Infierno Carmesí (Chicago Carmesí 2) LA CALMA
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LA CALMA

E l St. Louis Canyon, en el parque de Starved Rock, a primera hora de la tarde, era lo más parecido al silencio que Elias Novak había encontrado en años.

Estaba sentado sobre una roca plana, a la orilla del riachuelo que serpenteaba por el fondo del barranco, con los pies descalzos metidos en el agua fría.

Por encima de su cabeza, las paredes de arenisca se alzaban veinte metros, cubiertas de musgo y helechos, y dejaban pasar la luz tamizada en columnas verdes y doradas.

Allí abajo el calor de julio no apretaba; el agua y la piedra húmeda mantenían el aire a una temperatura que casi se podía respirar.

Una cascada fina caía al fondo del cañón con un rumor constante, monótono, y por una vez aquel sonido no se le clavaba en ninguna parte.

Le llegaba limpio, de un azul pálido y sereno, como una nota sostenida que no pedía nada a cambio.

Llevaba cuatro días en Starved Rock y empezaba a recordar quién era cuando el mundo dejaba de gritar.

Había alquilado una cabaña pequeña en el bosque, sin vecinos a la vista, y había hecho lo que llevaba años prometiéndose: nada.

Caminar por los senderos al amanecer, antes de que llegaran las familias y los grupos de senderistas con sus altavoces portátiles.

Leer en el porche. Dormir sin despertador.

Comer cuando tenía hambre. Sus tapones descansaban en el bolsillo de la camisa, apagados; en el cañón no los necesitaba.

El bosque tenía la cortesía de hablar bajo.

Terminó de comerse un sándwich de queso algo aplastado. Decidió que ya era hora de ir a echarse la pertinente siesta, y cuando se aproximaba a las inmediaciones de la cabaña le sonó el teléfono.

Lo miró sin tocarlo. Un primer aviso. Luego un segundo.

Después, en cuanto cesó, otro distinto: un mensaje.

Y otro. Y otro más, encadenados, ese repiqueteo nervioso que el aparato solo emitía cuando algo se había roto en alguna parte.

Novak entró en la cabaña, se descalzó y se tumbó en la cama.

Quería aprovechar sus últimos momentos de tranquilidad.

Sabía, antes de leer nada, que las vacaciones se habían terminado.

El nombre de Moretti parpadeaba en la pantalla cuando por fin lo cogió.

—Estoy de vacaciones, Vannie.

—Ya no.

No había bromas en su voz. Eso, más que cualquier palabra, le fastidió el fin de las vacaciones.

—¿Qué ha pasado?

—Un tiroteo. En una playa del río, en el South Side. —Moretti hablaba rápido, con esa cadencia entrecortada que ponía cuando el corazón le iba más deprisa que la boca—. Un tirador, parece que con un fusil automático, en una feria de barrio llena de gente. Es malo, Elias. Es de lo peor que he visto.

Novak cerró los ojos. Creyó escuchar, aún, el rumor de la cascada ya lejana.

—¿Cuántos?

—Muchos. No te lo voy a decir por teléfono. El nuevo capitán nos ha pedido urgencia. Te quiere aquí. —Una pausa—. Te necesito aquí, jefe.

—Estoy a hora y media. Hora y cuarto si conduzco como tú.

—Pues conduce como yo.

Colgó. Novak se quedó un momento más tumbado sobre el catre. Miró al techo de madera. Respiró el aire frío del bosque por última vez, lo guardó en alguna parte de sí mismo donde pudiera encontrarlo más tarde, y se incorporó.

Condujo hacia el noreste, hacia Chicago, con la I-80 desplegándose recta y temblorosa bajo el sol.

El aire acondicionado del coche luchaba contra el horno de fuera sin llegar a ganar del todo.

A medida que se acercaba a la ciudad, el paisaje fue cambiando: los campos de maíz dejaron paso a los polígonos, a los depósitos de combustible, a las primeras grúas y a las torres del centro recortadas contra un cielo que comenzaba a teñirse de ocres.

El silencio del cañón se le iba quedando atrás kilómetro a kilómetro, y notaba cómo, a cambio, la ciudad empezaba a entrar en él por todos los poros.

El tráfico. Las bocinas. Una radio en el coche de al lado escupiendo un reguetón que a Novak le llegó con sabor a metal caliente.

Se puso los tapones antes de tomar la salida.

No necesitó el GPS para encontrar el lugar; le bastaron las luces.

A varias manzanas de distancia ya se veía el resplandor azul intermitente rebotando contra las fachadas, multiplicado por decenas de vehículos de emergencia.

Un helicóptero de prensa revoloteaba en círculos sobre el río.

Novak aparcó a doscientos metros del cordón, donde el asfalto todavía rezumaba calor, y apagó el motor. Con él, murió el aire acondicionado.

Permaneció un momento en el asiento, con los ojos cerrados, despidiéndose del último resto de paz que le quedaba dentro. Después se ajustó los tapones con un gesto experto y bajó del coche.

El calor lo recibió como una bofetada de horno abierto, pero no fue eso lo primero que lo golpeó.

Fue el olor. El aire del río arrastraba una mezcla espesa de barro, combustible y algo más, algo que el sol llevaba dos horas cociendo sobre la arena y que sus sentidos tradujeron, sin pedirle permiso, en una textura de lija gruesa que le raspó la raíz de la lengua.

Tragó saliva. Respiró tres veces, hondo, como le había enseñado Sarah, y caminó hacia las luces.

Moretti lo esperaba al otro lado de la cinta amarilla.

Tenía la camiseta empapada de sudor, una mancha oscura que le bajaba por la espalda, y el pelo rapado de un lado le brillaba húmedo bajo el sol.

Llevaba las gafas de espejo subidas a la frente y una expresión que Novak no le había visto muchas veces.

Vannie Moretti no se impresionaba con facilidad.

—Bonito bronceado —dijo ella, levantando la cinta para que pasara—. Te ha durado poco el retiro espiritual.

—Cuatro días. Es mi récord.

—Disfrútalo, porque lo que hay aquí dentro no se te va a olvidar en cuatro años.

Novak no respondió. Pasó bajo la cinta, pisó la arena, todavía tibia por el calor del día, y levantó la vista hacia la playa.

Hacia una playa fluvial que se había convertido en lo más parecido al desembarco de Normandía.