Manos en la oscuridad
Después de aquella intensa y agotadora sesión en ese reservado rojo, donde dos hombres me habían cubierto los pechos y parte de la cara con su semen caliente mientras yo permanecía de rodillas sintiéndome completamente usada, degradada y, al mismo tiempo, más viva y despierta de lo que me había sentido en mucho tiempo, Álex me miró con esa sonrisa oscura y posesiva que ya empezaba a reconocer como algo peligroso, casi adictivo.
Con una ternura sorprendente que contrastaba con todo lo que acababa de ocurrir, pasó su pulgar por mis labios para limpiarlos suavemente y, sin apartar sus ojos de los míos, me propuso algo que hizo que mi estómago se contrajera con una mezcla intensa de anticipación, miedo y una excitación casi insoportable: entrar al cuarto oscuro, ese espacio del club donde las luces desaparecían por completo y donde los cuerpos se convertían únicamente en sensaciones anónimas, donde cualquiera podía tocarte, besarte o follarte sin que tu pudieras ver su rostro, y donde todas las reglas habituales del pudor, el control y la vergüenza se disolvían en la más absoluta y espesa oscuridad.
Dudé durante varios segundos que se me hicieron eternos, todavía con el pecho manchado de semen que empezaba a tirarme de la piel, el tanga completamente empapado pegado a mi coño, y el cuerpo aún temblando por los orgasmos anteriores.
Aunque mi cuerpo pedía más con una desesperación casi dolorosa, mi mente racional me gritaba que entrar sola a ese lugar significaba cruzar un límite muy grande incluso para mí, pues soy una esposa infiel que ya había hecho muchas cosas prohibidas a lo largo de los últimos años pero que nunca se había entregado de forma tan anónima, vulnerable y desprotegida.
Sin embargo, como casi siempre ocurría en estos momentos de mi vida secreta, la excitación terminó ganando la batalla interna.
Miré a Álex directamente a los ojos, respiré profundamente un par de veces para intentar calmar el temblor de mis manos y le dije que sí, que quería entrar, pero que prefería hacerlo sola al menos durante un rato, porque necesitaba vivir esa experiencia en su máxima pureza, sin nadie conocido a mi lado que me diera una falsa sensación de seguridad.
Álex sonrió con aprobación, seguidamente me besó con fuerza, metiendo su lengua en mi boca y saboreando probablemente los restos de lo que acababa de ocurrir, y me susurró al oído con esa voz grave que ya me ponía la piel de gallina que me esperaría fuera y que entraría después a buscarme cuando estuviera lista.
Así que caminamos juntos por los pasillos y me guió hasta la entrada de donde estaba ese cuarto oscuro.
Era una puerta negra pesada, imponente, sin ninguna luz visible desde fuera, como la entrada a un abismo y antes de que la abriera, Álex me dio un último beso profundo y posesivo, apretándome el culo con fuerza, como si quisiera recordarme que, aunque entrara sola, él seguía allí, vigilando.
Tras este momento, empujé la puerta y di el primer paso hacia la más completa oscuridad.
En cuanto la puerta se cerró detrás de mí con un sonido pesado y definitivo, el club exterior desapareció por completo, la negrura era total, absoluta, como si me hubieran vendado los ojos con una tela opaca y gruesa.
Estaba completamente aislada y no veía absolutamente nada, ni siquiera el contorno de mi propia mano cuando la puse delante de la cara.
El corazón me latía con tanta fuerza que parecía que iba a salirse de mi pecho, y durante los primeros segundos me quedé completamente quieta, respirando agitada, intentando acostumbrarme a esa falta total de visión que lo amplificaba todo.
Noté como el aire era más denso, más caliente y cargado, impregnado de un olor intenso a sexo, perfume mezclado con sudor, semen y deseo puro.
De fondo, se escuchaban algunos gemidos suaves y ahogados, respiraciones entrecortadas, el sonido húmedo y obsceno de cuerpos moviéndose, piel contra piel, y algún que otro susurro ronco que flotaba en la oscuridad de esa sala totalmente oscura.
Di unos pasos lentos y vacilantes, con los brazos ligeramente extendidos hacia delante para no chocar contra nada, mientras mis tacones resonaban suavemente contra el suelo y casi de inmediato sentí la primera mano.
Unos dedos cálidos y seguros rozaron mi brazo izquierdo, subiendo lentamente por él hasta llegar a mi hombro, provocándome un estremecimiento que me recorrió todo el cuerpo.
No sabía si era un hombre o una mujer, no sabía qué edad tenía, no sabía absolutamente nada de quien acababa de tocarme, y esa ignorancia total solo hacía que la caricia se sintiera más intensa.
Otra mano apareció desde mi derecha, tocándome la cintura con delicadeza al principio y bajando después con lentitud hasta mi cadera, apretándola ligeramente, lo que me arrancó un gemido suave e involuntario.
Pronto fueron muchas más y comencé a sentir cómo alguien se colocaba detrás de mí y pegaba su cuerpo fuerte contra mi espalda.
Era un pecho ancho y firme, una erección dura y caliente que presionaba insistentemente contra mi culo, y unas manos grandes que rodearon mi cuerpo, subiendo hasta mis pechos para apretarlos con fuerza, pellizcando mis pezones todavía sensibles por el semen seco que los cubría.
Gemí más alto, incapaz de contenerme, y otra mano surgió desde el frente, metiéndose con decisión dentro de mis leggings, apartando mi tanga empapado y rozando directamente mi clítoris hinchado y resbaladizo.
Mis rodillas temblaban tanto que apenas me sostenían, y de repente me encontré rodeada, completamente rodeada de cuerpos anónimos que me tocaban sin piedad ni prisa, explorándome como si fuera un objeto compartido en la oscuridad.
Habían manos por todos lados, en mis tetas, amasándolas y tirando de mis pezones; en mi culo, separando las nalgas; en mis muslos, subiendo y bajando; en mi cuello, acariciándolo; entre mis piernas, abriéndome.
Alguien me besó el cuello con hambre voraz mientras unos dedos gruesos se introducían en mi coño empapado, follándome lentamente con movimientos profundos y deliberados y yo comenzaba a gemir sin control, arqueando la espalda, y otra mano me agarró del pelo con firmeza, girándome la cabeza para besarme con fuerza, metiendo su lengua en mi boca.
Sentí una polla dura y caliente frotándose contra mi mano izquierda, así que la agarré instintivamente, y comence a masturbarla con movimientos torpes pero ansiosos.
La oscuridad lo multiplicaba todo de una forma espectacular porque al estar todo tan oscuro y no ver nada, cada caricia, cada roce, cada dedo que entraba en mí se sentía amplificado, más intenso, más peligroso y más excitante al mismo tiempo.
No sabía quién me estaba tocando, ni sabía cuántos eran, y esa incertidumbre absoluta me volvía loca de morbo.
En un momento sentí que me bajaban los leggings y el tanga hasta las rodillas sin que yo opusiera ninguna resistencia.
Seguidamente, alguien se arrodilló frente a mí y empezó a comerme el coño con verdadera devoción, lamiendo mi clítoris hinchado y metiendo la lengua profundamente dentro de mí mientras yo gemía sin control.
Otra persona se colocó a mi lado, guió mi cabeza con suavidad y me metió su polla en la boca a lo que comencé a chuparla con desesperación, moviendo la cabeza de adelante hacia atrás mientras seguía masturbando al otro con la mano.
Estaba siendo usada de forma completamente anónima, y eso me excitaba más que nada en el mundo.
Sentía dedos explorando mi culo, otros dedos follándome el coño, bocas succionando mis tetas, pollas duras frotándose contra mis muslos y mi vientre…
En un momento me pusieron a cuatro patas sobre lo que parecía un colchón o zona acolchada en el suelo, y alguien me penetró desde atrás con fuerza, follándome con embestidas profundas y rápidas que me hacían moverme entera mientras yo seguía chupando otra polla que no sabía ni de quién era.
Mis gemidos quedaban amortiguados por la carne que llenaba mi boca, y en ese preciso instante me corrí con violencia, apretando las paredes de mi coño alrededor de quien me estaba penetrando, temblando entera mientras olas de placer intenso me recorrían el cuerpo como descargas eléctricas.
Pero no pararon, porque la situación cambiaba constantemente: una polla salía de mí y otra entraba casi sin pausa, manos me apretaban las tetas con fuerza, me daban cachetadas en el culo que resonaban en la oscuridad, me abrían más las piernas para tener mejor acceso.
Realmente perdí la cuenta de cuántos hombres me habían tocado, penetrado o corrido encima, porque en esa oscuridad solo existía el placer, la absoluta falta de control y la sensación abrumadora de ser un objeto sexual compartido en medio de aquella nada.
En uno de los momentos más intensos y abrumadores, sentí dos pollas intentando entrar en mi coño al mismo tiempo y no no podía hacer más que gemir de dolor y placer cuando me estiraban, sintiendo cómo mi cuerpo se adaptaba a esa doble penetración mientras otra persona me metía los dedos en la boca, los cuales chupé con ganas.
Estaba completamente llena, usada y entregada, y me corrí otra vez con fuerza, gritando alrededor de aquellos dedos mientras mi cuerpo se convulsionaba sin control, perdido en una ola tras otra de placer oscuro y profundo.
No sé cuánto tiempo estuve allí dentro; podían haber sido veinte minutos o quizás una hora entera, pero el tiempo había perdido todo su sentido en aquella negrura absoluta.