Infiel en el club Swinger (Mis ... más oscuras nº 2) El reservado rojo
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El reservado rojo

Después de todo aquel calentón intenso en la pista de baile, donde había sentido docenas de manos recorriendo mi cuerpo, labios ajenos devorando mi cuello y dedos atrevidos rozando mi coño empapado por encima del tanga, Álex me miró con esa intensidad que ya empezaba a volverme adicta.

No hizo falta que dijera mucho, solo me cogió de la mano con firmeza, se acercó a mi oído y me susurró con esa voz grave que me erizaba la piel:

— Ya es hora de ir a un lugar más privado. Tu cuerpo está pidiendo mucho más de lo que la pista puede darte.

Yo, con las piernas temblando de excitación y la mente completamente nublada por el alcohol, el deseo y la adrenalina, simplemente asentí dejando que me guiara a través del club, sintiendo cómo mi corazón latía con fuerza contra mis costillas.

Sabía perfectamente que estaba a punto de cruzar otro límite importante en esa noche y que era mucho más grande que todo lo que había hecho hasta entonces.

Apenas entramos, Álex cerró la puerta detrás de nosotros con un clic que sonó definitivo y sin darme tiempo a pensar, me empujó suavemente contra la pared para besarme con una pasión contenida pero que a su vez era bastante intensa.

Sus manos exploraban mi cuerpo con mucha más libertad que antes, recorriendo mis curvas sin pedir permiso, apretando, acariciando, reclamando…

Yo respondía con la misma urgencia, hundiendo mis dedos en su pelo y gimiendo contra su boca.

En ese momento se abrió la puerta de nuevo y era Diego, el hombre más joven que había estado bailando con nosotros en la pista, pues en ese momento me di cuenta de que Álex había dejado abierto de forma intencionada el pestillo de la puerta y que había invitado a este otro chico una vez estuviésemos dentro.

Me miró y me preguntó con voz baja si estaba cómoda con eso o que si prefería que se fuera.

Yo no me opuse, al contrario, la idea me provocaba una mezcla embriagadora de miedo y excitación fuerte al imaginarme en esa sala privada con dos hombres centrados solo en mí, en mi cuerpo y en mis gemidos…

Entonces, se colocaron frente a mí, mirándome como si fuera un regalo que estaban a punto de desenvolver con calma.

Álex me besó de nuevo, pero esta vez fue de manera más profunda, con lengua y posesión, Diego se puso detrás de mí y yo comencé a sentir sus labios en mi cuello, besando y mordiendo suavemente, a la vez que sus manos comenzaban a bajar los tirantes de mi camiseta.

La prenda cayó lentamente hasta mi cintura, dejando mis pechos completamente expuestos ante ellos dos.

Seguidamente, Álex se apartó un poco para mirarme y sonrió con aprobación.

— Joder, Lucía… tienes un cuerpazo hecho para pecar —murmuró con voz ronca, mientras pasaba sus pulgares por mis pezones ya endurecidos.

Gemí suavemente, cerrando los ojos y dejando que me tocaran, Diego besaba mis hombros y la espalda, mientras sus manos bajaban hasta mi culo, apretándolo con fuerza y separando mis nalgas por encima de los leggings.

Álex se inclinó y tomó uno de mis pezones en su boca, succionándolo con hambre, mordisqueándolo ligeramente mientras que al mismo tiempo, su mano se metió dentro de mis leggings, apartó el tanga empapado y sus dedos gruesos rozaron directamente mi clítoris hinchado y resbaladizo.

Solté un gemido largo y profundo que llenó de eco la habitación.

En ese momento estaba completamente entregada, me cogieron en brazos entre los dos, me llevaron hasta la gran cama circular y me tumbaron en el centro.

Álex se colocó a mi izquierda, Diego a mi derecha y entre los dos me quitaron los leggings y el tanga con lentitud, dejándome completamente desnuda…

Sus manos y bocas exploraban cada centímetro de mi piel: besos húmedos en el cuello, en los pechos, bajando por mi vientre, mordiscos suaves en los muslos internos y yo me arqueaba sobre la cama, gimiendo sin control, sintiendo cómo mi cuerpo respondía de forma casi desesperada a tantas atenciones al mismo tiempo.

Álex fue el primero en quitarse la camisa, revelando un torso fuerte, definido y ligeramente velludo, y a su vez, Diego hizo lo mismo.

Verlos semidesnudos a mi lado me comenzaba a volver loca por lo que me incorporé un poco, apoyándome sobre los codos, y empecé a tocarlos.

Primero acaricié el pecho de Álex, bajando lentamente por su abdomen hasta llegar a su pantalón, donde su polla dura presionaba con fuerza contra la tela.

Hice lo mismo con Diego y ambos gemían de placer mientras yo los masturbaba por encima de la ropa, sintiendo cómo se endurecían aún más bajo mis manos.

— Quiero veros —les susurré con la voz entrecortada de deseo.

No se hicieron de rogar y ambos chicos se quitaron los pantalones y los bóxers casi al mismo tiempo.

De repente, aparecieron ante mí dos pollas duras y gruesas…

La de Álex era más grande, venosa, con un glande grueso y brillante y la de Diego era ligeramente más delgada pero muy recta y perfectamente formada.

Me lamí los labios inconscientemente ante lo que tenia delante, seguidamente me puse de rodillas sobre la cama y empecé a masturbarlos a los dos al mismo tiempo, moviendo mis manos hacia arriba y abajo con un ritmo lento pero firme.

Ellos gemían, me acariciaban el pelo, los pechos y los pezones mientras yo los pajeaba de esa manera sintiéndome poderosa, sucia y tremendamente excitada al mismo tiempo.

Mi tanga ya no existía, y un hilo de mis propios fluidos bajaba por el interior de mi muslo.

Álex me agarró del pelo con suavidad pero con autoridad y me acercó a su polla por lo que saqué mi lengua y comencé a lamérsela desde la base hasta el glande, recorriendo toda su longitud y saboreando el gusto salado y masculino.

Hice lo mismo con Diego y comencé a alternar entre los dos: chupaba una mientras que masturbaba la otra con mi mano, mirándolos a los ojos de vez en cuando y su vez, sus gemidos de placer y las palabras sucias que me dedicaban, me encendían todavía más.

— Eso es, zorra… chúpala bien —me gritaba Álex.

— Mira cómo le gusta tener dos pollas… tu marido no se imagina esto —añadió Diego con una sonrisa cargada de morbo.

Esas palabras me golpeaban directamente en el clítoris y me hacían sentir completamente liberada, completamente zorra, y eso me encantaba.

Durante varios minutos largos seguí masturbándolos y chupándoselas alternativamente, cada vez con más hambre y más saliva.

Mi mano derecha subía y bajaba por la polla gruesa de Álex mientras mi boca se llenaba con la de Diego, y luego cambiaba.

La saliva me chorreaba por la barbilla y caía sobre mis pechos, estaba hecha un desastre y eso solo me excitaba más.

Álex fue el primero en correrse, me avisó con un gemido ronco y aceleré el movimiento de mi mano hasta que chorros gruesos y calientes de semen salieron disparados sobre mis tetas y mi cuello.

Casi al mismo tiempo, Diego también se corrió, pintando mi otra teta y parte de mi cara con semen espeso.

Tras esta descarga, yo me quedé allí, de rodillas sobre la cama, respirando agitada, con el pecho y la cara cubiertos de semen de dos hombres que apenas conocía, sintiendo cómo mi coño palpitaba de necesidad insatisfecha.

Álex me miró con esa sonrisa oscura y satisfecha y me dijo:

— Esto solo es el principio, Lucía… la noche es muy larga todavía.

Y mientras yo permanecía allí, con el semen de dos desconocidos resbalando por mi piel, mi alianza matrimonial brillando bajo las luces rojas y mi cuerpo ardiendo de deseo, supe que tenía toda la razón.