Infiel en el club Swinger (Mis ... más oscuras nº 2) La sala privada
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La sala privada

Después de salir de ese cuarto oscuro tambaleándome, con las piernas débiles y apenas capaces de sostenerme, el cuerpo cubierto de marcas de manos, mordiscos y semen seco, el pelo completamente revuelto y pegajoso, y mi coño hinchado, palpitante y rebosante de los fluidos de tantos hombres anónimos, me sentía como si flotara en una extraña nube de placer agotado, excitación residual y una especie de euforia oscura.

Cada paso era un esfuerzo, sentía cómo los restos de lo que acababa de vivir se escapaban lentamente por el interior de mis muslos, pero en ese preciso instante, cuando levanté la vista, allí estaba Álex, apoyado contra la pared del pasillo con los brazos cruzados, esperándome.

Su mirada, esa intensidad tranquila pero profundamente posesiva, me golpeó con fuerza.

A pesar de todo lo que acababa de experimentar en la oscuridad absoluta, fue su forma de mirarme la que hizo que mi estómago se contrajera violentamente y que un nuevo chorro de humedad caliente bajara por mis piernas.

No dijo nada al principio, solo se acercó lentamente, con esa seguridad que ya me tenía completamente atrapada, me tomó del mentón con una mano firme, levantó mi rostro hacia él y me besó profundamente, sin asco ni reservas.

Saboreó los restos de semen de otros hombres que todavía quedaban en mi boca y en mis labios, y lejos de molestarle, aquello pareció excitarlo todavía más.

Su lengua se enredó con la mía con hambre, casi con rabia, como si estuviera reclamándome después de que tantos desconocidos me hubieran usado.

Cuando por fin separó sus labios de los míos, me miró fijamente a los ojos durante unos segundos eternos y me dijo con voz ronca, cargada de deseo:

— Estás hecha un desastre, Lucía… y nunca te había visto más atractiva.

Sus palabras me atravesaron directo en el pecho, pues yo en ese momento me sentía sucia, usada, marcada por decenas de manos y pollas anónimas, con el maquillaje corrido y el olor de otros hombres todavía pegado a mi piel, y sin embargo él me miraba como si fuera lo más deseable y perfecto que había visto en su vida.

Ese contraste tan brutal me desarmó por completo sintiendo que mis piernas me fallaban otra vez.

Álex no me dio tiempo a recuperarme, así que me cogió de la mano con decisión y, sin preguntarme, me llevó por otro pasillo hasta la zona de las salas privadas.

Pagó por una de las más grandes y, en cuanto cerró la puerta detrás de nosotros, el mundo exterior desapareció de nuevo.

Pero esta vez era diferente: ya no era la oscuridad total y anónima del cuarto oscuro, sino un espacio íntimo, iluminado con luces rojas que creaban sombras sensuales, con una gran cama en el centro, espejos estratégicamente colocados en las paredes y en el techo, y una atmósfera mucho más personal, casi claustrofóbica de tan cargada de deseo.

En cuanto la puerta se cerró con un clic, Álex cambió por completo, pues ya no era solo el hombre observador calmado y seguro de sí mismo de la barra sino que ahora era dominante, hambriento y claramente obsesionado conmigo.

Acto seguido, me empujó contra la pared con fuerza controlada, me levantó los brazos por encima de la cabeza sujetándolos con una sola mano y me besó con una pasión casi violenta, mordiendo mi labio inferior mientras una de sus manos bajaba entre mis piernas y metía dos dedos de golpe en mi coño todavía lleno de los fluidos de otros hombres.

Gemí fuerte dentro de su boca, arqueándome contra él mientras el gemía contra mis labios:

— Estás completamente empapada… y no es solo tu corrida —dijo con la voz ronca, moviendo sus dedos dentro de mí, haciendo ruidos húmedos y obscenos—. Dime, ¿cuántos te han follado ahí dentro?

— No lo sé… perdí la cuenta —le respondí jadeando y casi sin aliento.

Esa respuesta pareció encenderlo todavía más por lo que me giró bruscamente, poniéndome de cara contra la pared fría, y me bajó un poco los leggings, dejándome completamente expuesta ante el.

Me dio una cachetada fuerte en el culo que resonó en toda la sala, luego otra, y otra más, hasta que mi piel quedó roja, caliente y ardiendo.

El dolor se mezclaba con un placer tan intenso que apenas podía pensar.

Después se arrodilló detrás de mí y empezó a comerme el coño y el culo con una devoción salvaje, metiendo la lengua profundamente, lamiendo sin pudor los restos de otros hombres que aún quedaban en mí.

Sus manos apretaban mis nalgas, separándolas para tener mejor acceso, mientras yo gemía sin control, empujando mi culo hacia su cara, completamente perdida en las sensaciones.

— Sabes a sucia… sabes a zorra bien follada —murmuró contra mi piel antes de seguir devorándome con más hambre.

Me corrí por primera vez en su boca de forma potente, temblando entera, apretando las manos contra la pared mientras olas de placer me recorrían el cuerpo como nunca antes, pero Álex no me daba tregua.

Me levantó en brazos como si no pesara nada, me tiró sobre la gran cama y se quitó la ropa con rapidez.

Su polla estaba durísima, gruesa, venosa y con el glande brillante de excitación por lo que se colocó encima de mí, me abrió las piernas con sus rodillas y me la metió de un solo empujón profundo y brutal.

Grité porque su polla era grande y me llenaba por completo, estirándome de una forma deliciosa y casi dolorosa.

Alex empezó a follarme con embestidas largas y potentes, mirándome fijamente a los ojos mientras me sujetaba las muñecas contra el colchón.

Cada golpe que me daba, llegaba hasta el fondo, haciendo que mis tetas rebotaran con fuerza y que yo gimiera sin ningún tipo de control.

— Mírame —me ordenó con voz grave—. Quiero verte la cara mientras te follo como tu marido nunca te ha follado.

Sus palabras me encendieron todavía más así que le rodeé la cintura con mis piernas y empecé a moverme contra él, buscando más profundidad y más fuerza.

Álex aceleró el ritmo, follándome con una furia contenida, besándome, mordiéndome el cuello, susurrándome al oído todo tipo de suciedades que me hacían perder la cabeza:

— Eres mía esta noche…

— Ese anillo brilla mientras te destrozo el coño…

— ¿Qué pensaría tu marido si te viera ahora mismo, gimiendo como una zorra?

Cada frase que me decía era como gasolina para mi excitación y consiguió que me corriese por segunda vez alrededor de su polla, apretándola con fuerza mientras gritaba su nombre.

Álex no paró, me giró, me puso a cuatro patas y me folló desde atrás agarrándome del pelo como si fueran riendas, dándome cachetadas fuertes en mi culo que resonaban en la habitación mientras entraba y salía de mí con golpes profundos y rápidos.

Podía verme en los espejos: el pelo revuelto, la cara de puro placer, las marcas rojas en el culo, mi alianza matrimonial brillando mientras era follada salvajemente por otro hombre y esa imagen me volvía completamente loca de placer.

Durante más de una hora Álex me folló sin descanso, cambiando de posiciones constantemente, ya que me tuvo contra la pared, sentada encima de él cabalgándolo con desesperación, luego de lado, otra vez a cuatro patas, y finalmente me puso boca arriba, me levantó las piernas sobre sus hombros y me penetró tan profundo que sentía que me llegaba al útero.

Cuando ya estaba a punto de correrse, me miró fijamente a los ojos y me preguntó con voz ronca:

— ¿Dónde quieres que me corra?

— Dentro… lléname por favor —le supliqué casi sin voz, mirándolo con ojos suplicantes.

Álex gimió con fuerza y se corrió profundamente dentro de mí, inundando mi coño con chorros calientes y abundantes de semen que sentí hasta el fondo. Se quedó unos segundos dentro, con su polla palpitando dentro de mí, mientras me besaba con una intensidad que iba mucho más allá del simple sexo.

Cuando por fin se apartó y se tumbó a mi lado, me atrajo hacia él y me abrazó con fuerza.

En ese momento, entre sus brazos, sudorosa, llena de semen por dentro y por fuera, completamente agotada y marcada, sentí algo peligroso: una conexión que no era solo sexual, sino que era como algo más profundo, que me hacía sentir obsesionada con él y que por la forma en la cual me miraba, acariciándome el pelo con ternura mientras recuperábamos el aliento, supe que él también empezaba a obsesionarse conmigo…