.
Pasó junto a una carpa derrumbada, la del puesto de la asociación de vecinos, con la mesa volcada y un revoltijo de papeles empapados pisoteados en la arena.
Entre ellos asomaba una pancarta arrugada, con unas letras rojas medio borradas por el sol.
Novak la miró un segundo y siguió andando.
Una fiesta de barrio. Críos en el agua, viejos a la sombra, alguien repartiendo folletos. No le dio más importancia.
El sol tocó por fin el horizonte de tejados y grúas del oeste, y la luz de la playa pasó del naranja al rojo durante un minuto largo, tiñendo la arena, las mantas térmicas y los charcos de un mismo color, como si todo —la sangre y lo que no era sangre— se hubiera igualado al final del día.
Novak pensó, sin querer pensarlo, que la ciudad llevaba nueve días ardiendo sin fuego, y que aquella playa era solo el primer sitio donde el horno había empezado a cocinar carne.
—El capitán quiere verte —dijo Moretti—. Está ahí.
Novak siguió la dirección de su mirada. Junto al puesto de mando móvil, a la sombra de un furgón, había un hombre que no encajaba con el resto de la escena.
Mientras todos los demás estaban empapados, despeinados, con la ropa pegada al cuerpo y la cara enrojecida por el calor, aquel hombre permanecía seco.
Alto, la espalda recta, el traje gris sin una arruga y la corbata perfectamente anudada pese a los treinta grados.
Tenía el pelo gris cortado a navaja y hablaba por teléfono con una calma que parecía importada de otro clima.
No gesticulaba. No sudaba. Daba la impresión de que el calor, como tantas otras cosas, era algo que sucedía a los demás y que a él le pedía permiso para acercarse.
—¿Es el nuevo capitán? —preguntó Novak.
—Por fin. Gordon Hampsten. Lleva solo una semana. Viene de Asuntos Internos, dicen que lo han puesto para lavar la cara de la División después de lo de Briggs. —Moretti bajó la voz—. Tiene a todo el mundo firmes. Hasta a mí.
—Eso sí que es un milagro.
—No te hagas el gracioso con él, jefe. No tiene el sentido del humor de Briggs.
—Briggs no tenía sentido del humor.
—Por eso te lo digo.
Hampsten colgó el teléfono, se lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta con un gesto medido y se volvió hacia ellos como si los hubiera estado esperando.
Sus ojos, de un azul descolorido, recorrieron a Novak de arriba abajo: la camisa arrugada del viaje, la barba de cuatro días de vacaciones, los tapones asomando bajo el pelo.
No hubo desprecio en esa mirada. Hubo evaluación, que era peor.
—Detective Novak. —La voz era serena, educada, sin un gramo de calidez—. Le agradezco que haya interrumpido sus vacaciones. Lamento las circunstancias.
—Capitán.
—Le pongo en situación, porque no tenemos tiempo y la ciudad tampoco.
—Hampsten hizo un gesto abarcando la playa, un gesto contenido, casi delicado, impropio de lo que señalaba—.
Veintiocho muertos. Una feria familiar. La alcaldesa ya lo ha calificado de acto terrorista en directo, los teléfonos del Departamento llevan dos horas echando humo y a las nueve tengo una rueda de prensa en la que se espera que diga algo más inteligente que «estamos investigando».
—Hizo una pausa milimétrica—. Lo que la ciudad necesita, detective, es saber cuanto antes que esto es obra de un solo hombre, un perturbado, y que ese hombre no va a volver a hacerlo.
Necesita una cara, un nombre y un final. Rápido.
Novak sostuvo la mirada del capitán un momento antes de responder.
—¿Y si no es un solo hombre? ¿O si es una mujer?
Algo se movió en el rostro de Hampsten, apenas un parpadeo, la primera grieta mínima en aquella superficie pulida. No fue irritación. Fue el fastidio educado de quien escucha una complicación innecesaria.
—¿Tiene usted alguna razón para pensar que no lo es? ¿O que es una mujer?
Novak miró otra vez la playa: el barrido sin foco, los casquillos sembrados, la nada en el centro de todo aquello. No tenía ninguna razón. Solo el picor.
—Todavía no —admitió.
—Entonces, hasta que la tenga, trabajaremos con lo que hay.
—Hampsten se ajustó el puño de la camisa—.
Un tirador. Quiero su identificación antes de cuarenta y ocho horas.
Cuento con usted, detective. Me han dicho que es el mejor que tienen, a pesar de...
—dejó la frase planear un segundo y la recogió con elegancia— de su forma poco ortodoxa de trabajar. Demuéstremelo.
Dio media vuelta y caminó de regreso al puesto de mando, recto y seco bajo el sol que tumbaba a todos los demás. Novak lo siguió con la mirada.
—¿Lo ves? —murmuró Moretti—. Educadísimo. Y te acaba de poner una soga al cuello con una sonrisa.
—Ni siquiera se ha enfadado.
—Eso es lo que da miedo.
Novak no respondió. Volvió a mirar hacia la playa, donde los auxiliares encendían ya focos portátiles para seguir trabajando en cuanto cayera la noche, y el último resto de luz roja se apagaba sobre la arena.
En alguna parte de aquel campo de mantas doradas había una respuesta, y él sabía —con esa certeza incómoda que no podía explicarle a nadie, y menos a un capitán de traje seco— que la respuesta no iba a ser la que todos querían oír.
El calor seguía sin aflojar. Eran casi las ocho de la tarde y la ciudad continuaba dentro del horno, cociéndose a fuego lento, esperando, sin saberlo todavía, la siguiente hornada.