La obsesión comienza
Aunque Roberto y Diego seguían a mi lado, hablándome en voz baja, acariciándome los muslos por encima de mis pantalones de látex y susurrándome al oído todo tipo de sugerencias cada vez más subidas de tono, mi atención ya se había desplazado casi por completo hacia el hombre misterioso que permanecía en el otro lado de la barra, pues había algo en él que me atraía de una forma diferente, casi magnética.
Era alto, de presencia imponente, con una mirada intensa y una calma que contrastaba fuertemente con el hambre evidente de los otros dos.
Mientras Roberto y Diego me deseaban de forma abierta y casi desesperada, este otro hombre, me observaba como si estuviera viendo mucho más allá de mi escote, más allá de mi cuerpo provocador y del anillo que brillaba en mi dedo, como si estuviera mirando directamente a la esposa infiel, hambrienta y sin límites que yo misma apenas me atrevía a reconocer en voz alta.
Nuestras miradas comenzaron a cruzarse varias veces más y cada vez que eso ocurría, sentía un cosquilleo cada vez más fuerte que nacía en la boca del estómago y bajaba como una corriente eléctrica hasta mi sexo, humedeciéndome todavía más.
Roberto seguía hablando, comentando lo mucho que yo le excitaba, pero ya apenas registraba sus palabras porque mis ojos volvían atraídos una y otra vez hacia él hombre misterioso por esa seguridad tranquila que transmitía.
Finalmente, como si hubiera sentido mi llamada silenciosa a través de la distancia, dejó su copa sobre la barra con deliberada lentitud, se levantó y comenzó a caminar hacia donde estábamos nosotros.
Cada paso que daba parecía cargado de seguridad e intención y cuando llegó hasta mí, se colocó justo entre Roberto y yo, ignorando casi por completo a los otros dos hombres con una naturalidad abrumadora.
— Buenas noches —me dijo con una voz grave, profunda y segura, mirándome directamente a los ojos sin forzar ninguna sonrisa—. Llevo un rato observándote y no he podido evitar acercarme.
Su voz me recorrió como una caricia lenta y pesada.
El era mayor que los otros, probablemente rondaba los cuarenta y dos o cuarenta y tres años, tenía el pelo corto con algunas canas en las sienes que le daban un aire distinguido, una barba de varios días perfectamente cuidada y olía a un perfume caro, masculino, que se mezclaba de forma deliciosa con su propio olor corporal.
— Me llamo Álex —añadió, extendiéndome su mano.
Cuando la tomé, noté que era grande, fuerte y cálida. El apretón duró un segundo más de lo necesario, y con el pulgar rozó suavemente mi alianza, un gesto pequeño pero tan intencionado que me provocó un escalofrío intenso que me recorrió toda la espalda y terminó concentrándose entre mis piernas.
— Lucía —le respondí, intentando que mi voz no delatara lo nerviosa y excitada que estaba—. Y sí… soy nueva aquí.
Roberto y Diego se quedaron un poco desplazados, intentaron mantenerse en la conversación durante unos minutos más, pero era evidente que la dinámica había cambiado por completo y ellos ya se percataban.
Álex tenía una presencia que los opacaba sin esfuerzo ya que el no necesitaba hablar mucho ni tocarme de inmediato; solo con estar allí, mirándome de esa forma tan directa y calmada, ya dominaba todo el espacio a nuestro alrededor.
Empezamos a hablar y, al principio, fueron preguntas típicas: si era mi primera vez en un club swinger, qué me había motivado a venir sola, si mi marido sabía algo de esto etc…
Le conté la verdad, o al menos una versión bastante sincera y cruda.
Le confesé que llevaba años siendo infiel, que mi marido no tenía ni la más remota idea, que necesitaba mucho más de lo que él podía darme y que esa noche había decidido dar un paso importante viniendo completamente sola.
Álex me escuchaba con atención real, sin interrumpirme, mirándome fijamente a los ojos y, de vez en cuando, dejando que su mirada bajara lentamente a mis labios o a mi escote.
— Me gusta tu honestidad —me dijo en un momento, acercándose un poco más—. La mayoría de las mujeres casadas que vienen aquí intentan disimular, inventan historias o se hacen las inocentes, pero tú no, percibo que tú eres diferente y que estás aquí sabiendo perfectamente lo que eres.
Sus palabras me golpearon con fuerza mientras sentía que me sonrojaba y que mi coño se contraía de pura excitación.
— ¿Y qué soy, según tú? —le pregunté casi en un susurro, con la voz ronca.
Álex se inclinó hacia mí, rozando mi oreja con sus labios mientras hablaba en voz baja:
— Eres una esposa que está cansada de fingir, una mujer atractiva, caliente y hambrienta que necesita sentirse deseada de verdad… usada de verdad… y follada como realmente merece.
Me mordí el labio inferior con fuerza mientras escuchaba aquellas palabras directas, crudas y perfectas.
Al mismo tiempo, colocó su mano en mi cintura de forma posesiva, sin pedir permiso y ya el contacto me quemaba a través de la tela.
Roberto y Diego seguían allí, pero ya casi no participaban porque Álex los había desplazado sin esfuerzo alguno.
Durante la siguiente media hora hablamos de todo y de nada, me contó que venía al club de vez en cuando, que le fascinaban las mujeres casadas porque, cuando se soltaban, solían ser las más liberadas y las más insaciables.
Yo, a mi vez, le abrí más de mí: cómo había empezado mi doble vida, cómo la culpa se había convertido en uno de mis mayores afrodisíacos o cómo cada vez necesitaba más intensidad para sentirme viva y mientras hablábamos, su mano subía y bajaba lentamente por mi costado, rozando la curva de mi pecho, bajando hasta mi cadera y apretando ligeramente mi culo por encima de mis leggings de látex.
En un momento dado se acercó aún más, pegando su cuerpo al mío, y me susurró al oído con esa voz grave que ya empezaba a volverme adicta:
— Desde que te vi supe que ibas a ser mía esta noche, y no sé si te follaré yo solo o si dejaré que otros te toquen también… pero sé que vas a terminar gimiendo mi nombre.
Tras escuchar estas palabras, sentí que me faltaba el aire.
, mi tanga estaba completamente empapado y mis pezones tan duros que se marcaban claramente bajo la tela fina del top.
Álex lo notó y pasó el pulgar por uno de ellos de forma disimulada pero firme, arrancándome un pequeño gemido involuntario que intenté ahogar contra su hombro.
La obsesión ya había comenzado y no era solo atracción física, sino que había algo en su forma de mirarme, en su voz, en esa seguridad tranquila pero dominante, que me estaba atrapando de una manera un poco peligrosa.
Mientras él me hablaba y me tocaba, mi mente ya volaba: imaginaba cómo sería estar debajo de él, cómo se sentiría su polla dentro de mí, de cómo sería correrme mientras me susurraba cosas sucias y cómo sería sentirme completamente suya aunque solo fuera por una noche.
Roberto y Diego terminaron apartándose discretamente al ver que yo ya había elegido y Álex sonrió ligeramente cuando se fueron para mirarme con esa intensidad que me desarmaba por completo.
— ¿Quieres que sigamos hablando aquí… o prefieres que busquemos un lugar más privado?
En ese preciso momento no le respondí nada aún pero supe, con una claridad absoluta, que mi noche ya no iba a ser la misma porque, probablemente, tampoco yo volvería a ser la misma después de ella.