Infiel en el club Swinger (Mis ... más oscuras nº 2) En las cabinas del gloryhole
82%

En las cabinas del gloryhole

Después de aquella sesión de sexo tan intensa y casi posesiva en esa sala privada con Álex, donde me había follado de formas que me dejaron el cuerpo temblando, el coño hinchado y rebosante de su semen caliente, permanecí varios minutos tumbada en la cama, intentando recuperar el aliento mientras sentía cómo su corrida se escapaba lentamente de mí y bajaba por la cara interna de mis piernas, dejando un rastro húmedo y pegajoso sobre mi piel.

Él seguía a mi lado, acariciándome el pelo con una ternura sorprendente que contrastaba brutalmente con la rudeza con la que acababa de poseerme, como si en ese momento quisiera recordarme que, a pesar de todo lo salvaje que había pasado, yo seguía siendo suya.

A pesar del agotamiento placentero que me invadía cada músculo de mi excitado cuerpo, una parte de mí seguía completamente insaciable, seguía ardiendo, seguía con ganas de más, como si esa noche hubiera despertado una versión de mí misma que ya no quería ni podía detener.

Álex me miró con esa sonrisa oscura y satisfecha que tanto me desarmaba, se inclinó sobre mí y me besó en los labios con lentitud, saboreando aún más.

Luego me preguntó en voz baja si quería descansar un rato o si prefería seguir explorando el club.

Con la voz todavía ronca de tanto gemir, yo le respondí que quería continuar, que todavía no estaba lista para parar, que necesitaba empujar mis límites todavía más esa noche que ya se estaba convirtiendo en una de las más salvajes y reveladoras de toda mi vida como mujer casada y promíscua.

Él asintió, me ayudó a levantarme con cuidado y me susurró al oído, con esa voz grave que me ponía la piel de gallina, que había una zona del club que seguramente me iba a volver completamente loca: la zona de los gloryholes.

Solo escuchar esa palabra hizo que un escalofrío largo y profundo me recorriera toda la columna vertebral porque sabía perfectamente lo que era, lo había visto infinidad de veces en vídeos y lo había fantaseado durante meses, pero nunca imaginé que algún día estaría lo suficientemente liberada —o lo suficientemente perdida— como para probarlo realmente en persona.

Salimos de la sala y caminamos por los pasillos del club mientras yo iba hecha un auténtico desastre con mi pelo revuelto de recién follada, restos de semen seco en mis tetas y en el cuello, el maquillaje corrido, los leggings y el tanga completamente empapados y desplazados pero sin embargo, en lugar de sentir vergüenza, me invadía una extraña sensación de poder, de libertad absoluta.

Me sentía sexy, sucia y completamente viva, como si cada marca en mi cuerpo fuera un trofeo de lo lejos que había llegado esa noche.

Llegamos a una zona más oscura y estrecha del local y pude ver que había varias cabinas alineadas, discretas, con agujeros redondos perfectamente cortados en las paredes.

Álex me explicó brevemente cómo funcionaba todo, con voz calmada pero cargada de morbo, y me preguntó si quería entrar sola o si prefería que el me acompañara.

Como casi siempre en mí, le pedí que me dejara entrar sola primero porque necesitaba vivir esa experiencia en su máxima pureza, sin saber quién estaba al otro lado de la pared y sin ninguna cara conocida que me diera seguridad.

Entré decidida en una de esas cabinas, cerré la puerta detrás de mí y el clic resonó con fuerza en el pequeño habitáculo, aislándome del resto.

Me quedé quieta durante varios segundos, respirando agitada, intentando asimilar dónde me había metido voluntariamente, pues la cabina era pequeña y sórdida, iluminada solo por luces rojas muy tenues en el techo, con un cojín desgastado en el suelo y dos agujeros redondos a diferentes alturas en las paredes laterales, como bocas oscuras y silenciosas esperando ser alimentadas.

El aire olía fuertemente a sexo, a semen viejo, a desinfectante barato y a deseo acumulado mientras mi corazón latía tan fuerte que parecía que iba a salirse de mi pecho.

Me arrodillé lentamente sobre el cojín, sintiendo todavía cómo el semen de Álex se escapaba poco a poco de mi coño hinchado y bajaba por el interior de mis piernas, recordándome todo lo que había hecho hasta ese momento.

Me temblaban las manos, tenía algo de miedo, mucha vergüenza y, al mismo tiempo, una excitación tan brutal que mi clítoris palpitaba de nuevo.

No pasaron ni cuarenta segundos cuando un pene gordo, venoso y semi-duro apareció por el agujero de la izquierda.

Me quedé mirándolo fijamente durante un largo instante, fascinada, nerviosa y terriblemente cachonda…

Era real y esto estaba ocurriendo de verdad.

Extendí mi mano con algo de temblor y lo toqué por primera vez sintiendo todo su calor, su peso, su textura suave y al mismo tiempo como se ponía duro.

Empecé a masturbarlo con lentitud, disfrutando de cómo ese pene desconocido se endurecía rápidamente entre mis dedos.

Poco después me incliné hacia delante, saqué mi lengua y lo lamí desde la base hasta el glande hinchado, saboreando todo su olor.

Finalmente abrí la boca y me lo metí despacio, sintiendo cómo me llenaba y llegaba hasta el fondo de mi garganta mientras empecé a chuparlo con ganas crecientes, moviendo mi cabeza de forma rítmica, succionando con fuerza mientras mi mano acompañaba cada movimiento.

Los gemidos ahogados del hombre al otro lado de la pared me excitaban todavía más.

De pronto apareció una segunda polla por el agujero de la derecha que era más larga, más venosa y ya estaba completamente dura, así que sin pensarlo dos veces, empecé a masturbarla con mi otra mano mientras seguía chupando la primera con devoción.

En ese preciso momento me sentí como la zorra más grande del mundo: arrodillada en una cabina oscura de un club swinger, chupando y masturbando pollas de completos desconocidos, con la cara ya manchada y el coño lleno del semen de otro hombre, mientras mi marido seguramente ya dormía plácidamente en casa sin tener la menor idea de dónde estaba su mujer ni lo que estaba haciendo.

Esa imagen de traición tan absoluta y sucia me produjo una oleada de culpa tan fuerte que casi me hizo llorar, pero esa misma culpa se transformó inmediatamente en un placer enfermizo y adictivo que me mojaba como nunca antes.

Alternaba entre las dos pollas con hambre creciente, chupaba una con la boca mientras masturbaba la otra, luego cambiaba, dejando que la saliva me chorreara abundantemente por la barbilla y cayera sobre mis tetas.

A pesar de estar apoyada en el cojín que había en el suelo, mis rodillas empezaban a dolerme, pero no me importaba.

Estaba completamente entregada. En un momento la primera polla empezó a palpitar con fuerza dentro de mi boca y acto seguido, se corrió muy fuerte, llenándome la garganta con un gran chorro espeso de semen.

Tragué todo lo que pude, aunque parte se me escapó por las comisuras de los labios, cayendo sobre mi pecho y casi al mismo tiempo, la segunda polla se corrió también, pintándome la cara, los labios y las tetas con abundante leche caliente.

Pero aquello no paró ahí porque de repente seguían aparecieron más pollas por esos agujeros oscuros, tres, cuatro y aveces dos al mismo tiempo.

Yo realmente perdí completamente la cuenta.

Simplemente me dedicaba a Chupar pollas y masturbarlas sin descanso, alternando entre ellas, tragando semen, dejando que me corrieran en la cara, en el pelo y sobre mis tetas.

Mi cara estaba completamente cubierta de una capa viscosa y caliente, la saliva y el semen me chorreaban por el mentón y caían sobre mis pechos y en un momento de pura locura metí dos dedos en mi coño empapado mientras seguía chupando una polla gruesa haciendo que me corriese con una fuerza total mientras yo seguía allí arrodillada y gimiendo como una loca alrededor de esa polla…

El tiempo que llegué a estar allí metida había perdido todo sentido. Solo existían las pollas, los gemidos ahogados, el semen y mi propia degradación voluntaria.

Cuando por fin decidí salir, tenía la cara y el pecho completamente manchados de semen, los labios hinchados y rojos, las rodillas doloridas y el pelo pegajoso. Olía sucia, a sexo barato, y sin embargo, nunca me había sentido más viva que nunca…

Al salir de la cabina del gloryhole, Álex me estaba esperando fuera, apoyado contra la pared con los brazos cruzados y esa mirada intensa y oscura que ya empezaba a volverme adicta, así que cuando me vio aparecer en ese estado lamentable y sucio —cubierta de semen y brillando de placer—, no mostró sorpresa ni rechazo sino que al contrario, sus ojos brillaron con un deseo aún más fuerte y animal por lo que se acercó lentamente, me miró de arriba abajo, observando cada detalle con satisfacción, y sin decir una sola palabra me agarró de la nuca y me besó con fuerza, metiendo su lengua en toda mi boca a pesar de que todavía tenía sabor a semen de otros hombres.

Ese beso fue posesivo, casi animal, como si estuviera reclamándome después de que tantos desconocidos me hubieran usado.

Cuando se separó, pasó su pulgar por mi labio inferior, recogiendo un resto de semen y llevándoselo a la boca mientras me miraba fijamente.

— Estás absolutamente usada… y nunca me había puesto tan cachondo una mujer —murmuró con voz ronca—. ¿Cuántas pollas te has tragado ahí dentro?

— No lo sé… perdí la cuenta —le respondí con la voz ronca y entrecortada—. Muchísimas.

Álex sonrió, claramente excitado por mi respuesta, y me cogió de la mano para seguir caminando por el pasillo sin importarle en absoluto que yo estuviera hecha un desastre visible.

Según avanzábamos, varias personas nos miraban: algunos con sorpresa, otros con morbo evidente mientras que yo bajaba la mirada, avergonzada, pero al mismo tiempo esa vergüenza me mojaba todavía más.