Infierno Carmesí (Chicago Carmesí 2) LA PLAYA
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Infierno Carmesí (Chicago Carmesí 2)

Infierno Carmesí (Chicago Carmesí 2)

Por Zarzo Escribano

© inepub.com

LA PLAYA

Tomás Quiñones se secó la frente con el antebrazo y volvió a mirar hacia la parrilla, donde el humo de las salchichas subía recto, sin viento que lo empujara. Llevaba toda la mañana de pie, repartiendo folletos, estrechando manos, animando a la gente a firmar.

—Tomás, ¿quieres una? —le gritó Renata desde la parrilla, abanicándose con un folleto—. Te vas a desmayar antes de cortar la cinta.

—Luego, luego —respondió él, sonriendo—. Primero el discurso, que como coma ahora me entra el sopor.

La niña de los Delgado pasó corriendo entre las piernas de Tomás persiguiendo una pelota de playa, y él se apartó con una carcajada.

Nueve años, quizá diez. Descalza, con un bañador con estampado de sandías y los pies llenos de arena.

La pelota rodó hacia el aparcamiento y la cría salió tras ella sin mirar.

Fue entonces cuando Tomás vio la furgoneta blanca.

Estaba detenida en el extremo del parking, junto a la valla, con el morro apuntando hacia la playa.

No tenía nada de particular. Una furgoneta de reparto más, de las que entraban y salían del polígono al otro lado del puente.

Pero la puerta lateral estaba abierta, y a contraluz, recortada contra el resplandor del asfalto, había una figura de pie, quieta, mirando hacia la multitud.

Una figura que no encajaba con el calor: pantalón largo, sudadera con capucha, las manos ocupadas con algo que Tomás, entornando los ojos contra el sol, tardó un segundo de más en reconocer.

Un segundo que pagaría caro toda la playa.

El primer estampido sonó a petardo, a globo reventado, a uno de esos cohetes baratos que los críos tiraban en las fiestas del barrio.

La gente más cercana ni siquiera volvió la cabeza.

Pero el segundo, y el tercero, y la ráfaga que vino después, ya no dejaron lugar a las dudas.

El aire se tornó más sucio, metálico y polvoriento, y el mundo se rompió en dos.

Tomás vio caer a un hombre a su izquierda. Lo vio doblarse sobre sí mismo como si le hubieran quitado los huesos de golpe. Vio la sombrilla que tenía detrás llenarse de agujeros y la sangre salpicar la tela amarilla en un abanico fino, casi delicado. Y empezaron los gritos.

La playa entera se levantó a la vez en una marea de pánico.

Cientos de personas que un instante antes tomaban el sol se convirtieron en una estampida ciega, descalza, resbalando en la arena, chocando entre sí, pisándose.

El tirador barría la multitud con una calma horrenda, de izquierda a derecha y de vuelta, sin prisa, segando hileras de cuerpos como quien riega un jardín.

El traqueteo no cesaba. Cargaba, volvía a disparar, cargaba de nuevo.

Cada pausa era una propuesta de esperanza, esperanza que la siguiente ráfaga aplastaba.

Tomás se tiró al suelo por instinto, de bruces sobre la arena ardiente que le quemó las palmas.

A un palmo de su cara, una mujer joven a la que conocía de vista —la cajera del supermercado de la calle Tercera— lo miraba con los ojos muy abiertos, la mejilla pegada a la arena igual que él.

Por un segundo creyó que se habían tirado al suelo los dos para protegerse.

Luego vio el reguero oscuro que le salía de debajo del pelo y se extendía por la arena, negro casi, y entendió que ella ya no miraba nada.

Se arrastró. Codos y rodillas, sin levantar la cabeza, hacia las carpas, hacia cualquier cosa que ofreciera un muro entre su cuerpo y aquella furgoneta.

La arena se le metía en la boca mientras a su alrededor el mundo se había vuelto un infierno de sonido: los disparos, los alaridos, el chapoteo de la gente que se lanzaba al río para escapar, los llantos de los niños que ya no encontraban a sus padres.

Una nevera portátil reventó a su lado y lo roció de hielo y refrescos tibios. Siguió arrastrándose.

Vio a Walter. El viejo se había levantado de la silla plegable y se había quedado de pie en mitad de la carpa, desorientado, sordo de un oído y medio ciego, sin comprender. Tenía la gorra de los White Sox todavía puesta y el vaso de limonada en la mano.

—¡Walter, al suelo! ¡Al suelo! —le gritó Tomás con todo el aire que le quedaba en los pulmones.

Pero el anciano no lo oyó, o no a tiempo.

Tomás vio cómo el cuerpo del viejo se sacudía, una vez, dos, cómo el vaso de limonada estallaba en su mano en una lluvia de plástico y líquido, y cómo Walter se desplomaba hacia atrás sobre la mesa de las firmas, llevándose por delante los folletos y la pancarta caída, los papeles desparramándose por la arena empapada.

Tomás sintió que algo se le quebraba por dentro, más hondo que el miedo.

Se incorporó. No supo por qué lo hizo. La razón le gritaba que se quedara abajo, que reptara, que se hiciera invisible, pero las piernas lo levantaron por su cuenta, empujadas por una rabia que no cabía en el pánico.

Tenía que llegar hasta Walter. Tenía que llegar hasta alguien.

Dio tres pasos hacia la carpa, encorvado, con los brazos extendidos, y en el cuarto paso algo lo golpeó.

No dolió. Esa fue la parte extraña. Fue como recibir un puñetazo en el pecho, un empellón seco y brutal que le sacó todo el aire de cuajo y lo sentó de golpe sobre la arena.

Se miró la camisa. Tenía una mancha en forma de flor roja abriéndose justo bajo la clavícula, creciendo, empapando la tela a una velocidad que le pareció imposible.

La tocó con dos dedos, casi con curiosidad.

Caliente. Pegajosa. Suya.

Quiso llamar a Renata, pero de su garganta solo salió un borboteo.

Se le llenó la boca de un líquido tibio y metálico que tuvo que escupir para no ahogarse.

El segundo impacto lo tumbó del todo, de espaldas, con la cara vuelta hacia aquel cielo inmisericorde que no había soltado una sola nube en nueve días.

Y mientras el ruido empezaba a alejarse, a hacerse etéreo y lejano, el calor de la arena dejaba paso a un frío que le subía desde los pies, Tomás Quiñones pensó, con una claridad absurda, que aquello no tenía ningún sentido.

Él no era nadie. Un fontanero jubilado que repartía folletos un sábado de feria. No tenía sentido.

Pensó en su hija. En Inés, que aquella mañana no había venirse desde el campo a la playa, que llevaba meses sin querer acudir a nada de lo suyo, y a la que él había insistido por teléfono igual que insistía siempre, sin obtener más que un suspiro al otro lado.

Pensó que no le había dicho lo de costumbre antes de colgar.

Pensó que ojalá se lo hubiera dicho. Y le pareció una crueldad que aquello, justo aquello, fuera lo último que le pasara por la cabeza.

El traqueteo se detuvo. En el silencio que siguió, roto solo por los gemidos y el chapoteo lejano del agua, una puerta de furgoneta se cerró con un golpe seco. Un motor arrancó. Pero Tomás ya no lo oyó.

Lo último que vio fue la pancarta, ya lejana, ondeando un poco al fin con la primera brisa de la tarde, demasiado tarde para refrescar a nadie. Y después, el cielo, ya casi blanco, se lo tragó todo.